Hacia otro verano (VI)

Janet Frame




14

Caminando lentamente porque todavía era demasiado pronto para el almuerzo y temía la media hora extra de conversación, finalmente Grace llegó a Holly Road y a la casa de los Thirkettle. Llamó suavemente a la puerta trasera y entró.

—Hola. ¿Ha estado bien el paseo?
—Sí, gracias.
—Justo estoy terminando de hacer el almuerzo.

Anne tenía el rostro colorado por el calor del horno y cocinar, y dar de comer y tranquilizar a Noel y Sarah, que ahora exigían la atención de Philip. Este se sentó en una silla con los pies en otra y se puso a Sarah de cuclillas sobre las rodillas, cogiéndola de las manos para balancearla.

Grace se rio inesperada y felizmente.

—La vagoneta —dijo e inmediatamente lamentó haberlo hecho; le pedirían una explicación.

Philip se la quedó mirando atentamente. Anne dejó de servir un momento para escucharla. Grace se sintió atrapada.

—Sí —dijo torpemente—, esto, quiero decir, la forma en que coges a Sarah y la balanceas… Es la vagoneta.

Siguieron a la espera de una explicación. Una profunda desesperación se adueñó de la mente de Grace mientras observaba a Philip, Anne, Noel, Sarah, tan lejanos, esforzándose para comprender su lenguaje, en este caso una vulgar palabra familiar —¡seguro que ellos también tenían un lenguaje familiar que les resultaba difícil de explicar a los demás! ¿Y si se volvía a Anne y le decía, con una sonrisa: ¡Eres como la primera esposa de Shelley!?

Anne no entendería el significado. Con qué frecuencia Grace y sus hermanas se gritaban las unas a las otras: ¡Voy a ser como la esposa de Shelley! ¡Eres como la esposa de Shelley! Lo cual quería decir que los vanos asuntos materiales del mundo estaban interfiriendo en cuestiones de la imaginación; recuperaban con ello una lectura compartida de la vida de Shelley durante la cual descubrieron que este se solía quejar de Harriet: ¡Mientras yo pienso en poesía ella piensa en comprar sombreros!

—¿La vagoneta?

Grace deseó poder recostar la cabeza sobre la mesa y llorar y llorar; sentía la boca seca.

—La vagoneta —repitió—. Solíamos jugar a esto, a que éramos vagonetas que iban sobre las vías, ya sabéis, como capataces manejando vagonetas.

Capataces, vagonetas: no comprendían su vocabulario ferroviario.

—Sí, los capataces siempre iban arriba y abajo en sus vagonetas. Cuando éramos niñas solíamos jugar en la zona cercana a las vías —las cocheras de los trenes, las despensas, las pilas de literas, las viejas plataformas giratorias, los barracones en desuso…

Los ojos de Philip traslucieron una expresión de preocupación y cuando habló ella quedó abatida al darse cuenta de que él parecía considerarla una niña pequeña que está jugando cerca de las vías y que corre peligro de ser atropellada por un tren.

—Pero jugar cerca de la vía del tren es peligroso —dijo él con severidad.

Había un tono en su voz que decía: No lo vuelvas a hacer, ¿de acuerdo? ¿En qué diantre estaban pensando tus padres para dejarte jugar cerca de los trenes?

Sintiéndose a la vez orgullosa, descarada, huérfana y necesitada de «cuidados», Grace dijo con inocencia:

—Supongo que era arriesgado. En aquel momento no nos lo parecía.

Philip se la quedó mirando severamente, como diciendo: ¡No vuelvas a jugar ahí!

Escarmentada, pero contenta por el hecho de que la preocupación que él sentía por ella llegara tan atrás en el tiempo, Grace arrastró la silla, en respuesta a lo que los demás también estaban haciendo, acercar sus sillas hacia la mesa para comer.

—El sol ya se ha ido —dijo Anne—. Iremos a Winchley en cuanto acabemos de comer.
—¿Has visto algo interesante en tu paseo?
—A unos ancianos en una residencia. No me ha gustado. Parecía una agencia de viajes en la que los ancianos estuvieran esperando para ser despachados.
—Bueno, en realidad lo están, ¿no?

Philip era tan lúcido. Podía caminar sobre la recta línea blanca de principio a fin sin tropezar.

—Sí, quizá lo están.

Intentando parecer tranquila, Grace dijo:

—¿No hay una Escuela Industrial por aquí?
—¿Escuela Industrial? No sé de ninguna. ¿Por qué?
—Me pareció ver una en el mapa.

En realidad lo que quería decir era: ¿Sabéis lo de las Escuelas Industriales? ¿Cómo pueden enviar a alguien ahí por desobedecer o hacerle una mueca a tu padre o robar o no venir cuando te llaman o jugar con chicos en las arboledas? Me refiero a los pinares en los que talaban árboles que todavía hoy están en el suelo, cubiertos de las hojas-aguja de los pinos, y hay lugares «fetén», pero no debo decir «fetén» porque la señora Biddy lo dice, siempre lo dice, y me aburre decir palabras que los demás siempre utilizan. Cuando digo «fetén» es que estoy molesta conmigo misma y mi madre dice con dureza: Eres igual que la señora Biddy, no dejas de decir esa palabra. Di otra cosa. Vosotros, Philip, Anne, no conocéis a la señora Biddy, ¿no? Vivía en la misma calle con su marido, que era capataz (capataz, vagoneta, plataforma giratoria), pero fueron «trasladados» al sur, y su hija mayor se casó y vino a nuestra casa en su luna de miel, y nosotras no dejábamos de soltar risitas y seguíamos a la pareja a todas partes, esperando que lo hicieran, y que nosotras pudiéramos verlo, y regresaron a casa antes de lo que esperaban, pero ahora ya tienen una edad, y aunque vosotros penséis que todavía soy una chiquilla que ha de tener cuidado con los trenes, también yo tengo una edad, he madurado, todo el mundo ha madurado, al final la raza humana se convierte en un árbol de peras maduras. ¡Qué destino! ¡Y pensar que nos preocupaba nuestra supervivencia!

—Puede que haya una Escuela Industrial cerca. El mapa es antiguo, creo.

Advirtiendo el rostro colorado de Anne y el cuidado especial que ponía en servir la comida, Grace pensó: Ahora es el momento de alabar su comida.

—Esta empanada está muy buena.
—¿Sí? La masa no la he hecho yo. La compré preparada.
—La gente de mi apartamento dejó unos paquetes de masa preparada. No sé cómo cocinarla. Esto es tan ligero y sabroso.
—No es más que ternera y riñón —dijo Anne, satisfecha, aunque determinada a no aceptar más elogios de los que ella creía merecidos—. La compré ayer en la carnicería. La mujer que tenía delante (¿qué te parecen estas colas inglesas?) también compró un poco, y estuvimos de acuerdo en que tenía muy buena pinta. «Creo que compraré un poco», dijo la mujer. «No suelo hacerlo», me dijo, «pero hoy no me puedo resistir. A mi perro le encantará. Esta tienda es genial para la comida del perro…». Ya sabes —dijo Anne—. ¡Los ingleses y sus perros!

En su voz había un fuerte acento neozelandés. Hubo risas generales, Sarah se unió y exclamó: ¡Los ingleses y sus perros!

—Tú eres un pequeño híbrido, ¿eh? —dijo Philip cariñosamente—. Inglesa y neozelandesa.

Se volvió a Grace:

—Este año volveremos a ir al lejano noroeste de Escocia. Es agreste, remoto, lo más parecido a la Costa Oeste de Nueva Zelanda que he visto. ¿Conoces la Costa Oeste?
—No.

Grace recordó, avergonzada, que en su respuesta a la postal que Philip le envió desde Escocia ella había hecho referencias a «la agreste y húmeda Costa Oeste de Nueva Zelanda», ¡y ahora tenía que confesar que no la había visto nunca!

—Allí conocí a Anne. Estaba soltero y me invitaron a una velada en casa de Tim (ya conocerás a Tim) y Anne estaba ahí. Me vio y se propuso no dejarme escapar, y lo consiguió.

Era su habitual explicación medio en broma del cortejo y matrimonio, que Philip se las arreglaba para que pareciera un elogio a Anne, quien en vez de mirarlo molesta, le sonrió cariñosamente, reafirmando con ternura su identidad, y satisfaciendo así instintivamente el verdadero propósito del amor, esto es, mantener al ser amado separado de uno mismo. La unión hace la fuerza —la fuerza de reconocer que uno es dos; sostenida por el amor, cualquier identidad, por débil que sea, tiene la resistencia de una piedra.

En lo alto del cielo, zarandeada por vientos provenientes de todas partes, intentando persistir en su vuelo como un pájaro migratorio, Grace sintió la necesidad de un viento cálido que soplara en su dirección. Y sin embargo no sentía envidia de Philip y Anne; se sentía feliz y satisfecha ante la certeza de su amor. Le pareció interesante que Philip hubiera dispuesto su vida de modo que pudiera vivir constantemente, al trabajar o jugar, en la «agreste y húmeda Costa Oeste de Nueva Zelanda». En la entrevista de Londres había comentado:

—Siento más nostalgia por Nueva Zelanda que Anne.

Ahora lo estaba diciendo:

—Me gustaría volver; es un país excitante y joven, lleno de ideas…

Anne se rio dulcemente:

—¿Sabes? Le desagradaba tanto el lugar que cada noche ponía a Bach en el gramófono para consolarse.
—Lo reconozco —dijo Philip—. Ahora que las viejas identidades se mueren, la vacuidad de esos pueblos de la Costa Oeste resulta bastante terrorífica. Cada vez hay menos gente interesante.
—¡Tú me conociste ahí!
—Oh, pero tú eres distinta. ¡Eres un miembro excepcional de la raza humana!

A Grace le sorprendió que Philip no hiciera el comentario como un elogio natural, esperable. En cuanto lo hizo pareció quedarse intranquilo, y con cuidadosa, casi temerosa precisión, comenzó a matizarla:

—No, claro que no eres un miembro excepcional de la raza humana; eres humana, como todo el mundo, ni más, ni menos…

Qué raro, pensó Grace. Ser un humano parece tener mucha importancia; ser un humano normal, como si ese estado pudiera ser descubierto y registrado. Se preguntó por el origen del miedo momentáneo que había aparecido en los ojos de Philip al oír su comentario en voz alta que se apresuraba a retractarse; ¿quizá, después de todo, no era más que la pasión del periodista por la declaración veraz?

¿Qué dirían Philip y Anne, pensó Grace, si les confesara que soy un pájaro migratorio? Es probable que se volvieran contra mí y me mataran. Cuando Philip habla de la Costa Oeste se puede advertir una aversión en lo más profundo de sus ojos: lo sé. ¿No es ahí, en el sur, donde han descubierto ese pájaro no volador, el takahe, que se creía extinto desde hacía mucho? ¿Se teme que crezca y se reproduzca, que «se apodere» del escasamente poblado país? ¿Por qué hay tantas novelas preocupadas por si los pájaros, la vegetación, los insectos, visitantes del espacio exterior o interior conquistan la raza humana? ¿Por qué esa conciencia de la amenaza común impide que un marido sensible e inteligente como Philip sea capaz de realizar un comentario normal a su esposa sin que lo perturbe, aun de forma subyacente, su terrible seriedad?

—¿Sabes? Recientemente han descubierto un pájaro en la Costa Oeste. El takahe. Pensaban que se había extinguido.

Grace se estremeció. ¿Por qué Philip había dicho eso justo en este momento? ¿Acaso había, después de todo, cierta comunicación en este fin de semana de tópicos? Me gusta cómo cocinas, Se te dan bien los niños, Sí, me gusta Winchley.

La palabra «extinto» siempre había estado, para Grace, imbuida de una emoción distinta de la infelicidad personal que provocaba la palabra «muerte». Curiosamente «extinto» era una de las palabras favoritas de la madre de Grace, quien parecía, en cierto modo, estar en contacto con el pasado y ser capaz de llegar y sacudir sus árboles hasta que la fruta del ayer caía sobre su regazo: esos bosques de oscuros árboles como el huerto subterráneo en el que las ramas eran de plata y la fruta de oro, y una rama que se había separado del tronco principal emitía un sonido susurrante como la plañidera música de una trompeta; todas esas arboledas, las ramas repletas de pájaros, ahora extintos, tambaleándose entre la maleza, sus diminutos ojos como tiradores de un cajón; las pobres baratijas del mundo animal…

—Ahora están extintos —solía decir la madre de Grace. La extinción era el destino de los animales y de los pájaros y de los insectos, pero rara vez el de las personas. ¡Y qué fascinación provocaba la caseta del tuatara, en el Zoo! Las multitudes observaban el tuatara a la espera de que diera señales de vida, lo observaban y pensaban, estamos vivos, tú puede que te extingas. La mayoría de los animales y los pájaros que has conocido se han extinguido. ¿Y no hay algo de envidia, también, en su mirada?
—¿Qué se siente, tuatara? ¿Por qué no hablas con nosotros, por qué no nos lo cuentas, por qué no nos lo explicas?

Y entonces, molesta ante su silencio:

—En cualquier caso, ¿a quién le importas? ¿Quién se ha tomado la molestia de salvarte? ¿Por qué lo hicieron?
—Sí —dijo Grace—. Se pensaba que el takahe se había extinguido.

Enfatizó la palabra. ¡Qué claridad la de su sonido final! ¡Qué maravilla poder desechar una especie del mundo! Una esperaba que la palabra mantendría su lugar entre los animales y los pájaros, pero no se sabía nunca con las palabras… ¿recuerdas el polvorín, las literas, la escuela y la lata de queroseno a la que la nación cantaba su oración?


15

Se tomaron el café. Eran casi las tres en punto. El día se oscurecía rápidamente y la helada ya presionaba los cristales de la ventana con sus dedos de ventosa. El confort post-cena no pudo mermar la determinación de Philip y Anne de llevar a cabo su promesa de enseñarle Winchley a Grace e ir a la biblioteca a cambiar el libro de Sarah.

—¿No te importa ir a Winchley?
—Creo que será muy agradable. (Después de todo, pensó Grace, puede que ellos estén deseando ir a Winchley).
—Tendremos que darnos prisa. El mercadillo cierra temprano. Queríamos enseñarte el mercadillo. Y también hay que ir a cambiar el libro de Sarah a la biblioteca. ¿Estás segura de que quieres ir?

¿Pretenden que diga Sí o No?, se preguntó Grace. Carezco de intuición social. No estoy acostumbrada a bailotear alrededor de invitaciones simplemente para realizar un bonito patrón de Noes y Síes. Me gustaría ir a Winchley. Pero cada vez hace más frío y está más oscuro, y justo acabamos de comer, y todo el mundo se siente perezoso; pero lo han prometido, y no se pueden echar atrás, y —¿quién sabe?— puede que en Winchley me aguarden placeres extraordinarios.

Grace se unió a la excitación general de las preparaciones para la expedición. Mientras Anne vestía a los niños y Philip buscaba su abrigo, Grace subió a la habitación a por las botas, el abrigo y la bufanda, y cuando bajó a la cocina ya estaban todos esperándola, listos para salir por la puerta.


Salieron. Se miraron unos a otros, se encogieron dentro de sus cálidos abrigos, se alzaron los cuellos, se ajustaron bien los guantes a las muñecas. La nariz de los niños ya brillaba y sus pequeños rostros estaban contraídos y azules por el frío. Noel comenzó a gimotear.

—Nos vamos a Winchley, Noel —dijo Anne alegremente—. Vamos a enseñarle a Grace el mercadillo y a cambiar el libro de Sarah a la biblioteca.

Esperaron al autobús. No hubo fingimientos acerca del tiempo, ningún alegre recordatorio de que el sol había prometido brillar, tan solo la tácita aceptación de que las promesas pertenecen estrictamente al ámbito de las personas, y de que el tiempo no tiene conciencia de la supervivencia o extinción de la raza humana. De pie, todos temblando, las espaldas encogidas, como si estuvieran desnudos, pues la ropa poco los protegía del frío. Los dos niños parecían haber envejecido, como si hubieran salido de las páginas de Jude, el oscuro; el siguiente paso, consideró Grace, podía llegar a ser terrible, expuestos como estaban al despiadado juicio del tiempo. El melodramático «Lo hicimos porque éramos demasiados» no parecía inimaginable.

Cuando el autobús ya se acercaba Anne cogió a Sarah mientras Philip sacaba a Noel del cochecito.

—¿Podrías coger a Noel, Grace?

Grace cogió a Noel en brazos, con cuidado de sostenerlo bien, para demostrarle a quien quisiera mirar que estaba acostumbrada a los niños pequeños. Con mucho cuidado le colocó el brazo debajo del culo, mientras apoyaba su cabeza en el hombro, y por un momento Philip y Grace pasaron a ser un matrimonio que llevaba a su hijito (¡cómo se parece a su padre!) a Winchley en autobús. Con un relampagueante arrebato, cual pececillo en pos de la comida, Grace se recreó en el momento de inmersión sin sentirse alterada por tenerlo que compartir con alguien, pues era tranquila y perfectamente consciente de que Philip no sentía deseo alguno de alimentar la ensoñación.

Philip volvió a coger a Noel en brazos.

—Gracias, Grace.

Le ardía la cara. Cogió el pañuelo de la manga de su rebeca y se sonó la nariz. Anne y Sarah se acercaron a ellos avanzando a la deriva, como islas separadas del continente; entonces, como una familia continente que daba cobijo a un náufrago migratorio, subieron al autobús, viajaron durante diez minutos, y llegaron a Winchley.

—Primero iremos a la biblioteca, luego al mercadillo —dijo Philip con determinación, utilizando las palabras y su certeza como parte de una campaña contra el amargo frío.

Parecía no haber escapatoria de aquel viento lleno de nieve y hollín. Soplaba sobre la piel como si les hubieran arrancado la última capa, dejándoles el cuerpo en carne viva. Avanzaban por las calles grises con dificultad, como si representaran el papel de una expedición ártica que hubiera registrado en el típico diario dramático —«Decrecen las reservas de calor; esperamos alcanzar la biblioteca y el mercadillo a las cinco treinta; las esperanzas se desvanecen…». A Grace no le hubiera sorprendido que de repente Philip se detuviera y dijera, con el rostro afligido: «Voy a salir. Puede que tarde…».

Llegaron a la biblioteca. Anne cambió el libro de Sarah mientras esta observaba, consternada, cómo desaparecía del mostrador el libro playero en el que los animales hacían pícnics en la arena, comían sándwiches de tomate, helado y plátanos. Cuando le trajeron el nuevo libro se lo quedó mirando con recelo.

—¿Dónde está mi libro de animales? ¿Dónde está el pícnic en la playa? Mami, Mami —dijo Sarah y se puso a llorar de desesperación.

Noel empezó a llorar en solidaridad.

Anne le explicó a Sarah que los animales estaban en el libro de la biblioteca, que había que compartirlo con otros niños, y que ahora tenía un nuevo libro en el que había otros animales y personas.

—Pero ¿estarán en casa cuando lleguemos? Hoy estaban en casa.

Noel comenzó a gimotear.

—Es cosa del frío —dijo Philip, interpretando el papel de marido avergonzado—. Démonos prisa en llegar al mercadillo. Ahí se estará bien.

El ambiente del mercadillo era cálido, había cuerpos, vapor, sudor, olores. El pequeño grupo avanzaba desordenadamente por las hileras de puestos. Pasaron por uno de joyas y llamativas fruslerías en el que una pareja joven permanecía de pie, mirando un bucólico dibujo.

—Oooh —susurró la mujer—, ¿no es bonito?
—Cuesta veintiocho chelines —dijo el hombre, y se la llevó de allí.
—¿Has oído eso? —le dijo Philip a Grace.

Ella se rio.

—Sí.
—Bonitas joyas —dijo Philip entre risas.
—Preciosas —se mostró de acuerdo Grace, con un descarado aire de: Me gustan las cosas llamativas, ¿sabes?, ¡sé apreciar este mercadillo!

Se detuvieron en otro puesto que tenía muebles para la casa y telas para hacer vestidos.

—Me pregunto —dijo Anne en tono meditabundo— si tendrán sábanas.

Estaba claro que había dicho eso en un repentino arrebato de ensoñación doméstica. Rápidamente Philip dijo con un leve tono desaprobatorio:

—¡Ahora no, querida!

Anne pareció ligeramente avergonzada, pero insistió:

—Pensaba que ya que estábamos aquí, podría comprar unas sábanas.
—Otro día —dijo Philip, incómodo ante esta súbita irrupción de las cuestiones domésticas.

Regocijándose por dentro, Grace se sintió tan completa y reluciente como una sirena. Le dio pena Anne. Supuso que no debía tener otra oportunidad en toda la semana para poder comprar «sábanas», que los niños, la casa y el hogar (y el Ulises) le debían ocupar todo su tiempo; cuando su padre regresara de Edimburgo y volvieran las comidas adicionales no tendría ni un momento para ir a dar una vuelta a Winchley y comprar telas para las sábanas.

Los ojos de Anne se nublaron con lo que solo se podría describir como preocupación doméstica: preocupación instintiva, como la mirada de un pájaro cuando ve un palo o un trozo de paja que podría utilizar para su nido.

Con deliberado buen humor Philip se llevó delicadamente a Anne del puesto de muebles y los condujo a todos del cálido mercadillo al aire glacial. Durante la media hora escasa que habían pasado en el mercadillo el cielo se había oscurecido; la gente se daba prisa; había más ajetreo en las calles.

—Es hora de ir a casa. Pero antes le enseñaré a Grace el viaducto.
—Sí —dijo Anne con lealtad—. Has de ver el viaducto.

La culpa consumía a Grace; vio que Anne volvía la vista hacia el mercadillo y las sábanas perdidas.

—Hoy es un día perfecto para ir a verlo —dijo Philip.
—Creo —dijo con audacia Anne mientras sus ojos resplandecían con afecto al mirar a Philip— que iré a comprar un poco de parmesano mientras le enseñas a Grace el viaducto.
—Muy bien, querida.

***

—Aquí está. He aquí el Viaducto de Winchley.

Grace se quedó mirando el viaducto. ¿Qué podía decir?

—Sí. M-m-m-m-m —dijo, haciendo un ruido estúpido, como si se estuviera comiendo un pastelito. Se aclaró la garganta, y se limitó a mirarlo fijamente, intentando adoptar una expresión inteligente, como si estuviera «asimilando su efecto».

—No te estoy aburriendo, enseñándote esto, ¿verdad?
—Oh, no, claro que no. Me parece de lo más interesante.

Como siempre, ella desbarró en su elección de las palabras; o escogía demasiadas palabras para una idea o bien una decoración insuficiente para esa misma idea o para la decoración de la otra persona; su discurso siempre era desordenado y confuso.

—¿Qué te parece?

Grace no contestó. A sí misma se dijo: Burla es la palabra útil. Arcadas y eternidad. «Tú, fría pastoral, tu enigma excede nuestro pensar como la eternidad». «Toda experiencia es un arco a través del cual se vislumbra un mundo ignoto».

Mi memoria de loro, mi conciencia, no pienso en nada, pienso en matemáticas y en el poder del enésimo grado, la habilidad de contar uno dos tres cuatro cinco hasta que, en la n, la lengua se hincha en la boca y las sílabas explotan, y ya solo puedes tartamudear n n n, el arco, cualquier arco, no me trajiste a Winchley para pronunciar eternidad, ahórrame, dices tú, la pretensión, ¿sabes?, dirás tú, estás llevando bastante bien el fin de semana, se convierte en ti, pero se notan tus intenciones.

Grace pensó, Te gustan los edificios, ¿no, Philip? La vegetación y la geomorfología de la ciudad: crecimientos naturales, afloramientos de carne y espíritu humanos, trigo, cáncer, plegarias de piedra, cúpulas como orinales institucionales o pechos solitarios o manos ahuecadas para retener la imagen; estos edificios son suspiros, declaraciones, negaciones… el cielo como un pañuelo gris sobre rostros más muertos que una piedra… Siento pasión por la luz del sol de la memoria. Soy un pájaro migratorio, Philip. Y como pájaro con una ruta en el espacio también siento algo especial por los edificios, y me dan pánico. No te rías de mí. Posees una solitaria valentía humana, sabes que los hombres, al igual que los edificios, han de permanecer erguidos… ¿Sabes lo valiente que son los humanos al atreverse a andar sobre la Tierra mientras los zarandean el clima y el tiempo y el espacio? Objeto de continuos ataques, y todavía vivos; ¿cómo puede un hombre atreverse a plantarse, y luego aceptar la magnificiencia de espíritu que le impele a construir una estructura que es más que cuatro paredes y un techo… cómo se atreve? Resulta maravilloso que no construya su pequeña casucha, entre, cierre la puerta, eche el cerrojo, y se pase el resto de su vida ahí dentro, con la cabeza humildemente inclinada. Se habla de viajes al espacio, de la valentía que requieren —mira a los hombres apuestos alegres inteligentes que han sido elegidos para dar la vuelta a la Tierra. Hace falta un valor tremendo para realizar un encuentro con el espacio interior o exterior, para andar erguido, para avanzar sin apoyos, sostenido por el clima asistido por el tiempo el artista cosmético al revés —recortando el pelo, escribiendo arrugas, rellenando la barriga con almohadas de grasa… ¿De dónde saca el hombre su valor?

En mi condición de pájaro migratorio que vuela hacia otro verano, todos los edificios me parecen obstáculos. Debo cambiar el curso cuando me acerco a ellos. Me juegan malas pasadas con el sol y las sombras. Cuando choco con ellos caigo aturdida, me quedo confundida. Ahora ya no tengo puños, solo alas para arremeter contra los edificios que se cruzan en mi camino.

Soy un pájaro migratorio, Philip. ¿Lo digo en voz alta? ¿Se lo cuento a Anne, a Sarah, a Noel?


—¿En qué estás pensando?

Philip estaba a la espera de que ella dijera algo. Él y Anne esperaban que Grace Cleave tuviera cosas que decir.

Grace se lo quedó mirando lastimeramente, en silencio, y se volvió para ver otra vez el Viaducto de Winchley, el lugar emblemático local. ¡Qué complicado, entrometido e insistente puede llegar a ser un lugar emblemático! En el ingenioso ritual eterno de la identificación una no puede decir, señalándose a sí misma, aburriendo a su anfitrión:

—Esta soy yo, o yo, yo soy yo misma. Aquí estoy, mira, yo, mi, conmigo… Pero una sí puede decir, Nuestra ciudad tiene un lugar emblemático. ¿Te gustaría verlo? Te lo voy a enseñar. Una larga e interesante excursión, el té de la tarde en algún lugar, ¡ah! ahí está el castillo, la estatua, la escena del crimen, Esto es, míralo, Ahí está, mira, ahí.
—¿Entonces te gusta el viaducto? ¿Te parece interesante?
—Sí. Ya veo lo que quieres decir, es mejor verlo con esta luz.

Grace estornudó y se sonó la nariz.

—El norte es un lugar sombrío —dijo finalmente ella.

***

Bajaron la calle hasta la terminal del autobús, donde les esperaban Anne y los niños. Noel estaba dormido. Anne tenía la cara sonrosada por el frío. Hablaron de coger un taxi de vuelta a Holly Road pero al final decidieron no hacerlo y Grace recordó, avergonzada, que Philip la había traído de la estación de Relham en taxi. Un autobús de Winchley apareció entre la niebla y helada. Subieron, pero esta vez Philip lo hizo sin pedirle a Grace que cogiera a Noel, aunque ella iba y venía de aquí allá ofreciéndose para sostener esto y aquello.

—¿Te ayudo? ¿Puedo? No, gracias, da igual, no, está bien, gracias.

A veces Grace pensaba que No, gracias era la expresión más escalofriante del lenguaje.

Cuando llegaron a Holly Road casi corren para llegar a casa. En un arrebato de felicidad juvenil Philip dijo:

—Me adelantaré para encender el fuego y preparar unos vasos de ron caliente.

Y se adelantó en dirección a la casa.

Animados, los demás fueron detrás de él rápida y excitadamente; todo estaba bien, después de todo, pronto estarían calentitos en casa. Philip había dibujado una escena tan acogedora de su regreso al hogar que Grace, esperando los vasos de ron bien caliente y el llameante fuego, se sintió decepcionada y abatida cuando se dio cuenta de que Philip lo había dicho en broma.

—Bueno, ¿qué te parece Winchley? —dijo Anne cuando entraron en la fría cocina.

Bebieron café y fumaron. La chimenea estaba apagada.


Mientras Philip jugaba con los niños, Anne preparaba el té. Aunque Grace se moría de ganas de estar a solas en su habitación, se quedó en la cocina, hechizada por la calidez y confort recobrados; escuchando a Philip y Anne, observándolos, reflexionando sobre ellos, más aliviada que envidiosa por su felicidad, sintiéndose incluida en ella de un modo gratificante. Fumaba cigarrillos de los dos paquetes que había comprado en el pueblo y que había dejado sobre la repisa de la chimenea para todos, pues su intento de «He comprado cigarrillos, coged si queréis, fumad de los míos» había sido inútil, ya que al final había sido demasiado tímida para decir nada; de modo que tuvo que soportar la mirada sorprendida y divertida de Philip mientras ella (eso pensaba él, desconocedor de su don secreto) encadenaba cigarrillos, los Nelson de la familia, sin contar con su permiso.

—Nunca fumo, de verdad —dijo Grace—. Pero he decidido que este fin de semana sí lo haré.

Casi añade, dirigiéndose a Philip:

—Esta mañana he comprado cigarrillos. Coge si quieres.


Hubiera querido ser capaz de reunir el valor suficiente para irse de la cocina, pero el deseo de quedarse era demasiado fuerte; se sentía como en casa, experimentando una paz que su propio hogar nunca le había proporcionado. Mientras observaba cómo Anne preparaba té (había rechazado la ayuda que maquinalmente le había ofrecido Grace), tuvo la extraña sensación de que Anne era su madre a punto de «servir» a la familia, y que ella era una niña sentada en la mesa grande de madera, sobre el largo banco de kauri que su padre y sus hermanos y hermanas habían utilizado como canoa cuando eran pequeños, volviéndola del revés y remando en aguas rápidas de fantasía. A Grace nunca le gustó sentarse en el banco. Como estaba contra la pared había que reptar por debajo de la mesa para llegar a él, y una vez ahí, con tu hermano o hermana al lado, no tenías modo de escapar. Si Grace intentaba escapar caminando por el banco se le enredaba el pelo con los papeles matamoscas que colgaban del techo y podía oír el zumbido desesperado de la mosca que hubiera quedado atrapada, distinto del típico sonido disperso que hacía una mosca cuando volaba libre por la cocina. Era el mismo zumbido frenético de la mosca atrapada en la tela de araña —Grace lo sabía, pues ella y sus hermanas, de vez en cuando, decían de repente: Vamos a cazar moscas y se las damos de comer a las arañas. Cazaban la mosca en un viejo tarro de mermelada, la llevaban a la tela de araña y la soltaban para que volara en su dirección —z-z-z-z-z, batían sus alas, sacudiendo violentamente la frágil tela de araña, vibrando como si un ejército cruzara un puente de seda; luego una cara oscura y peluda con los ojos iluminados miraba desde su escondrijo del rincón, asegurándose de que todo estaba listo, dispuesto según la Providencia, y a paso de ganso sobre los tirantes hilos plateados, la araña se acercaba a la mosca, la envolvía en una manta de telaraña hasta que sus alas ya no se podían mover y luego la arrastraba por la temblequeante tela de araña hasta su guarida, donde pasaba a formar parte de la colección de patas y trozos de ala de mosca que había esparcido por su habitación secreta.

Mientras Grace se sentaba en la cocina de los Thirkettle oyó de nuevo el zumbido desesperado de las moscas enredadas en su pelo. Meneó la cabeza. Siempre le había dado pánico que se le quedaran cosas enredadas en el pelo. Nadie sabía, nadie sabía lo horroroso que era tener un pelo así, tanto, tan rizado y crespo que le dolía al peinarse, y que la gente de la calle se parara a mirarlo: ¡Mira el pelo de esa chica!

De pronto Grace negó con la cabeza. En sus oídos zumbaban moscardas atrapadas, del aterrador tipo azul oscuro, el mismo color que la última pastilla de la pequeña caja de acuarelas que alguien le regaló por Navidad o por su cumpleaños. Bajo la tapa estaban los compartimentos azul lechoso-blanco, pero el espacio para cada color era tan pequeño, tan fina la pastilla y tan poco profundo el espacio, que el color moscarda se agotó al dibujar un cielo lleno de truenos.

Mientras miraba a Anne, Grace casi se inclina hacia delante para decir:

—¡Cama y mimir, Mamá, cama y mimir!
—¿Es que no ves que tu madre está atareada?

Atareada. Su padre siempre escogía la palabra más larga, si la encontraba. De los libros de la estantería —la colección de Oscar Wilde comprada de saldo, libros de texto, viejos libros de lecturas sobre la Guerra Civil norteamericana, el Libro de los consejos y recetas del doctor Chase (en el que se apuntaban los nacimientos, matrimonios y muertes de la familia), una novela con una cubierta a rayas grises y blancas, y la contracubierta hecha trizas, titulada Pagar el precio, y el Libro de Dios, un manual cristadelfiano de letras grandes y espeluznantes dibujos de ángeles, el Armagedón, y de nuevo, el materialmente imposible Día de la Resurrección—, el que más se utilizaba era el diccionario rojo, sobre todo el padre de Grace, que trataba de hacer todos lo crucigramas que encontraba. Grace intentaba ayudarlo. Recordaba que una vez se pasó toda la tarde buscando una palabra de cinco letras, y cuanto más escurridiza parecía la palabra, con más determinación la buscaba su padre; todos se fueron a la cama y él siguió buscándola. Grace se fue a dormir cuando ya no pudo permanecer más tiempo despierta. Al día siguiente, o al otro, su padre dijo de repente: Es junco, es junco. ¡Cualquiera hubiera dicho que acababa de ganar la Copa Melbourne!

A su padre le gustaba verse a sí mismo como el miembro culto de la familia. Era el Secretario del Sindicato del Ferrocarril, y al final de las cartas de negocio firmaba con su nombre, rúbrica incluida, seguido de Secr. del Sindicato.

—¡Cama y mimir, Mamá, cama y mimir!

Su madre estaba recitando poesía, unos versos suyos:

Era poeta, y amaba el salvaje trueno
cuando resonaba en el universo. Ahora duerme
bajo la hierba que adoraba. Con mano enmudecida
como solo el corazón de poeta entenderá.

El poeta, claro está, era la madre de Grace, quien, a causa de la pobreza de la familia o por su propia convicción del proceder de la mente del poeta, insistía en que los mejores poemas siempre se escribían en los dorsos de los sobres, en trozos de cartas. Tenía pruebas para demostrarlo. Hablaba de este y del otro que habían escrito su obra maestra en una factura que no podían pagar; a la madre de Grace esto le parecía la venganza más poderosa y efectiva contra la pobreza.

—Oh, por favor, Mamá, ¡cama y mimir!

De repente el padre de Grace se puso a gritar:

—Te lo he dicho mil veces… ¿Es que todo lo que te digo te entra por una oreja y te sale por la otra…?

Asustada, Grace se volvió hacia Philip, quien, si Anne hacía el papel de Madre, debería haberse cambiado para hacer de Padre. Pero no se había cambiado, seguía siendo Philip, vestido con su ropa de fin de semana, el relajado hombre profesional que juega con sus hijos; y que tenía apenas una simple mancha de cansada oscuridad parecida a diminuto granizo negro o a un signo de puntuación situado en lo más profundo de sus ojos de motas doradas.

***

Estoy asombrada, pensó Grace. Me alegro de no ser como esos maniquíes de los modistos cuyas cabezas están hechas con la forma de una jaula, o mis pensamientos se escaparían volando a través de los barrotes. Pero he de saber, he de saber la razón de la extrañeza de este fin de semana.

A Philip le interesa la arquitectura. El amor que sienten ambos tiene una cualidad arquitectónica pero me parece que todavía no está completo; los fundamentos son sólidos, hay suficientes paredes y techos para proporcionarles cobijo en la tormenta; Philip es un albañil concienzudo que ha montado con mucho cuidado un firme andamio. ¿Un andamio? ¿Un polvorín? ¿Una Escuela? Algo cuelga del andamio, un niño pequeño con una gorra azul de lana como de béisbol norteamericano; está rígido y muerto; es Noel. ¡Cómo se parece a Philip, el limpio intelectual brilla bajo los mocos del niño-mendigo!

Pero no es la casa del amor de Philip y Anne lo que estoy viendo, es una casa real, la de Edendale, que está siendo reconstruida en Glenham, y vivimos temporalmente en los barracones y está nevando. No hay suficientes pañuelos para todos, el aire está nublado de tanto Bálsamo Friar, la tía con bocio de Dunedin dice: Grace delira, delira, y yo lloro porque me duelen las piernas. Dolor de crecimiento. ¿Tan terrible es crecer? ¿Y qué era eso que decía mi madre acerca de un niño de Outram que «creció demasiado deprisa», que «creció más que su fuerza»? ¿No enfermó y murió? ¿Es ese el castigo por crecer? ¿Y por qué se tienen que burlar de mi pelo estropajo diciendo que soy como la protagonista de Topsy, y preguntándome dónde nací? Yo les contesto, a sabiendas de que lo esperan,

Soy la niña que nunca nació,
la que entre el trigo creció.
¿Qué? ¿Soy guay o no?

***

—¿Te gustan las tostadas con queso?

Siempre que Anne hacía una pregunta de este tipo, Grace contestaba con un gorjeo entusiasta:

—Oh, de todo, de todo, yo como de todo.

Ahora, después de haber respondido así al principio de cada una de las comidas del fin de semana, Grace, en un intento de no ser tan maleducada y ambigua, dijo:

—Sí, me gustan las tostadas con queso.

Lo que quería decir era: Mi hermano no come huevos, nunca ha podido comer huevos, y yo no lo sabía.

Miró a Philip, recordando que en un momento del fin de semana en el que Philip no estaba en la habitación, Anne le había dicho en tono confidencial:

—A Philip le encantan los espaguetis a la boloñesa; ¡sería feliz si le hiciera espaguetis a la boloñesa en cada comida!

Ahora Grace miraba maravillada a Philip, entusiasmada ante la capacidad de los seres humanos para dotar de tal magia y misterio un simple gusto o aversión común. Le gustan los espaguetis a la boloñesa, se dijo a sí misma, atesorando sus conocimientos.

—Me han gustado mucho tus comidas.

Grace se sintió orgullosa de haber dicho eso. Admiraba las habilidades prestidigitadoras de Anne, pues aunque a una comida le parecía seguir otra, y continuamente había algo que preparar y Anne iba de aquí para allá, del fregadero al horno, a los fogones, a la mesa, todo se llevaba a cabo con un secretismo tal que si hubieras detenido un momento a Anne no la habrías sorprendido con las manos en la masa o con una patata a medio pelar. La deliberada o involuntaria forma con la que ocultaba la preparación y cocción de la comida le recordaba a Grace la creación de una obra de arte; y sin embargo la entrega final de la comida no se convertía en un triunfo autoconsciente. Los artistas podrían aprender de ella, pensó Grace. Sabe cómo hacer, dar, sin calificaciones: Es mío.

Con frecuencia en casa de Grace la comida se preparaba como ofrecimiento de amor o paz, su madre rauda hasta la plancha para traer de vuelta los tranquilizadores pikelets, o metiendo a toda prisa los bollitos en el horno para que la familia pudiera disfrutar de unos pocos momentos de olvido recubiertos con mantequilla caliente; o con la severidad matutina, que acentuaba la lucha por la supervivencia después de la larga inconsciencia de la noche y el sueño, su madre, ignorando sus cánticos de

¡Come y engorda
engorda y la gente se reirá!

les ponía el desayuno delante de las narices.

—¡Nadie podrá decir nunca que no alimento a mis niños!

A Grace le parecía que cuando Anne, Philip, Noel, Sarah se sentaban a comer no lo hacían directamente por supervivencia, prestigio, amor, paz; tampoco estaban solos; ni comían en su cocina de Holly Road, en Winchley. Grace tenía la extraña sensación de que su comida había sido preparada hacía miles de años: la compartían con gente de todo tipo y condición, sentados en un amplio vestíbulo, en una mesa de banquete que ocupaba una parte del vestíbulo y cuya oscuridad provocaba que el anfitrión hubiera pasado de ser humano a una presencia invisible. Grace podía sentir al desconocido anfitrión en la habitación. Miró a Philip y supo, por la seriedad de sus ojos, que el anfitrión era alguien importante para él; mientras que la cara de Anne transmitía el sensual placer de estar viva, de compartir una comida a la vez con tantos invitados desconocidos y tan pocos conocidos e íntimamente queridos.

Creen en Dios, pensó Grace mientras los observaba. Y sin embargo no había pretensiones místicas en su acto de comer. Comían, hablaban, reían. Los niños eructaron y los convencieron para que pidieran perdón.

Al volver a la realidad Grace advirtió que Philip estaba hablando de escritores neozelandeses. Se dirigía a ella.

—¿Sí? —dijo ella, interrogativa.
—Me refiero a los de antes de la Guerra que todavía escriben.

Grace recitó una lista de nombres.

—He conocido a algunos —dijo ella, orgullosa de anunciar que tenía cierta relación con seres humanos.

Y se puso entonces a chismorrear alegremente sobre este y aquel escritor, hasta que de repente se detuvo, consternada.

—¡Estoy chismorreando! —exclamó—. No estoy diciendo nada personal. Pero en cualquier caso estoy chismorreando.
—Sí, pero de forma simpática —dijo Philip.

Sintiéndose culpable Grace habló de X, cuya esposa trabajaba para mantenerlo. Philip se rio con ganas.

—¡Aquí no hay peligro de que eso suceda! Soy yo quien trae el dinero a esta casa.

Su mirada pasó de Grace a Anne.

—En cuanto estos niños sean lo suficientemente mayores, volverás a dar clases y yo me retiraré a la buhardilla a escribir.

A Grace estas palabras la alarmaron y preocuparon. Era tan egocéntrica que pensaba que toda emoción intensa que la afectara también lo hacía a los demás, y si no tenía pruebas al respecto, zarandeaba mentalmente una y otra vez a aquellos que se negaran a admitir su exceso de emoción, hasta que le pareciera que los pensamientos de estos caían como semillas de amapola, y se marchitaban y morían…

No quiero volver a dar clases, pensó, intentando dominar el pánico. No puedo. Hay que preparar las clases, el libro de ejercicios, la asistencia diaria, todas esas pequeñas cruces en volúmenes y más volúmenes, supuestamente para demostrar de alguna forma que un alumno ha faltado o está presente; una forma bien poco sofisticada de registrar los movimientos de los seres humanos; sabemos que los niños son consumados turistas mentales que eluden las barreras fronterizas más elaboradas. Charla Matutina. Expresión Escrita. Estudios Sociales. Obligaciones en el Recreo. El temido té matutino en la sala de profesores. Conversación con el otro profesor en prácticas, Bill Todd, una criatura inane por quien ni siquiera puedo sentir piedad, tan solo resentimiento por no haber tenido nunca la compañía de un hombre interesante, nunca; incluso cuando mi hermana y yo nos emparejamos con dos estudiantes fue ella quien se hizo con el valiente inteligente excitante, mientras que yo me pasaba las tardes con un tontaina del sur que no sabía hablar (sin piedad, sin piedad) y que no dejaba de tararear una canción que se le había metido en la cabeza, Don’t Get around Much Anymore.

—¿Qué dices? ¿Volver a dar clases?

Grace fue presa de las terribles certidumbres e incertidumbres del lenguaje hablado. Philip había mirado a Anne, se había dirigido a Anne. El ritual de la comunicación oral está tan firmemente aceptado que poca gente lo cuestiona o se atreve a reestructurarlo. Si miras a alguien, y hablas con esa persona, diciéndole: Tú, tú, tú, es que lo que dices se refiere a esa persona; es así de sencillo.

Como no era un ser humano y no tenía práctica en el arte de la comunicación verbal, Grace se había acostumbrado a vivir momentos de terror cuando su mente cuestionaba o reestructuraba el asentado ritual; cuando las certezas comunes se convertían, desde su punto de vista, en incertidumbres alarmantes. Philip se había dirigido a Anne. Y sin embargo Grace había sido Anne. Ahora Philip se dirigía a Grace.

—Sí. En cuanto estos niños sean suficientemente mayores.

Anne sonrió tranquila, sin indicios de haberse sentido amenazada. Se piensa que Philip está hablando con ella, pensó Grace; luego, su cabeza se despejó de repente y afortunadamente volvió a ser ella misma, Grace, y se sentó, escuchando, escuchando, temerosa de la amenaza a Anne, que volvía a sonreír y se reía con ganas.

Grace casi llora de alivio. Así, pues, todo estaba bien, todo el mundo estaba a salvo. Se quedó mirando fijamente el plato, haciendo como que no había oído las palabras de Philip y la risueña respuesta de Anne.

—Ya veremos.

Era un desafío.

Grace rezó a cualquier Dios que pudiera estar cerca, Que no se maten entre ellos, por favor, que no se maten entre ellos. Él está enfadado, ella tiene miedo. Él la matará, y a él lo colgarán por asesino, o lo atarán a la silla eléctrica de Sing-Sing, donde tienen su propia canción.

Es una canción que cantan todos juntos en Sing-Sing .
Desearíamos ser gorriones y poder volar lejos…

¿Gorriones? ¿Golondrinas? ¿Cucos? ¿Las becasinas volando «hacia otro verano»?

Que todo el mundo se tranquilice, pensó Grace. Que Philip no mate a Anne. Este es mi plato, mi tostada con queso, este es mi café en la taza amarilla, y —¡oh, Dios mío!— Philip y Anne se van a matar entre ellos. Son como mi madre y mi padre.


(Continuará...)

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