Las calles sedientas

por Santiago García Tirado

A las siete de la tarde ya sabía de sobra que el choteo estaba servido entre amigos y enemigos, y para varios días. Pero la cosa había sucedido como había sucedido: imposible hacer nada para borrarla después. Te toca ser el protagonista involuntario de una mojiganga a lo grande, y la encajas en tu pequeña historia del ridículo sin consuelos, porque no hay ni santo ni protector para el oficio que mejor desempeño, y eso también es una tragedia. Pero sin catarsis que alivie. Me limpié, en fin, como pude el rastro de los besos, y me recompuse el traje, luego traté de fingir que yo también me había reído lo mío y hasta podría sacarle jugo a la anécdota con las bromas que salpicarían la cena posterior. En mi contra jugaba, sin embargo, el hallarme en medio de gente que no conocía, y la sospecha de que me iba a tocar aguantar la sonrisilla idiota de algunos anónimos y sufrir el proverbial y agudísimo ingenio español a la hora de la cena. Eso más que nada me aburría. Mucho más porque al final el aire de la confianza acababa extendiéndose, y tendría que mantenerle la mirada al graciosillo de segunda fila, que solía ser en estos casos un amigo del concejal, o un periodista al que nunca antes había visto. El absurdo, que lo llevo muy mal.
Sucede en ocasiones que uno trata de rebelarse contra las estupideces que van incluidas en el renombre público de tu nombre privado, porque la gente mantiene esa proporción de irrealidad en vena tal que confunde el haber visto tu foto en la prensa, con el considerarte de su familia, aunque sea lejana. Claro que también he intentado rebelarme contra algunos gobiernos, y en ciertas (contadas) ocasiones, contra la ley de la gravedad: siempre con el mismo resultado. O sea, que mi vuelta a la patria chica había quedado marcada por aquel lance, y lo de rebelarme o matarme a porros de matalahúva daba lo mismo, porque la hazaña de aquella tarde ya no la remediaba ni con agua bendita.

Ahí quedaron unas cuantas fotos para inmortalizar el momento, yo tan dandy con mi traje blanco de piqué, la plana mayor de la concejalía de cultura y esas sonrisas tan políticas (qué estilo, el político, y cuántas de Cary Grant se habrán endosado), y en el centro Chon Segarra asfixiándome. De lujo el momento, y yo buscando árbitro que nos separase, pero nada, qué poca profesionalidad. Las risas sí, el público estaba entregado y nos jaleaba, cómo no hacerlo. Chon Segarra colgada de mi cuello, besándome y besándome  como si hubiese vuelto, pero quién había vuelto,  y yo dejándome devorar con todo mi estoicismo porque Chon era la loca del Raval, y en fin, que era como para tenerle también un respeto. No era la vergüenza, eso lo puedo decir ahora, era el pánico lo que me hizo sufrir por adelantado, el pánico a la prensa, a los chascarrillos que quedaran sueltos por allí cuando yo me volviese a Barcelona. Crucé los dedos desde entonces, esperando que no hubiese entre los periodistas demasiada mala uva, ni señas preocupantes de resentimiento social.

Cómo evitar, en fin, el precio que se paga por creerse profeta y volver luego a la tierra que te conoce. Entre los tuyos nunca pasas de compadre, aunque te reciban como a Dios y el ayuntamiento afloje lo necesario para pagarte el hotel de cuatro estrellas (de tu pueblo, al fin y al cabo) y un menú de oro en el mejor restaurante (de tu pueblo, al fin y al cabo). Pensé que desaparecería de allí durante la noche, antes de amanecer, que anularía mi agenda de actos previstos para el día siguiente, y que desde cualquier rincón del mapa llamaría al ayuntamiento, para contarle a los organizadores de los fastos culturales que me había desplazado a Barcelona de urgencia, razones de salud de mi mujer, o de mi gato, algún problema máximo con un editor, cuestiones de derechos. Acaso la venta de mis paquetes de acciones aprovechando el repunte del índice Nikkei. Bah, qué sabía yo.

En mi defensa tengo que decir que durante el resto de la tarde y luego, en la cena, mantuve el nivel de mi conversación como si el lustre de mi fama siguiese intacto. Incluso conseguí retirarme antes que ninguno, aunque el sector cultural ilicitano amenazaba con que llevarme de copas y malgastarme hasta horas ímprobas era señal de cariño hacia mi persona. A la altura de la calle Sagasta logré zafarme del grupo, cuando el concejal, que era el más sobrio de momento, iba ya por el cuarto daiquiri, y yo había logrado engañarlos a base de agua mineral con gas, bajo el nombre de gin tonic. Doblé por la calle Comisario y luego por Sants Metges. Entonces Elche, que nunca me había parecido un sitio muy ancho, me hizo respirar un aire con destellos de libertad. Y una y no más, me juré al salir corriendo.

En el hotel monté un número de los habituales míos para subirme la autoconfianza. Con modales de energúmeno le grité a la recepcionista, traté de engañarla con el bulo de que venía a reclamar un bloody mary que había pedido media hora antes, desde mi habitación, y oiga usted, esto lleva trazas de terminar en un expediente en regla, pero ella me miraba con cara de estupefacción, tratando de adivinar quién era ese mindundi que la asaltaba a las tres treinta y cinco de la madrugada, y yo pensé me ha salido mal el show, porque ella no tenía ni idea de que yo era Santos Garriga, un escritor  de la pera, y el expediente en regla, y todo eso me lo hubiera podido ahorrar, porque yo también había estado ingenioso con mi bromita (diablos, la estupidez se me había contagiado durante la cena, peor que la gripe), y la recepcionista seguramente lo que tenía en regla era su menstruación, y a la mierda mi número de autor maldito, que esas cosas en tu pueblo no caben, para ser maldito hay que estar muy lejos o llevar años criando malvas, porque si no, no hay misterio,  pero no llore, señora, o señorita, en fin, cómo le temblaba el canalillo del escote, me miré en el bolsillo y lo único que me salió bien en el espectáculo fue eso, que encontré un pañuelo y se lo presté, abrazándola y pidiéndole disculpas. Luego le di un beso en la frente, porque la cosa me recordaba mucho las escenas familiares.
En cuanto estuve en mi habitación tiré por la borda mi aureola de puerco, y me metí en la ducha, porque algo tenía que intentar para quitarme de encima la sensación que se me había quedado. Luego eché en falta la costumbre  maldita de fumar en la cama (tan literaria ella), y lamenté con toda mi sinceridad no haberla adquirido como todos los mortales, en la edad del instituto. Pero a decir verdad, el fumar era una de esas cosas (eran ya tantas) a las que había llegado tarde y mal en la vida, y sobraban los arrepentimientos, así que me acosté sin olores, y con una borrachera de agua mineral con gas que me hizo hablar verdades como puños, y mandar a la mierda el malditismo. A cambio, se me aumentó de golpe mi terror por el pensamiento único, y casi me convencí de me estaba volviendo conservador. Luego pensé que esas cosas me pasaban porque yo era Santos Garriga, un escritor maldito. Pero en cualquier otro sitio que no fuera mi pueblo.

El sueño me traicionó una vez más, y me dejó por imposible, y es que en el fondo nuestras relaciones nunca fueron fáciles. A cambio me regaló una borrachera nueva, de silencio, de las que siempre salía malparado, porque me disparaban la imaginación.  Sentado en la cama sentí que Chon Segarra volvía a la carga contra mí, como aquella tarde de mal fario, mientras yo trataba de buscar una salida por las calles del Raval. Pero cómo corría la condenada. Me llamaba desde lejos con los brazos abiertos, amenazaba con estrujarme entre sus carnes si me daba alcance, pero a mí sólo me preocupaba que no nos viera nadie, así que me pasaba más tiempo mirando hacia los balcones que buscando la forma de despistarla. Bajé hasta la ladera del río, luego volví a subir por la calle Luna, doblé hacia la bodega Amorós, y allí estuve a punto de entrar por si tenían agua mineral con gas. Pero Chon Segarra me pisaba los talones, y ni en sueños hubiera querido que se repitiera la escena.

Habrá que decir, supongo, que yo sí sabía quién era Chon Segarra. Una historia antigua, de la que aún no había hablado con nadie, ni después de hoy volveré a hacerlo. Yo tenía apenas once o doce años,  y me encontraba en la época en que descubría todas las cosas de sopetón, cosas como la geografía de las calles adonde nunca antes había llegado en horas de clases, cosas más abstractas, como toda una sección entera de diccionario que hablaba de placer. Por entonces descubrí también que las calles de Elche tenían vida propia, y en verano sufrían como los perros o los gatos, porque vivían sedientas. El descubrimiento me llegó un día de agosto sin playa, sentado sobre mi balón de fútbol, filosofando sin moverme (que es como piensan los genios), mientras dejaba  mis ojos al albur de alguna vecina que fregoteaba en el zaguán y en la parte de acera que le tocaba. En cuanto caía un poco de agua, el suelo abría sus fauces y la devoraba sin dejar rastro,  así fue como mis ojos lo vieron. Pero eso lo hacía el suelo con disimulo, cuando ningún ser humano estaba atento, excepto yo. A mí no se me escapaba el detalle.
Claro que Asunción Segarra tenía también su misterio, como casi todo lo que uno va conociendo a esa edad. Lo único interesante, quiero decir. Asunción Segarra no tenía madre, y eso ya era el principio de cualquier misterio. La categoría de la muchacha me la confirmaron los chavales mayores, en cuanto la vimos: Es la Chon, dictaminó Paco, y está loca. Paco era el colmo de la sabiduría, y por eso se llamaba Paco. Y ahí se acababa la lógica. La aristotélica y la otra.
En fin, que la conocí recién bautizada, a la divina altura de sus veinte años, y fue Chon, la loca, para siempre.  Esa primera vez la vi en plena tarea: se dejaba la vida intentando poner coto con una escoba a la polvareda que rodeaba su puerta, aunque en aquellas circunstancias toda su energía era tan inútil como la del resto de vecinas. Yo, que tenía los sentidos embotados para casi todo lo que no fuera jugar o comer, me estampé de lleno contra una realidad para la que aún no tenía un hueco en mi cabeza. Desde entonces pensé que si Chon no era bella, nada podría volver a llamarse bello sin su permiso. Eso constituyó mi nuevo artículo de fe, al lado de los del catecismo de Motete y las historias de moros del Raval, conque no aceptaba discusión.
Me fijé en que después del bailoteo del escobón, la muchacha sacaba un balde de agua y rociaba todo el entorno de su puerta y hasta la fachada, y eso debía hacerme gracia entonces que era tan niño. Pero era cierto lo que veían mis ojos: apenas unos segundos después no quedaba resto de agua por ninguna parte, pero las paredes y el suelo parecían un poco más satisfechos.
Luego miré sus manos, y los brazos  que dejaba al descubierto  su bata estampada. Entonces la vi como era, loca y divina, pero vi también en ella a las hermanas de Paco y de Eduardo Olmos, de Sempere y de Javi Antón, vi la foto de Venus de la página veinte de un libro que llevaba al colegio y del que no recuerdo otra cosa. Vi a todas las mujeres del mundo con bata estampada, rociando de agua limpia la calle Fossar, pero a ella le puse un nombre inefable, porque de golpe se me había quedado pequeño el diccionario. Y desde entonces me cagué en todos los otros misterios.
Volví a verla desde entonces muchas veces, y me sacudí la cabeza por no entender cómo hasta ese momento no había reparado en aquella presencia que estremecía desde lejos. Porque era evidente que antes debía haberla visto otras miles de veces, paseando por el barrio, o comprando el pan entre el murmullo de las vecinas, pero también era evidente que había sido invisible para mí hasta que tuvo nombre (porque los misterios tienen esa particularidad, también). La seguí algunas veces, si lograba deshacerme de mi pandilla, y la vi con otros aires: vestida de domingo, vestida de calle, a veces pintada, a veces sin pintar. Era bajita (tal vez no lo he dado a entender), poco más alta que yo, pero al caminar por las aceras breves del barrio era inmensamente todo eso que uno entiende por mujer, y que sin embargo nunca espera encontrar en forma humana. Yo eso lo entendía a mi edad, sólo que sin palabras (que es como se calculan los misterios), pero a uno le basta, porque es partícipe y los disfruta, y se le da un carajo si aquello se explica o no, pero menudo efecto el de los misterios como ella. Mirando a Chon se operó en mí también el milagro, y me salieron los primeros pelillos de la barba.
A la fama de la muchachita linda se le amontonaba por aquel entonces más polvareda de la que ella misma era capaz de levantar con su escoba y su balde.     Por lo que pude indagar mucho después, la chica había pasado los mejores años de su adolescencia en clases de ballet, y acaso fuera éste el motivo de que no se dejara ver mucho por la calle con las demás niñas del barrio. A cierta edad debió convencerse de que en Elche, a lo más que podía aspirar era a seguirle los pasodobles a algún meapilas en el  bailongo del parque deportivo, pero como que no iba por ahí la afición. Así que pensó lo que pensó, y un día lo que quedó de ella fue la noticia desvaída de que se había cegado con los brillos de Madrid, y para allá se había marchado en busca de la gloria. En fin, que la noticia se quedó ahí, o puede que en algo menos, lo suficiente para que luego, al correr de boca en boca, se fuese limando un poquito más hasta quedarse en una noticia muy roma, como que a la chica la habían echado de casa por puta (versión 1), o que se había hartado de que su padre se le metiera en la cama algunas noches (versión 2). Mi pena fue devastadora: dejé de verla en mis horas de filósofo-sobre-balón-diletante, y tuve que soportar durante años la hojarasca de las noticias oscuras que a veces removía el aire.
Mi reloj no se paró ni para pedir cuerda. El verano en que terminé el instituto me encontré con dos cargas penosas en las manos: en la derecha me dejaron un billete para que me marchara a estudiar a Valencia; en la izquierda me quedaba la noticia de la vida zumbona de la Chon en una capital demasiado grande. Me quedó eso entre mis fardos, pero también la imagen de la calle Fossar casi como un agujero negro. Por ahí se me iban la paz, la belleza y mi conciencia recién estrenada, a partes iguales.

De golpe volví a sacudirme tumbado en la cama. Nada, tal vez un conato de sueño me hubiese hecho sentir como que caía, y me habría asustado. Todavía tenía fresca la historia de Chon, y nada contaba más que eso. Una sospecha demasiado fría me obligó a sentarme de nuevo al borde de la cama. Pensé que si era capaz de recordar las cosas con tanto almíbar, ya no necesitaba a nadie para que me recordara que me estaba volviendo un viejo decrépito. Dije joder, y dije también me estoy volviendo conservador. Pero como ésta es una amenaza con la que uno se acostumbra a vivir, a fuerza de que se la recuerden los críticos (sobre todo desde que cumples los cincuenta), me di vuelta en la cama  y cambié de conversación. Noté cierta claridad entrando por las rendijas de la persiana, pero no me atreví a mirar el reloj. Encendí la luz de la mesilla: no había tabaco. Y lo sentí, ahora más que nunca, con lo literario que quedaba el vicio en una noche como ésta. Pero no había tabaco, ésa era la realidad, y pensándolo bien, ahí tenía un buen motivo para levantar otro alboroto en la recepción que alimentase mi  malditismo. En fin, me vi muy cañí, y lo dejé.
Abrí mi maleta y revolví en ella todo lo que pude, pero no encontré mi agenda. Sin ella me resultaría difícil saber si el día me iba a resultar excesivo, como el anterior. De lo de escaparme dejando mis compromisos a medias aún no tenía nada claro, pero ya no tenía duda de que en el pueblo la fama no se le mejora a uno. En ese instante me salió mi pragmatismo inglés y decidí desayunar. Unos huevos con bacon, por qué no.
Fui el primero de la mañana. El primero, para ser exactos, no. Antes de mí había pasado por la cafetería una horda de sajones jubilados que habían puesto al personal a cien, y habían dejado temblando los recursos del buffet. Pero me senté y me pedí mis huevos como si no existiese otro huésped en el hotel. Recordé que el chófer del ayuntamiento pasaría a recogerme sobre las diez treinta, y eso me agrió la perspectiva. Un mozo me aseguró entonces que aún no eran las ocho, y con eso casi me reconcilié con el servicio del hotel, que a decir verdad, aún no había alimentado mi malditismo.  Faltaban más de dos horas y eso me fue suficiente.
Luego salí a tomar el fresco en el jardín, hasta que poco a poco me fui dando cuenta de que la inercia me sacaba fuera del hotel, a recorrer calles demasiado conocidas como para tener que pensarlas. La ciudad, a eso  de las ocho treinta, ya se movía frenética. Salí de los huertos de palmeras buscando vida, y ya en ella, me dejé llevar por la pendiente de la calle Ángel en dirección a la rambla.  Al cabo de unos minutos me cagué en el subconsciente, porque estaba en la misma calle Fossar.
Me hubiese muerto de la vergüenza si hubiese visto por allí a Eduardo Olmos, o a Ginés Maciá, o a cualquier otro de la pandilla, aunque ya hubiese calvas de por medio y tal vez algún nieto. Menudo, cómo justificar a esas horas mis paseos, imposible no recordar el lance del día anterior sin una mueca de angustia. No habría forma de detener la juerga que se montaría después en mi ausencia, mientras se tomaran el carajillo en Pepito Parres con el incidente bien calentito, y esa manga de mamones con tema para una semana. Se me detuvieron los pies. Confieso que en ese instante se me detuvieron los pies, aunque yo no quería. En el cielo, inexplicablemente, se había instalado una nube muy poblada, casi vieja y gris.
En otra ocasión, cuando vine con más suerte por estos lares, y nadie me esperaba, me contaron durante una partida de dominó que la Chon ahora sí que había perdido la cabeza, irremediablemente. Su padre había muerto mientras ella se la jugaba por la fama en Madrid, y en cuatro o cinco años había terminado de quemar entera la herencia que había dejado. A cambio no encontró ni siquiera el partido que la sacara de pobre, ni la fama que había buscado. Luego siguió el reguero de las noticias oscuras, y al final cierta sospecha que no se discutía sobre el destino de la muchacha en un bar de alterne en Alcorcón. Ni ésa ni otras noticias las pude nunca confirmar. Me quedé, como todo el mundo, con el retrato que me pareció bien hacerme de una mujer que para mí fue el resumen de la mujer, de toda mujer.
Entonces, cuando la vi de espaldas, amenazaba con llover. Ella, como si esos condicionantes fuesen cosa ajena, agitaba la escoba con toda su energía barriendo el entorno de su puerta. Seguía tan pizpireta como cuando era la Chon, y tenía ocho o nueve años más que el mocoso que se sentaba encima de la pelota a morirse de aburrimiento. Terminó de barrer, y entonces sacó un balde de agua, con todo el desprecio del mundo por los miles de años que habían corrido desde que yo la descubriera. Con una mano sujetó el cubo, y mientras, con la otra rociaba de agua las paredes que ahora eran de azulejo, y ya no se relamían. Ella me vio mucho menos torero que el día anterior, porque hoy aparecía solo y sin traje, sin fotógrafos ni mis abluciones de Armani. Vino a mí otra vez y se me colgó del cuello (porque yo sí había crecido un poco más), y en ese momento fui alguien mucho más importante que Santos Garriga, no sé, tal vez algún príncipe hachemita que un día le prometió el anillo de un futuro de jazmines y amores de gacela. Yo fui ése, y tuve que cumplir. Entonces la abracé, como no había podido hacer cuando era el cebollino que molestaba sólo con ponerse en medio de cualquier acera. Y para mí fue la Chon, pero con justicia. La besé en la boca, en el cuello, en el filo de su barbilla divina de sesenta años, y besé la gloria.
Sin que se diera cuenta miré mi reloj que marcaba las diez y media, pero estábamos volviendo al origen, y no casaban las matemáticas. Chon se deshacía en mis brazos, y se daba a todos los santos porque  al fin había vuelto su príncipe hachemita. Aún tenía duras las carnes, y bajo la bata se le transparentaban las mismas líneas que yo había memorizado durante esos mil años. Al seguirlas con mi mano se me aseguraron todas perfectas.
En eso se abrieron las puertas del cielo, y se nos pusieron las ropas como la mala conciencia, pero daba igual. Enseguida oí un ruido seco (pese al contrasentido), algo así como un manotazo, o una puerta que se cerró. Cuando miré otra vez vi que el suelo volvía a su postura de siempre. Y el muy sinvergüenza se relamía.

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