Mircea Cărtărescu

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AL DÍA SIGUIENTE EMBUTÍ EN MI BOLSA DE VIAJE un pijama y dos o tres libros y partí contento hacia el sur de Francia en compañía de Ion Mureşan y de una joven francesa. Podríais decir: una combinación explosiva, pero no fue el caso. La joven en cuestión nos escoltaba como un policía que vigilara un transporte especial: apenas abrió la boca en las seis o siete horas largas que duró el viaje en tren hasta Aix. Permaneció, callada e inexpresiva, leyendo un librito. Tampoco nosotros le prestamos demasiada atención, la verdad sea dicha. En mi opinión, las francesas no son especialmente atractivas, y aquella estaba por debajo incluso de la media. Y, en cualquier caso, tampoco habríamos podido decirle gran cosa en nuestro pintoresco francés. Sin embargo, como vais a ver, en Castelnaudary, la famosa capital mundial del cocido de judías a la que nos acercábamos vertiginosamente, me vi obligado a hablar en francés hasta que me dolieron las mandíbulas. Y luego preferí armarme de valor para hablar esta lengua extraña antes que confiar en los traductores. Pero, como se decía en las antiguas novelas, no adelantemos acontecimientos.
En el tren nos pusimos a beber cerveza, aunque con moderación, porque yo no soy bebedor y Mury había venido de casa con una loable lección bien aprendida: no tenía permiso para emborracharse y, ciertamente, se comportó durante toda nuestra anábasis francesa con una sobriedad sorprendente para cualquiera que lo conozca. Comenzamos a hablar con una amistad sincera, aunque durante un cuarto de siglo los benévolos se hubieran esforzado por azuzarnos mutuamente. Pero con nosotros fracasaron, que también se dan casos de esos. Mury permaneció durante todo ese tiempo en un pueblo oscuro, publicó poquísimo y, a pesar de todo, la gente no se olvidó de él. La calidad de su minúscula obra poética es tan evidente que yo, que amo todo tipo de literatura con independencia de lo poco que se parezca a la que yo escribo, la he apreciado siempre, al igual que a este hombre de apariencia taciturna, pueblerina, pero lleno de humor y de humanidad. Hablamos, como hacemos siempre que nos encontramos nosotros, los ochentistas, sobre aquellos tiempos en los que éramos la poesía joven del momento, sobre los que se habían consolidado y los que habían sido olvidados, sobre los que habían muerto… Con el paso del tiempo, resulta cada vez más claro reconocer cuánto nos queríamos a pesar de la competencia asfixiante y de los intentos de los demás por separarnos. Algunos publicaron mucho, otros menos. Algunos tuvieron éxito, otros no. Algunos siguen ocupando aún el centro de atención, otros han sido olvidados hace tiempo, enterrados en una vida oscura. Pero siempre que nos reunimos, nos comportamos como soldados veteranos de una guerra perdida en la noche de los tiempos: nos abrazamos calurosamente y recordamos las antiguas campañas, la antigua gloria que nadie nos puede arrebatar. Mury me habló de un libro que pensaba escribir, algo muy extraño, muy metafísico, un libro sobre muertos y moho. Y yo recordaba su poema sobre una muñeca de trapo arrojada en un trastero lleno de zapatos viejos, un poema terrible sobre el espanto en estado puro. Con el paso del tiempo yo he deseado con toda mi alma que mis antiguos compañeros me quieran al menos la mitad de lo que yo les he querido a ellos. Se trata de algo cada vez más improbable pues, repito, en el mundillo literario se te perdona todo a excepción de ese regalo envenado que es el éxito. Lo comprendí enseguida y ya no me hago ilusiones.
Las horas pasaron rápidamente, entre cafés y pastas, arrellanados en las cómodas butacas del tren. Francia se abría y se cerraba junto a nosotros como una cremallera, diversa y multicolor, con granjas y remiendos de sembrados, con aerogeneradores y pueblos con casitas como de muñecas. Cuando viajas mucho, basta con mirar el paisaje, desde las ventanillas del avión o del tren, para saber en qué país te encuentras. Los pueblos son distintos en Francia, Alemania u Holanda, y todos ellos son completamente distintos a los pueblos rumanos vistos desde un avión: unas bocas con dientes ennegrecidos y dientes de hojalata, amontonados unos sobre otros en un desorden total.
Bajamos en Aix, donde nos recogió un taxi que nos llevó hacia la oscuridad, por caminos cada vez más tortuosos y tenebrosos, a través de una niebla densa, hasta que llegamos, al anochecer, a una pensión, un edificio rojizo que, como diría Creangă, «fue también nuestra posada». Descendimos del coche en medio de un frío paralizante, menos mal que la dueña, una señora pelirroja y rubicunda, llena de vida, una especie de Ancuţa meridional, abrió la puerta y nos invitó a entrar. Aquel no era uno de esos hoteles impersonales, sino que parecía una casa de gente acomodada, tan atestado de toda clase de tapetitos y ornamentos que casi no había sitio para sentarse. Las habitaciones de los huéspedes eran tan tentadoras y tan frescas, con su mobiliario antiguo y sus sábanas de holanda, que no te apetecía salir de allí por nada del mundo. Pero la verdadera revelación la tuvimos al día siguiente, al alba, cuando nos despertamos en la luz deslumbrante de la mañana y bajamos al salón a tomar el café y los dulces. Por la ventana se veía un paisaje increíble: un jardín con cipreses como solo había visto en Italia y, al fondo, una cadena de montes en el horizonte, límpidos y polifacéticos, cubiertos de nieve. «Los Pirineos», nos dice la señora rubensiana con una especie de orgullo. Había conseguido ver los Pirineos, esos montes que formaban parte de mi geografía imaginaria desde la infancia, cuando leía La aventura de la serpiente emplumada , de Pierre Gamarra (qué decepción cuando me enteré de que el autor de ese librito para adolescentes había sido un maldito comunista, puro y duro, y no obligado por una pistola en la sien, sino por voluntad propia, como una legión entera de otros escritores franceses, sin que los obligara nadie, tan solo la triste confusión de sus mentes). Recordaba algunas expresiones de aquel libro, como «valle típicamente glaciar», o colores como «castaño» y «avellana» que se mezclaban en mi imaginación con los propios nombres de los Pirineos… El café de aquella mañana, el strudel y la conversación con la señora pelirroja, llena de buena voluntad para con aquellos dos pobres rumanos que habían caído en su tierra, todo se mezclaba con ese nombre tan fascinante, los Pirineos…
Entre tanto llegó también la señora responsable de nuestros destinos en aquellas comarcas y nos presentó de forma algo más clara nuestro plan sureño. Nos encontrábamos en el Languedoc, nos dijo, en la zona de Aube, y enseguida —nos explicó— visitaríamos la famosa Carcassonne, la ciudadela donde se habían rodado incontables películas de temática medieval. Si hubiéramos sabido lo que nos esperaba allí, habríamos permanecido en el salón cálido y acogedor de la pensión antes que seguir el camino de los tozudos albigenses que defendieron la gigantesca ciudadela y dejarnos casi los huesos en el empeño, como hicieron, con gran entusiasmo religioso, también ellos. Por el momento, sin embargo, teníamos que dirigirnos a Castelnaudary, donde todo estaba dispuesto para nuestra llegada.
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CASTELNAUDARY ES LA CAPITAL MUNDIAL del cocido de judías. La leyenda dice que, durante el famoso desembarco antes del gobierno de los cien días, Napoleón, agotado y muerto de hambre, llegó a este triste pueblecito. El campesino que lo cobijó no tenía nada que ofrecerle aparte de unos muslos de pato con judías, la cena rústica despreciada por los espíritus más selectos. El emperador se lanzó sobre el cassoulet con un hambre de lobo y, cuando dio cuenta de él, dijo que en su vida había comido nada tan rico. Sobre estas palabras legendarias se construyó la prosperidad de la futura ciudad. Aquí existen, así pues, docenas de restaurantes que te ofrecen el cassoulet , de pato o de cerdo. Comen cassoulet a todas horas, cassoulet por la mañana, al mediodía y por la noche, cassoulet de primer plato, de segundo plato y de postre. Existen fábricas de conservas de cassoulet , en las que la grasa se prepara y se embota de forma separada, existen talleres de cerámica que fabrican las escudillas en las que se come ese enjundioso producto, existe incluso un festival anual del cassoulet que dura dos semanas enteras.
Y allí que llegamos nosotros, dos inocentes poetas rumanos, a la capital del país del cassoulet . En cuanto bajamos al andén salieron a nuestro encuentro las autoridades locales, es cierto que no lo hicieron con fanfarria y alfombra roja, sino con el brioso espíritu de los sureños. Nos cogieron casi en volandas de lo impacientes que estaban por verificar el efecto de su milagrosa comida sobre unos bárbaros desconocedores de la auténtica vida refinada. Nos llevaron en tromba a un restaurante donde tuvimos que elegir entre un rico surtido de diversos tipos de cocido de alubias. Los esquimales tienen sesenta nombres diferentes para la nieve. Los rusos distinguen entre docenas de tipos de vodka. Los bravos habitantes de la ciudadela de Castelnaudary, cuyo metabolismo funciona probablemente gracias al cassoulet , poseen asimismo un vasto vocabulario acerca de esta especialidad gastronómica. Pedimos, siguiendo sus sugerencias, diferentes variedades, pero nos trajeron a cada uno algo que parecía ser lo mismo: un cuenco de barro lleno de judías, sobre las que flotaba un muslo de pato. Empezamos a comer emitiendo pequeñas exclamaciones de placer, pues todos los ojos de los lugareños estaban clavados en nosotros. Nos sentíamos como cobayas bajo una cúpula de plexiglás, observados con atención por sabios venidos de todo el mundo. ¡Sí, nos gustaba el cassoulet ! A mí, al menos, sinceramente: siempre me han gustado las judías. A Mury, menos. «Es que en Rumanía también las cocinamos así», les dijo con la boca llena pero, al ver que la audiencia se enfurruñaba como si hubiera recibido una burda afrenta, añadió: «pero no tienen comparación, claro, dónde va a parar…». Alabamos el cassoulet de buena gana y por necesidad, como aplaudes a la prima donna al final del recital, hasta que vimos que ya estaban satisfechos. Luego la conversación derivó hacia otros derroteros.
A mi lado habían colocado a un joven, bien afeitado y con el pelo muy bien cortado, que tenía un aspecto extremadamente militar. Me había sorprendido ya en el andén, cuando me recibió con un marcial «¡A sus órdenes!» en rumano, mirándome a los ojos con una especie de devoción perruna. «No hay demasiados rumanos en Castelnaudary. Yo soy uno de los pocos… es decir, soy el único… es decir…», me dijo en la mesa y se calló. «Y puesto que soy uno de los pocos, de hecho el único, me han elegido para que sea su traductor…» Calló de nuevo, tímido como una doncella. El chaval me caía simpático, no sé por qué, así que lo animé a seguir: «¿De dónde eres?». «De Vâlcea» «¿Y a qué te dedicas aquí, en Francia?» «A nada, estoy retirado…» Me callé, sorprendido. ¿Qué enfermedad tendría, me preguntaba yo, ese mozo? Parecía fuerte como un roble. Lo contemplé con más atención: ¿acaso no está demasiado colorado? Es como si tuviera tisis. ¿No le tiemblan las manos? Lo mismo empina el codo… ¿Y esa mirada fija, de epiléptico? «Lo siento. Pero, si estás enfermo, tal vez sea lo mejor», le dije compasivo, desviando la mirada. «¿Enfermo? No he estado enfermo en mi vida. Soy reservista por la edad, señor.» Mi muslo de pato quedó a medio camino entre el cuenco y la boca. ¿Por la edad? ¿Es que ya no era capaz de apreciar la edad de alguien de un vistazo? Completamente confundido, lo contemplé largamente una vez más: «¿Cómo que por la edad? ¿Cuántos años tienes?» «Treinta y cinco» «¿Y a los treinta y cinco años ya eres reservista por la edad?» «Sí, señor. Esa es la norma en la Legión. Sirves diez años y a los treinta y cinco te jubilan»…
Qué curioso encontrarme con un reservista en Castelnaudary… Pero, de hecho, no se trataba de una sorpresa tan gorda. Si me hubiera documentado un poco, habría descubierto que la ciudad no era famosa tan solo por su cocido, sino también por el hecho de que allí se encontraba una de las más antiguas guarniciones de la Legión Extranjera. A lo largo de la comida, regada con un vinillo tinto de esos que solo encuentras en Francia, le tiré de la lengua al legionario rumano respecto a su experiencia militar, y descubrí que el chaval había llevado una vida de película, que había estado en Somalia, en Indochina, que había participado en los acontecimientos del Líbano, que había servido en Sri Lanka…
Después de comer, rebosando literalmente de cassoulet , que me salía hasta por los ojos, nos llevaron directamente a la sala de la lectura. Y en la sala, los mismos alumnos de instituto de siempre y los mismos viejillos (los típicos gorrones franceses, probablemente, que venían solo por las pastitas del final). Nos invitaron a ocupar la presidencia y nos colocaron al joven y marcial traductor a un lado. Tras la presentación, empecé mi pequeño número personal: «El tema de mi nuevo libro es la feminidad». Aquí hice una pequeña pausa para la traducción. Pero el legionario, nada, se limitó a mirarme con los mismos ojos devotos e ingenuos y no abrió la boca. Repetí la frase y volví a mirarlo animándole a traducir. Pero el soldado se inclinó hacia mí y me preguntó al oído: «¿Qué es eso del tema ?». Hice un par de intentos más y entonces lo di por imposible. El legionario no sabía qué significaban palabras como «perfil», «inhibición», «metamorfosis», «dinámico», «mórbido» y unos cuantos millones de términos más. Su vocabulario ascendía, en rumano y en francés, a unas trescientas palabras en total. Tuve que darme por vencido y apañarme con mi francés oxidado por falta de uso. Callado, el antiguo aventurero ganaba mucho en prestancia. Y no solo él. Yo también me sentía más seguro junto a su imponente estatura y empezaba a comprender por qué la gente importante alquila guardaespaldas. Y es que, aunque no valía un real como traductor (veréis en las páginas siguientes que las cosas pueden ir aún a peor), el joven pensionista formaba conmigo un grupo estatuario dotado de una cierta grandiosidad.
Leí algunos fragmentos de mis textos, Mury leyó unos poemas, luego siguieron las preguntas habituales con que nos topamos a lo largo de todo nuestro periplo francés: «¿Tienen bibliotecas en Rumanía?» «¿Utilizan teléfonos móviles?» «¿Hay editoriales en Rumanía?» «¿Tienen agua corriente en el baño?» y otras similares. En un determinado momento, Mury no pudo aguantar más y, orgulloso como uno de los dacios de la columna de Trajano, se levantó y dijo: «Mais nous ne sommes pas des sauvages, madame! ».
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PUESTO QUE CON EL LEGIONARIO ERA IMPOSIBLE y, por otro lado, a mí me agotaba retorcerme las mandíbulas con el francés, pedí en el descanso que me asistiera alguien más competente porque ya había localizado en la sala a un grupo de rumanas, de esas estudiantes uniformemente desperdigadas por el mapamundi, igual al que había encontrado en Le Havre. Creo que si se me hubiera pasado por la cabeza hacer unas lecturas en Mato Grosso, en una estación meteorológica de la Antártida o en las inmediaciones del lago Baikal, la mitad de la sala estaría llena de groupies con una sonrisa de oreja a oreja que, tras el evento, se acercarían a pedirme un autógrafo en sus cuadernitos de notas y a sacarse una foto conmigo. «¿Qué hacéis por aquí?» «Estudiamos. Yo estoy en la Facultad de Ingeniería Eléctrica y Katy (o Andra, o Lorena, o Luana o Analia —sí, con “n”— e incluso Roua) en Comunicación y Relaciones Internacionales…» «¿Y os gusta Francia?» «Sí, está bien… pero tenemos morriña…» Esta vez me fijé en Roua, a la que había oído hablar en un francés impecable, y le pregunté si no querría traducirme en la segunda parte del debate. Era como si le hubiera pedido que se casara conmigo ofreciéndole un anillo de diamantes. Roua resplandecía de felicidad como una brizna de hierba a la luz del sol del alba.
OK, se reanuda el debate y, para halagar un poco al auditorio, a modo de captatio benevolentiae , digo algo así: «Podría hablar directamente en francés, pero prefiero hacerlo de esta manera porque si hablas mal cualquier lengua, pareces torpe, pero si lo que hablas mal es francés, entonces pareces un auténtico idiota». No había terminado la frase cuando mi improvisada traductora saltó, gorjeando en un francés impecable: «¡El señor Cărtărescu ha dicho que los que hablan otras lenguas son torpes, pero los que hablan francés son directamente idiotas!». Estupor en la sala, estupor en el estrado. ¿Cómo ha osado este meteco venir a nuestra gran nación para insultarnos? Mury se levanta de nuevo como un dacio de la columna: «Mais, c’est une malentendue… mon collègue a dit complètement autre chose… ». Llevó un buen rato y grandes skills de diplomacia reparar nuestro honor.
Qué mala suerte, mi primer traductor, el soldado, no tenía vocabulario; la segunda, la chica del patio de butacas, tenía una cabeza de chorlito… Me libré de ella enseguida y, justamente cuando me preparaba para presentarme de nuevo como un idiota, sucedió como en Pinocho , la puerta se abrió de repente y entró en la sala, con las mejillas encendidas y una gigantesca piel de animal desconocido por debajo, ¡el hada madrina en persona!
Solo le faltaba la varita mágica. De pie, con sus habituales zapatillas deportivas que, junto con las pieles, formaban una combinación glamurosa cuya receta solo tenía ella, mi famosa conocida bucarestina Greta Garbo, alias la Venus de las pieles. ¿Qué demonios estaba haciendo aquí? La conocía porque trabajaba en cierta institución y el jefe la tenía todo el día con el culo pegado a su mesa, junto a una botella de whisky medio vacía. Alguna vez me había dicho que con fines ornamentales. Puesto que movía continuamente las piernas —unas veces las cruzaba hacia la derecha, otras hacia la izquierda—, yo conocía el color y la textura de sus dessous de cada día, unos con puntillas, otros sin ellas. Por encima, tanto en verano como en invierno, no parecía llevar sino sus eternas pieles de animal no identificado, que se recogía siempre sobre el pecho mientras parpadeaba con ojos tiernos. Oficialmente, era investigadora en un ámbito oscuro y reducido, precisamente el mismo en el que trabajaba su jefe; este practicaba con ella, cada año, una especie de ping-pong que se había hecho famoso: le buscaba un puesto calentito en el extranjero pero se la enviaban inmediatamente de vuelta con una patada en la parte posterior de las pieles, pues no hablaba ninguna lengua y, en general, no sabía nada de nada en ninguna. Tras seis o siete expediciones de esas, yo le había perdido la pista antes de volver a encontrarla donde menos me lo esperaba, en aquellas tierras de la Francia meridional. Graciosa como un galeón con las velas extendidas, Greta recorrió el pasillo entre las filas de espectadores y se tiró junto a mí, en la silla que acababa de dejar libre la simpática Roua. La silla gimió pesadamente bajo la presión de las macizas caderas de aquella criatura envuelta en pieles. Para mi sorpresa, Venus se metió rápidamente en su papel y tradujo de un modo bastante pasable, y en un francés decente. Al parecer, había hecho progresos desde que, entendí yo, vivía en la zona de Aix…
El coste fue, sin embargo, considerable, pues inmediatamente después de la lectura siguió la cena, con cassoulet de carne de cerdo esta vez, en un restaurante de lujo, donde la saludable señora de mejillas coloradas se empotró de nuevo a mi lado. Al principio solo a mi lado pero poco a poco, a medida que avanzaba la noche y que las copas de Beaujolais comenzaban a hacer su efecto, acabó literalmente derrumbada encima de mí. Yo llevaba un rato haciendo heroicos esfuerzos por sujetarla. ¿Su conversación? Abundante, pero un tanto monótona: «¿Sabes?… He cumplido treinta años… Siento que la vida pasa a mi lado para nada… Ambiciono un hijo que me dé sentido… Ay, cuánto desearía tener un hijo…». No cesaba de dar la matraca con el niño de marras, y mientras tanto me miraba con unos ojos tan suplicantes que si me hubiera sobrado algún nene, se lo habría dado allí mismo. Pero no me apetecía entregarle a los míos con tanta facilidad y es que, como dice el refrán, la sangre tira que es un primor…
Después de la cena nos recibió en el ayuntamiento el señor alcalde, una especie de simpático Tartarín de Tarascón con bigote de gorrión, que nos dio las gracias por habernos desplazado desde la lejana e ignota Rumanía para iluminar a los valientes vecinos de Castelnaudary con la antorcha de las letras inmortales. En una ceremonia festiva nos entregó a cada uno una medalla y un diploma que nos reconocía como ciudadanos de honor, lo cual no es moco de pavo, ya que si se nos ocurriera alguna vez instalarnos en la capital del cocido de judías, ¡estaríamos exentos del pago de tasas durante toda la vida!
Yo poseo una larga experiencia en medallas. Mi padre recibió una en 1962 por culminar la colectivización de la agricultura. Tenía yo seis años por entonces y la medalla me vino de perlas, jugué con ella hasta rayarla del todo. Luego empecé a hacerme con las mías propias, la de Constantinescu y la de Băsescu. Un chollo para mi hijo. Pero los beneficios de tener una medalla son incomparables. Aunque me hayan premiado, sigo pagando unas tasas sangrantes allá donde vivo. Las dos únicas ventajas de estas insignias presidenciales, me han dicho, son ambas post-mortem cuando, digan lo que digan, todo te da igual: la primera es que las medallas serán portadas delante de tu féretro sobre un cojín de terciopelo y, la segunda, que en cuanto te depositen en la tumba se dispararán doce (algunos afirman que en realidad son solo dos) salvas al aire. Dios quiera que se disparen al aire y no precisamente sobre mi pobre cuerpo, recompensado por la Patria por las hazañas culturales a las que se entregó en vida.
Me detengo por el momento en este punto. Siento que me estoy poniendo siniestro. Pero no tan siniestro como las páginas que siguen y en la que se narra el banquete con comida tradicional rumana ofrecido por el ayuntamiento a los recién designados ciudadanos de honor: a Mury y a mí…
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AL DÍA SIGUIENTE HABÍA UNA NIEBLA que se podía cortar con un sable. No solo no se veían, a través de las ventanas de la pensión, los famosos Pirineos sino que, si abrías la ventana, entraba en el salón aquel vaho denso y no te veías ni la mano delante de los ojos. Era imposible no recordar la batalla de Podu Înalt, de Sadovenau que explicaste docenas de veces cuando eras profesor de escuela general: «Hadâmbul no ve nada y se frota los ojos con los dedos, bromeaban los montañeses siguiendo su mala costumbre…». ¡Dios mío, todavía hoy me sé de memoria Fefeleaga, Puiu, O oră din august y toda las hazañas en serie de Nică el de Ştefan de la Petra! Y ahora, en mis pesadillas, los buitres despedazan a Păunaş y por ese motivo Dănilă levanta al cielo un puño amenazador… Es también un tipo de masoquismo esto de recordar… Después del atroz servicio militar que cumplí antes de la universidad y del que me sorprende haber salido vivo, lo primero que hicimos cuando volvimos a encontrarnos como estudiantes mis colegas y yo, fue cuadrarnos delante del anfiteatro Odobescu y empezar a desfilar por el pasillo como dementes. Nadie sale indemne de su propia vida. Todos llevamos encima los traumas, la infelicidad, las ofensas, los fracasos, las injusticias, la adversidad de los demás. Los mejores de nosotros procuran no perpetuar el mal, no volcar sobre otros, a su vez, el daño que algún otro les ha causado. Pero todos nos torturamos a nosotros mismos recordando al detalle, con una claridad alucinante, en muchas noches de insomnio, episodios de nuestra vida en los que el mal y la perversidad han triunfado.
… Bueno, es mejor que hablemos de nuestras ovejas. Casi al amanecer vinieron a buscarnos en un coche que surgió de la niebla, y que también estaba repleto de ella. El efecto neblinoso duró hasta que el aire helado del interior del vehículo se templó lo suficiente como para poder meterlo en los pulmones. Avanzamos despacio, con una visibilidad prácticamente nula, por una carretera desierta. El silencio de fuera se parecía al de Solaris , en las escenas del océano pensativo. Únicamente escuchábamos nuestra propia respiración, y cuando nuestros anfitriones volvían la cabeza para comentarnos algo, casi nos estallaban los tímpanos por el impacto de aquellos sonidos que parecían provenir de un mundo paralelo. Nos dirigíamos a una localidad vecina en la que íbamos a visitar un taller de alfarería famoso en toda la región. Allí, según nos dijeron, trabajaban aún según el método tradicional. Luego almorzaríamos y finalmente, por la noche, participaríamos, como invitados de honor, en una típica cena rumana. Nos acompañaría prácticamente todo el pueblo en un gran salón especialmente preparado para la ocasión…
Por el momento, helado como un muñeco de nieve, me negué a pensar en la velada fatal que me esperaba. Pero mis presentimientos me decían que una idea semejante no presagiaba nada bueno. Me había enfrentado antes, en Castel Goffredo, a la tradición rumana bajo el rostro de la cantante galvanizada que taconeaba torpemente, farfullando ensalmos, sobre el fondo musical de un magnetófono.
Tzouika, sarmalutze con mamaligutza, kalushari , la flûte-de-Pan , los haïduks … ¿qué tiene que ver todo eso conmigo? ¿Por qué teníamos que exhibir siempre, en nombre de la tradición rumana y sin atisbo de vergüenza, los órganos atávicos de un pasado pastoril? ¿Por qué teníamos que vivir siempre bajo esa esquizofrenia? Por una parte, queremos demostrar que somos modernos, perfectamente europeos y, por otra, les decimos a todos que nuestro rasgo más característico es que seguimos siendo unos pastores primitivos, solo que travestidos en tejanos de Diesel y camisas de Tommy Hilfiger, y perfumados con Fahrenheit para que no se nos note el olor a cuadra… Creo que el francés medio, ese que nos preguntaba en cada encuentro si también nosotros utilizábamos teléfonos móviles, si teníamos librerías en Rumanía, es de la creencia de que al llegar a la frontera nos quitamos la casaca y los iţari , que enterramos en el zurrón la mamaliguţa y el pertinente queso, y que nos presentamos ante ellos recién afeitados, solo para hacerles creer que somos personas humanas como ellos y no unos temas propios de la etnología y el folklore. Ellos, pobrecitos, no tienen culpa: así nos hemos presentado nosotros mismos como nación en los últimos cien años, saltando al ritmo de hop-şa-şa . ¿Cómo van a pensar que nuestras novelas son literatura moderna al igual que las suyas, que nuestro arte habla también de la condición humana, que nuestro cine es cine y no meras representaciones de la Navidad?
Pero nos sacamos la espina con sus alfareros. El coche se detuvo ante una construcción más o menos como las que cualquiera puede encontrar al final del barrio bucarestino de Colentina, un edificio anónimo, inestable, lamido por las nieblas. Sus paredes estaban hechas de burdos ladrillos de adobe, las esquinas se inclinaban unas veces hacia adentro, otras hacia fuera. Era el único edificio de la zona, muy alejado del pueblo, y ahora, envuelto en una bruma como de fieltro, se alzaba ante nosotros enigmático y desierto. Al poco, sin embargo, salió a nuestro encuentro Monsieur Not, con un buzo de trabajo pintorescamente sucio, dotado de un mostacho retorcido con coquetería y unas mejillas rojas como el fuego. Parecía la figura regordeta del «Chef» de la cocina de Ratatouille o, si no, otro de los ya mencionados franceses que, en las películas de los años cincuenta, beben Pernod sobre el mostrador de zinc del bistró de la esquina. Cabeza perfectamente redonda y pelo rizado, ojos meridionales, risueños. Luego salieron del edificio otros tres señores Not, hijos del primero, idénticos a su padre si exceptuábamos el bigote, el aro en la oreja y los teléfonos móviles que sobresalían de los gigantescos bolsillos de sus buzos. Otra generación, otras modas.
Entramos en las sombrías salas del taller, navegamos con atención entre millones y millones de ollas, cuencos, escudillas, jarrones y otros inidentificables objetos de arcilla y, para acabar, nos hicieron una demostración de modelado del barro húmedo en el torno del alfarero. La niebla, luminiscente, se escurría en el interior del recinto a través de las grietas de las paredes. Los olleros parecían los personajes de unos antiguos y cuarteados cuadros al óleo, inclinados sobre la forma que nacía, resbaladiza, en un claroscuro violento y misterioso. De vez en cuando se volvían hacia nosotros y nos decían algo en un terrible francés dialectal. Al partir, la familia Not nos regaló dos escudillas para cassoulet , las que perdí precisamente en mi estúpida apuesta con Agop. Nuestros anfitriones nos comentaron después que estos heroicos alfareros eran los únicos en toda la zona que habían resistido la competencia industrial y que ahora estaban protegidos como una especie de monumento de la región o incluso como una especie animal en peligro de extinción. Los chicos ni hacen ni dejan de hacer cacharros, desde hace unos años ocupan el puesto de guías en su propio negocio: reciben oleadas de turistas ávidos por conocer las curiosidades del lugar.
Mureşan, con las escudillas bajo el brazo y la barba llena de escarcha, consiguió susurrarme mientras me guiñaba un ojo: «Que vengan a mi pueblo, a Transilvania, que les vamos a enseñar el oficio a estos…». Luego subimos al coche con los demás. Llegamos a la pensión justo al mediodía, y el cielo comenzó a aclararse poco a poco de abajo arriba, y en el horizonte se adivinaron los picos, como de papel arrugado, de los Pirineos.
(Continuará…)
