Blanco

Carmen Matutes

Foto: Miguel Pastor

Blanco y negro a la vez. Cuando estoy casi a punto de salir, la pared próxima al techo e iluminada por el neón oculto resplandece. Junto al suelo, la misma pared es casi negra si la veo desde cerca, como ahora. Tumbada, la cabeza girada hacia ella para no ahogarme en la blandura del colchón, noto cómo el tono gris oscurece hasta concluir en la juntura que marca un principio y marca un final. Cuando entro, también las alturas se nublan amenazadoramente. Sí, este cubículo es multicolor.

Sé que saldré, en cada ocasión ha llegado ese instante mágico, cuando mi propia voz ha gritado: vas a salir.

Es un momento peculiar; podría incluso rascarme: igual da si no puedo, no lo deseo tampoco y el sueño se apodera de mí. Se trata de un sueño vacío,  transparente, sin matices. O completamente opaco. Después despierto sabiendo que sólo hay que esperar. Abrirán la mirilla, comprobarán mi posición y entrarán para conducirme ante el hombre con gafas de concha. Lo encontraré ojeando sus notas; y durante la entrevista las ampliará para la próxima cita, cada vez dura más el preámbulo. Yo reaccionaré de modo correcto.

He aprendido a hablar y a callar, a mentir con la voz y a mentir con silencios. He acumulado suficiente experiencia para, tras una sola cita, abandonar estas murallas blandas, iguales, para abandonar este cubo perfecto. O casi perfecto. Arriba, cerca del techo, los neones y las rendijas del aire se ocultan en una hendidura. No las veo, pero sé que están ahí, seguramente pintadas de blanco. Me molesta la asimetría. Y me molesta la gravedad, quisiera dormir cerca del techo. Pero no debo compartirlo con nadie.

Sé qué hay que callar para alcanzar el color de la calle, para respirar aire fresco al poco de entrar. Tengo memoria. Que ¿qué hago, aquí, de nuevo en la Tierra, envuelta en esta mullida blancura? Aguardo el sonido de la mirilla al abrirse. Mi aprendizaje sólo garantiza atisbar el exterior, no permanecer en un planeta sin barras. Ésa es mi desdicha.

Una vez ahí afuera, me propondré no regresar. Y, un día, algo trastocará mis planes y torcerá mi voluntad; quizá será algo que alguien, yo mismo en otro momento, juzgaría irrisorio, una servilleta mal puesta, un codazo al pasar… En cuanto ocurra ni tan sólo recordaré que la puerta de entrada está siempre abierta. Pero no se tratará de un olvido, ni tampoco de indiferencia: Los muros cayendo sobre mí llenarán el espacio y adquirirán prioridad absoluta. La luz se convertirá en sonido, un sonido agudo que lo rasgará todo al pasar. La opresión me ahogará. Sin embargo, estaré viva, algo en mí se defenderá buscando el oxígeno que huye de espacios cerrados. Y al cabo de un tiempo de lucha, imposible precisar cuánto, me rodearán unos oscuros tabiques blandos que después cambiarán de color. Así ocurre periódicamente.

¿Periódicamente, digo? Quizá una ocasión será la última; a partir de entonces los muros esponjosos vestirán para siempre de luto, me envolverán, apresándome como a una rata la ratonera. Pero esta vez no, debo pensar que esta vez no.

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