"El regreso del soldado", de Rebecca West

 
 
Pedro Amorós
 
“Estaba convencida de que no se nos podía reprochar el derroche porque habíamos construido un bello ambiente para Chris, una pequeña porción de mundo que era, al menos en lo que a las apariencias atañía, lo bastante bueno para su asombrosa bondad”. En las páginas iniciales de la primera —y extraordinaria— novela de Rebecca West, El regreso del soldado (Herce Editores, 2008), publicada en 1918, se lee esta brillante frase que resume el estado de ánimo que siente la protagonista, la narradora de la historia –Jenny—, esperando, anhelando la llegada del héroe, el retorno del soldado que lucha en las trincheras de la primera guerra mundial. Jenny, aunque pueda parecer extraño por sus sentidas palabras, es tan sólo la devota prima de Chris Baldry, enamorada fervientemente de él desde la infancia, capaz de invertir su vida —junto a Kitty, esposa de Chris— en la construcción de un mundo artificial alrededor del cual se pueda sentir cómodo el dueño de la mansión Baldry. “Esta casa, esta vida con nosotras”, afirma con convicción la narradora, “ocupaban el centro de su corazón”. Jenny se muestra convencida de la felicidad que ha alcanzado el joven Chris en esa “pequeña porción de mundo” construida a la medida del héroe. Sin embargo, al final de la novela, cuando la historia se cierra de forma ejemplar, mientras las dos mujeres aguardan expectantes en el interior de la mansión Baldry, Jenny describe con desaliento el regreso definitivo del soldado: “[Chris] Miraba de reojo hacia la casa como si fuera un lugar detestable al cual, y en contra de sus deseos, las obligaciones laborales le obligaran a regresar. Se desvió para evitar un claro de luz en la hierba que proyectaba una ventana abierta; las luces de nuestra casa eran algo peor que la oscuridad, nuestro cariño era peor que cualquier odio. Esbozaba una sonrisa horriblemente cortés y yo sabía que alzaría la voz, resuelto, para saludarnos. Caminaba, no desgarbado como un muchacho, sino con el paso firme de un soldado, clavando los tacones en la tierra”. 
Entre esa falsa ilusión inicial que se imagina Jenny y la desesperanzada realidad del final de la novela, una hermosa y terrible historia acontecida en el pasado aletea en toda la narración.

Chris Baldry, adaptado al mundo que han fabricado su esposa y su prima, no puede olvidar su “fe en la inminencia de lo improbable”, su “melancólica aspiración a reconciliarse por completo con la vida”. Ha vivido esperando —como casi todos los mortales— una experiencia única. El regreso del soldado cuenta precisamente, con una pericia y en ocasiones una belleza inigualables, cómo ha sucedido esa experiencia, y para ello Rebecca West se sirve de una singular paradoja: el soldado Chris Baldry regresa de las trincheras afectado por una amnesia que le hace olvidar su pasado, excepto esa experiencia única acontecida en el pasado. Sólo recuerda un nombre y una mujer, Margaret. Es como si el mundo de apariencias que han levantado Jenny y Kitty tuviese la misión de hacer olvidar el sueño, la ilusión que se había forjado Chris Baldry en su juventud al mantener relaciones con una joven de baja condición social, y la pérdida de memoria le hubiese hecho recordar sus momentos más felices instalándole en un momentáneo estado de éxtasis. Esta experiencia única –vivida en el pasado y recreada en el presente— entre Chris y Margaret supone a la vez un proceso de aprendizaje y comprensión para Jenny que, al principio de la historia, no puede ocultar cierto desprecio hacia Margaret —despachándose a gusto con las siguientes palabras: “la odié como los ricos odian a los pobres”—, pero que, al final de la narración, es capaz de expresar su admiración y su cariño hacia esa mujer besándola en la despedida, no como lo hacen las mujeres, “sino como se besan los enamorados”.

Al llegar herido del campo de batalla, el amnésico Chris Baldry siente la extrañeza de su casa, no reconoce nada en la mansión donde habita porque vive en otro mundo, el de Margaret, y en otra época más lejana. En este sentido, Rebecca West se deleita describiendo con detalle las imágenes, los símbolos que escenifican el amor entre Chris y Margaret, como cuando en la parte más salvaje de la isla de Monkey Island, los amantes permanecen ajenos al mundo en un asiento rústico y “entonces una gigantesca garza real batió sus alas frente a la luna y trazó grandes círculos alrededor del sauce llorón frente a ellos”; o como cuando ella apoya la mejilla en el cristal de la ventana del salón de la posada en Monkey Island y mira hacia el interior en donde “la pequeña habitación parecía triste en el crepúsculo y no se distinguía nada en su interior, excepto la máquina de coser de Margaret sobre la mesa, la fotografía ampliada de su madre sobre la repisa de la chimenea, los paisajes de la abadía de Tintern lujosamente enmarcados, y, en el suelo, con el estampado floral haciéndose visible en la penumbra, las pantuflas del señor Allington [el padre de ella]”, porque esta mirada volcada en el interior de la casa es la mirada de una mujer enamorada que trata de recordar todos los objetos para guardarlos de forma indeleble en su memoria y, por eso, más tarde, cuando han pasado los años y la vida ha conducido a Margaret por otros derroteros, alejándola de Chris, en su nueva casa tiene los mismos objetos que “cuando apoyó la mejilla en la ventana del salón en Monkey Island” quince años atrás; o como cuando los amantes se abrazan, iluminados por un intenso rayo de luna, en un templete griego que se alza en la pequeña isla. A veces, estos momentos de exaltación poética y ensoñación son rotos bruscamente por giros inesperados en la narración que nos conducen a las más cruda realidad, como si la intención de Rebecca West fuese poner en evidencia el juego y el contraste entre pasado y presente, entre la nostalgia y el azar, pues si la nostalgia impulsa a los amantes en un intento de revivir la antigua historia de amor en el presente, el azar también ha jugado sus cartas en el pasado favoreciendo la separación de los jóvenes al producirse la inesperada muerte del señor Allington, padre de Margaret, e impidiendo la llegada de unas cartas de amor a su destino. De este modo, El regreso del soldado funciona como una narración envolvente en la que se produce una progresiva recuperación del pasado a través de un constante vaivén temporal.        
Pero lo verdaderamente fascinante de la novela de Rebecca West es que todos los momentos maravillosos vividos en el pasado por Chris y Margaret configuran una experiencia única que es recreada en el presente en un intento –vano— de volver a revivir y repetir ese primer amor –recobrado— sobre el cual gira toda la narración. Es, entonces, al contemplar y vislumbrar la verdadera alegría y felicidad en los gestos de los amantes, cuando Jenny siente verdadera envidia: “No era el amor que sentían el uno por el otro lo que me hacía sufrir tanto en aquel momento, sino pensar en todas las cosas que contemplaban juntos” porque, efectivamente, Jenny tiene que conformarse con observar la belleza del paisaje, el misterio del mundo en soledad. La tragedia, tanto para Jenny como para Kitty, es comprobar que Chris se entrega a una mujer que antepone el espíritu al cuerpo, es advertir que la irrupción de esa mujer de baja extracción social supone la destrucción de su artificioso mundo. Sorprendida y admirada a partes iguales por gestos y actitudes que no entendía, Jenny descubre en la imagen de Chris, durmiendo apaciblemente en la campiña con la cabeza apoyada en el regazo de Margaret, “la actitud más importante y más bella del mundo. Significa que la mujer guarda el alma del hombre en la suya propia y la mantiene amada y en paz, de manera que su cuerpo pueda descansar tranquilo por un tiempo”. Es entonces también, al relacionar este gesto con la actitud de los fieles arrodillados en las iglesias o de una madre con su hijo en brazos, cuando Jenny comprende el verdadero valor de la dignidad y la generosidad. 
Pero, fatalmente, la situación atemporal en la que viven Chris y Margaret no se puede sostener, ese idilio perfecto recreado en los jardines y bosques que rodean la mansión Baldry, y que recuerda los hermosos días acaecidos en la pequeña isla de Monkey Island quince años atrás, se rompe en el instante en que Margaret experimenta una suerte de revelación al comprobar que el matrimonio Baldry ha perdido un hijo, igual que ella. En un gesto supremo lleno de sabiduría y bondad, Margaret sacrifica su amor para dejar paso a la verdad, para hacer regresar al soldado Chris Baldry al tiempo presente. “La verdad es la verdad”, nos recuerda la voz de la mujer. Al final la triste realidad se impone, para todos. El soldado regresa definitivamente de las trincheras y se hace evidente, nuevamente, —expresado aquí, en este bello relato, en ese hogar y prisión que atenaza a Chris— algo que nos recuerda Rebecca West, ese extraño orden de cosas que reina en la tierra.    
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