Elga Reátegui

Selfportrait (s.d.)-Charles Blackman
El mundo está lleno de personas con buenas intenciones hacia a los demás, sin embargo, no resultan suficientes a la hora de concretar metas y sueños y que, por supuesto, se mantengan en el tiempo exitosas, sobre todo cuando se erigen sobre cimientos inestables o alejados de la ley. Eso es lo que le ocurre al protagonista de la historia que nos propone Fernando Morote en su novela Jugó bien, mereció ganar, pero perdió (Ediciones Erradícame, 2024), cuyo título hace alusión al argumento manido que emplean los comentaristas deportivos cuando su selección o equipo de fútbol es derrotado, en particular en Perú —de donde es originario el escritor—, o en alguna otra parte de Latinoamérica.
Morote ha estructurado su novela con un notorio guiño al deporte rey, en la que sus capítulos consiguen nombres de situaciones o reglas que le pertenecen: «Posición adelantada», «Tarjeta roja» y «Autogol» para contar la vida de este hombre que, convertido en un filántropo, pretende arreglarle la existencia a seres tan perdidos o perdedores como él.
El protagonista, que carece de un nombre en la narración, se crea a sí mismo sobre la base de quién no quiere ser: su padre, del cual sólo recibió desprecio y abuso, y se lanza al mundo construyendo una base ética particular que, a su vez, es una especie de autojusticia que le permite experimentar el mundo bajo sus propios conceptos, actuaciones y objetivos.
El convencimiento de estar en lo cierto que posee el personaje es notable y abrumador, de allí que le es sencillo crear su movimiento de ‘tintes altruistas’, conseguir el personal adecuado y, como es obvio, los clientes o beneficiarios que ansían ver multiplicado su dinero. Se dejaban llevar por el discurso contundente del líder, la publicidad muy bien elaborada de los boletines y, ya involucrados, por los sustanciosos resultados a priori, sin atreverse a indagar de qué manera lo conseguía, pues lo importante era que el sistema funcionaba.
El idilio entre el benefactor y los beneficiados culmina cuando se destapa el fraude y la gente descubre la verdad.
En la parte última de la novela, el autor no se centra en la ruptura de los anhelos de las víctimas, sino en la postura inquebrantable del protagonista, quien continúa pensando que su comportamiento fue el correcto, que obró de buena fe y que se haya en paz consigo. Sin embargo admite que ‘algo’ entorpeció sus afanes, que el asunto iba viento en popa, de lo contrario, el estado de las cosas no se hubiese alterado.
La psicología del personaje es evidente y se refuerza mucho más en las postrimerías, donde aquel destino fatal de una contienda futbolística se repite o cumple: el que juega bien o bonito no se lleva el triunfo, y en este caso, menos aún, aunque el protagonista insista en sus benévolas intenciones, pese a que las evidencias indiquen lo opuesto.
Esta historia me remite a la mayor estafa financiera ocurrida en Perú en la década 90, cuando Carlos Manrique, dueño de CLAE (Centro Latinoamericano de Asesoramiento Empresarial), en plena hiperinflación del país, era capaz de ofrecer mayores intereses por el dinero depositado, a comparación de los bancos.
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