Los otros (IV)

Luis Romero





EN cuanto se ha acercado a la ventanilla, el cajero le ha dicho que le estaba esperando, porque acababan de llamar de la fábrica para avisarle de su llegada. Le despacharán en seguida. Se ha lamentado de la mala suerte del señor Portaló y de la enfermedad de su esposa. Hace muchos años que este cajero conoce al señor Portaló, persona muy seria y respetable, y con el cual suele cambiar sellos, pues ambos los coleccionan.

José Mateo se sienta en un banco a esperar que le entreguen el dinero; coloca la cartera entre las piernas. Ha venido despacio a propósito y regresará también despacio. Así en la fábrica se alarmarán (allí se alarman en seguida por cualquier cosa) y pensarán que se ha fugado con los cuartos. Tanto el contable como el dueño sufren en seguida que aparece una diferencia o les salta la sospecha de que alguien va a dejar de pagar una suma. Al gerente no parece preocuparle tanto. Al gerente se diría que no le preocupa nada; acude al taller a ganarse la vida, como él, como los obreros. Lo que pasa es que se la gana mejor y más descansadamente.

Su padre era hombre de muchos proverbios («Tal harás, tal hallarás», «Trabajar y ganar dinero es lo primero», etc…), pero nunca supo aclararle para qué sirve el trabajo, el dinero, la vida, en suma. Su padre era —y tal vez lo sigue siendo— republicano federal, y ateo. Siempre fue aficionado a los discursos, y a él, de niño, le llenó la cabeza de teorías. Pero desearía ahora preguntar a su padre para qué ha trabajado tanto el señor Portaló, para qué ha cambiado sellos con el cajero, para qué ha sido respetuoso con los que mandan, con los que gobiernan, con todos los poderosos. Portaló y su mujer han vivido cincuenta años juntos y ella se va a morir ahora. El trabajo y la honradez del señor Portaló sólo servirán para que le compadezcan, y la compasión, por un lado, no es útil para nada, y por otro, es humillante. Su madre tendría respuestas vagas, pero más convincentes; por lo menos para ella. «La voluntad de Dios.» A él no le sirven ni las aclaraciones de su padre ni las de su madre. Cuando va al pueblo, nota que son para él como dos extraños y que sólo pueden hablar de las cosas elementales y directas: los impuestos, el precio de las frutas, las manías de su patrona y los despropósitos de la política mundial.

Está aquí, sentado, esperando que a cambio de un papel firmado por un señor, le den otros papeles con los cuales se pueden comprar cosas y cosas. Pero esos papeles no son para él. Debe ir a meterlos en unos sobrecitos y distribuirlos entre una serie de hombres que, a cambio de recibir periódicamente esos sobrecitos, venden su esfuerzo e hipotecan su voluntad.

El tejido de su traje está deslucido, brilla en las rodillas y se deshilacha en los bajos. Con ciento veinticinco mil pesetas se pueden comprar muchos trajes. Ciento veinticinco mil pesetas son una fortuna, y sin embargo, el dueño del taller las gasta probablemente cada año o tal vez cada seis meses.

Fue su maestro quien le impulsó a abandonar el pueblo. Le enseñó teneduría de libros y correspondencia mercantil. Su padre le pagaba esas lecciones particulares. Luego, cuando hizo el servicio militar en Barcelona, comprendió que no regresaría al pueblo. Entonces le deslumbraron los cines y los paseos, aquellas mujeres que veía pasar por las calles céntricas o sentadas en las terrazas de los bares elegantes y aquellos automóviles estacionados a la salida de los espectáculos. Creía el que todo aquello era patrimonio común de los que vivían en la ciudad, y que del reparto sólo se excluía a los pobres y a los soldados. Y él había estudiado teneduría de libros y correspondencia mercantil, y su hermano mayor (luego ha pensado que deseaba alejarle del pueblo) estuvo preso en Montjuich durante la guerra por no presentarse a las quintas, y tenía, según decía él, muy buenos amigos, gente influyente que le colocarían bien. Y en efecto, ya había conseguido que cumpliese el servicio en Barcelona en unas oficinas militares. Y además estaba el fútbol. Había jugado en el equipo de su pueblo y una vez fue a Reus con su hermano mayor a presenciar un partido; pero el campo de Las Corts le deslumbró, y se dio cuenta de que, viviendo en Barcelona, uno puede asistir los domingos al fútbol.

Y en eso se ha quedado todo lo que deseó. Las mujeres y los autos sigue viéndolos pasar por las calles céntricas, y tiene que limitarse a admirarlas a ellas, sentadas en los bares y cafés, y a los coches, aparcados a la salida de los espectáculos. Muy raras veces ha tomado taxis, y como ha sido siempre con apremios de tiempo, ni siquiera ha podido escogerlos y se ha visto obligado a conformarse con el primero que ha pasado libre, aunque fuera desvencijado.

Pero ya no puede regresar al pueblo; sus padres están viejos y los dueños de la tienda son prácticamente su hermano mayor y su cuñada. Cuando mueran los padres, el hermano le dará unas pesetas y no tendrá más remedio que conformarse. Y entre tanto lleva diez años en casa de doña Anita y once en la fábrica, donde, al decir de los jefes, le consideran tanto que en lugar de subirle el sueldo, le mandan a cobrar, en sustitución de un empleado, muy antiguo y honrado, pero que no pasa de ser un ordenanza uniformado.

En ocasiones ha expuesto al contable lo precario de su situación, y cómo con el sueldo que le pagan, no puede ni pensar en casarse; ha hecho hincapié en que la vida de la pensión, a la larga, se torna insoportable. Pero su jefe inmediato también es hombre de proverbios y teorías, como su padre. Asegura que si se aumentaran los sueldos, el comercio y la industria se arruinarían y que, por si fuera poco, se produciría nuevamente una inflación, como ocurre en los países donde los sueldos son elevados. A él no se le alcanza de qué puede servir la prosperidad de unos entes abstractos como son «la industria» y «el comercio» y «la nación», si, en cambio, los hombres, los ciudadanos, viven pobremente. La única prosperidad real es la de los individuos. Y la nación sería rica si él, José Mateo Mora, auxiliar de contable, pudiese casarse con Nuria (o con otra cualquiera) y tener hijos, pagar el alquiler de un piso, comer dos veces al día, vestirse decentemente, tener una radio e ir al cine una vez por semana. Pero el contable asegura, muy convencido al parecer, que si aumentaran los sueldos para que los José Mateo Mora pudiesen hacer todas esas cosas, la nación se arruinaría. Por eso él sospecha que esos nombres abstractos, «comercio», «industria», «nación», no son tan abstractos como cree, y que detrás de tales nombres se encuentran comprendidos todos los que tienen mujeres bien vestidas, los que poseen automóviles, los que veranean en las playas; en una palabra, cuantos se oponen a que él, José Mateo Mora, consiga un aumento de sueldo. Entonces el contable le da asco, y comprende que, aunque sean las migajas del banquete, algo recoge, y su voz engolada, y sus palabras aprendidas en los periódicos, le producen la sensación de una mano que le fuera apretando el estómago.

El cajero está contando billetes y apilándolos. Le van a dar billetes de mil, de cien y hasta de cincuenta y veinticinco pesetas. No los va a contar; este cajero tiene aspecto de ser hombre honrado y minucioso. Lo único que hará será iniciar el ademán de ir a contarlos; así, si se hubiese equivocado aviesamente, se descubrirá en seguida. Pero ¿y si le ha dado mil o dos mil pesetas de menos? Porque toda esa confianza que le tienen el dueño, el gerente, el contable y el Sursum corda, no son más que halagos. Lo mejor será que cuente el dinero billete a billete.

Para él, el dinero, desde que lo maneja semanalmente en cantidades relativamente grandes, ha perdido prestigio. Antes de la guerra, su padre le daba un duro cada domingo; un duro de plata. Él no se atrevía a gastarlo porque lo que le gustaba era el duro en sí y no las cosas que pudiesen adquirirse con él. Pero ahora el dinero sólo es para él tal dinero, cuando a fin de mes, hoy precisamente, el contable le entrega su sobre, y ese dinero pasa a instalarse en su cartera. Pero ni aun así le ilusiona demasiado; al día siguiente, doña Anita se queda con la mayor parte, y lo que sobra hay que repartirlo entre el recibo del club, los plazos del sastre, comprarse una camisa, unos zapatos o unos calcetines. Calcetines… Saca un poco el talón del zapato y los ve recosidos. Esta semana tendrá que tirar este par porque doña Anita le dirá que ya no pueden zurcirse más.

Admira la rapidez con que cuenta el cajero. Su maestro le repetía que un cajero de Banco no se equivoca nunca. Su maestro le enseñó muchas cosas que no le han servido de nada, y en cambio dejó de darle lecciones que le hubiesen sido útiles. Su maestro era otro teórico. El mundo está lleno de ellos. Ahora ya le han jubilado; cuando va al pueblo a ver a sus padres, lo visita. Como se presenta vestido con el traje nuevo y en el pueblo disfraza la verdad (la pensión de doña Anita es un hospedaje elegante, las sucias aventuras con la pobre Martina se transforman en galantes lances con señoras del gran mundo, los cines de barrio se convierten en los mejores de la ciudad y las apreturas de la general de Las Corts se silencian porque no se producen apreturas en los asientos de tribuna), su maestro le presenta ante los contertulios del casino como un triunfador, y a los jóvenes como un ejemplo a seguir: «A su edad ya es jefe de la sección de contabilidad de una de las industrias más importantes de Barcelona.» A él todo eso le enorgullece externamente, pero acaba por deprimirle y en seguida está deseando regresar y meterse en la alcoba no muy limpia de la pensión, y leer una tras otra esas novelas de crímenes que le llevan lejos de todo cuanto le rodea.

Si fuese cierto que el contable se asocia con una industria de Granollers, es casi seguro que le nombrarían contable a él. Hasta que tuviesen un hijo, Nuria seguiría trabajando. Incluso podrían ahorrar así algunas pesetas.

El cajero le llama con un gesto amistoso; él, sin decir nada, acude, abre la cartera y va introduciendo uno a uno los voluminosos paquetes de dinero. Apenas puede cerrar; el cajero le entrega un papel donde ha anotado la cantidad de pesetas que hay en cada clase de billetes.

—Si ve al señor Portaló, dígale de mi parte que deseo que su señora se restablezca pronto. Buen hombre, Portaló… De los que cada día van quedando menos.

Sale a la calle por la puerta giratoria. Una pareja de guardias que ha aparecido por la esquina, avanza y se estaciona frente al Banco. Él inicia, poco a poco, el camino de regreso a la fábrica. Seguramente ya se estarán impacientando y preguntándose si las ciento veinticinco mil pesetas no han sido para él una tentación excesivamente violenta, y por tanto, irresistible.

No es posible regresar a la infancia, y es ése el único viaje que él haría. Si con ciento veinticinco mil pesetas se pudiera pagar un pasaje tan fantástico, ahora mismo las pagaría. El pueblo era luminoso y en el aire se escuchaba como una música. Las cosas malas no existían; acaso el frío o los golpes. Han ido apareciendo después. Su padre poseía a sus ojos un gran prestigio; era omnipotente. A su madre la recuerda joven y guapa. Su hermano era fuerte y mayor. Sólo ocurre que ese regreso a la infancia nos está prohibido; a la infancia, donde no se conocían los problemas, pues si los había, otros eran los encargados de resolverlos.

En la calle el sol deslumbra. Lleva apretada la cartera debajo del brazo. Ahí va una considerable suma de dinero. Con ese dinero se liquidarán los sueldos y jornales, y además, se efectuarán otros pagos. Seguramente le están esperando; es importante el trabajo que realiza. El señor Portaló cobra en su imaginación una categoría que hasta ahora le había regateado. Circula poca gente por esta calle. Aprieta el paso, y con la mano derecha sujeta, para más seguridad, la cartera que lleva bajo el brazo izquierdo.



DESPUÉS de hacer una ronda más corta que la primera, han decidido volver a estacionarse durante un rato a la puerta de la sucursal del Banco. Como hoy es sábado, por la mañana habrá aquí cierto movimiento. El resto del sector está tranquilo. Más tarde darán otra vuelta a la hora de la salida de las fábricas y se largarán de nuevo hasta los descampados para que los gitanos se den cuenta de que los vigilan.

—Pues como te iba diciendo, grito por segunda vez: «¡Alto! ¿Quién vive?» Y nadie chista. Meto mano al cerrojo y (verdaderamente estaba asustado porque era la segunda vez que hacía una guardia) grito de nuevo: «¡Alto! ¿Quién vive?». Y me contesta una voz seca: «¡Imbécil! ¡Soy el teniente Robles!» Tenía muy mala baba. No sé si le habrás conocido. Al terminar la guerra era comandante: don Agapito Robles de la Escosura. Me arreó un guantazo que me dejó la oreja como un pimiento. Yo no era más que un quinto y me quedé allá plantado. Si hubiese sido veterano, doy un parte por escrito y le empapelo al tío. No tenía derecho ni a reñirme siquiera. Era de noche.
—Pues uno de mi compañía, estando de descanso el batallón en un pueblo que se llama Velilla, le disparó a un sargento y le tuvo cuerpo a tierra hasta que vino el cabo de guardia, Y no creas, bien que le había conocido, pero aquel sargento era un mala sombra y el centinela se la jugó bien. Además, tuvo que callarse. Y como la noticia llegó al comandante, le cambiaron de compañía. Era aquél un chusquero muy malo. Siempre decía: «Al primer tío que coja desde que pisemos la raya de Cataluña, le voy a poner de cara a la pared.»
—¡Los había malos, caray!
—Por ése no hay que preocuparse. Cascó. Le arrearon un morterazo que le dejó seco. Una herida larga como un dedo; así, en semejante lugar.

Se señala el occipucio por debajo de la gorra. Se han quedado parados a la puerta del Banco aprovechando la sombra de un árbol, pues el otoño es caluroso, y la temperatura, teniendo en cuenta el uniforme, sofocante. Del Banco sale y entra gente; hay más animación hoy que otros días.

Las gorras les aprietan en la frente y el sudor les corre por la espalda. El peso de la tercerola les hiere el hombro y, por si fuera poco, es aburrido estar horas y horas dando vueltas, caminando erguidos, sin poderse detener a tomar un vaso de vino o leer el periódico. Los temas de conversación se agotan; otras veces surge una discusión que les hace enfadarse uno con otro y entonces la guardia se hace más larga aún, en el túnel de un silencio obstinado y rencoroso. Y así, llevan años vigilando que nada anormal suceda en esta ciudad a la cual no quieren y en la que se sienten como extraños.

Estos dos guardias se conocen de tiempo atrás y no suelen discutir. Cumplen admirablemente su servicio y están convencidos de que lo único que deben hacer es desempeñar con puntualidad su deber. Hablan, hablan siempre; la mayoría de las veces, despacio; es frecuente que, sobre todo uno de ellos, explique docenas de veces un mismo sucedido, repita una frase o un comentario. El otro le contradice o no según esté dispuesto a prestarle más o menos atención. Uno de estos guardias es muy aficionado a hablar de su pueblo, que, para él, sigue siendo el centro del Universo.

—El jefe de la Falange era un fontanero joven, un muchacho leído que había trabajado en Madrid. Le pegaron cuatro tiros en seguida. Por eso me escapé del pueblo y pasé las líneas con unos pastores.
—En mi pueblo fue al revés; allá matamos al socialista…
—Y fíjate. Se cargaron a aquel chico, que era un obrero, ya te he dicho, fontanero, y en cambio a don Alfredo Conesa Sánchez no le pasó nada. Es decir, se escapó a Madrid y allí le tuvieron escondido hasta que las tropas entraron en el pueblo. Las tierras no se las podían quitar, y el dinero y las joyas no las encontraron. Me extraña que tú no hayas oído hablar de don Alfredo. Es conocido en toda España. Mira, cuando quiere algo, coge el tren y se va a Madrid. Allá, en cuanto él llega, hasta los ministros van de coronilla. Y no sólo ahora, ¿sabes?… Cuando la Monarquía era lo mismo.
—Sí, hay tipos de ésos que son los amos. En mi pueblo también…
—No; pero espera, que ahora viene lo mejor. ¡Hasta con la República tenía don Alfredo influencia en Madrid!
—A lo mejor era un masón de ésos.
—¡Qué masón ni qué diablos! Lo que pasa es que es uno de los primeros capitales de España. Te aseguro que me extraña que no le hayas oído nombrar nunca. A veces, hasta ha salido en el periódico. Le condecoraron con la medalla del Mérito Civil.
—Mira, yo creo que en cada pueblo hay un tipo de ésos…
—¡Ni hablar! Yo te digo que don Alfredo es el amo… Pues como te iba diciendo, los rojos no pudieron más que quemarle cuatro santos que tenía en su casa y que no valían una perra, pues unos antiguos que tiene y unos cuadros que dicen que valen millones, se los guardaba escondidos un peón. En cambio, la iglesia, que era de mucho mérito, la quemaron toda.
—Esos tíos saben defenderse siempre.
—Y tanto. Desde que terminó la guerra, entre el trigo y el aceite, ha multiplicado por cinco los dineros que tenía.

Se hace una pequeña pausa. Una mujer entrada en carnes pasa camino de su casa con un cesto lleno de verduras. Los guardias la siguen con los ojos, pero ponen cierta discreción en ello, pues están cumpliendo un servicio. Echan un vistazo al interior del Banco. No se observa nada anormal. Un perro levanta la pata trasera y hace aguas en el árbol cuya sombra protege a la pareja. Tentado está uno de los guardias de pegar una patada al irrespetuoso can, pero recuerda que estando de servicio —barboquejo echado, y tercerola al hombro— no es correcto entrar en liza con un animal.

—¿A que no sabes lo que dijo don Alfredo Conesa Sánchez el día que se proclamó la República? Di, ¿a que no lo sabes?

El otro se muestra confuso al ignorar lo que dijo don Alfredo Conesa Sánchez el día en que se proclamó la República.

—Pues mira, yo lo sé porque la mujer del conserje del casino me es un poco parienta, y oí como el conserje, que lo oyó así mismito, como tú me oyes a mí, se lo contaba a mi padre: «Esto no dura ni dos años». Y ya ves cómo acertó, porque aunque durara cinco, es igual; él quería decir que aquello se acabaría pronto. Mi padre me advirtió: «Ojo, cuando lo dice don Alfredo, él sabe por qué». Y no me dejó que anduviera con los otros mozos cantando por la calle y dando voces delante del Ayuntamiento.
—En mi pueblo también hicieron mucha fiesta, porque creyeron que les iban a repartir las tierras. Luego, nada. Miseria y más miseria, como siempre. Y vengan discursos y promesas: que si la Reforma Agraria, que si el dinero que se llevaba el Rey, que si los jesuitas… ¡Cuentos! Mi hermano mayor, que estaba muy enterado de todo, me dijo: «No te metas en nada, que se va a armar». Luego vinieron los de las derechas, los de Gil Robles aquel, y entonces se pusieron contentos los amos y se dedicaron a meter en la cárcel a éste y el otro y a apretar los tornillos más todavía. ¿Sabes lo que te digo? Que tan malos eran los unos como los otros.
—Mi pueblo ahora es más rico. ¡Si hubiese trabajo para los obreros!… Porque faltar, no falta nada; hay olivares y campos muy buenos de trigo, y Página 69 una vega con sus frutales y sus huertos que da gozo verla. Pero no hay apenas trabajo y, claro, sin dinero no se puede comprar nada, como en cualquier sitio del mundo. Y el trabajador allí es muy pobre.

Otra vez se hace un silencio, un silencio triste, amargo. Aquí, esta ciudad despiadada y extraña, en la que hay que vivir con un sueldo pequeño; allá un pueblo rico, pero cuya riqueza no puede alcanzarse. En medio, la realidad de este sol, de este uniforme, de la tercerola al hombro y del cumplimiento de la ordenanza. Si por lo menos pudiesen encender un pitillo o tomar un vaso de vino.



LO proyectado ha sufrido una desfavorable alteración. Tendrá que enfrentarse con un hombre joven. Hasta ahora no ha encontrado a nadie que se le haya resistido abiertamente. Sólo de palabra, en cierta ocasión, un individuo a quien obligó a que le entregara la cartera; pero aquél hincó; tuvo que doblegarse, a pesar de sus desplantes, y entregársela. Fue la penúltima vez que atracó y recuerda que tuvo miedo. Sí, tuvo miedo y hubo un momento en que dudó; menos mal que el cañón de una pistola es siempre buen argumento.

Entra en esta taberna, desde donde puede ver acercarse a cualquiera que circule por la acera. Vacila un instante, no sabe qué pedir. Tendrá que estar muy alerta y salir al encuentro del hombre vestido de oscuro en cuanto le vea. Ahí al lado está el corralón por donde tiene que escapar. No debe permitir que el otro se dé cuenta de cuál será su retirada; así no podrá formularse ningún plan de persecución. Por lo tanto será conveniente que actúe a la puerta misma de la taberna. Pide un vaso de vino. Observa al tabernero; es ya entrado en años y parece apático. Hay que prevenirlo todo. Paga el vaso; es un escrúpulo ridículo, pero ahora, aquí, está tomando un vaso de vino como cliente; por lo tanto debe liquidar su importe.

No puede tardar mucho en venir, pero es difícil calcular el tiempo y se ha propuesto no impacientarse mirando el reloj. Carmela, los problemas que le afectan, el propio dinero, todo va alejándose y perdiendo relieve; incluso lo que va a suceder pasa a segundo plano; queda dolorosa, destacada, esta tensión únicamente. Y también cobran una extraordinaria presencia el sabor del vino ligeramente dulzón y el ruido del agua que corre desde un grifo metálico hasta una pila de piedra artificial; y así mismo los zapatos que le aprietan los pies. Teme no moverse con suficiente agilidad.

La pistola sigue ahí, en su sitio, al alcance de la mano. Será conveniente moverse ágilmente, pero sin precipitación, conservar la serenidad en todo momento, incluso aunque ocurriese algo anormal. La serenidad en ver, en pensar, en decidir, es lo único que puede ayudarle a resolver una situación peligrosa. De un lado estará él, él solo, y del lado contrario la ciudad toda, el mundo entero. Porque nadie ha de ayudarle y todos le atacarán. Ni siquiera Carmela… Es decir, Carmela tal vez fuera la única persona que se atreviera a arriesgarse por él. Pero nadie más; ni otro atracador que pasara, ni los revolucionarios de la ciudad. Y para atacarle, serán todos, todos los que presencien el hecho, desde este tabernero mal afeitado que recoge las monedas, hasta el hombre del traje oscuro, desde un transeúnte que pase en ese momento, hasta los guardias que puedan hallarse lejos o cerca. De su lado están la iniciativa, la rapidez y la pistola. Pero es su valor el que ha de decidirlo todo; es su valor y el hecho de saberse solo, de donde han de salir todas las energías. Su madre comentó una vez, que habían ajusticiado a unos atracadores que mataron a alguien. En aquella época, él ya había actuado dos veces. Su madre se compadecía de los «pobrecillos desgraciados» y de sus madres, pero opinaba que la justicia debía ser inexorable; hasta su propia madre estaría ahora en contra… Pero no debe distraerse, no debe pensar en nada. Es preciso que concentre sus fuerzas, su energía; es imprescindible que sus rodillas, la suela de los zapatos, la mano izquierda, la mirada, todo él y cuanto con él va, estén dotados de habilidad, de eficacia, de energía; es preciso no descuidarse, no confiar en nada ni en nadie, ya que él solo ha de enfrentarse con todo lo que venga.

Bebe a cortos sorbos el vaso de vino. El miedo, la vacilación, se han superado. A través de la puerta entreabierta ve avanzar al hombre del traje oscuro, que lleva la cartera debajo del brazo izquierdo y la sujeta enérgicamente con la mano derecha.

El aspecto de este hombre le contraría; hay ahora en él una fuerza, una decisión, que le intranquiliza. Pero no es posible dudar ya. Sale a la calle. Ha llegado el momento.

Todo ocurre rapidísimamente, más allá de su voluntad actual. Cuanto hace estaba dictado por él mismo desde antes, y ahora, a pesar de que vive en una lucidez dolorosa, todo se desarrolla en forma casi automática.

El hombre del traje oscuro se ha quedado clavado sobre sus zapatos gastados. Por instinto, ha aferrado aún más fuertemente la cartera. Ha sido el suyo uno de esos gestos inequívocos. Los ojos, desmesuradamente abiertos, van del cañón de la pistola al rostro de quien la maneja; pero la mano no ha cedido en su crispación.

Echa una mirada alrededor; nadie se ha dado cuenta todavía de la escena. La voz le sale enronquecida, ajena:

—¡La cartera! ¡Ahora mismo!

Habla con la voz y con la mano que sujeta el arma y con todo el cuerpo. Da una orden que hay que cumplir, que no admite discusión ni aplazamiento; una orden de vida o muerte. El hombre del traje oscuro vacila. Él piensa qué clase de hombre puede ser. ¿Llevará armas? Le mira a los ojos con toda su fuerza. Se ha quedado como anonadado, como si no se diera bien cuenta de que es el protagonista de este hecho, que es precisamente a él a quien está encañonando, y que es él, únicamente, el portador de la cartera.

Un segundo de vacilación. En la puerta del establecimiento aparece el tabernero con cara de espantado y se retira al interior inmediatamente. Él tiene que ladearse para prevenir cualquier agresión que pueda llegar del interior de la taberna. (Era un hombre abúlico, mal afeitado, no se veía teléfono…) Avanza un paso resueltamente. Están ya muy cerca el uno del otro. El hombre del traje oscuro ha hecho un leve movimiento con las cejas, como esforzándose por volver a la realidad, de la cual le hubiese alejado la sorpresa. Los ojos cobran instantáneamente lucidez, miedo, vacilación.

—¡La cartera en seguida o te dejo seco aquí mismo!

Alarga la mano izquierda imperiosamente, y el otro suelta la cartera, que cae en el suelo; luego se retira un paso hacia atrás.

En ese instante se abre un balcón allí cerca y sobre su cabeza, una voz descompuesta grita: «¡Asesino! ¡A él, a él!» Un camión se detiene a pocos pasos de donde están y el chófer abre la portezuela. El tabernero asoma de nuevo la cabeza. Un transeúnte se vuelve y se para. Le adivina amenazador aunque prudente; es un obrero. Los gritos llenan la calle, comienzan a asomarse gentes a puertas y ventanas.

Se agacha a coger la cartera manteniendo el cañón apuntando hacia el hombre del traje oscuro. Al desviar la vista de él, siente un intenso dolor en el hombro que le hace tambalearse. Ha visto el pie calzado acercarse brutalmente hasta su cuerpo. El otro le cae entonces violentamente encima y le derriba. Los dos están en el suelo, jadeantes. El tabernero —lo ve en una revuelta— avanza amenazadoramente; el obrero que estaba parado avanza también. Todo ocurre muy rápido entre sangre, polvo y dolor. Ya no sabe si está en el suelo o dónde. Ha disparado dos veces y las detonaciones suenan lejos. Por un instante se produce un silencio y callan hasta los gritos de los balcones; luego, tras la pausa estremecedora, se elevan nuevamente, más angustiosos y más amenazadores que nunca.

Otra vez está en pie; junto a él queda, tendido y sangrante, el hombre del traje oscuro. El chófer del camión, que se acercaba con una llave inglesa en la mano, retrocede. Hay gente que huye despavorida, pero el griterío se hace ensordecedor. El obrero que avanzaba se ha vuelto a detener y al tabernero le sorprende empuñando una botella, muy cerca de él.

La pistola describe un abanico amenazador, y el tabernero, el chófer y el obrero retroceden paso a paso, pero sin ceder al miedo. Mira rápidamente al suelo buscando la cartera, pero ya no está allí.

Un hombre intercepta la entrada del corral. No tiene tiempo de pensar ni de entretenerse en nada. El cuerpo ensangrentado es una presencia horripilante. Oyó los dos disparos como lejanos y el otro cedió en su golpear, en su presión. Hay gritos por todos los balcones, pitos de alarma que le acorralan y que se le clavan por los dolores de su cuerpo. No le queda tiempo de averiguar dónde ha ido a parar la cartera; hay que salvarse. Avanza hacia el hombre que obstruye la entrada al corral y que se aparta atemorizado:

—¡Manos arriba! Y póngase de cara a la pared.

Lo ha dicho sin darse cuenta, sin voluntad de decir nada. El arco amenazador que forman el chófer, el tabernero y el obrero, sigue cerrado tercamente. Entonces ve a dos guardias que, tercerola en mano, dan la vuelta a la esquina y avanzan a todo correr.

Cruza el patio apresuradamente y resbala sobre unas basuras. Se endereza en seguida y llega a la tapia en el instante en que se estrella una piedra contra ella. Se vuelve y hace un disparo al aire. Oye los gritos y los pitidos de alarma; otra piedra, mayor aún, revienta contra los ladrillos. Trepa por unas tablas; tiene que guardar la pistola en el bolsillo para manejarse con ambas manos. Una pedrada le golpea en el hombro y oye allí mismo, a dos metros de distancia, alguien que grita: «¡A él, a él! ¡A por él, que lo cazamos!»

Ya está a caballo de la tapia; a patadas tira algunos tablones; ha de dejarse caer del otro lado. En el momento en que iba a vencer el cuerpo, un tremendo golpe le ha conmovido de los pies a la cabeza; ha sido un choque agudo, brutal, incomprensible. Oye un retumbar de cañonazo, y un dolor inaguantable le dobla sobre el lado izquierdo. Cae al otro lado de la tapia, vacila un segundo; ha de salir de allí. Las voces le acucian cerca, detrás del muro. Ha derribado las maderas que le sirvieron de trampolín, pero oye que están aupando a alguien. El dolor le inmoviliza, pero es preciso hacer un esfuerzo. Es imprescindible arrancar, con dolor y todo. Es imprescindible salvar la vida, escapar. Ahí, a unos metros, está el agujero practicado en la valla; al otro lado, una calle concurrida.

Corre doblado sobre su dolor; zigzaguea, corre. Escucha dos disparos rotundos cuyo ruido se multiplica. Oye gritos, pitos y dos balas que le silban en las orejas. Al pasar por el orificio se golpea con un canto de ladrillo que sobresale. Todo él es un solo dolor; el aire que le rodea hostilmente, el aire que le acorrala, está hecho de odio, de disparos y gritos.

La gente se ha detenido alarmada por el ruido de los disparos. Algunos miran hacia arriba y otros, al oír el silbido de las balas, hacen ademán de quererse refugiar. A causa de esa confusión, sólo unos pocos le han visto aparecer por el boquete de la tapia. Esos pocos vacilan y él saca la pistola del bolsillo. Pasan automóviles y un autobús; pero los ocupantes de los vehículos no han oído nada. Algunos miran con curiosidad porque entre los transeúntes se nota la anormalidad de un estupor que no saben a qué atribuir. Algo más allá, hay estacionado un taxi.

Corre hacia él. Cuando el taxista se da cuenta, ya está encima. Entra en el coche y le coloca la pistola en la nuca. De costado, observa cómo el rostro del taxista se demuda. Debe advertirse en su voz mucha resolución, porque el otro que primero ha dudado, pone en marcha el motor.

—Salga a toda velocidad. Acabo de matar a uno y estoy dispuesto a todo.

Aparece una tercerola por el boquete y después un guardia. Ya todos han visto la escena.

—¡Corre, o nos matarán ellos!

El coche arranca. Algunos transeúntes hacen señales al guardia. El taxista pisa el acelerador, pues la pistola está cada vez más tensa sobre su nuca. Suena un disparo; y otro.

—Gira por esta calle. ¡Y acelera, acelera!

Cada orden va acompañada de una presión del cañón sobre la nuca. Es como una espuela que puede ser mortal, de tan amenazadora.

El taxi es nuevo, bajo y de buen motor. Todo él se inclina sobre las ruedas del lado izquierdo que gimen. Luego, tras una vacilación que parece que le va a hacer volcar, retoma velocidad y sale disparado por una calle asfaltada. Detrás de ellos se oye otro chirrido y un camión dobla torpemente la calle. Encima van los dos guardias que disparan desde la cartola. Uno de los proyectiles atraviesa la carrocería. El taxista, ya sin necesidad de orden, gira por una bocacalle empedrada y aprieta el acelerador. Dos calles más allá, toma por otra asfaltada. Ya no se oye siquiera el camión.

—Hacia el centro y con mucho cuidado. Ya te he dicho que he matado a uno y mataré a quien haga falta…

Deja el arma sobre las rodillas. Al ceder la tensión está a punto de desmayarse. Una bola de mareo le ocupa la cabeza y nota que por la camisa, ya empapada, le resbala la sangre. Es ese balazo que lleva en la espalda.

Parece que el taxista vacila. Coge de nuevo la pistola y, venciendo un agudísimo dolor, se la coloca tras la oreja.

—¡Ni una vacilación! Sigue hasta que te diga donde debes parar.

Jadea. Se compone la corbata y el pelo. Se limpia la cara con el pañuelo. Sangra por un labio. Se sacude el polvo del traje, pero el dolor le impide seguir haciéndolo. La sangre continúa resbalándole por la espalda. Entonces, resueltamente, en medio del más tremendo dolor, echa el brazo hacia atrás y se introduce el pañuelo en la herida empujándolo con el dedo. Por un momento pierde el conocimiento, pero la pistola no se le cae de la mano.

—Suba por el paseo de San Juan.

Hay que huir de los guardias de tránsito, de las señales luminosas. Ha de descansar un instante a fin de recuperarse y no permitir que el taxista le juegue una mala pasada. En su cabeza todo está confuso: la cartera, el hombre del traje oscuro, los golpes, los disparos (fue sólo apretar un poco el gatillo; la primera vez a pesar de todo en que ha disparado un arma), y los guardias que venían corriendo, el dolor agudísimo al saltar la valla y el momento de vacilación y desfallecimiento. Ha perdido sangre, debe de haber perdido mucha sangre. Cambia de lugar. En el asiento queda una mancha oscura. Lleva las manos sucias y se las limpia en el tapizado. Huele a sangre y en su cabeza suenan timbres, voces, disparos. Eso le obsesiona por encima del insoportable dolor, y de la ciudad que pasa apresuradamente ante la ventanilla del taxi.

—Dobla ahora por la Diagonal, y en cuanto llegues al primer guardia de tránsito, retrocede y vuelve al Paseo de San Juan. Después entra en el Parque y da una vuelta; ni muy despacio ni muy de prisa. La pistola sigue aquí, apuntándote a la cabeza.

Otra vez se la enseña amenazadoramente. Jadea; si se llega a desmayar, la hostilidad del taxista se descargará contra él. Y la hostilidad de millón y medio de ciudadanos le aplastará. Allí estaba aquel triángulo obstinado y los guardias grises con la tercerola en la mano que se acercaban a todo correr. En el suelo, a sus pies (¿lo habrá matado realmente o sólo estará herido? Herido como él lo está…), ha quedado sangrando el hombre del traje oscuro.

Es preciso que se serene, pero el dolor no le permite serenarse. Es una presencia aguda que domina cualquier pensamiento, cualquier plan. Hay que vencer primero este dolor; porque ahora la lucha no es contra los guardias y los ciudadanos; es contra esa herida que lleva en la espalda y que le está buscando por ahí dentro la vida para arrancársela de un tirón. Sería necesario trazarse un plan. ¿Qué hora es? Es preciso saber eso; la hora que es. Él va lleno de sangre, pero no puede acudir a ningún médico, ni presentarse en ninguna casa. Le verían entrar herido y le denunciarían. Ya pueden haberle identificado y quizá vayan a detener e interrogar a Carmela. A él le interrogaron una vez. Su casa puede haberse convertido en una ratonera. Pero ¿y si fuese a que Carmela le curase la herida? ¿Cuántos policías puede haber en Barcelona? ¿Cómo desprenderse de este taxista? Va ahí en el volante, con una idea fija: la de cazarle, la de entregarle a la policía, la de acechar cualquier vacilación o desmayo para detenerse ante los guardias, para abandonar el coche y correr pidiendo auxilio. Este taxi se ha convertido en un problema, porque representa ir junto a un enemigo que sólo busca perderle. Y es difícil escaparse en una ciudad que se cierra como un cepo. Ya habrán dado la voz de alarma, ya debe de haber miles de hombres persiguiéndole.

—Otra vuelta por el Parque.

El dolor es tan intenso y total, que ya casi no se siente: se integra en él mismo. Ya forma parte de él y tendrá que arrastrarlo. Se salvará o se perderá incorporado a su propio dolor, esa sensación mortal de la cual se está llenando por dentro.

La mano le vacila. La mano izquierda no puede apenas hacer fuerza ni cerrarse. Es necesario pensar, concentrar toda la energía en la cabeza y elegir la mejor manera de escapar al asedio. Herido como está, ni es prudente ir a su casa. Piensa en sus camaradas, en sus compañeros de trabajo. Pascual es el único (aunque hubiese que inventar una mentira política) en quien podría confiar. Pero Pascual vive en una mala pensión, y en su alcoba duerme otro huésped. Será preciso llamar a la puerta, saldría la dueña de la pensión y le vería sangrando… Además, Pascual come en el taller. No puede contar con él. Y los demás se aterrarían y se desconcertarían. El uno es casado y tiene hijos, el otro vive con los padres, y el otro es cobarde.

Es difícil escapar de este taxi; desprenderse ahora de él, resultaría peligroso. En un lugar céntrico, en cuanto se aleje unos metros, el taxista gritará y le acorralarán. En un lugar deshabitado, todavía será peor; herido como está, le distinguirán todos. Y además darán una batida y no podrá ocultarse. Hay que planear la salida de esta situación. Otra vez el dolor, y la sangre que empapa la camiseta, la camisa y el calzoncillo. En los pantalones sólo se ven algunas pequeñas manchas; la mancha grande debe quedar atrás, tapada por los faldones de la americana.

Con gran apuro dobla la muñeca izquierda; son las doce y diez del mediodía. La hora de máxima animación en las calles.

—Sigue por el Parque.

Atención; unos guardias municipales de a caballo avanzan despacio.

—Le sigo encañonando, y le juro que si pasa algo, me lo llevo por delante.

Por primera vez, habla el taxista:

—¡Déjeme ya tranquilo! No puedo más y usted está ya fuera de peligro. Váyase ahora y no me comprometa de esta forma. No le perseguiré; escápese ahí mismo si quiere.

Su voz es cansada, pero puede ser una añagaza. Él sí que está herido, él sí que jadea. No puede confiar en nadie. Todavía es capaz de manejar la pistola, y en ella sigue depositada exclusivamente su fuerza. Deben quedarle tres disparos, y un cargador entero en el bolsillo, si es que puede utilizar la mano izquierda para montarlo.

Le ha asaltado súbitamente una idea. Hay que ponerla en práctica ahora mismo.

—Dirígete a la Plaza de Cataluña. Ve despacio o como quieras. Yo te llevaré encañonado. Nada me puede importar ya y tú lo comprendes. Me apearé al lado mismo de una entrada del Metro. Tú arrancarás en dirección a Fontanella y acelerarás en cuanto tengas el paso libre. Yo te vigilaré desde la acera y si te detienes, gritas o haces alguna señal, te advierto que tengo muy buena puntería y acierto sin fallar hasta los cincuenta metros o más. Esta noche ya te enterarás en «El Noticiero» de quién soy yo.

El otro no contesta; sigue pasivamente al volante y emprende el camino que le han señalado.

Es la única posibilidad de huida que se le ocurre. El laberinto de la Plaza de Cataluña con sus galerías, sus tres líneas subterráneas, sus enlaces. Tomará uno cualquiera de los metros y descenderá dos o tres estaciones más allá. Es imposible que alerten en unos minutos a todas las estaciones de las distintas líneas. Luego se meterá en una taberna oscura, en unos urinarios públicos, en cualquier lugar, y se limpiará. Lo que le asusta es ese dolor que puede paralizarle en cualquier momento. Pero es su propia vida lo que arriesga en el esfuerzo.

—Una vez que yo me haya escapado, tú te chivas o haces lo que te dé la gana. Pero, ojo; arranca de prisa y acelera, que estoy dispuesto a que ningún hijo de mala madre me la juegue…
—Yo lo que quiero es que me deje tranquilo de una vez. No tengo nada contra usted ni contra nadie. Soy un pobre taxista, un trabajador, y lo que deseo es acabar cuanto antes con este lío. ¡Buena me la ha buscado usted!

Enfilan la Ronda en dirección a la Plaza de Cataluña. Otra vez habrá que jugárselo todo a una carta. Y la sangre resbala untosa por el cuerpo, y este dolor continuado le hace desfallecer, y todo el sol del mediodía cae sobre la calle.

Pasan los tranvías colorados y los taxis veloces y los coches; la gente cruza la calzada apresuradamente.

De improviso, la luz roja obliga a detenerse al vehículo. A sus lados se sitúan otros coches y un tranvía. Prefiere exponerse a que le vean, que dejar de amenazar al chófer. Está inclinado sobre él como si le hablara, y el otro sabe que le apunta el cañón resuelto de la pistola.

Suena el timbre acuciante, y el coche se pone en marcha otra vez, al mismo tiempo que los demás vehículos, mientras terminan de cruzar los últimos peatones rezagados. La luz del mediodía sobre las calles le hiere los ojos. Se pasa la mano por el cabello, y se limpia un poco las rodillas del pantalón, sucias de polvo. Lleva encima un peso espantoso, casi insoportable; la cabeza le bate como si un enjambre enloquecido la poblara. El auto avanza hacia la Plaza de Cataluña.



LA noticia ha conmovido a todos, y ha circulado de boca en boca desde que alguien la comunicó apresuradamente por teléfono: «A José Mateo le han herido de dos disparos». Luego han interrogado a la telefonista inquiriendo pormenores, pero apenas se ha podido aclarar nada. Parece que le han atracado, que se ha defendido, y que por eso le han disparado. El dinero se ha salvado; lo ha recogido uno de los guardias. Sí, está gravísimo, agonizando. Dicen que lo han llevado al Hospital Clínico.

Todos los empleados han interrumpido el trabajo y comentan, excitadísimos, el suceso. En el taller también ha producido conmoción, pero el trabajo allí es más imperioso y las noticias llegan menos precisas; además, a Mateo no le conocían con tanta intimidad.

Nuria siente una pesadez en la cabeza; una opresión extraña, paralela al miedo, se está apoderando de ella. Primero, lo sucedido le ha parecido increíble. Ahora mismo estaba allí José Mateo, remoloneando, demostrando su descontento porque le mandaban a sustituir al cobrador. Recuerda que la luz le daba en las manos, que ella le ha mirado esas manos y ha dicho para sí: «Tiene unas manos expresivas». Efectivamente, evidenciaba en ellas todo su mal humor.

Ahora, Nuria va adentrándose en el hecho, pero no puede imaginarlo, corporeizarlo. El contable ha sido urgentemente convocado en el despacho del dueño, donde están reunidos con el gerente. Jover se ha quedado callado y contempla con fijeza unos números que desea multiplicar, pero que le obsesionan de tal manera, que le imposibilitan de operar con ellos. Nuria le mira; desearía que alguien le dijese algo, que le hablaran. Necesitaría que este muchacho con quien ella no simpatiza, porque es demasiado joven y demasiado serio, le dijese algo. Tal vez lo que necesitaría que le dijese este muchacho es que todo es un error, que a José Mateo Mora no le ha sucedido absolutamente nada. («Está gravísimo, agonizando», ha comunicado textualmente la telefonista.) Pero el muchacho calla. Si por lo menos dijese algo, o ella viera que llenaba los impresos de las quinielas… Porque sabe que han de llenar hoy mismo ochenta y tantas quinielas de fútbol. Él dijo ayer cuando las compró: «Esta semana no falla; acertamos los catorce resultados». Y ella se rió, porque eso de las quinielas le parece una tontería. Siempre gana un desconocido de Badajoz o de Pontevedra, o de un pueblo cualquiera, y, como el premio gordo, nunca corresponde a gente que se conozca.

Estaba ahí mismo esta mañana, con los zapatos viejos y ese horrible traje que ella conoció siempre raído, y que, según afirmaba él, de nuevo era muy elegante. Se ha estado fijando con desagrado en los gastados zapatos. Y el contable ha dicho de él: «No sabe comportarse; no prosperará nunca». Con los ojos buscaba su aprobación al reproche, pero ella se ha callado. Le molesta que nadie considere a Mateo como se merece; ni ella misma. Siempre le ha tratado con cierto despego. Y era un buen muchacho. Se da cuenta de que piensa en él como si ya hubiera fallecido, y solamente han dicho que «está agonizando». Pero agonizar es morir. Claro que las palabras no tienen valor; hay que saber exactamente cuál es la verdad. Ella no le ha tratado bien. Le daba rabia verle tan trabajador; y sin embargo, no sabía dar importancia a lo que hacía. Sobre todo le causaba mucho coraje sorprenderle siempre mirándole las piernas, y como estaban sentados frente a frente, tenía que cuidar continuamente de que la falda no se le alzase al sentarse o al cruzarlas.

Por el corredor se oyen voces. El gerente, el dueño y el contable. El muchacho sigue ahí, como atontado, sin poder resolver la operación. La mesa de José Mateo está vacía. En una bandejita de cristal hay un lápiz, una cuchilla de afeitar y algunos clips. Todos los papeles los había guardado en los cajones antes de salir. Se diría que tiene que regresar, que en la mesa hay un hueco, que alguien le espera ahora mismo. Volverá refunfuñando porque le han mandado a cobrar al Banco… El contable tiene la culpa; tiene la culpa de lo que le pueda ocurrir o de lo que ya le haya ocurrido. Él mismo ha confesado que gracias a su recomendación han mandado a José Mateo al Banco. Y «le han herido de dos tiros» y «está agonizando». El contable es responsable de lo ocurrido, y el amo, y el gerente. Tendrán que pagar una indemnización, tendrán que salvarle. Es su deber.

Entran los tres en el despacho. Están excitados y se nota que les domina el desconcierto.

—Iremos ahora mismo a la Policía. A ver si pueden devolverme ese dinero al instante. Hay que pagar la nómina y los jornales. ¿Ha telefoneado usted al banco?
—Sí, acabo de hablar con el jefe de la Sucursal. Nos esperarán hasta la una.
—Deberíamos actuar rápidamente. Usted coja un taxi y vaya inmediatamente al banco. ¿Cuánto dice que importa la nómina?

El contable rebusca unos papeles, vacila, se confunde y abre otro cajón. Se dirige a la mesa de Mateo y registra los cajones. En un bloc hay unas notas. Se quita las gafas y contempla al dueño con la mirada un poco extraviada.

—Veintisiete mil seiscientas cincuenta y dos.
—Extienda usted mismo un talón por ese importe. Se lo firmaré y lo irá a cobrar. No creo que devuelvan la cartera con tanta prontitud. Tal vez necesite hacerse algún trámite. Incluso es fácil que haya que recurrir al juez. Por favor, ¿han conseguido hablar con el señor Florensa?
—Estaba en el Palacio de Justicia. He dejado encargado que llame tan pronto como le localicen.
—Pagas a un abogado, y cuando lo necesitas urgentemente, no está donde debe estar.

Nuria calla; les ve moverse nerviosos, perder minutos. Y piensa que su compañero, José Mateo, estará agonizando en una sala del hospital, y piensa que estará solo, sin nadie que le estreche una mano. José Mateo siempre estaba solo. Ella conoce de memoria las manías seniles de la patrona, el carácter de los huéspedes, y sabe la soledad en que vive su compañero.

—¿Tienes ahí tu coche? Vete en seguida al hospital. Hay que hacer que cuiden bien a ese muchacho. Paga lo que sea, que le trasladen a una sala especial; en fin, haz lo necesario. Era un empleado de esta casa y ha caído víctima de su deber…

Nuria no puede averiguar si el patrono experimenta realmente emoción o si lo que acaba de decir forma parte de esas frases a las que es tan aficionado.

Firma el talón sobre la misma mesa de José Mateo, y se lo entrega al contable. Jover finge escribir; tiene cara de estar acobardado. Los tres hombres salen otra vez con precipitación. Oye sus pasos alejarse por el corredor. Luego, en la calle, hay un ruido de motores que se ponen en marcha y arrancan.

De nuevo ve vacía la silla de José Mateo Mora, y el secante sucio sobre la carpeta en que apoyaba los deslucidos codos de su traje oscuro. «Era un traje elegantísimo; ahora está ya viejo, y por eso lo uso para cada día». José Mateo es su compañero. Cuando ella entró a trabajar en esta casa, fue él quien, con paciencia, la enseñó lo que debía hacer y la aconsejó sobre las personas que iban a mandarla. Aun ahora era José Mateo quien ocultaba sus errores, corregía sus escritos y llegaba a aguantar regañinas originadas por faltas cometidas por ella. A veces le dirigía frases atrevidas y siempre le miraba obstinadamente las pantorrillas; pero era su compañero, y ahí estuvo ocho horas diarias durante cinco años, sentado frente a ella. Y conoce bien su vida y le ha explicado sucesos de la infancia y cuanto ocurre en la pensión. Era a ella a quien le hacía confidencias sobre sus padres y sobre su cuñada. En cuanto el contable salía del despacho (este muchacho silencioso, Jover, hace poco que trabaja aquí y no cuenta), se ponían a charlar los dos: «Nuria, usted es muy novelera». «Ustedes las mujeres no entienden de eso». Y vuelve a ella, martirizante, la frase que ha pronunciado la telefonista: «Está agonizando, está gravísimo». Si ella se casa con alguien, será con José Mateo Mora, su compañero desde hace cinco años, su amigo.

De pronto se levanta y se dirige al lavabo. Allí se arregla unos mechones del cabello y coge el abrigo que ha traído, porque a primera hora hacía frío. Toma el monedero y sale.

—Si preguntan por mí, diga que me he marchado.

El muchacho la mira asombrado y aventura tímidamente la pregunta:

—¿No va a pedir permiso a nadie?

Ella avanza resueltamente hacia la puerta:

—¿A quién se lo voy a pedir?

Y luego se vuelve hacia él:

—Voy a visitar a nuestro compañero. ¿No ha oído usted que está agonizando?

Al llegar a la calle ve pasar un taxi y corre tras él aprovechando la facilidad que le dan los zapatos sin tacón que se ha puesto por la mañana.

(Continuará…)

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