por Santiago García Tirado
Sobre las ocho treinta escuchó por primera vez el golpe seco de un cuerpo al caer sobre la roca. A las ocho cincuenta decidió que debía buscar un sitio abrigado para pasar la noche, porque el frío comenzaba a traspasarle los huesos y ya no había nadie que hiciera el fuego por él. A las nueve y diez por fin se sintió satisfecho de haber acabado con el hombre que siempre lo había eclipsado.
Sentado en una oquedad entre las rocas, se acurrucó junto al cuerpo muerto. No serían más de las diez si es que las estrellas no habían salido para engañarlo. A las diez y cuarto luchó para ahuyentar a una manada de lobos sedientos de sangre, y agotado al final del día pensó que necesitaría ayuda para planear el día siguiente. A las doce en punto Caín comprendió que el tiempo pasaba muy lento cuando se vivía en soledad.

Es feo quedarse sin hermanos, y peor si es por nuestra propia culpa.Abrazos.
La tortura de la soledad.