Toni Morrison

Seneca
Algo rascaba el cristal. Otra vez. Dovey se puso boca abajo, negándose a mirar por la ventana cada vez que lo oía. Él no estaba allí. Nunca iba de noche. Deliberadamente, se dedicó a pensar en temas cotidianos. ¿Qué pondría para cenar al día siguiente?
No tenía mucho sentido poner guisantes frescos. Los de lata servirían igual. Steward sería incapaz de distinguirlos, pues su boca era absolutamente insensible al sabor. Mascar Blue Boy durante veinte años había empezado por limitar su paladar al ansia de especias y, al final, lo había reducido a la mera exigencia de pimientos picantes.
Cuando se casaron, Dovey estaba segura de que nunca podría cocinar lo bastante bien como para contentar a Steward, más quisquilloso que su gemelo Deek. A la vuelta de la guerra, los dos hombres estaban hambrientos de cocina casera, pero soñar con ella durante tres años había hecho crecer sus expectativas, había exagerado las posibilidades de la manteca en unas galletas más ligeras que la nieve, la responsabilidad del queso curado en el hominy de maíz molido. Cuando los licenciaron y volvieron a casa, Deek canturreaba con placer mientras sorbía el tuétano de los codillos o chafaba los huesos de pollo hasta convertirlos en polvo. Pero Steward lo recordaba todo de otra manera. ¿No había que meter el clavo de olor bajo la piel, en lugar de hacerlo en la superficie del jamón? Y el filete de pollo, ¿debía llevar cebollas Vidalia o españolas?
El día de su boda, Dovey se volvió hacia el papel floreado de la pared, de espaldas a la ventana, para que su hermana, Soane, pudiera ver mejor. Dovey sostenía la enagua mientras Soane le pintaba las costuras. Sintió las cosquillas del pincel en la parte trasera de las piernas, pero permaneció completamente quieta. En 1949 no había medias de seda en Haven ni en el mundo entero, pero casarse sin medias era una burla a Dios y a aquella ceremonia.
—Creo que no queda satisfecho en la mesa —le dijo Dovey a su hermana.
—¿Por qué no?
—No lo sé. Alaba mis guisos, pero a continuación me sugiere cómo hacerlo mejor la siguiente vez.
—Aguanta, Dovey.
—Deek no te hace eso, ¿verdad?
—Eso no, pero es quisquilloso en otras cosas. De todos modos, yo en tu lugar no me preocuparía. Si está satisfecho en la cama, la mesa no importa nada.
Se rieron y Soane tuvo que pintar otra vez la costura.
Con el tiempo, la dificultad que se planteaba en 1949 fue resuelta por el tabaco. No importaba si los guisantes eran frescos o de lata. Los pimientos del convento, picantes como demonios, resolvían todos sus problemas culinarios. No merecía la pena cultivar guisantes. Una cucharada de azúcar y una pizca de mantequilla en los de lata servía perfectamente, puesto que los trozos de pimiento de color rojo oscuro que él echaría por encima arrasarían con cualquier sabor delicado. Como el de las últimas calabazas, por ejemplo.
Esas noches, cuando Dovey Morgan pensaba en su marido, casi siempre lo hacía en relación con lo que había perdido. Su paladar no era más que un ejemplo entre los muchos que podía enumerar. En contra del criterio de éste (y de todo Ruby), creía que cuantas más cosas adquiría Steward, más visibles eran sus pérdidas. La venta de su ganado en 1958, cuando el dólar estaba en lo más alto, acompañó a su derrota en la elección como secretario de la iglesia para todo el estado, debido a su abierto desprecio hacia los escolares que habían ocupado aquella tienda de Oklahoma City. Incluso había escrito una carta muy desagradable contra las mujeres que los habían organizado. No le sorprendió su posición, puesto que diez años antes había llamado «agitador negro» a Thurgood Marshall por llevar adelante el juicio de la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color contra la segregación en Norman. En 1962, el gas natural que surgía a trescientos metros de profundidad bajo su rancho le llenó los bolsillos pero mermó sus tierras, que quedaron convertidas en un rancho de juguete, y perdió los árboles que lo habían hecho tan bonito de contemplar. Las entradas en el pelo y su paladar fueron desdibujándose. Todas estas pequeñas pérdidas culminaron con la mayor de todas: en 1964, cuando tenía cuarenta años, la maldición de los cuentos de hadas se hizo cierta: supieron que ninguno de los dos podría tener nunca hijos.
Ahora, casi diez años más tarde, se había «forrado», tal como él decía, gracias a un negocio de fincas en Muskogee, y Dovey no tenía que preguntarse qué perdería en esta ocasión, porque ya estaba librando una batalla perdida contra el reverendo Misner por las palabras clavadas junto a la boca del horno. Semejante discusión se veía estimulada, en parte, por aquello que nadie decía: los jóvenes estaban metiéndose en líos o dando guerra detrás de todas las puertas. Arnette, de vuelta del instituto, no quería levantarse de la cama. Menus, el chico de Harper Jury, se emborrachaba todos los fines de semana desde que había vuelto de Vietnam. Billie Delia, la nieta de Roger, había desaparecido sin dejar rastro. Sweetie, la mujer de Jeff, reía bromas que nadie hacía. K. D. se había liado con esa chica que vivía en el convento. Por no hablar del descaro, los gestos, la actitud abiertamente desafiante de algunos de los otros, de los que querían llamar al horno «tal o cual cosa» y tras decidir que las palabras originales de éste hacían alusión a algo que había hecho enfadar a Steward y a Deek. Dovey había hablado de todo eso con su hermana (y cuñada), con Mable Fleetwood, con Anna Flood, con un par de mujeres del Club. Las opiniones eran variadas, confusas, incluso incoherentes, porque los ánimos estaban muy acalorados. Y también porque algunos jóvenes, al burlarse de la memoria de los dedos de la señorita Esther, habían insultado a las generaciones precedentes. No habían sugerido de manera educada que la señorita Esther tal vez se hubiese equivocado, sino que habían aullado de risa ante la idea de que pudiese recordar palabras invisibles, que ni siquiera sabía leer, y trazar letras cuya pronunciación ignoraba.
—¿Ella las vio? —preguntaron los hijos.
—¡Mejor que eso! —respondieron los padres—. ¡Las sintió, las tocó, puso los dedos encima!
—Si fuera ciega, podríamos creer lo que dice, pues sería como leer Braille, pero no en el caso de una niña de cinco años que ni siquiera sabría leer su propia lápida si saliera de la tumba y se plantara delante.
Los gemelos fruncieron el entrecejo. Fleet se puso de pie de un salto al pensar en la famosa generosidad de su suegra, y tuvieron que sujetarlo.
Al principio, los metodistas sonrieron ante la disensión entre los baptistas. Los pentecostales rieron abiertamente; pero no durante mucho tiempo. Los miembros jóvenes de ambas iglesias también empezaron a decir en voz alta sus opiniones sobre las palabras. Cada congregación tenía miembros que estaban relacionados o pertenecían a las quince familias que habían dejado Haven para empezar de nuevo. El horno no pertenecía a ninguno de los grupos religiosos; era de todos, y se pidió a todos que se reunieran en El Calvario, la iglesia de los baptistas. Para hablar de ello, dijo el reverendo Misner.
El tiempo era fresco; el perfume de los jardines, intenso y, cuando a las siete y media se reunieron, la atmósfera era agradable y la gente se sentía sencillamente curiosa. Y así se mantuvo durante las primeras observaciones de Misner. Quizá los jóvenes estuvieran nerviosos, pero lo cierto es que hablaron, empezando por los hijos de Luther Beauchamp, Royal y Destry, sus voces sonaron tan estridentes que las mujeres, desconcertadas clavaron los ojos en el bolso; los hombres, pasmados, se olvidaron de parpadear.
Habría sido mejor para todos si los jóvenes hubieran expuesto sus puntos de vista con voz suave y digna de la educación que habían recibido; pero no querían discutir: querían instruir.
—Ningún exesclavo nos diría que debemos estar permanentemente asustados, que «tengamos cuidado» con Dios, que agachemos la cabeza intentando permanecer vigilantes por si Él está a punto de lanzarnos alguna cosa para mantenernos sumisos.
—Di «señor» cuando te dirijas a los hombres —soltó Sargeant Person.
—Lo siento, señor; pero ¿qué clase de mensaje es ése? Ningún exesclavo que tuviera redaños suficientes para recorrer su propio camino y levantar un pueblo de la nada, podría pensar así. Ningún exesclavo…
—Estás hablando de mi abuelo —lo interrumpió Deacon Morgan—. Deja de llamarlo exesclavo, como si sólo fuera eso. También era exlugarteniente del gobernador, exbanquero, exdiácono y un montón de cosas más, y no recorría su propio camino, sino que formaba parte de un grupo.
El chico captó la mirada del reverendo Misner e insistió.
—Nació en la época de la esclavitud, de modo que era un esclavo, ¿no, señor?
—No todos los nacidos en la época de la esclavitud eran esclavos, por lo menos en el sentido en que tú lo dices.
—Sólo hay un sentido, señor —dijo Destry.
—¡No sabéis de qué estáis hablando!
—¡Ninguno lo sabe! ¡No tienen ni cochina idea! —gritó Harper Jury.
—¡Basta! ¡Basta! —exclamó el reverendo Misner—. Hermanos. Hermanas. Hemos convocado esta reunión en la casa del Señor para intentar encontrar…
—En una de sus casas —gruñó Sargeant.
—De acuerdo, en una de sus casas, pero, sea la que sea, exige respeto a los que se encuentran en ella. ¿Tengo o no razón?
Harper se sentó.
—Pido disculpas por mi lenguaje. A Él —añadió, señalando hacia arriba.
—Eso tal vez le parezca bien —dijo Misner—, y tal vez no. No limite su respeto a Él, hermano Jury. Él nos advierte que no lo hagamos nunca.
—Reverendo. —El reverendo Pulliam se puso de pie. Era un hombre oscuro, enjuto, con el cabello blanco, impresionante—. Tenemos un problema. Usted, yo. Todos. El problema reside en el modo en que algunos de nosotros hablamos. Por supuesto, los mayores deberían emplear un lenguaje correcto, pero los jóvenes… dicen más impertinencias que otra cosa. Hemos venido para…
Royal Beauchamp lo interrumpió, ¡al reverendo!
—¿Y para qué hablar si no se puede decir lo que uno piensa? Lo que pasa es que no quiere que hablemos en absoluto. Cuando uno no está de acuerdo con lo que ha oído resulta que es un impertinente…, señor.
Todos estaban tan asombrados por el descaro del muchacho que apenas se enteraron de lo que había dicho.
Pulliam, desechando la posibilidad de que los padres de Roy —Luther y Helen Beauchamp— estuvieran allí, se volvió lentamente hacia Misner.
—Reverendo, ¿no puede hacer que este chico se calle?
—¿Y por qué iba a hacerlo? —preguntó Misner—. No sólo hemos venido a hablar, sino también a escuchar.
Las exclamaciones de asombro, más que oírse, se sintieron. Pulliam entornó los ojos y estaba a punto de hablar cuando Deek Morgan se levantó y salió al pasillo.
—Bien, señor, he escuchado y creo que ya he oído bastante. Ahora escuchadme a mí, atentamente. Nadie, y quiero decir nadie, va a cambiar el horno ni va a llamarlo de manera extraña. Nadie va a jugar con algo que construyeron nuestros abuelos. Hicieron cada uno de los ladrillos, uno por uno, con sus propias manos. —Miró fijamente a Roy—. Fueron ellos quienes cavaron para sacar la arcilla, no vosotros. Fueron ellos quienes llevaron el capazo, no vosotros —añadió, volviendo la cabeza hacia Destry, Hurston y Celine Poole, Lorcas y Linda Sands—. Fueron ellos quienes mezclaron el mortero, no ninguno de vosotros. Hicieron ladrillos buenos y fuertes para el horno mientras vivían en casas de barro y cañas. ¿Me entendéis? Y respetamos todo lo que soportaron para hacerlo. Nada se manejó con más cuidado que los ladrillos que aquellos hombres habían hecho. He dicho hombres, no esclavos ni exesclavos, ¿me oís? Cuéntaselo, Sargeant, háblales de lo delicado que fue separarlos, del cuidado con que envolvimos cada uno de ellos. Cuéntaselo, Fleet, decidles si miento. Yo y mi hermano levantamos esa plancha de hierro. Los dos. Y si algunas letras se cayeron, no fuimos nosotros los responsables, porque lo envolvimos en paja, como si fuera un corderito.
»Así que haced el favor de entenderme cuando os digo que, ochenta años más tarde, nadie me va a salir con que sabe más cosas que los hombres que pasaron por un infierno para aprender. Podéis hacer el tonto conmigo tanto como queráis, pero os metéis en un lío si creéis que podéis tratar sin respeto un esfuerzo que no fue el vuestro.
Veinte formas diferentes de aquiescencia subrayaron la declaración de Deek. Su observación habría zanjado la discusión si Misner no hubiera dicho:
—Deek, a mí me parece que lo respetan. Precisamente, porque conocen bien el valor del horno, quieren darle nueva vida.
El murmullo que desencadenó este segundo gesto a favor de la postura de los jóvenes se convirtió en un rugido que amainó sólo para oír cómo respondían los antagonistas.
—No quieren darle nada. Sólo quieren cargárselo, convertirlo en algo inventado por ellos.
—También es nuestra historia, señor. No sólo la suya —señaló Roy.
—Entonces, obrad en consecuencia. Os lo he advertido: ese horno ya tiene una historia, no necesita que os la inventéis.
—Espere, Deek —dijo Richard Misner—. Piense en lo que se ha dicho. Olvide el horno. De lo que se trata ahora es de clarificar el lema.
—¿Lema? ¿Lema? ¡Es una orden!
—El reverendo Pulliam señaló el techo con un elegante dedo—. «Ten cuidado con el surco de Su ceño». Eso es lo que dice, y está claro como la luz del día. No es una sugerencia, ¡es una orden!
—Bueno, no exactamente. No está claro como la luz del día —repuso Misner—. Dice «el surco de Su ceño», no «ten cuidado».
—¡Usted no estaba allí! ¡Esther sí estaba! ¡Y usted tampoco estaba aquí al principio! ¡Esther sí estaba! —Arnold Fleetwood agitó la mano derecha en señal de advertencia.
—Era una niña pequeña. Pudo confundirse —dijo Misner.
En ese momento, Fleet también salió al pasillo con Deek.
—Esther nunca cometió un error como ése en su vida. Sabía todo lo que había que saber sobre Haven y también sobre Ruby. Nos visitó antes de que tuviéramos carretera. Dio nombre a este pueblo, maldita sea, con perdón de las señoras presentes.
Destry, con aspecto crispado y al borde de las lágrimas, levantó la mano y preguntó:
—Disculpe, señor. ¿Qué tiene de malo «Sé el surco»? ¿«Sé el surco de Su ceño»?
—No puedes ser Dios, muchacho —repuso Nathan DuPres amablemente mientras negaba con la cabeza.
—No se trata de ser Él, señor, sino Su instrumento, Su justicia. Como raza…
—La justicia de Dios sólo le pertenece a Él. ¿Cómo vas a ser Su instrumento si no haces lo que Él dice? —preguntó el reverendo Pulliam—. Tienes que obedecerle.
—Sí, señor, claro que le obedecemos —le dijo Destry—. Si seguimos Sus mandamientos, seremos Su voz, Su castigo. Como pueblo…
Harper Jury lo hizo callar.
—Dice «ten cuidado», no «sé». Ten cuidado significa «atención, el poder es mío, acostúmbrate a la idea».
—«Sé» significa que lo haces a un lado y tú eres el poder —intervino Sargeant.
—En realidad, sí somos el poder, si… —¿Veis lo que quiero decir? ¿Veis lo que quiero decir? ¡Oíd esto! ¿Ha oído esto, reverendo? Este chico necesita unos correazos ¡Blasfemia!
Como era de prever, Steward dijo la última palabra; o, por lo menos, la última que todos recordaban, porque disolvieron la reunión.
—Oíd todos —dijo con voz densa y pastosa por el Blue Boy—. Si alguno de vosotros hace caso omiso, cambia, retira o añade algo a las palabras de la boca de ese horno, le arrancaré la cabeza de un tiro como si fuera una serpiente venenosa.
Dovey Morgan, helada por la amenaza de su marido, no pudo hacer otra cosa que mirar las tablas del suelo y preguntarse qué forma visible tomaría su pérdida en esta ocasión.
Días más tarde, Dovey aún no había decidido quién o qué bando tenía razón, y cuando discutía con otros, incluido Steward, tendía a mostrarse de acuerdo con su interlocutor. Sacaría el tema con su Amigo, cuando volviera a su lado.
Mientras se alejaban en coche de la reunión celebrada en el Calvario, Steward y Dovey discutieron un poco, como siempre, sobre adónde debían ir. Él se dirigía hacia el rancho. Ahora que se habían vendido los derechos de explotación del gas, había quedado reducido a un rancho de juguete, pero para Steward seguía siendo su hogar, allí donde su bandera americana ondeaba los días de fiesta; donde estaba enmarcado el papel que demostraba que había sido licenciado del ejército con honores; donde podía dar por hecho que Ben y Good moverían la cola como locos cuando apareciera. Pero Dovey cada vez tendía más a considerar que su hogar era la casita que tenían en St. Matthew Street, resultado de una hipoteca ejecutada que los gemelos no volvieron a vender. Estaba más cerca de su hermana, de la iglesia del Monte Calvario, del Club de las Mujeres. Era también allí donde recibía las visitas de su Amigo.
—Déjame aquí, Steward. Iré andando el resto del camino.
—Vas a pillar una pulmonía.
—No te preocupes. El fresco de la noche es agradable.
—Chica, eres un tormento —dijo él, pero antes de que bajara le dio una palmadita en el muslo.
Dovey recorrió lentamente Central Avenue. A lo lejos, cerca del horno, veía los farolillos que habían colocado en junio para celebrar el aniversario de la emancipación de los esclavos. Hacía ya cuatro meses de aquello, y nadie los había guardado para el año siguiente. Ahora daban luz —sólo un poco, lo suficiente— para otra clase de celebraciones de la libertad que se producía entre sus sombras. A la izquierda de Dovey estaba el banco; no era tan alto como las dos iglesias, aunque parecía dominar toda la calle. Ninguno de los dos hermanos había querido que se construyera otro piso, como había ocurrido con el banco de Haven, como sede de la logia. No querían que en el edificio se desarrollase ninguna actividad que no estuviera relacionada directamente con el banco. El banco de Haven, cuyo propietario era su padre, se fue a pique por múltiples razones, y una de ellas, sostenía Steward, era que en él se celebraban las reuniones de la logia. «Impide la concentración», argumentó. Tres calles más allá, a la derecha, cerca de la casa de Patricia Best, estaba la escuela, donde Dovey había dado clases mientras se construía la casa del rancho, pero Soane había enseñado durante más tiempo porque vivía muy cerca. Ahora, Pat llevaba sola la escuela, y el reverendo Misner y Anna Flood se encargaban de los cursos de historia del pueblo negro y de las lecciones de mecanografía que se llevaban a cabo después de las clases. Las flores y las verduras que crecían a un lado del colegio eran una extensión del huerto situado delante de la casa de Pat.
Dovey giró a la izquierda para tomar St. Matthew Street. La luz de la luna brillaba sobre la valla blanca, torcida en su intento de contener crisantemos, dedaleras, girasoles, hemerocallis, y en cuya base, entre las tablas, asomaba la menta. El cielo nocturno, como una hermosa tapa, retenía el perfume cerca de la tierra haciéndolo más intenso, negándole la brisa sobre la que escapar.
Las batallas libradas con los jardines —ganadas, perdidas— ya habían pasado. Empezaron repentinamente en 1963, cuando tuvieron tiempo, y habían durado unos diez años. Las mujeres que rondaban la veintena cuando en 1950 se fundó Ruby, contemplaron durante trece años cómo iba creciendo una riqueza que sus sueños nunca habían previsto. Compraban papel higiénico suave, utilizaban bayetas en lugar de trapos, jabón especial para la cara o los pañales. En cada casa de Ruby los electrodomésticos bombeaban, zumbaban, aspiraban, ronroneaban, susurraban y fluían. Y había tiempo libre: quince minutos cuando ya no fue necesario vigilar el fuego de la cocina; una hora entera cuando ya no hubo que restregar las sábanas o los monos de trabajo sobre una tabla de lavar; diez minutos ganados porque ya no era necesario sacudir la alfombra ni planchar las cortinas; dos horas porque la comida duraba y, por lo tanto, se podía recoger o comprar en mayor cantidad. Sus maridos e hijos, entusiasmados y no menos orgullosos que ellas, tradujeron sus beneficios en Kelvinators y tractores John Deere; en Philco y Body by Fisher. La porcelana blanca que revestía las piezas de acero, las correas, válvulas y componentes de baquelita hacían que se sintiesen satisfechos. A las mujeres, el zumbido, el latido y el ronroneo les proporcionaba tiempo.
Los patios de tierra, cuidadosamente barridos y regados en Haven, en Ruby se convirtieron en espacios cubiertos de césped hasta que, finalmente, los jardines delanteros se llenaron de flores por el simple motivo de que había tiempo para atenderlas. La costumbre, el interés en cultivar plantas que no fueran para comer se extendió, así como el terreno dedicado a ellas. La práctica de intercambiar, compartir, un esqueje por aquí, una raíz por allá, un bulbo o dos, fue ocupando tanto espacio que los maridos se quejaron de lo que consideraban negligencia y de la escasa cosecha de rábanos o de lo cortas que eran las hileras de coles o remolachas. Las mujeres siguieron cultivando sus huertos en la parte trasera de la casa, pero, poco a poco, la producción fue transformándose, como las flores, en algo hecho por placer y no por necesidad. Los lirios, polemonios, rosas y peonías se llevaban cada vez más tiempo, suponían un silencioso alarde y requerían tanto espacio que mariposas desconocidas hasta entonces recorrían kilómetros para reproducirse en Ruby. Sus crisálidas colgaban secretamente bajo las acacias y, desde allí, se unían a los tonos de azul y de azufre que durante décadas se habían alimentado de alforfón y trébol. Las bandas rojas que libaban el zumaque competían con los cremas y blancos recién llegados que sentían debilidad por las balsaminas y las capuchinas. Las anaranjadas alas gigantes, cubiertas de encaje negro, se mantenían inmóviles en el aire sobre los pensamientos y las violetas. Igual que sucedía durante los años de rivalidad entre jardines, aquella fría noche de octubre las mariposas se habían ido, pero las consecuencias quedaban: jardines cargados; racimos y cadenas de huevos. Ocultos. Hasta la primavera.
Dovey subió por las escaleras tocando las estacas que se alineaban junto al camino. En el porche, vaciló por un instante y pensó en ir a ver a Soane, que se había marchado pronto de la reunión. Soane le preocupaba; parecía pasar por períodos de fragilidad que no tenían una relación directa con la muerte de sus hijos, que había ocurrido cinco años antes. Quizá Soane percibiera lo que Dovey hacía: el peso de tener dos maridos en lugar de uno. Dovey hizo una pausa, después cambió de opinión y abrió la puerta. O intentó hacerlo. Estaba cerrada con llave, otra vez. A Steward le había dado por ahí desde hacía un tiempo y la ponía furiosa: cerrar con llave la casa, como si también fuera un banco. Dovey estaba segura de que la suya era la única puerta cerrada con llave de todo Ruby. ¿De qué tenía miedo? Tanteó el plato situado bajo una maceta en que crecía una dracaena y cogió la llave maestra.
Antes de que sucediera por primera vez, hubo una señal, pero eso nunca se repitió. Ella había estado arriba, ordenando la pequeña casa de la hipoteca ejecutada, y se detuvo para mirar por la ventana de un dormitorio. Abajo, los árboles cargados de hojas estaban inmóviles como en un cuadro. Julio. Sin lluvia. Treinta y ocho grados. Sin embargo, una ventana abierta haría que la habitación, que llevaba cerrada un año, se ventilara. Le costó un poco —un tirón, un par de golpecitos—, pero consiguió abrirla del todo e inclinarse para comprobar qué quedaba del jardín. Los árboles ocultaban casi todo el jardín trasero, de modo que se estiró un poco para ver más allá. En ese momento, una mano poderosa se hundió en un saco gigante y lanzó puñados de pétalos al aire. O eso parecía. Mariposas. Un tembloroso camino de alas anaranjadas cruzó las verdes copas y después se desvaneció.
Más tarde, mientras estaba sentada en una mecedora bajo aquellos árboles, él pasó por allí. Nunca lo había visto, y no reconoció en sus rasgos a ninguna familia local. Al principio, pensó que era Menus, el hijo de Harper, que bebía y había sido propietario de la casa; pero aquel hombre caminaba deprisa y en línea recta, como si llegara tarde a una cita y atajara por el jardín. Tal vez oyera el leve crujido de la mecedora. Tal vez se preguntase si podía pasar por una propiedad privada. En cualquier caso, cuando dio media vuelta y la vio, sonrió y alzó la mano a modo de saludo.
—Buenas tardes —gritó ella.
Él cambió de dirección y se acercó al lugar donde ella estaba sentada.
—¿Es usted de por aquí?
—De aquí cerca —respondió él, sin mover los labios.
Le hacía falta un buen corte de pelo.
—Acabo de ver unas mariposas, allá arriba —dijo Dovey, señalando con el dedo —. Del color de las naranjas, e igual de brillantes. Nunca había visto ese color. Cuando era pequeña lo llamábamos coral. Como el calabaza, pero más fuerte.
Mientras lo decía, se preguntaba de qué demonios estaba hablando, y habría intentado zanjar la conversación con algún tartamudeo cortés —probablemente, algo sobre el calor, el alivio que traería la noche— si él no hubiera parecido tan interesado en lo que estaba describiéndole. Sus pantalones de trabajo estaban limpios y recién planchados. La camisa era blanca, y la llevaba arremangada por encima de los codos. Los antebrazos, bien musculados, le hicieron reconsiderar la impresión de hombre subalimentado que le había producido su rostro.
—¿Ha visto alguna vez mariposas como ésas?
Él negó con la cabeza, pero, sin duda, la pregunta le pareció lo bastante seria como para acuclillarse delante de ella.
—No quiero retenerlo, pero es que… Dios mío, ha sido algo extraordinario.
Él sonrió con aire de comprenderla y miró hacia el lugar que ella había señalado. Se puso de pie, sacudiéndose la parte trasera del pantalón, aunque no se había sentado en la hierba, y dijo:
—¿Le importa que cruce por aquí?
—Claro que no, pase cuando quiera. Ahora no vive nadie. El antiguo propietario la perdió. Es bonita, ¿verdad? Estamos pensando en usarla de vez en cuando. Mi marido… —Sabía que estaba charlando más de lo que se consideraba correcto, pero él parecía escucharla atentamente y con interés. Al final, se calló, demasiado avergonzada por su tontedad para seguir, y repitió la invitación de que utilizara el atajo siempre que quisiera.
Nunca más volvió a ver las alas anaranjadas. Él, en cambio, sí volvió. Al cabo de un mes, aproximadamente, y a partir de entonces, cada uno o dos meses. A Dovey se le olvidaba preguntar a Steward, o a cualquier otro, quién podría ser. Los jóvenes eran cada vez más difíciles de identificar y cuando los amigos o parientes visitaban Ruby, no siempre asistían a las ceremonias religiosas y eran presentados a la congregación, como se hacía en otro tiempo. No podía preguntarle su edad, pero suponía que debía de ser unos veinte años más joven que ella, y quizás ése fuera el único motivo por el que mantenía sus visitas en secreto.
Lo cierto era que, cuando venía, ella hablaba de tonterías. De cosas que ignoraba que tuviera en la cabeza. Placeres, preocupaciones, temas que no tenían nada que ver con los asuntos serios del mundo. Y, sin embargo, él escuchaba atentamente todo lo que ella decía. Por una intuición que se sentía incapaz de explicar, sabía que en cuanto le preguntara cómo se llamaba él nunca volvería.
En una ocasión, ella le dio una rebanada de pan con compota de manzana, y él se la comió toda.
Cada vez con mayor frecuencia, encontraba razones para quedarse en St. Matthew Street. No lo esperaba ni lo buscaba, pero se alegraba de saber que había venido y vendría otra vez a charlar un rato, comer un poco, tomar algo de agua fresca en una tarde calurosa. Sólo temía que alguien más hablara de él, apareciese en su compañía o proclamara un derecho mayor sobre su amistad. Nadie lo hizo. Parecía ser sólo de ella.
De manera que, la noche de la discusión con los jóvenes en la iglesia del Monte Calvario, Dovey metió la llave en la casa, enfadada con Steward por hacer necesario ese gesto y agitada por el sesgo desagradable que había tomado la reunión. Deseaba sentarse con una taza de té caliente, leer unos pocos versos o algunos salmos, y poner en orden sus pensamientos sobre el asunto que estaba haciendo enfadar a todo el mundo, por si su Amigo pasaba por allí por la mañana. En el caso de que lo hiciese le preguntaría qué pensaba al respecto. Sin embargo, cambió de opinión sobre el té y la lectura y, tras rezar sus plegarias, se acostó en la cama, donde una pregunta sin respuesta le impidió dormir: si un hombre rico no renuncia a su riqueza, ¿puede ser un hombre bueno? También le preguntaría a su Amigo acerca de eso.
Ahora, por fin el jardín trasero era lo bastante agradable como para recibirlo. En su primera visita, era un desastre, estaba abandonado, lleno de basura —hogar de gatos, serpientes y pollos perdidos—, y su único encanto eran las alas color coral. Había tenido que encargarse ella sola. K. D. eludía el trabajo con excusas poco imaginativas. Y resultaba difícil hacer que los jóvenes se interesaran. Billie Delia solía ayudarla, lo cual era sorprendente, pues en todo lo demás los chicos dominaban su cerebro. Sin embargo, también le pasaba algo. Hacía tiempo que nadie la veía, y la madre de la chica, Pat Best, se negaba a responder cualquier pregunta. Dovey pensaba que debía de seguir enfadada por el trato que el pueblo había dado a su padre. Aunque Billie Delia no había asistido a la reunión, sí había estado presente en ella su actitud. Incluso de niña, con esa extraña piel sonrosada y su díscolo cabello castaño, ponía gesto de disgusto ante todo, excepto cuidar del jardín. Dovey la echaba de menos y se preguntaba qué pensaría Billie Delia de cambiar el mensaje del horno.
¿«Ten cuidado con el surco de Su ceño»? ¿«Sé el surco de Su ceño»? En su opinión, las palabras «surco de Su ceño» bastaban para cualquier edad o generación. Era fútil especificar su significado, establecido con certeza, remachar la idea. Ya se habían remachado bastante los clavos de la cruz, ¿a que sí? Se lo preguntaría a su Amigo. Y después se lo contaría a Soane. Entretanto, el ruido de lo que rascaba había cesado, y en la cúspide de su sueño supo que los guisantes en lata servirían igual.
Steward bajó la ventanilla y escupió. Con cuidado, para que el viento no se lo devolviera a la cara. Estaba indignado. «Ten manga ancha conmigo», ése era el lema que, en realidad, los tontos ésos querían poner en el horno. Como su sobrino, K. D., no tenían ni idea de lo que había costado construir aquel pueblo, de todo lo que estaban protegidos, de las humillaciones a las que no tenían que hacer frente. Mientras conducía —como siempre, en cuanto estuvo en la carretera comarcal, de camino al rancho, se puso a la máxima velocidad que permitía el coche—, Steward reflexionó sobre la diferencia entre «ten cuidado» y «sé», y a continuación se preguntó cómo lo había explicado Big Papa, su abuelo. A él, personalmente, le importaba un cuerno. La cuestión no era por qué debía o no debía cambiarse, sino qué ganaba el reverendo Misner al promover aquella idea. Escupió de nuevo, pensando en lo tonto que había resultado ser Misner. Tonto y, tal vez, incluso peligroso. Se preguntaba si esa generación —la de Misner y K. D.— tendría que ser sacrificada para llegar a la siguiente. Los nietos y biznietos que podrían ser formados, puestos a punto, igual que su padre y su abuelo habían hecho con la generación de Steward. Sin interrupción; sin tener manga ancha. Las expectativas eran muchas, y estaban a la altura. Nadie era más responsable de su conducta que aquellos hombres buenos. Recordó el relato de su hermano, Elder Morgan, acerca de lo que le sucedió en 1919 después de desembarcar en Hoboken, el puerto de Nueva Jersey, al volver de Liverpool. Mientras daba un paseo por la ciudad de Nueva York antes de coger el tren, vio a dos hombres que discutían con una mujer. Por el modo en que ésta vestía, contaba Elder, había deducido que se trataba de una prostituta callejera y, dado que despreciaba a las de su oficio, al principio sintió cierta afinidad con los hombres que gritaban. De repente, uno de éstos le dio un violento puñetazo en la cara a la mujer, que cayó al suelo. En ese mismo momento, la escena perdió sus colores cotidianos para convertirse en otra en blanco y negro. Elder contaba que la boca se le había quedado seca. Los dos hombres blancos se alejaron de la mujer negra, que quedó tendida en la acera inconsciente. Antes de que Elder pudiera pensar en nada, uno de los hombres cambió de opinión y volvió para darle a la mujer una patada en el estómago. Elder no cayó en la cuenta de que estaba corriendo hasta que se encontró allí y apartó al hombre. Llevaba diez meses corriendo y luchando, de modo que seguía acostumbrado a la violencia espontánea. Le dio un puñetazo al blanco en la mandíbula y siguió golpeándolo hasta que lo atacó el segundo hombre. No ganó nadie. Todos recibieron golpes. La mujer seguía tendida en el suelo cuando el corro que se había formado alrededor de ellos empezó a llamar a la policía a gritos. Asustado, Elder salió corriendo y pasó todo el viaje de regreso a Oklahoma con el abrigo puesto ante el temor de que un oficial viera en qué estado se encontraba su uniforme. Más tarde, cuando su esposa, Susannah, lo lavó, planchó y zurció, le dijo que descosiera las puntadas, dejara la solapa suelta, el cuello desgarrado, los botones colgando o ausentes. Era demasiado tarde para conservar las manchas de sangre, de manera que guardó el pañuelo ensangrentado en el bolsillo de los pantalones, junto con las dos medallas que había ganado. Nunca se le borró de la cabeza la imagen del puño del hombre blanco contra el rostro de la mujer de color. Al margen de lo que sintiera hacia la profesión de aquella mujer, pensó en ella, rezó por ella hasta el final de su vida. Susannah discutió una y otra vez, pero los hombres de la familia Morgan ganaron: Elder fue enterrado tal como quería, vestido con el uniforme y los rotos bien a la vista. No se había perdonado el haber salido corriendo, el que hubiese abandonado a la mujer, y no esperaba que Dios tuviera manga ancha con él, y estaba preparado para cuando le preguntase cómo había sucedido todo. A Steward le gustaba aquella historia, pero saber que estaba basada en la defensa de una prostituta y en los rezos por ella hacía que se sintiese incómodo. Aunque no simpatizaba con los hombres blancos, entendía su punto de vista, incluso podía sentir la adrenalina al imaginar que el puño agresor era el suyo.
Steward aparcó y entró en la casa. No deseaba meterse en ninguna cama si Dovey no estaba en ella, y una vez más intentó pensar en algún argumento para impedir que se quedara tan a menudo en el pueblo. Sería inútil; él no podía negarle nada. Encontró a los collies y se los llevó para ver si los peones habían hecho bien su trabajo. Eran hombres locales, a cuyas esposas y padres conocía, que asistían a la misma iglesia o a otra cercana y odiaban tanto como él la idea del «ten manga ancha conmigo». De nuevo lo invadió la amargura. Si hubiera tenido hijos, habrían sido excelentes ejemplos de rectitud y se habría reído del concepto de hombría que tenía Misner: impertinencias, cambio de nombres, como si la magia de las palabras guardase alguna relación con el valor que hacía falta para ser un hombre.
Tras atar a los perros, Steward descorrió el pestillo del establo. Le gustaba montar a Night hasta las cuatro de la mañana, hasta que salía el sol. Le gustaba vagar por los prados, donde todo estaba al aire libre. Montado en Night, descubría cada vez la maravilla de saber que en la propia tierra uno nunca podía perderse como Big Papa y Big Daddy, su abuelo y su padre, y los otros setenta y nueve, después de salir de Fairly, en Oklahoma. A pie y totalmente perdidos. Y furiosos. Pero sólo temían por el estado de los pies de sus hijos. En general, estaban sanos. Sin embargo, las mujeres embarazadas necesitaban descansar cada vez más a menudo. Celeste, la esposa de Drum Blackhorse; su abuela, a la que llamaban señorita Mindy; y Beck, su propia madre, estaban esperando un niño. Fue la vergüenza de ver cómo se negaba cobijo a la mujer, a la hermana o a la hija embarazada lo que los sacudió y los cambió para siempre. La humillación les produjo algo más intenso que el dolor: amenazó con rajarles los huesos.
(Continuará…)
