José Manuel Fernández Argüelles
Clarea la primavera tardía con un cielo que repunta luz por el Este. Hoy no amenaza el día ni con llovizna ni tan siquiera con la niebla matinal sempiterna en estas tierras. Así el conductor toma el camino hacia su trabajo con la rutina de siempre, pero con mejor humor; la claridad incipiente disuelve la modorra de la jornada. La conducción es rutinaria. Son casi las siete de la mañana y pocos coches circulan por una carretera que comunica pueblos menores con la capital; después, a la entrada de la ciudad, ocurrirá alguna aglomeración frente a dos o tres semáforos, pero la costumbre hará llevadero el incordio.
Faltan tres curvas para iniciar la autopista, después tomará velocidad mientras oye por la radio del coche las primeras noticias de la mañana. En la oficina comentará, con los compañeros, alguna de ellas; conversaciones matutinas mientras enciende la pantalla del ordenador y arranca la rutina del trabajo sobre la silla y frente a la mesa, junto a los papeles contra lo que luchar durante la jornada.
Entonces, el oficinista, pisa con automatismo de conductor veterano el freno del coche. Su mente se distraía con el trabajo esperado y también con la audición de las noticias radiofónicas, pero sus ojos lanzaron al cerebro el mensaje de las luces traseras rojas del coche delantero, y el pie de nuestro conductor se levantó del pedal acelerador y se hundió en el del freno.
¿Un accidente algunos metros más allá? Tiene delante cuatro coches parados, todos con las luces de emergencia destellando intermitentes y nerviosas. Otea al frente. Distingue un vehículo de la Guardia Civil de Tráfico algo más adelante. ¡Un accidente, sin duda! A continuación mira un poco más lejos, y comprende. No se trata de una desgracia entre chapas rodadas y adelantamientos a despropósito. En medio de la calzada se asientan, y la interrumpen, un grupo de hombres embozados algunos, otros con pasamontañas que sólo deja ver sus ojos y la boca. Un poco más allá del grupo con apariencia siniestra se encuentra sobre la carretera una pila de leños y neumáticos. El conductor de la historia comprende que hoy llegará tarde a su trabajo. Mira el reloj, enciende un pitillo, apaga el motor del coche y desconecta la radio. Se encuentra casi en primera línea de los sucesos por acontecer. Tranquilidad. “La cosa” no va con él. Tan sólo será espectador privilegiado.
Así sucedió y así lo recuerda.
El interrumpido sabe que el grupo que impide el tráfico son mineros en huelga y en lucha contra los dictámenes del gobierno considerados perjudiciales para ellos y sus familias. Sabe, porque está informado, que la violencia puede acontecer en cuanto se encienda la previsible hoguera de las gomas y los troncos sobre el asfalto, y entonces aparecerán los cuerpos de seguridad , llamados antidisturbios, mientras los guardias civiles de Tráfico recularán para ocupar su atención en la fila de coches parada a lo largo de kilómetros de carretera. Pues, por tanto, tranquilidad. Esperar a que se restablezca el orden, como siempre sucede. No es la primera vez que le ocurre tal incomodidad. Es la segunda. Ya resulta un experto.
El conductor de nuestra historia, ya se avisó, se halla cerca de los encubiertos, los embozados con pañuelos anudados o con pasamontañas; los rostros de ellos asemejan la violencia detenida, parecen gentes ajenas a la realidad y el entorno; auguran un hecho grave. Los distingue tranquilos, con pasos lentos, cerca de la anunciada hoguera, aunque atentos a algo por venir. Uno porta un tubo largo, otros dos o tres llevan en la mano cohetes (en esta tierra llamados “voladores”). Los de la Guardia Civil de Tráfico detienen y controlan a los coches que se amontonan tras quien es observador de esta historia, y no parecen ocuparse de quienes interrumpen el tráfico, tapados los rostros y a la expectativa del porvenir, así lo indican sus movimientos de oteo constante y conversaciones de unos con otros. El oficinista, que hoy llegará tarde a su trabajo, sale del coche por ver mejor los sucesos.
Así ocurren. Tal lo vio.
Uno de los guardias, quien detiene a los vehículos enfilados, toma su radio portátil y dialoga durante un rato. Después corre hacia los mineros apostados junto a la pila de leños y neumáticos aún sin encender.
—¡Que viene un coche con una mujer para dar a luz! ¿La dejáis pasar?
Los mineros se miran unos a otros, sus caras ocultas tras las telas.
—¡Venga, sí! ¡Pero rápido, que esto va a empezar! –grita uno de los rostros velados.
Dos de los subversivos apartan un tronco y quedan a la espera. Al pronto aparece un coche conducido por un hombre con los ojos alucinados y a su lado una mujer recostada; el conductor atraviesa la barrera de leños y neumáticos por el arcén (único hueco), y tras su paso, los mineros vuelven a colocar el tronco que antes movieron.
Uno de los mineros, ya en confianza, se dirige hacia el guardia que pidió permiso para la embarazada.
—¡Oye, tú!, ¿por dónde vienen hoy?
Se refiere, sin duda, a los llamados “antidisturbios”, la Guardia Civil “de asalto” en las zonas rurales.
—Creo que vienen de Oviedo. Así que por allí –y señala al otro lado de los leños y gomas de la postergada hoguera.
—¡Vale, gracies, tío! —responde el otro, y regresa junto a sus compañeros, amontonados alrededor de la próxima flama.
Suena el estallido de un “volador”, y parece una señal de aviso. Pronto comienza a verse humo negro y hosco. Los troncos, ramas y gomas de neumáticos comienzan a arder en medio de la carretera.
Uno de los guardias de Tráfico grita a los que están junto a los coches detenidos y mirando el acontecer fuera de los vehículos:
—¡Coño, métanse dentro, que una pelota de goma da a cualquiera, y después ocurre lo que ocurre!
Todos los obedientes, obedecen. Todos.
El asalto sucede al otro lado de la hoguera, y poco pueden ver los del lugar contrario. Pero observan cómo lo mineros se atrincheran en el inicio del monte, cómo disponen munición en el fino tubo a modo de lanza misiles y disparan los “voladores” o cohetes hacia quienes los enfrentan. Se oyen explosiones de dinamita, festiva en otros casos, se escucha el estruendo de disparos de fusil, presumiblemente con munición de dura goma. A lo lejos se ve correr a los mineros monte arriba, algunos con los gomeros o tirachinas con proyectil de hierro, tan dañino como bala de fusil.
Y de pronto todo calma. Solo la hoguera, en los últimos resquicios, permanece. Aún se oye algún cohete a lo lejos, y también cierto sonido afín al disparo de un fusil. Y después nada. Quedan las llamas de la carretera apagándose.
Al poco se acercan los bomberos. Cercenan las últimas llamas de la carretera. Poco después aparecen unos obreros, quienes descienden de unos vehículos decorados con el nombre de “Conservación de Carreteras”, y limpian el paso.
Nuestro observador, retenido hasta entonces, reemprende la marcha, a indicaciones de un guardia civil de Tráfico, y decide llamar por el teléfono móvil a su oficina para explicar que hoy llegará unas horas más tarde a su trabajo.
