Benditos desconciertos en Barcelona Skyline, de David C. Hall

 

Santiago García Tirado
 
 
Elso Bari es el prota en esta novela. Es un tipo listo, y es un tipo atractivo, solo que es además un tipo culto. Sospecho que ahí está una de las claves del desconcierto que puede provocar Barcelona Skyline entre cierto tipo de lectores, si es que son habituales del género. Es un detective que lo tiene todo para triunfar en una novela negra, y que a última hora decide añadir un pero. Se trata de un detective, pero un detective que conoce (y ama) la Historia, el Arte, el ancho mundo y ese territorio de caprichos para connaisseurs que es la buena mesa. Y no sé si ese ingrediente es admitido por el grueso de ese club que forman los lectores de novela negra. 
El problema de los géneros, ese asunto. Un fenómeno que tiene que ver con la construcción de unas coordenadas que acaban conformando un marco de convención por el que transitan cómodamente escritor y lector. Entiendo que, en ese contexto, los aficionados al género terminen cerrando puertas a la posibilidad de innovación y reclamen que los autores repitan una y otra vez esquemas de probada eficacia. Que les den lo que esperan, en alguna de sus variantes posibles. Ah, pero aquí ha llegado David C. Hall con una novela de género en la que adquiere un papel preponderante el tema de la Cultura.
Seguimos. Descubrimos, además, que  estrictamente hablando Elso Bari no es detective. Digamos que no cotiza en Hacienda como detective. Lo suyo es la hostelería, por la que cotiza en el sistema fiscal americano. Regenta en Chicago un establecimiento que ofrece comida de autor, y solo esporádicamente realiza incursiones en los oscuros vericuetos del crimen. Cuando le pagan bien. De esa forma de ejercer el oficio se deduce que Elso Bari es la secuela de un pasado oscuro, un hombre salido de un túnel del tiempo en el que debió bregar con el lado menos aconsejable de la sociedad para salir con un máster en supervivencia bien trabajado. De ese túnel oscuro procede también su nombre, Elso, con un apellido que atrae por igual ecos de la ‘Ndrangheta o del Vaticano, año 2012. Se trata de un hombre distinguido, y nada podría ser más devastador en su expediente que un nombre provinciano. Como hombre culto y distinguido es también vividor. Desde la mesa a la cama, solo delicatessen de primera. 
Más desconcierto. Elso Bari es contratado para localizar a una asesina. La asesina está arrasando en España. Lo que no sabe nadie es para quién trabaja esa mujer que va facturando cadáveres periódicamente, con abnegación y disciplina. Sin pausa. Pero Elso Bari tampoco sabe para quién va a trabajar él mismo. Ni qué es exactamente lo que tiene que hacer cuando logre vérselas con esa gorgona post. Es un mundo especular, en el que las realidades se ven a través de lentes deformantes que se llaman abogados, y que nunca aclaran gran cosa. Lo han adivinado: el planteamiento parece salido de Kafka, y Kafka no nos gusta. Sospecho que a un lector de género le debe gustar bastante menos que a nosotros. Pero resulta que Kafka es el absurdo y es la angustia, y la angustia es un flirteo con la muerte, y eso sí que es lo que un lector de género va buscando (entre otras cosas) cuando se zambulle en la novela negra. Ergo uno se siente sometido cuando el protagonista acepta su encargo y comienza a dar (nunca mejor dicho) palos de ciego. El lector no entiende, está desconcertado. Pero no menos que lo está el propio protagonista. 
Último desconcierto: proporciones.  La novela se erige por una suma constante de elementos, lo que va consolidándose página a página como una estructura endemoniada. La novela propone y el lector dispone, pero es preciso que saque músculo si no quiere desfallecer a mitad de la lectura. David C. Hall elige a los mejores lectores, y los reta. La historia, desde el primer capítulo, se bifurca en diversas líneas de acción que a su vez se irán bifurcando en otras muchas. En ocasiones hay tramas paralelas, y en lugares distantes como París o Barcelona. Se multiplican los personajes, los nombres de empresas opacas y los potenciales puntos de interés que enfocan las distintas redes mafiosas. No es una estupidez aconsejar que se lea Barcelona Skyline con un bolígrafo y un papel a mano para no acabar perdido cuando la acción alcance velocidad (y alcanzará mucha) y se multipliquen los lugares y las gentes, y las redes mafiosas comiencen a dar giros inesperados en sus proyectos. Seguir este consejo supondrá un disfrute óptimo de la novela, y lo contrario, quedar paralizado frente al desconcierto.
Volviendo de nuevo al asunto del género, entenderán mejor a qué me refería cuando hablaba de desconciertos. El género, cualquier género, necesita de revulsivos si no quiere morir de inanición. Y por supuesto requiere de autores exigentes que asuman riesgos, incluido ahí el riesgo de la incomprensión. David C. Hall es uno de ellos. En Barcelona Skyline ha planteado una ecuación compleja cuya resolución final acaba siendo una provocación, y entiendo que esto no satisfaga a cierto tipo de lector embelesado por las líneas simples. Sin embargo el desconcierto que puede provocar esta novela es del tipo saludable, el que incita al lector y le permite penetrar un mundo fascinante en el que poner en juego sus mejores destrezas. Por suerte en este caso la novela viene con el reconocimiento bajo el brazo: fue premio Getafe Negro en la edición 2011.  
No todas las obras de este autor han corrido la misma suerte. Y el hecho de que ciertas aventuras heterodoxas, pero sin duda de calidad, sean todavía vetadas por lectores, o incluso por editores, me desconcierta. Ahí está el único desconcierto intolerable. 
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