Deseo maligno

por José Manuel Fernández Argüelles

Y dijo Dios al diablo:

-Pídeme un solo deseo, pues ya que te condeno al mal para la eternidad, habré de concederte alguna gracia. Pero, ¡atento!, aunque sea un don acorde a tu naturaleza, no deberá dañar a mis criaturas humanas.
El demonio se quejó de que todo lo afín a su condición sería malsano para los protegidos del Señor, y por tanto cualquiera de sus peticiones habría de ser negada. Pero Dios no hizo por oír los clamores del maligno y esperó su petición sin hacer ningún comentario, a sabiendas de que algo acabaría por ocurrírsele al astuto ángel caído. Por fin, tras pensar largo tiempo, el diablo, con sonrisa ladina, así habló:
-No te pediré nada para mí, tan sólo deseo que en la tierra existan numerosos poetas, una cantidad ingente de poetas, miles, millones… muchísimos más que poesía.
Las risas de Belcebú aún resuenan en ripios y frases cortadas al buen albur, entre cantos discordantes y llantos fraudulentos, junto a gritos histéricos y adjetivos disonantes, al lado de frases sin sentido y rimas chirriantes.
El Oscuro sabe que no dañó de gravedad al humano protegido, pero al menos, en las tardes aburridas junto al fuego eterno, se solaza con cantos que, en lugar de ascender al cielo, se hunden en la tierra y se postran a sus pies.

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