Costumbrista

Fernando Veglia



Salí de Junín, en el tren de las cuatro y media de la madrugada, con destino a Retiro. Antes de partir, me despedí de todos; familia, amigos, y de Tarzán, un viejo ovejero alemán. 

Cuando vivía en mi ciudad natal, me quejaba de ver siempre los mismos rostros, de vivir una y mil veces la misma escena y deseé, más de una vez, escapar y no regresar jamás. Sin embargo, viviendo lejos extraño hasta el más pequeño y efímero contacto.  Había “un no sé qué” que hacía preferible lo conocido, a pesar de que la distancia no resolvía los conflictos abandonados. 

El viaje en tren, si ignoraba el estado calamitoso de los vagones, era agradable. El pullman era un sitio tranquilo; no ingresaban los pasajeros que subían y bajaban en cada estación y sólo era cuestión de evitar los asientos maltrechos, o sin numeración, y las ventanillas que no abrían ni cerraban.

Lo realmente fastidioso era el horario de salida, demasiado temprano, y la duración del viaje, unas ocho horas; de no encontrar un viajero charlatán parecía eterno. En el peor de los casos, jugaba a descubrir semejanzas y diferencias entre los pasajeros o a adivinar de quién era tal o cual valija o mochila.
Ni bien tomé posesión del asiento y el guarda picó mi boleto, dormí. Poco me importaron las personas que viajarían conmigo. A las siete y media de la mañana, desperté. Estaba sentado del lado de la ventanilla, compartía el asiento con una pareja y en frente estaban sentados dos niños, uno de unos doce años y el otro de unos siete, y, supuse, su abuela, una robusta mujer de pelo canoso y de piel morena, surcada por finas arrugas. Todos dormían. 

Jugué a descubrir semejanzas y diferencias. La pareja, con la que compartía el asiento, era imposible de examinar. Los dos niños, al igual que la supuesta abuela, tenían pómulos salientes y macizos y los ojos un poco rasgados. Pude aprobar el parentesco cuando todos despertaron y comenzaron a dialogar. 

El primero en despertar fue el más pequeño, luego su hermano y, por último, la abuela. Sospeché que ella siempre había estado despierta, no sé por qué. Su nombre era Eugenia.

 


El más pequeño tenía hambre. Con mirada silenciosa, pidió a su hermano y a Eugenia el desayuno. Un paquete de galletitas y unos vasitos de té caliente calmaron su apetito. Increíblemente, los tres estuvieron acompañados por el silencio una media hora; sus miradas, en contacto con la nada,  parecían ciegas. 

La abuela, inesperadamente y con voz ronca, preguntó al mayor, su nombre era Facundo, si estaba contento, si le agradaba visitar a su madre. El niño, con la espontaneidad aún intacta, respondió que sí y que la extrañaba mucho. Deduje que sus padres estaban separados y que la abuela paterna tenía la difícil tarea de llevar a los nietos con su ex nuera. Facundo no se detuvo, a pesar de los reclamos de su hermano menor, y comparó la inmensa Buenos Aires con su ciudad natal y, exponiendo su pecho, confesó que deseaba visitar más seguido a su madre o vivir un tiempo con ella. 

El rostro de Eugenia endureció y con una simple sentencia (“Tu mamá se fue porque quiso”) hizo un muro de silencio, indestructible e infranqueable. Escuché el arrullo del tren, deslizándose sobre las vías, e hice ruido, desenvolviendo un caramelo. La pareja, a mi lado, aún dormía. La mayoría de los pasajeros también.

El niño más pequeño, llamado Omar, disparó unas preguntas a su abuela: “¿Por qué siempre nos acompañás vos? ¿Por qué no viene papá?” Eugenia ignoró todo cuestionamiento, perdiéndose en la nada. Facundo, aprovechando el momento de debilidad, arremetió: “¿Para qué venís?”

La abuela no respondió, continuaba protegiéndose detrás de su muro de silencio. Supuse que acompañaba a los niños para evitar el encuentro entre su hijo y su ex nuera. Facundo no estaba conforme, el silencio lo incomodaba, necesitaba respuestas; insistió tres veces más. Pero el muro, a cada instante más alto y grueso, no permitía que su pequeña voz llegase a destino.

Omar, parado sobre el asiento, observaba las transformaciones de la mañana; sus ojos castaños intentaban capturar, cual péndulos,  los detalles del paisaje, deshaciéndose al paso del tren. Quizá intuyendo que debía ayudar a su hermano, quizá intuyendo una brecha en el muro, arriesgó una respuesta: “Papá no nos acompaña porque no quiere ver a mamá”. 

El muro de silencio cayó estrepitosamente, demolido por una voz ingenua. El ruido fue tal que Eugenia, con un gritó seco, ordenó que se callaran y los amenazó, asegurándoles que, si continuaban comportondose así, bajaría del tren en la próxima estación. Los tres ciegos, luego mudos, bajaron en Retiro.

Mi juego había terminado. En realidad, todos los juegos terminaban cuando el tren llegaba a destino. 
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