Toni Morrison

Pallas se secó los ojos con el pulpejo de la mano y se sonó. ¿Y ahora qué?
La última llamada telefónica, que había mencionado a Connie, no había sido muy diferente de la primera. Sólo más breve. Pero le produjo la misma frustración que lo que había pasado por una conversación con su padre el verano anterior.
Dios mío, ¿dónde estás? Creíamos que habías muerto. Gracias a Dios. Encontraron el coche, pero tenía todo un lateral tremendamente abollado y alguien lo había vaciado. ¿Estás bien? Mi niña. Papá. Dónde está él… Cuéntame qué pasó. La zorra de tu madre no dice nada que tenga sentido, como siempre. ¿Te hizo daño? No, papá. Bien, ¿entonces? ¿Estaba solo? Hemos denunciado al colegio, nena. Los tenemos agarrados. No fue él. Alguien me echó de la carretera. ¿Cómo? En su camión. Me dieron un golpe y me sacaron de la carretera. Corrí y entonces… ¿Te violaron? ¡Papá! Espera un momento, cariño. Jo Anne, localízame a ese detective. Dile que tengo a Pallas. No, está bien, pero localízamelo. Sigue, hija. Estoy… ¿Dónde estás? ¿Vendrás a buscarme, papá? Claro que sí. Ahora mismo. ¿Necesitas dinero? ¿Puedes llegar a algún aeropuerto, a alguna estación? Dime dónde estarás. Espera. Quizá debieras llamar a la policía. A la local. Te llevarán a un aeropuerto. Diles que me llamen. No. Llámame tú desde la estación. ¿Dónde estás? ¿Pallas? ¿Desde dónde me llamas? ¿Estás ahí, Pallas? Minnesota. ¿Minnesota? Dios mío, yo pensaba que estabas en Nuevo México. ¿Qué demonios hay allí? ¿Bloomington? No, Saint Paul. ¿Estás cerca de Saint Paul, cariño? No estoy cerca de ningún sitio, papá. Aquí no hay más que campo. Llama a la policía, Pallas. Haz que vayan a buscarte, ¿me oyes? De acuerdo, papá. Después llámame desde la estación. De acuerdo. ¿Lo has entendido? ¿No estás herida ni nada? No, papá. Bien. De acuerdo. Estaré allí, o irá Jo Anne si yo estoy fuera. Dios, la que me has hecho pasar. Pero ahora todo irá bien. Hablaremos de ese cabrón cuando vuelvas. ¿De acuerdo? Llámame. Tenemos que hablar. Te quiero, nena.
Hablar. Claro que sí. Pallas no llamó a nadie, ni a la policía, ni a Dee Dee, ni a él, hasta agosto. Estaba furioso, pero envió un giro con el dinero del viaje.
Si se habían reído a sus espaldas antes de que lo hiciese Carlos, si ya entonces hacían bromas a costa de ella, apenas le llegaba como una pálida sensación: un gesto interrumpido al entrar en la sala de estudio; una mirada de soslayo cuando se alejaba de su armario; una sonrisa vacilante cuando se sumaba a una mesa ocupada para comer. Nunca había tenido muchos amigos, pero sus señas y el dinero de su padre ocultaban ese hecho. En cambio, ahora bromeaban sobre ella abiertamente (Pallas Truelove se fugó con el conserje, ¿a que tiene gracia?), sin ningún disimulo. Estaba de vuelta en el lugar donde se libraban las últimas batallas, las trincheras organizadas de un colegio universitario, donde la palabra «vergüenza» alude al tiempo que lleva recorrer el pasillo; «fracaso» equivale a dudar con la combinación del candado y «odio» es un condón atascando una fuente. Donde, al margen del intercambio de ropa y juegos, no hay buenas intenciones. Donde reina la suficiencia, los juicios son inmediatos y los rechazos, permanentes. Y los adultos no tienen ni idea. Sólo la cárcel puede ser tan patente y dar tanto miedo, porque bajo sus normas y rituales araña una vida de lacerante violencia. Los que procedían de hogares tranquilos y organizados se veían asaltados por una crueldad que se apoderaba de ellos en cuanto cruzaban la puerta. Crueldad engalanada con regocijo juvenil.
Pallas lo intentó, pero la humillación pudo con ella. Milton la sonsacó sobre su madre. Ya le habían advertido de las consecuencias de casarse con una mujer que no pertenecía a su gente, y cada advertencia había resultado ser cierta: Dee Dee era irresponsable, amoral; la verdad, una auténtica putilla. Pallas dio respuestas vagas, sin comprometerse. Él seguía adelante en su denuncia contra el colegio universitario por ser un medio laxo y peligroso, por no hablar de sus empleados con tendencias criminales. Sin embargo, la «víctima» del «rapto» se había ido de manera voluntaria; y el destino del viaje, «más allá de las fronteras del estado», era la casa de la propia «víctima». ¿Cómo podía tratarse de un caso criminal? ¿Acaso sucedía algo en la casa del padre que debiera conocerse, algo que hubiera hecho que su hija quisiera, deseara escapar con su madre? Además, no había sucedido nada que lamentar dentro del recinto del colegio a excepción de la reparación del coche de la «víctima» y el tener que acompañar a ésta a su casa. Por añadidura, el «rapto» se había producido durante las vacaciones, cuando el colegio universitario estaba cerrado. Más aún, la «víctima» no sólo se había ido de manera voluntaria, sino que había cooperado y engañado para acompañar de manera voluntaria a un hombre (que era incluso un artista) que no tenía que rendir cuentas a ningún superior y cuyo comportamiento en la institución había sido ejemplar. ¿Había abusado de ella? La «víctima» respondió que no, no, no, no. ¿La había drogado, le había dado algo ilegal para fumar? Pallas negó con la cabeza, recordando que había sido su madre quien se lo había dado. ¿Quiénes eran los que chocaron con ella? No lo sé. No les vi la cara. Me fui de allí. ¿Adónde? Hice autostop y me cogieron. ¿Quién? Gente. Me llevaron a un sitio que parecía una iglesia. ¿En Minnesota? No, Oklahoma. ¿Cuál es la dirección, cuál es el teléfono? Papá, déjalo ya. Estoy en casa, ¿de acuerdo? De acuerdo, pero no quiero tener que preocuparme por ti. No lo hagas, no lo hagas.
Pallas no se encontraba bien. Cualquier cosa que comiera la hacía engordar un kilo, a pesar de que lo vomitaba casi todo. Pasó sola el día de Acción de Gracias con la comida que le había preparado Providence. En Navidad pidió que la dejara distraerse un poco. Milton dijo que no. Te quedas aquí. Sólo a Chicago, dijo, para visitar a la hermana de él. Al final, Milton accedió, y su secretaria ejecutiva se encargó de todo. Pallas se quedó con su tía hasta el 30 de diciembre, y ese día se escapó (no sin dejar una nota que los tranquilizara y despistase a la vez). En el aeropuerto de Tulsa, tardó dos horas y media en alquilar un coche con conductor para que la llevara al convento. Sólo es una visita. Sólo para averiguar cómo están todas, pensó. Y a quién podía engañar que no fuera a sí misma. A nadie. Connie se dio cuenta al instante. Y ahora ¿qué?
Consolata pone el ave de lado y mira dentro de sus cavidades plateadas y rosadas. Le mete sal y la espolvorea; después frota la piel con una mezcla de mantequilla y canela. Añade cebolla a los trozos de cuello, corazones y menudillos que motean el caldo. En cuanto las gallinas están tiernas y doradas las pone aparte para que recuperen el líquido.
Tibia y escasa, el agua de la bañera sólo le llegaba a la cintura. A Gigi le gustaba tomar baños, calientes, en bañeras bien llenas y con muchas burbujas. La fontanería de la mansión estaba desmoronándose: el agua circulaba por ella con esfuerzo y en ocasiones no conseguía subir al primer piso. La del pozo pasaba a través de una caldera de leña que sólo ella estaba interesada en mantener. Solía molestar a todas acumulando litros de agua bien caliente producida por un sistema decrépito que en invierno funcionaba peor que nunca. Naturalmente, Seneca la había ayudado llevando de la cocina al baño varios cubos de agua que desprendía vapor. Para producir burbujas, echaba en ellos granos de Ivory Snowy batía el contenido a conciencia, aunque el resultado era un limo decepcionante. Le había dicho a Seneca que se metiera con ella en la bañera y había recibido la negativa habitual; aunque entendía los motivos por los que su amiga prefería que no la vieran desnuda, Gigi no podía resistir tomarle el pelo por lo poco que se bañaba. Había visto el papel higiénico manchado de sangre, pero en cuanto a los costurones que Seneca tenía en la piel, sólo los había tocado bajo las mantas. A pesar de lo directa y desagradable que podía llegar a ser, no se había atrevido a preguntarle nada. La respuesta tal vez estuviese demasiado cerca de la escena del niño negro que sangraba.
Sacó las piernas del agua y las estiró para admirar sus pies, tal como había hecho muchas veces cuando los deslizaba por la columna vertebral de K. D. mientras ella estaba tendida en el desván y él sentado dándole la espalda. De vez en cuando, lo echaba de menos. Su lealtad caótica, llena de cambios de humor, penas y anhelos, y tanta, tanta entrega. Bueno, lo había maltratado un poco. Le encantaba que la adorase y poder hacer con él lo que quisiera, porque tenía muy poca experiencia en ambas cosas. Mikey. Nadie podría decir que aquello fuera amor. Pero la versión del amor de K. D. no fue divertida durante mucho tiempo. Le había tomado el pelo, lo había insultado o rechazado demasiadas veces, y él la siguió alrededor de la casa, la agarró y le pegó. Mavis y Seneca salieron y amenazándolo con utensilios de cocina, lo echaron; las tres contestaron a sus maldiciones con otras mejores.
En fin. Un año nuevo, pensó. Mil novecientos setenta y cinco. Planes nuevos, porque los antiguos habían resultado ser un desastre. Cuando por fin consiguió sacar la caja de debajo del azulejo del cuarto de baño, gritó al encontrarla llena de certificados. Al empleado del banco también le pareció divertido y le ofreció veinticinco dólares para darse el gusto de enmarcarlos o ponerlos en una vitrina para que se entretuvieran los clientes. No todos los días se podía ver documentación sobre uno de los mayores chanchullos del Oeste. Insistió en obtener cincuenta dólares, salió del banco pisando fuerte y le dijo a Mavis que condujera y callase, por favor.
Haría que Seneca se fuera con ella; esta vez, para siempre. Volvería a la brecha,de alguna manera, en algún lugar. Su madre estaba ilocalizable; su padre, en el corredor de la muerte. Sólo le quedaba un abuelo, que vivía en una caravana estupenda en Alcorn, Misisipí. No había pensado en ello con demasiada atención, pero de pronto se preguntó por el motivo exacto de su marcha. La brecha. No sólo era el chico que sangraba o la broma de Mikey sobre la pareja que lo hacía en el desierto o el consejo del chico bajito sobre el agua clara y los árboles entrelazados. Antes de Mikey, todo estaba subordinado a la diversión y la aventura. Manifestaciones provocadoras, panfletos, peleas, policía, ocupación de casas, dirigentes y hablar, hablar, tanto hablar. Nada de aquello era serio. Gigi levantó las manos llenas de jabón para volver a colocarse un rulo en el pelo. Ni cuando iba al instituto o a la universidad, nadie, ni siquiera las otras chicas, tomaba en serio su seriedad. Si no hubiera sido capaz de imprimir algo, nadie se habría enterado de que estaba allí. Excepto Mikey. «Hijos de puta», dijo en voz alta, y a continuación, sin saber cuál de aquellos hijos de puta la ponía más furiosa, dio palmadas sobre la horrible agua del baño, siseando «¡Mierda!» a cada golpe. Al cabo de un rato se calmó lo suficiente como para recostarse en la bañera, taparse la cara, y susurrar entre las palmas que goteaban: «No, tonta, tonta del culo. Porque no fuiste lo bastante dura, lo bastante lista. Igual que con cualquier otra cosa, no supiste aguantar. Pensaste que sería divertido y que funcionaría. En una temporada o dos. Pensabas que eras lava ardiendo, y cuando nos convirtieron en arena saliste corriendo».
Gigi no era de las que lloraban; incluso en aquel momento, cuando se percató de que hacía mucho, mucho tiempo que no tenía un buen concepto de sí misma, sus ojos seguían secos coma una calavera del desierto.
Consolata pela y trocea pequeñas patatas marrones. Las pone a hervir en el agua sazonada con la salsa de la cazuela, una hoja de laurel y salvia antes de colocarlas en una sartén, donde toman un color oro oscuro. Las espolvorea con pimentón y semillas del más negro de los pimientos. «Ah, sí —dice—. Ah, sí».
El mejor cacharro sobre ruedas, había dicho, y Mavis tuvo la esperanza de que su aprecio por el Cadillac, que ya tenía diez años, se tradujera en un descuento. No supo si lo había hecho, pero antes de que cerrara el taller, el mecánico terminó y cobró cincuenta por mano de obra, treinta y dos por piezas, y trece por aceite y gasolina, de manera que casi todo el dinero del campo arrendado desapareció. Faltaban tres meses para que el señor Person volviera a pagar. Con todo, había suficiente para las compras normales, más la pintura que Connie quería (para la silla roja, suponía; y también blanca, así que entonces quizá se tratara del gallinero), más los polos de helado. A los gemelos les gustaban los helados y se los comían enseguida. Pero los regalos de Navidad ni los habían tocado, de modo que Mavis había pasado las cinco horas que llevó la reparación y puesta a punto cambiando el camión FisherPrice por un Tonka y la muñeca Tiny Tina por otra que hablara. Pronto Pearl sería lo bastante mayor para tener una Barbie. Era sorprendente lo que cambiaban y crecían. Cuando se fueron, todavía no sostenían la cabeza, pero cuando los oyó por primera vez en la mansión, ya tenían dos años. Podía decirlo con precisión, basándose en sus risas. Y basándose en lo bien integrados que estaban con los otros niños que corrían por las habitaciones, sabía cómo crecían. Ya tenía edad de ir a la escuela, seis y medio, y Mavis debía pensar en regalos para Navidad y su cumpleaños apropiados para sus años.
Cuando en 1970 volvió a Maryland, se sintió muy sola sin ellos. Mientras contemplaba el recreo en la escuela donde ella misma había matriculado a Sal, a Frankie y a Billy James, se dio cuenta con sobresalto de que Sal estaría ya en el instituto, Billy James en tercero y Frankie en quinto. Sin embargo, no le cabía duda de que los reconocería, aunque no estaba segura de que se identificara. Quizá fuese porque tenía los dedos clavados como garras en la valla del campo de juegos, o tal vez por alguna expresión torcida en su rostro; fuera lo que fuere, debió de asustar a los alumnos, porque se le acercó un hombre y le hizo preguntas que fue incapaz de contestar. Se marchó a toda prisa, intentando esconderse y mirar al mismo tiempo. Quería llegar a la casa de Peg, pero que no la vieran Frank ni los vecinos de la casa de al lado. Cuando la encontró —la niña con el gorrito todavía guiaba a los gansos—, se echó a llorar. La altea, tan fuerte, silvestre y hermosa, había sido talada. Sólo el temor a que alguien la reconociera impidió que cruzara la calle corriendo. Con un repentino destello de lucidez, comprendió que no estaba segura allí ni en ningún lugar donde no se encontrasen Merle y Pearl. Y eso fue antes de que telefoneara a Birdie y se enterara de lo de la orden judicial.
Mavis se puso una gorra verde oscuro y se remetió bien el cabello, compró unas gafas baratas y cogió un autobús a Washington, D. C. y de ahí, a Chicago. Allí hizo las compras que Connie quería para la madre, cogió otro autobús y llegó al aparcamiento de Middleton, donde había dejado el Cadillac. Con prisas por llevar las provisiones a Connie y estar en compañía de los gemelos, volvió a toda velocidad. Nerviosa y agitada, avanzó por el camino y frenó junto a Gigi, que ya se había instalado en el refugio de Mavis, desnuda. Durante tres años se pelearon, lucharon y si no se mataron fue gracias a Connie. Mavis creía que el que Gigi se hubiera distraído con el hombre de Ruby había impedido que una de las dos cogiera un cuchillo. Mavis lo habría hecho, habría matado a cualquiera, incluida aquella puta curtida en la calle que amenazaba con quitarle la vida y dejar a sus hijos sin protección. Así que dio la bienvenida a la dulce Seneca con una alegría sincera, incluso exagerada. Gigi compartió por completo aquella acogida, porque cuando Seneca llegó, escupió a ese tal K. D. como si fuera una semilla de uva. En la nueva configuración, el lugar de honor de Mavis estaba seguro. Ni siquiera la niña rica y triste, con su cara herida, pero bonita, lo había alterado. Los gemelos estaban contentos, y Mavis seguía más cerca de Connie que cualquiera de las demás. Pero como se las veía tan unidas y se entendían tan bien, Mavis había empezado a inquietarse. No por los hábitos nocturnos de Connie ni porque bebiera —o dejara de beber, ya que recientemente habían desaparecido los vapores familiares—. Era otra cosa. La manera en que Connie asentía, como si escuchara a alguien que estuviese cerca de ella; cómo decía ajá, o, si tú lo dices, contestando a preguntas que nadie le había formulado. Además, no sólo había dejado de llevar gafas de sol, sino que, más o menos, se arreglaba a diario y se ponía uno de los vestidos que Soane Morgan le daba cuando dejaba de usarlos. Y en los pies llevaba los brillantes zapatos de monja que antes estaban en su tocador.
Pero con la risa alegre que resonaba en sus oídos, los polos helados que se fundían en lo más crudo del invierno, se encontraba en mala posición para juzgar semejantes cosas. Connie nunca había cuestionado la realidad de los gemelos y, para Mavis, que no tenía intención de explicar ni defender lo que sabía que era cierto, esta aceptación era fundamental. El visitante nocturno le hacía cada vez menos visitas, y, aunque eso le inquietaba, lo que le preocupaba de veras era lo deprisa que estaban creciendo Merle y Pearl. Y si podría seguir así.
Seis manzanas amarillas, arrugadas porque han estado almacenadas hasta el invierno, flotan en agua después de que se les haya quitado el corazón. Las pasas están calentándose en una cacerola con vino. Consolata rellena el hueco de cada manzana con una mezcla cremosa de yemas de huevo, miel, pacanas y mantequilla, a la que añade, una por una, las pasas hinchadas de vino. Coloca el vino aromatizado en una cazuela y deja caer las manzanas encima. El fluido dulce y cálido se mueve.
Las callecitas eran estrechas y rectas, pero se inundaban en cuanto terminaba de hacerlas. A veces ponía papel higiénico para retener la sangre, pero también le gustaba dejar que corriese. El truco consistía en cortar a la profundidad adecuada. Si el corte era demasiado superficial, producía una débil línea roja, pero si era demasiado profundo la sangre salía a borbotones e impedía ver la calle. Aunque había trasladado el mapa de los brazos a los muslos, reconocía con placer las marcas de las viejas carreteras y avenidas que repelían incluso a Norma. En ocasiones, una era suficiente durante meses. Después, por temporadas, hacía dos diarias, y casi no daba tiempo a que se cerrara una calle que ya abría otra. Sin embargo, no era imprudente. Los instrumentos estaban limpios, tenía mucho yodo (era mejor que el mercurocromo) y había añadido crema de aloe a su botiquín.
Aquel hábito había empezado de modo accidental en uno de los hogares adoptivos. Antes de que su hermanastro —otro chico de la casa de mamá Greer— le quitara las bragas por primera vez, un imperdible que le sujetaba el cierre de los tejanos, ahí donde debía estar el botón metálico, se abrió y le arañó la barriga mientras Harry tiraba de ellos. Una vez que le arrancó los tejanos y llegó a las bragas, la línea de sangre lo excitó todavía más. Ella no lloró. No le dolía. Cuando mamá Greer la bañó, le dijo con un cloqueo: «Pobrecita, ¿por qué no me lo dijiste?», y le puso mercromina en el corte irregular. No estaba segura de qué era lo que debería haberle contado, si lo del arañazo del imperdible o lo que Harry le había hecho. De manera que volvió a arañarse con el imperdible, a propósito, y le enseñó la marca a mamá Greer. Como esta vez su comprensión parecía haberse diluido, le contó lo de Harry. «No vuelvas a decir eso nunca más, ¿me oyes?, ¿me oyes? En esta casa no pasan estas cosas». Tras una comida en la que le dieron sus platos favoritos, la enviaron a otra casa. Durante años, no sucedió nada. Hasta que llegó al penúltimo curso de la escuela secundaria. Para entonces ya sabía que dentro de ella había algo que hacía que los chicos la agarrasen y los hombres se exhibieran en su presencia. Si estaba tomando una Coca-Cola en una cafetería con cinco chicas y un grupo de chicos hacía una apuesta, ella era la escogida para que le pellizcaran un pezón. Podían pasar calle abajo cuatro chicas, o tal vez una sola, pero cuando pasaba ella, el hombre que estaba sentado con su hijita en el banco de un parque se sacaba el pene y hacía ruidos con la boca como si la besara. No era mucho mejor buscar refugio en los novios. Daban por hecho que debía sentir devoción por ellos, pero si se quejaba de que amigos o desconocidos le metían mano, su furia se dirigía contra ella, de manera que sabía que la causa estaba en algo que llevaba dentro.
Se inició en el vicio como un poeta censurado cuyo lenguaje sospechoso fuera demasiado laxo, demasiado irritante para publicarlo. Le encantaba. La tranquilizaba. El acceso a esa vida oculta bajo su ropa interior hacía que conservase los ojos secos, le proporcionaba una serenidad que sólo alteraban las mujeres que lloraban; al verlas, se desencadenaba un dolor que triunfaba con tal violencia que habría sido capaz de cualquier cosa por eliminarlo. Tenía diez años y aún no contaba calles cuando vio a todo el mundo llorar en público por la muerte de Kennedy. Pero tenía quince cuando King fue asesinado una primavera y otro Kennedy el verano siguiente. En ambas ocasiones llamó a la casa donde cuidaba niños, dijo que estaba enferma y se quedó en casa para trazar en sus brazos pequeñas calles, caminos y callejones. Era bastante fácil mantener oculta su sangrienta obra. Como Eddie Turtle, la mayoría de sus novios lo hacían a oscuras. Para los que insistían en obtener una respuesta, inventaba una enfermedad. Como las cicatrices parecían quirúrgicas, de inmediato daban muestras de compasión.
La seguridad de la casa de Connie se hizo menos firme cuando llegó Pallas. Pasó mucho tiempo intentando animarla y darle de comer, porque cuando no comía, lloraba o intentaba aguantarse las lágrimas. El alivio que sintió cuando la chica se marchó en el mes de agosto desapareció cuando volvió en diciembre: más bonita, más gorda, fingiendo que sólo estaba de visita. Ni más ni menos que en una limusina. Con tres maletas. Ya estaban en enero, y los gimoteos nocturnos se oían por toda la casa.
Seneca hizo otra calle. En realidad, una intersección, porque se cruzaba con la que había hecho poco antes.
La mesa está puesta y la comida servida. Consolata se quita el delantal. Con la aristocrática mirada de los ciegos, mira a las mujeres a la cara y dice:
—Me llamo Consolata Sosa. Si queréis estar aquí, tendréis que hacer lo que diga, comer como os diga, dormir cuando os lo diga. Y os enseñaré lo que queréis saber.
Las mujeres se miran y después miran a una persona que no reconocen. Tiene los rasgos de la querida Connie, pero parecen esculpidos: pómulos más acusados, barbilla más fuerte. ¿Sus cejas siempre han sido tan gruesas y sus dientes de un blanco tan perlado? Su cabello no tiene rastros de gris. La piel es tersa como la de un melocotón. ¿Por qué habla así? Y ¿de qué habla?, se preguntan. Aquella dulce y pacífica anciana que parecía quererlas tanto, que nunca las criticaba, que lo compartía todo pero necesitaba poco o ningún cuidado, que no exigía que le dedicaran ningún cariño, que escuchaba, que no cerraba las puertas con llave y aceptaba a cada una como era… ¿De qué está hablando esta madre ideal, amiga, compañera, en cuya compañía no podía sucederles nada? ¿En qué está pensando esta casera perfecta, que no cobraba nada y acogía a todos; esta abuelita de cuento a la que se podía hacer confidencias o bien no contarle nada, mentirle o sobornarla; esta madre ficticia a la que el hijo podía abrazar o abandonar cuando se le antojara?
—Si tenéis que estar en algún sitio y alguien que os quiere os espera, marchaos —continuó—. Si no, quedaros aquí y seguidme. A lo mejor alguien quiere conoceros.
Ninguna se marchó. Hubo preguntas nerviosas, unas risillas asustadas, algunas muecas, expresiones de agravio, pero en un instante comprendieron que no podían dejar el único lugar que eran libres de abandonar.
Poco a poco, se les fue escapando el tiempo.
Al principio, lo más importante fue la plantilla. Primero tuvieron que fregar el suelo del sótano hasta que las piedras estuvieron tan limpias como los guijarros de la playa. Después hicieron un círculo con velas. Consolata les dijo a todas que se desvistieran y se echaran en el suelo. En la luz favorecedora de la visión difuminada de Consolata, hicieron lo que les indicaba. ¿Cómo nos ponemos? Como os apetezca. Probaron con los brazos pegados a los lados del cuerpo, estirados sobre la cabeza, cruzados sobre el pecho o el vientre. Seneca empezó por tumbarse boca abajo, después boca arriba, agarrándose los hombros con las manos. Pallas se puso de lado, con las rodillas encogidas. Gigi extendió los brazos y separó las piernas, mientras que Mavis adoptó la posición de un ahogado, con los brazos doblados y las rodillas apuntando hacia dentro. Cuando todas encontraron por fin la postura que podían tolerar sobre aquel suelo duro y frío, Consolata caminó alrededor de cada una de ellas y pintó el contorno del cuerpo. Tras esto, recibieron la orden de quedarse allí, sin decir nada, desnudas a la luz de las velas.
Se retorcían, tremendamente incómodas, pero eran reacias a moverse fuera del molde que habían escogido. En muchas ocasiones pensaron que no podrían soportar un segundo más, pero ninguna quería ser la primera en ceder delante de aquellos ojos descoloridos que las miraban. Consolata fue la primera en hablar.
—Mi cuerpo de niña, herido y sucio, salta a los brazos de una mujer que me enseña que mi cuerpo no es nada y mi espíritu lo es todo. Estoy de acuerdo con ella hasta que encuentro a otro. Mi carne está tan hambrienta que se lo come. Cuando él desaparece, la mujer me rescata de nuevo de mi cuerpo. Lo salva por dos veces. Cuando su cuerpo se pone enfermo, lo cuido de todas las maneras que un cuerpo puede hacerlo. Lo sostengo en mis brazos y entre mis piernas. Lo limpio, lo acuno, entro en él para hacer que siga respirando. Cuando ella se muere, no puedo aguantarlo. Mis huesos sobre los suyos es lo único bueno. Nada de espíritu. Huesos. No es distinto del hombre. Mis huesos sobre los suyos, la única verdad. Así que me pregunto dónde se ha perdido el espíritu. Es cierto, como lo de los huesos. Es bueno, como los huesos. Uno dulce, otro amargo. ¿Dónde se ha perdido? Oídme, escuchad. No los rompáis en dos. No pongáis uno por encima de otro. Eva es la madre de María. María es la hija de Eva.
Después, con palabras más claras que las que había empleado en el discurso inicial (que ninguna de ellas había entendido), les habló de un lugar donde las aceras blancas llegaban al mar y los peces color ciruela nadaban con los niños. Habló de fruta que sabía igual que brillan los zafiros y de niños que utilizaban rubíes como dados. De catedrales perfumadas hechas de oro donde los dioses y las diosas se sentaban en los bancos con la congregación. De claveles grandes como árboles. Enanos con diamantes en lugar de dientes. Serpientes que despertaban con la poesía y las campanas. Después les habló de una mujer llamada Piedade, que cantaba pero jamás había pronunciado una palabra.
Así empezaron los sueños en voz alta. Así surgieron las historias en aquel lugar. Historias que eran casi verdad y sueños nunca soñados escapaban de sus labios para remontarse sobre la luz vacilante de las velas, levantando polvo de las cajas y botellas. Y no importaba saber quién contaba el sueño ni si éste tenía significado. A pesar de que les duele el cuerpo, o precisamente por ello, entran con facilidad en el cuento de la que sueña. Entran en el calor del Cadillac, sienten el manotazo de aire fresco en la tienda Higgledy Piggledy. Saben que llevan las zapatillas de deporte desatadas y que el tirante del sostén las molesta cada vez que se desliza del hombro. El paquete de salchichas Armour está pegajoso. Inhalan el perfume de los niños dormidos y se sienten protectoras aunque se percatan de que uno de los niños tiene la cabeza en una postura rara. Colocan la cabeza del niño que duerme y niegan, niegan en redondo lo que ya saben, y se van a casa. Suben por las escaleras del porche con las salchichas, los niños y el bolso en los brazos, diciendo: «No quieren despertarse, Sal. ¿Sal? Mira, no quieren despertarse». Dan patadas bajo el agua, pero no demasiado fuerte por miedo a despertar aletas o escamas ahí abajo también. Las voces masculinas hablan hablan hablan todo el rato, empujando la suya garganta abajo. Hablan, hablan, hasta que no queda aliento para gritar o contradecir. Todas parpadean y se ahogan con el gas lacrimógeno, mueven la mano lentamente hacia la espinilla arañada, el ligamento desgarrado. Corre arriba y abajo por los pasillos durante el día, duerme acurrucada con las luces encendidas por la noche. Dobla los quinientos dólares en el fondo del calcetín. Gime de dolor por el pene de un desconocido y la rivalidad con la madre, seductora y corrosiva como la cocaína.
Cuando sueñan en voz alta, el monólogo no se distingue de un grito; las acusaciones dirigidas tiempo atrás contra los muertos y los desaparecidos se enmiendan con murmullos de amor. De manera que, agotadas y furiosas, se levantan y se van a la cama jurando que no volverán a hacer nada semejante, aunque saben muy bien que lo harán. Y lo hacen.
La vida, real e intensa, se ha trasladado ahí abajo, a las limitadas zonas de luz, a un aire lleno del humo de las lámparas de queroseno y de las velas de cera. Las plantillas las atraen como imanes. Fue Pallas quien insistió en que compraran tubos de pintura, barras de tiza de colores. Disolvente y trapos. Lo entendieron y se pusieron manos a la obra. Primero, con rasgos naturales: pechos y partes pudendas, dedos de los pies, orejas y pelo. Seneca reprodujo en azul verdoso una de sus más elegantes cicatrices, con una gota de rojo en la punta. Más tarde, cuando sintió necesidad de cortarse la parte interna del muslo, optó por hacerlo en el cuerpo abierto que estaba tendido en el suelo del sótano. Hablaban una con otra de lo soñado y lo dibujado. ¿Estás segura de que era tu hermana? Quizá fuera tu madre. ¿Por qué? Porque una madre podría hacer algo así, pero una hermana nunca lo haría. Seneca tapó su tubo de pintura. Gigi dibujó un relicario alrededor de la garganta de su cuerpo, y cuando Mavis le preguntó sobre él respondió que era un regalo de su padre que había arrojado al golfo de México. ¿Con fotos dentro?, preguntó Pallas. Sí. Dos. ¿De quién? Gigi no contestó; se limitó a repasar los puntos que marcaban la cadena del relicario. Pallas había pintado un niño en el vientre de su plantilla. Cuando le preguntaron quién era el padre, no dijo nada, pero pintó junto al niño la cara de una mujer con largas pestañas y una boca carnosa y torcida. Insistieron, amablemente, sin burlarse ni bromear. ¿Carlos? ¿Los chicos que la llevaron al agua? Pallas puso dos largos colmillos en la boca torcida.
Enero pasó. También febrero. En marzo, los días transcurrían sin distinguirse de las noches mientras se dedicaban a hacer cuidadosos grabados de partes corporales y objetos de interés. Pasadores amarillos, peonías rojas, una cruz verde sobre fondo blanco. Un pene majestuoso atravesado por un arco de Cupido. Pétalos de altea, galletas Lorna Doone. Una pareja de color naranja brillante haciendo el amor sin parar bajo un sol infantil.
Con Consolata al frente, como una nueva y revisada reverenda madre, que les daba de comer alimentos obtenidos sin derramamiento de sangre y sólo agua para saciar su sed, todas cambiaron. Los cuerpos vivos que había en el sótano resultaban tan seductores, que había que recordarles que ellas poseían cuerpos que podían moverse.
Un cliente que se detuviera al pasar apenas habría advertido algún cambio. Podría preguntarse por qué el jardín aún estaba sin cultivar, o quién había arañado la palabra PENA en el maletero del Cadillac. Podría incluso preguntarse por qué la anciana que salía al llamar a la puerta no se tapaba aquellos ojos terribles con gafas oscuras; o qué demonios habían hecho las jóvenes con su pelo. Un vecino habría advertido algo más: una sensación de exceso, un cambio en el aire de la casa, el aspecto extraño y una expresión claramente distinta en los ojos de las inquilinas, que se mostraban sociables y comunicativas cuando hablaban con el visitante, pero, si no, permanecían tranquilas y observadoras. Si la que pasaba era una amiga, la alarma inicial al ver a las jóvenes podría quedar amortiguada por su actitud adulta, por lo tranquilas que parecían. Y Connie, qué erguida y hermosa estaba. Qué bien le sentaba aquel vestido familiar. Mientras se deslizaba en el asiento del conductor, con un cesto sobre el que había un paquete a su lado, al principio le habría inquietado no poder decir exactamente qué era lo que faltaba. A medida que se acercaba a su casa y conducía por Central Avenue, su mirada pasaría por la casa de Sweetie Fleetwood, la de Pat Best, o podría ver a uno de los chicos Poole o a Menus de camino a casa de Ace. Entonces se daría cuenta de qué era lo que faltaba: a diferencia de algunas personas de Ruby, las mujeres del convento ya no estaban angustiadas. Ni perseguidas, podría haber añadido. Pero en eso se habría equivocado.
(Continuará…)
