Hacia otro verano (II)

Janet Frame




3

Un mes antes de Navidad Grace fue al hospital, a una sección equivocada, no la de «residentes», la que le tocaba, y durante las cuatro semanas que pasó en el hospital temió que la llevaran a otra «zona», en la que no serían tan amables o comprensivos. A ratos se sentía segura. Aprendió dos canciones: I want to be Bobby’s girl y Let’s twist again as we did last summer.

Se hacían muchas actividades —baile, pintura, juegos. En una ocasión Grace jugó una partida de ajedrez con el médico en una de las salas. En la parte posterior de la cabeza tenía una calva redonda como un penique. Inclinándose hacia delante para mover cuidadosa y deliberadamente su peón negro, él le arrebató el alfil en passant.

—Estoy a punto de hacerte jaque mate —dijo él—. Te voy a hacer jaque mate.

La habitación era pequeña y hacía calor. Grace se ruborizó.


Dejó el hospital, regresó a su apartamento y se pasó las navidades leyendo a Samuel Pepys, To My Accounts, y solo una o dos veces se acordó de los Thirkettle y las notas rápidas que le habían escrito.

—Nos alegramos mucho de que venga a pasar las navidades. Hay un tren por la tarde. Haga ya la reserva o tendrá que ir en el pasillo. Philip la recogerá en la estación.
—He tenido que ir al hospital…
—Lamentamos oír eso. ¿Por qué no viene cuando salga del hospital? Puede quedarse en cama todo el día si así lo desea.
—Muy bien. Más adelante, pues, a finales de enero o principios de febrero.

***

Y entonces, de repente, entre las partes Segunda y Tercera de la nueva novela, esa postal, ¡Venga a disfrutarla! Esa postal, que llega justo cuando ha tomado la decisión que había estado esperando desde hacía años, desde que dejó de ser humana, desde que se retiró a su mundo privado, aunque dejando abiertas ciertas vagas líneas de vana comunicación con el mundo exterior: era un pájaro migratorio. ¿Una cigüeña, una golondrina, una pardela? ¿Una becasina?

¿Cómo podía explicárselo a alguien? ¿Cómo podía ir a pasar el fin de semana a algún sitio sin comentarlo en algún momento, en algún lugar, y provocando que todo el mundo se asustara, se mostrara compasivo o se sintiera incómodo?

—Ya sabéis, claro, que no soy un ser humano, soy un pájaro migratorio.

Se rio histéricamente cuando pensó en las situaciones que se podían dar.

—Hay una explicación posible —le dijo su médico cuando ella se lo contó—. ¿Come y duerme bien? Ha de comer, ya lo sabe. Déjeme recordarle que ha de comer.

Sentada en el terrible banquete se sintió como el cómico de la película que de tanto esperar la comida en vano, haciendo señales a camareros que lo ignoran, finalmente coge el menú y se lo come, luego sigue con el mantel, rompe una pata de la silla o de la mesa, ya no puede esperar más, y menudas risas las del público, has visto alguna vez algo tan divertido, esa forma de comer es tan divertida.

—Claro que como —dijo Grace fríamente.
—Bien, bien. Solo quería recordárselo.

Cogió el autobús cuarenta y cuatro, de vuelta a su apartamento, y desde la ventana del salón miró con tristeza la pila de hojas muertas, paquetes, periódicos, billetes de autobús —un hombre pasó por delante del apartamento. Ya estamos. Arrugó un billete de autobús y lo tiró al jardín, por encima del murete de ladrillo. A veces Grace cogía la escoba de jardín del armario del vestíbulo y barría enérgicamente la pila de billetes, mientras las personas que pasaban por delante (limpias, acomodadas, con maletines de piel y miradas confiadas) se quedaban perplejas, pensando, al ver a Grace, Qué maravilla de asistenta. Cuando la nieve se hubo derretido y las plantas moribundas mostraron toda su harapienta ausencia de vida, impacientes por dar señales verdes de crecimiento, Grace arrancó unas cuantas de la tierra. Inmediatamente lamentó su impulso, e intentó volver a plantarlas a pesar de que les había roto las raíces. Contra el muro de las Oficinas de la Junta Examinadora, la hilera de plantas arrancadas seguía engañosa y valientemente en pie y nadie hubiera imaginado que la savia de sus tallos se había secado para siempre al haber sido separados de su fuente. Grace les dedicó a esas plantas una atención especial. Cuando entraba en el apartamento por el jardín procuraba pasar a su lado una o dos veces, con la esperanza de que su cercanía diera a las plantas el consuelo necesario para resucitar, pero no sirvió de nada, nunca se había engañado a sí misma en las cuestiones de la vida y la muerte, de modo que tampoco podía esperar engañar a las plantas que había arrancado de raíz. Tendría que darles la noticia rápida y limpiamente; de golpe; un montón de tierra o de cuidados especiales no engañaban a nadie.


4

Un cierto placer se sumó al alivio que sintió Grace cuando empezó a considerarse a sí misma un pájaro migratorio. Descubrió que comprendía a los personajes de su novela. Las palabras fluían, estaba excitada, podía ver a cualquier persona y cualquier cosa. Tachaba los días de su diario y pensaba: Dentro de pocas semanas habré terminado el relato, y entonces podré ir a dar vueltas por las calles y oler el aire primaveral.


Es así:

Se dijo a sí misma,

—Preparada.

Ah, las cámaras se colocaron en posición, los micrófonos se ajustaron. Se retrepa en el asiento, mira hacia atrás. ¿Remordimientos? La puerta está completamente cerrada. La gente del mundo retrocede. Regocijándose ferozmente en su soledad, ahora ella es cualquier cosa, no humana —un huevo, una tortuga hibernando, una avellana; dará la vuelta a la Tierra, como si fuera un mármol enrollado en la oscura boca del cielo; y, ah, pronto estará en el espacio, dirigirá su cuerpo, su comida, sus instrumentos como si fueran perros, ¡Siéntate, siéntate! Los fragmentos en movimiento le raspan la piel como lenguas, se aferran a su carne; todo se levanta a su alrededor, como un vómito; es el día en que el espacio, no el mar ni la tierra, da por perdidos a sus muertos. Ella sonríe, murmura, ¿Qué mantenía mis ataduras? Mirando las estrellas, los fuegos perseguidores, la tierra maravillosamente cultivada con plantas ladrillos piedras y ni una señal de personas, animales, insectos, las conmociones del amor. ¡Siéntate, sueño, siéntate!

Se pierde la comunicación.

Un instrumento defectuoso, un error humano; el placer privado de la certidumbre de la muerte, el prematuro duelo público por una heroína; en los mares una serie de pequeños botes en dirección al área de no recuperación para ser testigos del final; ondean las banderas; una regata; representantes locales y extranjeros.

Su barco explota, arde; una llamarada en el cielo, una mancha en el mar; ningún resto humano. Los botes se dispersan, los representantes locales y extranjeros regresan para hacer declaraciones y emitir boletines.

Noche. La escritora emerge de su sueño.

—Oh, Dios, ¿por qué me has engañado? ¿En qué mundo habito? ¡Siéntate, sueño, siéntate!

5

Cada pocos días hay que comprar pan de trigo sarraceno, nueve peniques y medio; los viernes la factura de la leche, cuatro litros a cuatro peniques y medio, pagada; media docena de huevos a la semana, un cuarto de kilo de queso, el periódico, el semanario literario, el periódico del domingo, su ruido sordo al caer, como el de una peligrosa pieza de andamio, un tablón que el viento empuja por los cielos desde un edificio sin terminar —al final qué será, preguntas. ¿Una catedral, una casita, una estación de ferrocarril, un hangar? Es demasiado alto para ver su estructura, el cielo aterciopelado se comba en forma de niebla, el periódico con su suplemento, el suplemento dentro del suplemento dentro del suplemento (¡Ah! ¡En tecnicolor!) yace pesadamente sobre pies y corazón.

Además, hay visitas aquí y allá para consultar las manchas en su lugar de origen —el editor de voz suave (un corredor de apuestas ofreciendo consejos) y el aura de la loción para después del afeitado; su hijo, de cara sonrosada y apagados ojos oscuros; su redactor jefe; editores, editores, el agente preocupado por la dieta y su eliminación; también hay visitas de gente. Suena el teléfono. Una y otra vez, cuando suena el teléfono, es un Perdone se equivoca de número, pero esta noche es Harvey.

—Un amigo de Estados Unidos me ha dado su dirección. ¿Puedo ir a verla, sobre las nueve?

Pausa.

¿Un estudiante de medicina norteamericano? Eso puede ser agradable. Tête-à-tête, jerez, café. ¿Tengo aspecto de escritora? Debería tener el pelo, liso y negro, a la altura de los hombros; debería tener la cara pálida y con espinillas; los zapatos deberían tener aberturas en los costados; debería parecer interesante. ¿Me parezco a alguien, por ejemplo a mí misma? Me gustaría saber qué decir, me gustaría no quedarme en blanco cuando estoy con gente. Una ligera esperanza; jerez; tête-à-tête.

Pausa.

—Sí, venga. Lo espero a las nueve.
—¿Puedo venir con una amiga?

Pausa.

—Sí, sí.

La vieja bruja frustrada bailando alrededor del caldero.

Y como una rata sin cola
en un cedazo zarparé.
Lo haré, lo haré, lo haré…


***

Esa tarde, justo después de las nueve, el timbre de la puerta sonó y Grace dejó entrar a Harvey y a su amiga Sylvia.

—Soy Harvey.
—Soy Grace.
—Soy Sylvia.

Sonrisas, todos situados, y mientras Grace les enseña el salón con su juego de fundas florales, su lámpara, el escritorio, sus veladores falsos, la estufa eléctrica, grabados chinos, un bonito calendario neozelandés, una postal de Beethoven (Celui à qui ma musique se fera comprendre sera délivré de toutes les misères où les autres se traînent), y ella pensó: A estos norteamericanos les falla el radar a la hora de escoger sus mujeres.

Se acordó del norteamericano que agradablemente habitaba en su pasado; el impulsivo amor entre ambos tuvo lugar durante un período suficientemente largo como para atesorar tintes irisados, reflejos, mares fascinantes y cielo y avellanos en flor antes de convertirse en la milagrosa burbuja vacía de siempre, y ella y él, sorprendidos, extendían sus dedos húmedos, los olían, los secaban con su respiración, y no había señal alguna que conocer; nada; solo la sombra, la memoria preservada; aunque ya el ácido en el que estaba embalsamada lo estaba corroyendo todo; ella tenía la esperanza de que eso no sucediera, pero ¿cómo podía haberlo evitado? ¿Cómo podía hacer el amor con alguien que en el momento del clímax empezaba a recitar el Gunga Din? Aunque puede que no fuera algo tan desafortunado —las líneas podrían haber sido las de If: «Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor… si puedes caminar entre reyes sin perder tu sencillez…».

Tu sencillez.

Aunque Grace se había informado sobre el Síndrome Klinefelter, parecía que Harvey estaba interesado en otra línea de investigación. Su amiga daba clases de Económicas, dijo ella.

Él era oscuro, se expresaba con dificultad y parecía delicado.

Grace sirvió jerez. El otro mundo se entrometió. Ella no tenía mucho que decir.

—Tienes un bonito apartamento. En el de Sylvia hay una claraboya en el cuarto de baño y la nieve cae sobre la taza del váter.
—Hace mucho que nieva. ¿Parará alguna vez?
—Semanas. ¿Has oído hablar de la marihuana?
—¿De quién?
—De la marihuana.
—He leído en algún sitio, he oído, que puedes cultivarla en Londres. Cuando viví en Ibiza…

(Ah, ahora podía hablarles de algo, les contaría lo de la luz de luna sobre los adoquines, nítida como música de flauta).

—Sí, yo conozco a alguien que ha vivido en Ibiza. Un escritor.
—Querrás decir, Sylvia, que dice ser escritor. Le gustaría venir a verte alguna vez, Grace.
—¿Ah, sí?

Grace sirvió otro jerez. Sentía cómo el rubor se extendía por las mejillas, con su horno central en dos puntos, a cada lado de la nariz.

—No, no fumo.
—¿No? Sylvia tampoco, ¿verdad, Sylvie?

¡Sylvie!

—Ni tampoco me interesa.

Al observarlos atentamente, Grace sintió un repentino ramalazo de superioridad. Eran jóvenes, desenvueltos, sumamente convencionales en su búsqueda de originalidad. También había un pequeño componente de veneración en su actitud respecto a ella, aunque quizá suavizado por el descubrimiento de que ella, una escritora, vivía en un apartamento con un juego de tres piezas y fundas florales. Les había decepcionado que no estuviera demasiado interesada en la marihuana. Encajaban tan bien en la clasificación psicológica de Postadolescencia que Grace empezó a dudar de sus posibilidades de escapar de ella alguna vez, atravesar esa lóbrega y hostil tierra de nadie, exponiéndose a la inanición, a sufrir heridas, a la muerte, hasta llegar a lo que la siguiente etapa vital aceptable hubiera preparado para ellos.

(Al sentir por un momento el viento helado entre los omóplatos, Grace dio un grito ahogado y sintió un escalofrío).

Se la quedaron mirando fijamente. Ella permanecía callada. Se preguntó si se atrevería a inclinarse hacia delante y preguntarles, como si fuera alguien que se hubiera escapado:

—Harvey, Sylvia, ¿pensáis seguir estando constreñidos?

¿Constreñidos? ¿Qué quieres decir?

—¿Acaso os movéis con libertad ahora mismo? ¿Seguro? Cuando lleguéis a la tierra de nadie podréis correr, bailar, gritar, pasar hambre, morir. sentís cohibidos?

Inmensamente superior, libre, perteneciente a otra generación, Grace volvió a llenar los vasos de jerez, derramando un poco sobre el borde del tablero de cristal de la mesa.

—¡Oh, la alfombra!

Sí, la alfombra. El agente había tenido cuidado de advertirle de que era nueva y de buena calidad. La alfombra, las sillas, las fundas florales, el grabado chino sobre la repisa de la chimenea, los falsos veladores…


Harvey y Sylvia hablaban entre ellos. Debo intentar prestarles atención, pensó Grace, concentrarme, hacer algún comentario inteligente. Después de todo, soy una escritora, y la mayoría de los escritores son inteligentes, ¿acaso no me fueron bien esos tests del hospital, cotejando patrones, encajando bloques, vaciando y rellenando recipientes de tres y cuatro litros, tachando palabras e ideas que no procedían?

—¿Sueles ir al teatro?
—No —dijo Grace con rapidez—. Hace tiempo que quiero ir. Fui a ver Macbeth. Sí, vi Macbeth. Duncan era un vejestorio que daba vueltas en camisón.
—¿Ah, sí? (Educadamente).

Quizá no les interesa Shakespeare, pensó Grace. Les interesa más el teatro de vanguardia. Últimamente hacen muy bien el papel de loco sobre el escenario. Lo sé. Pero si pienso en ello, creo que el teatro de vanguardia está muy por detrás de Shakespeare.

—¿Más jerez? Oh, lo siento, ya no hay más. ¿Café?

Harvey se puso en pie. Había estado sentado en el sofá. A Grace le sorprendió que se sentaran en sillas diferentes, pues esperaba que lo hicieran juntos, que la avergonzaran con intercambios de miradas y manos entrelazadas, pero se habían sentado separados y habían adoptado una actitud remilgada en el borde del sofá y de la silla. A Grace le desilusionó que no encajaran del todo en su clasificación… Acaso no sabía todo el mundo que los norteamericanos… que todos los estudiantes…

Harvey sería un buen psiquiatra, aunque su rostro todavía no tenía esa expresión que traiciona el necesario estreñimiento de los sentimientos.

—Es tarde —dijo él—. He de ir a hacer las maletas, mañana por la mañana me voy.
—¿Te vas?

Grace se sintió consternada y alarmada. Me lo debería haber dicho, pensó ella.

—Oh, no tenía ni idea de que te ibas. Si te vas, bueno, será mejor que te marches ya…
—Sí, debemos irnos ya, ha sido un placer conocerte, y gracias por el jerez. En casa de Sylvia hay…
—Sí, y en casa de Harvey hay…

Mira, ya intercambiaban sus identidades, como amantes consumados. Grace supuso que habían hecho el amor. Le agradó el pensamiento. Qué bien, pensó irreflexiblemente, sintiéndose algo celosa, Qué jóvenes empiezan, qué maravillosa confusión de la carne es todo eso, y es suya por derecho, oh oh, y mi cómoda está tan ordenada, la loción de manos, los polvos de talco, y mi cama tan bien hecha con el cubrecama de chenilla bajo la almohada…

Cuando se dirigía hacia la puerta Harvey sonrió y se sacó del abrigo un paquete envuelto en papel marrón. Lo desenvolvió.

—¿Me firmarías esto? ¿Te importa?

Era su último trabajo publicado. Se sintió enojada e incómoda.

—Oh, querido. No me gusta que me los pongan delante así, tan de repente. Normalmente los escondo en algún armario.

Harvey y Sylvia se la quedaron mirando. Parecían perplejos y decepcionados. Una escritora que no llevaba pantalones estrechos de color negro, que no tenía el pelo largo y negro, que vivía en un pequeño apartamento con un juego de tres piezas de fundas florales (fundas florales) en el salón, que no fumaba marihuana, y que ahora se avergonzaba de su obra.

—Deberías de estar orgullosa —dijo Harvey—. Ese amigo nuestro que se llama a sí mismo escritor se pasó toda la noche leyendo tu libro.
—¿Ah, sí?

Intentó sonar entusiasta.

—¿Ah, sí? Qué bien. Me alegro.

Se alegraba de verdad.

Cogió el ejemplar de Harvey.

—¿Qué pongo?
—Oh, tu nombre, ya sabes, saludos de parte de la autora, algo así.

Sintiéndose otra vez incómoda escribió De parte de Grace Cleave, cerró rápidamente el libro y se lo devolvió.

—Si vas a escribir a Tom —dijo Harvey—, dale recuerdos de mi parte. Trabaja demasiado. Estamos todos preocupados por él.

Ella se despidió, cerró la puerta, cerró el pestillo Chubb, murmuró Dios mío, Dios mío, regresó al salón, reordenó los cojines, llevó los vasos de jerez a la cocina.

Otro encuentro con gente concluido con éxito, sin gritos o lágrimas o demasiada confusión.

Lo estoy haciendo bien, se dijo a sí misma, como si tuviera uno o dos días de edad y finalmente hubiera dominado el arte de respirar.

***

Cuando esa noche se acostó en la cama pensó en Tom. «El pobre Tom, el pobre Tom se ha resfriado». Era él quien le había dado a Harvey su dirección. Ella y Tom eran de la misma generación. Harvey le había dicho que estaba «preocupado por Tom», como si Tom fuera un anciano y no se acostumbrara al tráfico, no estuviera muy bien de la cabeza o, con esa irritante actitud de los ancianos, no supiera qué era lo «mejor» para él. A Grace le suponía un esfuerzo pensar en Tom de este modo —para ella, al menos hasta hace un año, se trataba del apuesto rubio universitario que (milagrosamente) se había sentado a su lado en un recital de música a la hora de comer, había admirado su abrigo (¡si hubiera sabido que era el primer abrigo que tenía!) y le había preguntado:

—¿Irás a lo de Phyllis Hall el miércoles?

Con su torpeza habitual ella contestó:

—No he ido nunca. ¿Dónde está?

Con mucho tacto Tom le explicó que Phyllis Hall era un pianista, y le preguntó si querría ir con él al recital.

Grace se estremeció encantada y le dijo No.

Aunque la imagen que tenía de Tom había sido actualizada con la visita a Londres de hacía un año (amígdalas fuera, úlcera eliminada, hemorroides bajo control, gafas revisadas, menos pelo), ella todavía pensaba en él como el joven romántico que ponía Isle of the Dead en el gramófono del departamento de Música, que daba clases en la WEA local y causaba sensación con sus calcetines rojos; alguien a quien todos los hombres envidiaban porque las mujeres se derretían por él… Y ahora uno de sus alumnos de investigación se preocupaba por sus largas horas de trabajo, por su salud, por su desinterés o incapacidad para rechazar peticiones para dar conferencias, por su valentía al cambiar de línea de investigación a su edad.

¡A su edad!


—Tengo un ejemplar de su libro sobre la dislexia —le había dicho orgullosa Grace a Harvey, quien con ferviente admiración había contestado:
—Sí, hace falta ser muy valiente para cambiar de línea de investigación a su edad.

Tom tenía cuarenta años.

—He aprendido tanto de él —había dicho Harvey—. A ser disciplinado con mi trabajo. Casi todas las tardes no deja de trabajar hasta las once, y por las mañanas es el primero en llegar…

Y, sin embargo, bajo la admiración y gratitud de Harvey subyacía la cantinela: «El pobre Tom, el pobre Tom se ha resfriado».

Grace se estremeció, presionó el botón que había en la base de la lamparilla de noche, se volvió de espaldas a la ventana y de cara a la oscuridad, y cerró los ojos. Harvey y Sylvia le habían dicho que volverían a visitarla antes de que él regresara a Estados Unidos, pero ella sabía que no lo harían. Grace estaba acostumbrada a que no la visitaran. Siempre había todo ese frenesí de: es un placer conocerte, y luego decepción al descubrir que la mujer que escribía libros tenía dificultades para decir una frase coherente; luego silencio, silencio.

¿Qué más cabía esperar cuando no eres un ser humano?

***

A la mañana siguiente de recibir la postal Grace contestó que sí, que el fin de semana iría a visitarlos a Relham. Metió su respuesta en la boca de metal del buzón de las sorpresas de la oficina de correos de Gloucester Road, y luego se pasó el resto del día preocupada porque su brazo no era lo suficientemente largo para llegar al fondo, coger la carta y romperla en mil pedazos, que, cual gamberro descarado, tiraría por encima de la cerca, entre la multitud de grisáceas plantas marchitas y las quebradizas hojas muertas del jardín de Hereford Square.

(Continuará…)

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