por Santiago García Tirado
El repartidor de colas no aparece nunca antes de las nueve. A veces llega después de las nueve treinta, pero sólo si ha sufrido algún percance, a saber, percance de índole mecánica, o percance de índole jurídico-legal con algún agente de tránsito. Los espejos se vuelven todos hacia él cuando llega y le sonríen, las jarras de té, que se pavonean del brillo de sus barrigas, también lo miran, pero esconden su cara con desdén, la chica que habla por teléfono también lo mira, y no sonríe porque está en otra conversación. El repartidor de colas sonríe a todos con su sonrisa de chico con iniciativa (excepto si ha llegado después de las nueve treinta, que nunca sonríe) y hace el gesto de disparar hacia el camarero joven.
El camarero joven quiere ser un día como el repartidor de colas. Pero esa noche ha soñado que corrían juntos en bicicleta, y el repartidor de colas caía sobre el mar, de donde subía un camión de sirenas untadas con mantequilla, y le aplaudían en el momento en que él entraba en la meta en solitario.
Hoy no se atreve a mirar a la cara del repartidor de colas.
