Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: «La cárcel y la vanidad»

Ítalo Costa Gómez







Cuando era inminente que nos iban a dar «prisión domiciliaria» en el Perú para poder combatir el nuevo «Corona-versus» mis amigas y yo no fuimos a comprar papel higiénico como si fuéramos una sarta de mononeurales. No, no no – como diría la tortuga china -. Nosotros fuimos a comprar juntos (en esos primerísimos días no había restricciones sobre no poder salir en grupo) a comprar cosas básicas e imperecederas. No solo comida; compramos linternas (pensando en que se podía ir la luz), pilas, compramos alcohol, curitas, velas, pastas dentales, condimentos, artículos de limpieza, cera y hasta balones de gas.

Fuimos cuidadosos, creo yo. Cuando vimos que teníamos esas cosas importantes cubiertas – todos cuidando por todos, revisando lo de todos: Fue hermoso – empezamos a comprar lo innecesario-necesario: cremas para peinar, algunas se llevaron sus tintes, aceites para la cara y cuerpo.

[Mujer precavida vale por dos y ‘pinky amigo’ solidario vale como por cuatro. Got it? Muy bien. Sigamos]

No sospechamos que echaríamos mano de uno de los recursos importantes y básicos como la quinua como elemento reparador-generador de besheza. Te mueres muerto.
Cuenta la historia que varias semanas después de habernos reunido, ya con la cuarentena totalmente impuesta y su toque de queda más decidimos hacer una vídeo llamada como lo hubieran hecho Carrie, Samantha, Charlotte y Miranda – con Stanford de pasadita – e hicimos un plancito para pasar el rato conversando, como para matar el hastío. En eso habló la líder.

-¿Y cómo vamos con la resequedad de la piel? Las veo bien viejas, amigas.
-Oye, bien caradura eres. Tú eres la mayor de todas y encima con esa luz azul de la laptop pareces tu mamá. No seamos palomillas. – dijo la otra.

Yo estaba mudo porque calladito me veo más bonito. Además, todas se veían horribles, menos yo, la verdad.

La cuarta metió su cuchara.

-Huevones, estoy leyendo que la quinua rejuvenece como mierda en una masita con leche de coco y avena. Algo así publicó la Magaly.

[¿Quién diría que la autoproclamada «reina de las feas» sería un «influencer» de la belleza veinte años después. Todas anotando las recetas de la «Urraca». Era para un estudio sociológico de aquellos. Porque es una regia ah. Tiene toda la autoridad de aconsejar]

Nos hemos parado casi al mismo tiempo y solo la cuarta tenía avena, pero por joder valía la pena intentar con la quinua. Ahí alcé mi voz.

-Yo creo que todas necesitan URGENTE una mascarilla. ¿Nos ponemos a hervir?, ¿recuperamos lo perdido?

Éramos cuatro pendejos cagados de risa hirviendo esa maravillosa hierva integral para vernos cinco minutos más jóvenes en una cuarentena eterna donde nunca más nadie nos verá sin mascarilla. Era el deshueve vernos en la pantalla tirándonos la masa pegajosa en la cara.

-Chicas, no sé ustedes, pero yo ya siento como que el efecto de la juventud rebrotando.

Las risas eran obvias. Estábamos ESPANTOSOS, pero realmente relajados. Nos habíamos quitado la tensión y nos habíamos hecho bonita compañía. Al final amenacé con contar esta historia pero prometí no mencionar el nombre de las integrantes del «club de la quinua».
La cuarentena fue bien dura psicológicamente para todos, pero todos logramos sobrellevarla a nuestra propia manera.
No somos los mismos después de la pandemia, somos más fuertes.

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