Los golpes (II)

Jean Meckert






III

Un domingo, justo después de todo aquello, Paulette me invitó a comer en casa de su vieja.

Empezaba a pertenecer a la familia, era un habitual.

Había que bajar en Brochant, en el Norte-Surque revolvía las tripas sin dulzura alguna, como una verdadera atracción de feria.

El tren arrancaba en Saint-Lazare con un ruido de aplastamiento de treinta y seis dinamos, pura chatarra renqueante. Todo azul por dentro. Sentado. De pie. 36. 78. Señal de alarma… Cinco o seis veces había que detenerse y luego volver a arrancar. Mantener constantemente el equilibrio, dolido, aturdido, sin quejarse: eran las reglas.

El recuerdo más claro de las comidas en casa de su vieja era esa línea de metro infecta. Me producía pesadillas cada vez que volvía.

Por contraste, al salir de aquel agujero, el barrio siempre me parecía tranquilo en extremo. Había árboles y pajaritos, y buena sombra en verano, con un parque público un poco más lejos que quedaba por encima de la gran zanja de las vías del tren. Un bonito jardín con niños y canales que daban ganas de fotografiar.

Su casa estaba justo ahí, al lado de la calle Batignolles.

Por dentro era vieja y apestosa, con paredes amarillas y varias escaleras: A, B, C… antiguas como los ministerios y más asquerosas aún. En cada planta, en medio de una oscuridad total, estaban los servicios, parecía que hubiera una competición para ver cuál apestaba más.

Siempre dudaba a la hora de otorgar el primer premio. Habría tenido que estar concediéndolo a cada momento, pues los inquilinos siempre tenían novedades a fin de no quedarse atrás. Olor a orina por todos los escalones, en la rampa, una verdadera maceración de vejigas que flotaba por todas partes, del sótano a las buhardillas.

Nos guiábamos por el olor. Los escalones estaban tan gastados que era fácil romperse la crisma en aquella oscuridad. Luego, llegábamos al cuarto piso, un agujero negro. Avanzábamos a tientas por el inicio del pasillo, tres pasos, dos escalones, llamábamos a la puerta alargando el brazo… y en alguna parte lo acabábamos encontrando, ¡era allí, sí, habíamos llegado!

Para mí era siempre una expedición. Y me asombraba ver cómo Paulette subía y bajaba, siempre ligera, sin caerse más de una vez de cada diez. ¡Anda que no estaba entrenada!

Había una sola habitación, cuadrada, forrada de papel azul y con ventanas barnizadas.

Pequeño pero limpio, como apuntan los inspectores en sus fichas de investigación. También había una camita azul, una mesa y un aparador estilo Renacimiento. También había un hornillo de gas en una esquina. Sin electricidad, ni agua ni fregadero, era viejo e incómodo. Bien limpio, eso sí, nada que objetar al respecto.

La madre era del sur y muy gritona, por Dios, y no tenía ningún problema a la hora de contarte todas sus desgracias, como ella misma decía. No variaba mucho de repertorio, pero bien potente, rayaba la perfección, no podía hacerse mejor.

Paulette nos presentó. Y la vieja empezó, reteniéndose heroicamente. Me preguntó si estaba al corriente de lo pasado, le dije que sí, que estaba al tanto. Me dijo que su hija también se lo había dicho a ella. Así, con tanta gravedad, resultaba incluso un poco dramático.

—Pues, ¡venga! —exclamó Paulette—. Todo eso ya es pasado, ¡no se hable más!

La mesa estaba puesta, había platos azules y un mantel. Con tinto y blanco en la mesa, a elegir.

La vieja iba hurgando en el horno. Me preguntó si me gustaba el pollo. A mí me gustaba todo. Le dije que no tenía muchas manías con la comida, excepto los tomates crudos. Muy bien, tomó nota. De inmediato comprendí que ya estaba hecho, sin muchas complicaciones: yo era el sustituto, tenía su lugar en la mesa y pronto tendría mi servilletero en el cajón del aparador.

Allí dentro reinaba el griterío. Incluso Paulette, a la que me costaba reconocer, gritaba más fuerte que su vieja para no ser menos. Me aclaré la garganta y también me puse a hablar a voz en grito. Habría pagado por asistir a una discusión entre ambas, para ver hasta dónde podía llegar ese desfase de gritos. Pero el ambiente era tranquilo, todo la mar de correcto.

Ellas no paraban de hablar, aunque, como en la música, también había pausas, silencios, suspiros. Aprovechaban entonces esos momentos para arrellanarse en una esquina, haciéndose cariñitos y besitos tremendamente sonoros.

¡Las costumbres del sur sin tapujos!

Y de repente la vieja se levantó de golpe, súbitamente inspirada:

—Cuando lo pienso, mi pequeña Paulette… ¡Ese asqueroso no quería ni que me vieras!… Sí, que se lo diga ella. Le prohibía a una hija que viera a su propia madre. Ese individuo, ese malnacido… ¡Ay! Prefiero no pensar en ello.
—Sí, mamá, eso ya acabó, no lo pensemos más —insistía la pequeña—. Es agua pasada.

Era un tema todavía candente, preferían hablar de otra cosa.

Paulette me llevaba a la ventana que daba a la calle. Desde arriba los coches se asemejaban a abejorros con los élitros soldados.

Aunque estábamos en la parte sombría, hacía calor. El sol caía sobre las casas de enfrente, sucias y con andrajos inmundos de todos los colores colgando.

Mientras, charlábamos con la cabeza fuera. Yo le había cogido la mano a Paulette. Íbamos dejando los años atrás. Cortando con todo, tácitamente. Yo interpretaba al típico joven prometido. La besé justo detrás de la oreja.

Paulette había cambiado, rápidamente.

Con trapitos nuevos de la cabeza a los pies, tenía como algo ligero. Intuir así su cuerpo bajo la ropa era excitante. Y, además, había ganado algunos kilitos y un poco de color en las mejillas. Pequeña, pero lozana, así era. Uno bien podía divertirse con ella. Y no era nada tonta, tenía conversación…

Yo sentía que la pequeña también me quería. La cosa iba sobre ruedas, yo la quería, ella era libre…

Nos sentamos a la mesa con servilletas limpias y plegadas, y salchichón en los platos.

—¡Salchichón de Arlés! —me anunció la madre.

Luego se puso a hablar sobre el salchichón. Parecía que dominaba el tema porque estuvo hablando, qué sé yo, unos diez minutos bien aburridos. Los diez minutos del salchichón. No había manera de librarse. Yo hacía bromas, más que nada para divertirme un poco. Decía que el salchichón de Arlés lo habían hecho en Courbevoie.

—¡No, hombre, no! —decía Paulette muy seria—. No digas eso. Este es el auténtico, y del bueno. ¡Nos lo envía mi tío!

En los vasos se ponían mitad gaseosa y mitad vino. Hice lo mismo. Creaba burbujitas, rojas y sólidas como para pincharlas con el tenedor, lo aclaraba, un bello color para beber, era refrescante. A través del vaso, que era una excelente lupa roja, se veían los cuadrados del mantel más grandes y un fragmento del salvamanteles enorme. El pan lo ponían detrás, en el aparador. Y luego hablábamos mientras comíamos las alitas de pollo, bien jugosas, o las judías verdes que acababan de hacer chup-chup en el fuego.

Se me hacía extraño tener una familia, así, de golpe.

Aunque a decir verdad, se respiraba un ambiente enrarecido. Ingenuo como era, yo estaba la mar de contento y apenas lo criticaba.

Tenía a la pequeña Paulette a mi izquierda. Mantenía apretada mi rodilla contra su muslo, que era firme y prometía, hasta me daba hipo. Mientras, me desquitaba dando dentelladas, con saña, al muslo de pollo.

—¿Tienes buen apetito, eh? —me preguntaba la vieja.

En el fondo, era amable.

Hablábamos de todo, es decir, de nada. Pero yo estaba de todas maneras un poco incómodo, como en el dentista antes de una extracción.

Agotamos todas las preguntas. No olvidamos nada. Tocamos todos los palos. Después de los dulces y el café, todavía estábamos en la política. Yo no tenía opiniones originales, ellas tampoco, pero leíamos casi los mismos periódicos.

Como de pasada, pregunté a qué se dedicaba el padre de Paulette.

Se pusieron entonces a hablar las dos, muy rápido para que el tema se acabara cuanto antes. Mencionaban cosas superficialmente, hablaban de papá con incomodidad. Era un borracho empedernido. Había muerto. ¡Peor para él!

No insistí.

Saqué mis cigarrillos. Paulette también cogió uno. Ella no sabía fumar, lo chupaba como un biberón, era graciosa y dulce a la vez.

Me acerqué a ella, mi silla junto a la suya, le pasé el brazo por la espalda, sin dar pie a maldades.

Y luego, de repente, llamaron a la puerta.

Sentí que la pequeña se atiesaba bajo mi brazo y vi que la madre, justo delante de mí, se quedaba lívida.

Empezaron a llamar más fuerte y entonces la vieja se acercó lentamente.

—¿Quién es? —preguntó sin alzar la voz.

Era la portera, subía para decir no sé qué, una tontería.

¡Qué alivio! En cuanto se cerró la puerta, Paulette se puso a llorar nerviosa, muy alterada. Yo no podía contenerla de ningún modo: respiraba entrecortadamente, mezclaba sollozos, sin compás, ni clave, ni bemoles, la anarquía completa, todo un paquete de nervios a la deriva…

Intentamos calmarla.

—¡Venga, venga! ¡No llores!
—¡Mi pequeñita! ¡Mi Paulette!… ¡Es tan fácil de impresionar!
—A ver, ¿qué es lo que te preocupa?
—Anda, no llores… cálmate…
—¡No es nada!… No es nada —decía la pequeña—. ¡Son los nervios!… Los nervios…
—¿Creías que era él, verdad? —le preguntó la vieja— ¡Es capaz de todo, ese cerdo! ¡No me extrañaría que un día se presentara aquí con un revólver!

La madre también tenía miedo.

—¡Déjalo, venga! —reclamaba Paulette—. En el fondo me sorprendería. Es un desgraciado. No es capaz de gran cosa.
—¡Ah! Eso es verdad, cielito mío. No es capaz de gran cosa. Es más, ¡no es capaz de nada! Pero de hacer daño, sí. Eso sí que sabe cómo hacerlo… ¡Ladrón, holgazán, vicioso, negado, perezoso, timador! Menudo elemento… Todavía me pregunto cómo te armaste de paciencia para aguantarle… Y el tipo tenía sus caprichos, ¡encima fanfarrón!… Mira, cuando estaba aquí, poniendo mala cara, nunca sabíamos lo que pensaba… ¡Y qué pretencioso! A todo el mundo le repugnaba, allí donde fuera. Nos enfadamos con todos por su culpa. Y luego, finalmente, ni tan siquiera quería que Paulette viniera a verme a mí, ¡será posible! Y él se pasaba el tiempo soltando frases grandilocuentes, el señor se divertía, garabateaba guarradas… ¡Y ella, trabajando para alimentarlo!… ¡Todo muy normal, vaya! Y además, como nunca estaba contento, le pegaba. Él era el mártir, siempre quejándose. ¡Falto de descaro no iba!… Siempre con sus ideas de loco… Me timó diez mil francos, el señor, todos mis ahorros, así por las buenas, con el pretexto de ganar sumas astronómicas… Un taller de fotografía… ¡Menuda patraña! El tipo se lo gastó todo jugando a la ruleta, venga ya, ¡y yo pagando! ¡A él no le costaba un duro! Pero haré que lo procesen… ¡A los tribunales! ¡A la cárcel! Un loco, eso es lo que era, ¡un loco! ¡Que lo encierren! ¡Que lo guillotinen, y no se hable más!…

La vieja tosía, no podía más. Tuvo que beber un buen sorbo de agua para no ahogarse.

Tenía una rabia rencorosa y carecía de pelos en la lengua. Me explicó de manera muy clara que el tal Bernard era un monstruo, que los había timado a todos, desde Paulette hasta el último camarero al que todavía debía dinero. Solo sabía hacer estupideces y cálculos bajos y mezquinos, siempre egoístas y cobardes. Cien veces y más merecía la cárcel… ¡la horca, todo! Para hacerlo bien, tendrían que lapidarlo, y que el charcutero lo cortara en rodajas…

Dije entonces que Paulette tendría que haber dejado antes a ese majadero, sin esperar dos años.

—¡Oh! —exclamó la mamá alarmada—. Es tan buena mi pequeña, y tan inocente…
—Me daba pena —dijo Paulette más claramente.

No me costaba creerla. En el fondo, no me hacía falta. La entendía perfectamente.

Luego ella misma se puso a hablar de ese cerdo costroso. No era lo mismo. Me habló sobre todo de ella, que se había dejado la salud por aquella birria de hombre. Y que había trabajado para él mañana y tarde en la oficina, y por la noche cosiendo para una empresaria. Y el tipo no se despegaba del catre más que para ir a vaguear por ahí, y encima le gritaba, ¡nunca estaba contento!

—Siempre me decía que lo dejara en paz, que yo no podía entenderle, que él era un genio, que iba a derrotar a los mejores… ¡Pero ese momento nunca llegaba!… De manera que yo seguía trabajando cada vez más, sin molestarle en sus meditaciones. Trabajar fuera de día y de noche, fregar los platos, la casa, siempre al límite… ¡Y me tildaba de vulgar cuando quería ir al cine!

¡Menudo elemento estaba hecho!

Apestoso, costroso, mierdoso. Se pasaba semanas enteras sin afeitarse, sin lavarse, en su catre de la mañana a la noche, haciendo bocetos, decía. Dibujaba, pintarrajeaba de manera deforme con grandes trazos rabiosos y mal dispuestos… «¡A callar! —decía por la noche—. ¡Silencio! Hoy he trabajado muy bien. Estoy captando la forma, la sublimo, siento cómo asciende el colorido. Echa un vistazo a esta tela, es una nueva creación, dime si no es imponente y profunda, y más aún, ¿acaso no es el universo mismo?».

Y luego esa misma pintura le revolvía el estómago. Nada que hacer, le daba asco. Quería ser alguien superior, cultivado, para cuando triunfara con sus garabatos, así que se ponía a comprar libros, presumía ante ella, la machacaba, siempre con citas y un lenguaje refinado, de altas miras. Más astuto y con todo esto, siempre acababa dándole la vuelta a la tortilla para probar que él tenía razón.

Y luego, de golpe, se le metía en la cabeza otra idea. Compraba un lote de lienzos y un puñado de tubos con el dinero de Paulette. Y se pasaba tres semanas henchido, con su llama interior, ensuciando los lienzos con el pretexto de las paralelas y las perspectivas. En la habitación había lienzos secándose por todas partes: encima de la cama, del armario, en el fregadero. Prohibía a Paulette que los tocara ni siquiera con el meñique… Y luego se le pasaba de nuevo. Llegaba una tarde, radiante… ¡Eureka! ¡Paulette!… ¡Me he encontrado! ¡Mi temperamento necesita el aire de Bélgica! ¡Los campanarios, los canales! ¡Ya verás, ya! ¡Nos instalaremos allí!…

Se desataban los lloros y el rechinar de dientes cuando consultaba la cartera… Pero eso no le impedía, tres días más tarde, volviendo de casa de un amigo, querer irse inmediatamente con los incas al lago Titicaca para dibujar los Andes…

¡Un inconsciente!

Buscaba sin mucho ahínco empleos de retocador de fotografías, que era realmente su oficio. Cuando conseguía un puesto, no lo mantenía más de tres semanas, siempre se peleaba con el jefe o los compañeros. Así que trabajaba eso, unos quince días cada seis meses. Y luego, cuando tenía que ir a pedir el subsidio del paro, se ponía a hablar de fracaso. Prefería pedir dinero prestado o bien vivir a expensas de su mujer.

A veces, por la noche, se ponía a llorar y la cogía en sus brazos:

—Mi pobre y querida Paulette. ¡Pues vamos bien…! No tengo suerte. Y tú tampoco. Realmente no somos muy afortunados. ¡Pero todo cambiará! ¡Esto no puede durar mucho tiempo! ¡Imposible! ¡Ya verás!
—¡Tendrías que exponer lo que has hecho hasta ahora! —decía ella.

El enfermo aquel se ponía entonces hecho una fiera.

—¿Qué? ¡No has entendido nada! ¿Te hago un plano o qué? Todo esto no son más que ejercicios, naderías, ¿no lo entiendes?… Todo mi genio, mi personalidad, está en mi cabeza, aquí dentro, esperando la ocasión. Mi mano no está lista todavía. Mi técnica aún está en ciernes. Oye, que no soy un contable. Te has equivocado. Soy artista… Así de claro. Ganar dinero. Tus sucias y mezquinas ideas… Me das asco, sí, me oyes bien. No te necesito. Puedes pirarte si quieres, liarte con un contable, con un soldadito, con el que enmasilla, un chapista, un cochambroso. Vete por ahí a tener hijos y que no vuelva a oír de ti… Eres indigna del honor que te hago…

¡No le faltaba autoestima!

Algunas veces, se hartaba y le tomaba la palabra: «¡Pues me voy!».

De inmediato él daba marcha atrás, cobarde y lloriqueando:

—¿Cómo? ¡Dejarme ahora en la estacada, Paulette! Pero ¡piensa un poco! ¡Ah! Siempre lo he sabido… ¡Sería repugnante, Paulette, un crimen! Estoy en plena crisis moral… Yo no te retengo, ¡hala, vuelve con la puta de tu madre!, pero es un crimen, dejarme a solas, ¡un crimen! En plena crisis moral, entiéndeme. Estoy pariendo algo. ¡Soy un artista! Un pobre diablo que te quiere, ya lo sabes… Es por ti, Paulette, quiero ser alguien famoso por ti, ¡algo más que un simple fotógrafo! Ya verás como sí. Paciencia, un poco de paciencia… Es un mal trago que debemos pasar. Pero siento, sí, ¡que en esta cabeza hay algo, algo!

¡Un cerdo asqueroso!

Estábamos de acuerdo, la madre, Paulette y yo. Y en el fondo teníamos así una certeza más, una inquietud menos. Lo habíamos encontrado, sí, al último de los cerdos, al rey asqueroso, al emperador de los capullos. Sabíamos su nombre y su dirección, lo cual era la mar de práctico. Éramos unos privilegiados. No teníamos que buscar más. Qué alivio para los nervios. La célebre cabeza de turco… ¡y bien buena!

¡La pequeña lo soltó todo, todo! Estaba clarísimo. No salimos de la casa, cenamos por la noche sin habernos levantado de la mesa, siempre dándole al mismo tema, aunque ya lo habíamos dicho todo, ya no quedaba nada por decir.

Juramos entonces que se había acabado, que ya no hablaríamos más de aquello. Un abogado, el divorcio, y se habría acabado completamente. Cortar y tirar a la basura. Solo me quedaba hacer proyectos de futuro.

Como empezaba a oscurecer, la vieja encendió su surtidor de gas, del que emanaba una luz verde, penosa. Parecíamos tres cadáveres… Así Paulette no era nada guapa, pero yo la quería.

Me fui a las once. Bajó conmigo para acompañarme hasta el final de las traicioneras escaleras, oscuras y apestosas. Le metí mano como es debido en la oscuridad. No había posibilidad de error, estaba bien rolliza, bien firme, tierna, como una gatita amorosa. Me había salido bien la jugada. Y ahora, a vivir.

—¡Hasta mañana por la mañana! —le dije.

Tropezamos con la basura y una rata se escabulló. La estuvimos buscando con la linterna. La temperatura era agradable, con una esquina de cielo negro entre las casas y silencio por todas partes…

La cogí para un beso de verdad, un beso largo con lengua. No era novata, era robusta y experta en su abandono…

—¡Ahora vete, venga!… —me dijo con un lánguido suspiro, como en el cine…

Fui a coger la línea Norte-Sur.


IV

Yo iba armado de los pies a la cabeza por entonces. Nada de idioteces adolescentes, ya sabía jugar las cartas de corazones. Había logrado mi gran triunfo.

Reminiscencias. Eso de jugar a hacerse la víctima se había acabado. Más allá del lejano horizonte quedaba la primera mujer, la coqueta, muy simplona y vivaracha. Apenas se dejaba magrear, con sus melindres. Me dejó en la lona, a dos dedos de tirarme al agua, menudo imbécil estaba yo hecho…

Y la otra, la principal… Yo volvía del servicio militar, un buen chaval buscando un trabajo. Ella se llamaba Marcelle. Parecía buena chica, pero en el fondo era hipócrita y malévola. Calientabraguetas, crápula, no podía dejarla ni diez minutos con un amigo… Y conmigo era seca y fría, una zorra, mala y retorcida…

Todo aquello quedaba muy lejos ahora, me había comido mucha mierda desde entonces. ¡Lejos, muy lejos! Ahora tenía otros mimbres, otra vida por construir, otros proyectos…

Por la mañana me levantaba cuando la luz entraba por las cortinas de mi habitación. Tenía a mi princesa esperando en el cubículo de vidrio, mi renacimiento.

Un día la cogí de la mano, después del trabajo, para enseñarle mi casa. Subió por la escalera pequeña. Me dijo que era bonita. La empujé hacia mi cama, mi bella princesa. Ella olía un poco al sudor de todo el día, pero tenía unos muslos que me darían fuerzas para pasar a espada a todo un batallón…

Preciosa, mi pequeña Paulette. Un poco afectada, como en el teatro, pero también estaba bien un poco de comedia en mi habitación. Alegraba lo cotidiano, era mejor que lo de siempre.

Nunca me habían querido realmente. Es algo bueno, impresionante. Sabes que no es verdad, que se acabará rompiendo por fuerza. Pero no importa, debería enseñarse en el colegio, con frases hechas, entonaciones eruditas y también verdaderas, sinceras; el amor siempre es sincero. No necesitas nada más para llenar tu vida.

Yo lo había encontrado, sí, sin complicaciones. Nosotros dos y mierda para el resto del mundo. Porque ella, Paulette, me quería. Hay cosas que no engañan, por más que se diga. Era el inicio de una nueva vida…

Aun así, yo estaba un poco celoso de Bernard.

—A pesar de todo —le decía a Paulette—, querías a ese holgazán, a tu podrido Bernard, no hay duda. Tú misma me lo decías. Y venga a hablarme de él, ¿te acuerdas? Pero ¿qué te hacía ese tipo, eh? ¡Viciosilla!

Y ella se reía de corazón.

—¡Oh, no, tonto! Yo no lo quería. Me lo imaginaba. Ahora sí que sé lo que es amar. No me hables más de aquel mamarracho. Aquello se acabó, cariño, pensemos solo en nosotros. Es más interesante… ¡Ja, ja!… —reía sinceramente— Qué estúpida resultaba entonces…
—Siempre se cometen estupideces cuando se es joven —le decía yo. Esa era la conclusión.

Tuve que conocer a parientes y amigos, obligaciones familiares, era algo que me aburguesaba.

Eran bastante numerosos, hicimos metódicamente toda una gira. Preguntas de conveniencia y explicaciones, hablábamos de todo y de nada, intercalando alusiones finas y ligeras como locomotoras.

Al fin y al cabo, todos estaban dispuestos a hacerme un hueco en sus corazones. Al tal Bernard no lo querían, eso era cierto. No tuvieron ningún problema en extirparlo del círculo familiar. Nunca había sido aceptado realmente. Ese tipo enfermizo siempre figuró como alguien al margen de todo. Lo ignoraban o le lanzaban pullas muy significativas. Yo encarnaba casi al salvador. Había encontrado mi nuevo papel compartido con Paulette, que se las daba de mártir. Yo no era duro, iba haciendo lo que esperaban de mí.

Empezamos yendo a casa de los Henri, que eran sus primos lejanos. Estábamos en octubre, el calor ya había pasado, olor a cuero en los grandes almacenes, vuelta al trabajo para todos. Para mí también.

Los Henri vivían en Montmartre, en una casa nueva con todas las comodidades. Gente elegante.

También tenían un coche, me explicaba Paulette. En definitiva, gente a tener en cuenta; la suegra estaba de acuerdo.

Eran jóvenes. Henri tenía mi edad, un grandullón simpático, buen tipo. Su mujer era un poco mayor, con la cara un tanto mofletuda y embutida, y de aspecto desabrido, que a mí me recordaba a Marcelle, muy chunga. Se llamaba Lucienne. Fue muy agradable conmigo desde el principio. No me creía los horrores que Paulette me había contado sobre ella. Una verdadera máscara.

Tenían muebles estupendos, todo estaba muy cuidado. Henri, que era como un representante que visitaba cafés y bares para colocarles sillas y barras, tenía buenos contactos con los proveedores. Era su mayor orgullo.

—Cuando montéis vuestra casita, ¿me avisáis, eh? —me dijo en un tono campechano.

Calefacción central: tenían un calor muy suave, pero un poco seco. Los visitamos por la tarde para tomar café, un sábado después de haber comido con la vieja. Teníamos todo el tiempo del mundo, sin nada que hacer, habíamos ido para conocernos.

Lucienne sacó la bandeja con los cafés. Luego nos pusimos a charlar.

Henri sacó el tema de los coches, mi especialidad, era majo. Y desplegamos entonces el vocabulario, los tópicos de cada año, las noticias grasientas:

—El V 12, mi preferido…
—Ruedas independientes…
—La nueva tracción…

Calor burgués por todas partes. Te entraban ganas de ronronear. Iluminación indirecta del techo, estábamos la mar de bien…

Azúcar, café, pasteles, tabaco.

—Parece que el café en Brasil…
—Pasamos un verano magnífico…
—Visitamos el Galibier sin bajar del coche…
—Pues a mí no me gusta el tabaco inglés…

Palabras como munición inofensiva. Cada uno con su saquito, como una batalla de confetis tan amable como inútil. No malgastamos la tarde, era un pequeño ejercicio para refrescar la memoria.

Al final, Henri acabó acaparándolo todo, era un rematado parlanchín. Lo único bueno es que se le acababan rápido los temas que conocía. Pero seguía hablando con otras palabras y otras variantes, como si fuera absolutamente indispensable no parar de hablar ni un solo segundo. Yo empezaba a aburrirme. Le hice algunas señales a Paulette, pero ella no veía nada, estaba en su salsa. Estaba encantadora, sentada en la punta del sillón. También hablaba con fluidez, las frases le salían a chorro y ligeras… Yo estaba impresionado.

Luego Henri me sacó de nuevo el tema de mi oficio y el suyo. En especial, quiso insistir en que él no hacía cualquier cosa, no fuéramos a equivocarnos, él era decorador, un artista, y no un simple comercial que hacía visitas.

Estábamos fumando cigarrillos en el balcón. Dentro hacía demasiado calor. Y Henri no paraba de contarme lo que él era.

De lo que me había dado cuenta por todo lo que veía era que, comercial o no, tenía pinta de ganarse bien la vida.

Habría querido preguntarle cosas sobre Bernard, pero no me atreví.

Para demostrarle que yo tampoco era un cualquiera, un mero técnico, le saqué lo que sabía sobre el barniz, el esmalte, la pintura celulósica, intenté volver al tema de los coches, mi caballo de batalla; pero él me interrumpió, entusiasta y atolondrado…

—¡Ah, formidable, querido! ¡Nuevas posibilidades! ¡Pintura celulósica! ¡Carteles, publicidad, interiores! En mi caso…

Yo sabía escuchar, nos estábamos haciendo buenos amigos.

—¿Nos tuteamos? —me preguntó.

Y luego me llamó «mi amigo Félix», como si nos hubiéramos conocido en el colegio.

—No se ofenda —me dijo su mujer—, mi marido se toma muchas confianzas, como en el ambiente obrero, ¿no? En su oficio, ya sabe…

Sí, ya lo veía. Había que ser perfectamente cordial conmigo.

Demostrar que no se jactaban de algo así, que admitían sin problemas a un obrero en la familia, ¡mente abierta y todo eso!

Repasteles, retabaco, recafé. Pero sin licores…

—Pertenecemos a una asociación contra el abuso del alcohol, es por el oficio de Henri —me explica la prima—. Pero si quiere, Henri bajará a buscar…
—¡Oh, qué va! No, no, ¡faltaría más! De ninguna manera, no me importa para nada.

Desplegaba mi saber estar.

—¿Y los obreros leéis mucho? —me preguntó Henri con naturalidad.

Me encabritaba un poco su pregunta de nuevo rico. Le respondí que sí, que al menos yo disfrutaba con mis lecturas.

—Ven a ver mi biblioteca —me dijo.

Lo seguí, también Paulette y el resto. Había un centenar de libros colocados en las estanterías. Todo estaba muy bien ordenadito, como un estudio para trabajar donde nadie trabaja. Sacaron algunos libros, todos mostraban interés en consultar los títulos.

—Me gusta este… pero este otro no me gusta…

Las pasé canutas. En aquella época creía que eso era cultura.

De golpe, me quedé admirado por los primos. Y también por Paulette, que parecía estar muy enterada. Que si Gide por aquí… que si Valéry por allá… Me sentía muy insignificante.

—¡Ah, Duflan!… —exclamaba Henri, entusiasta.
—¿Te gusta?
—¡Ah, claro, claro! ¡Un verdadero genio!
—¿Has leído su última novela?
—Pues es posible, ahora no me acuerdo de lo que he podido leer de él, pero es admirable —peroraba Henri—, ¡formidable!

En el fondo, tampoco era tonto. Pura conversación, esa gran glotona, una necesidad de hablar por hablar, un camino que no llevaba a ninguna parte, ¡el universo en un dedal!

No podía quedarme atrás, como una birria. ¡Ahora verían qué rollo les soltaba!

Les empecé a hablar sobre política. Me salió mal el tiro, eran conciliadores a más no poder. La tal Lucienne manejaba la batuta, era la verdadera dueña de la casa. Pero, al final, encontré mi tema.

—Cuando me iba de camping… —empecé con aire desenvuelto.

Luego conté mis historias de vagabundeo, cuando corría por las ferias con mi colega Eugène. Quisieron contraatacar con sus insípidas historias de vacaciones, pero ahí, en mi terreno, los superaba con creces. Madre de Dios, lo que yo contaba lucía con otro colorido y mucha más vida. Me dejaron vía libre. Me convertí así en alguien de la familia. Paulette se mostraba alegre.

La suegra también. Estaban orgullosas de mí. Me construía un lugar en la familia con el sudor de mi lengua.


Pronto volveríamos a ver a los Henri, en casa de otros primos que vivían por Juvisy, en una urbanización.

Estuvimos también allí, siempre con la vieja: mi presentación era absolutamente necesaria. A esta familia le gustaban las cosas según las reglas.

Primero, el divorcio, que ya estaba en marcha; y luego, un nuevo matrimonio. Este era el programa fijado.

Me acuerdo perfectamente de cuando salimos de la estación; aquel día había llovido un montón. El agua chorreaba por todas partes. Después de una pasarela que franqueaba las vías del tren, había un caminito bordeado de ortigas, alcantarillas y zanjas enfangadas.

Un olor fresco flotaba en el aire y las gotas de lluvia todavía caían de los árboles. Había islotes de tierra para poner los pies.

Íbamos saltando de un lado a otro, cada paso era un problema.

Se oía un «¡pafff!» cuando te hundías hasta el tobillo en el barro. Los bajos de los pantalones me pesaban veinte kilos.

—Oye, Paulette, ¿giramos aquí a la izquierda otra vez?
—¡Ah, pues, no lo sé! ¡No me acuerdo!

Solo se veían casitas perdidas al final de jardines. Por todas partes, perros peligrosos.

Vi una placa.

—Estamos en la calle Frédéric-Bobinard, antiguo alcalde —dije para informarles.

No les sonaba.

«¡Pafff!» en el barro. Unas poleas para sacar mi pie izquierdo.

Y la suegra, que andaba a la deriva por ahí, no podía saltar un charco amarillento.

—¡Quítate los zapatos! —le dije.
—¿Estás segura de que es por aquí, mamá?
—Claro que sí. No es la primera vez que vengo a visitarlos.

No se veía un alma. Una hilera de muros musgosos. Tuberías de cemento completamente inútiles. Un transformador eléctrico, solo en una esquina, como un monumento hermético. El agua chorreaba por todas partes.

¡Optimismo!

—¡Qué olor a campo! —me decía Paulette.

Olía más bien a mierda, mierda mojada, a lo largo de los muros.

Una bajante, una tubería rota bajo un muro, un verdadero torrente que creaba un surco. Imposible atravesarlo.

—¡No es por ahí!
—¡Que sí!
—¡Que no!
—¡Había que girar antes!
—¡Te estás confundiendo!

Nos enganchamos. Me alejé para ir a ver otra placa azul, clavada en un poste de hierro que advertí a diez metros. Avenida de las Hortensias. Era esta.

Una zanja llena de agua sucia, repleta de latas de conserva. Una pendiente que bordeaba un lado de la avenida. Avanzamos en fila india. Paulette delante de mí. Caminamos diez metros más y, de pronto, se resbala.

—¡Ay! ¡Vaya!
—¿Te has hecho daño?

Se toca el trasero.

—¡Uy, sí! Me va a salir un morado.

Ya llegábamos. Un tablón para pasar por encima de una alcantarilla, una reja con base de cemento, el timbre.

Una regordeta aparece al fondo.

—¡Ah, aquí estáis! ¡Vaya tiempo, eh!

Se saludan, me presentan. Era la prima Agathe, baja, mofletuda, ajada. Le endosé rápidamente diez hijos al ver su estado. Solo tenía uno. Decepción.

Gédéon, el primo, era un tipo alto, sin un pelo en la azotea. Una bellísima pareja. Besitos por todas partes. En el comedor nos encontramos con los Henri, que habían venido en coche.

Lamentos.

—Tendríais que habérnoslo dicho. Os habría pasado a recoger.

Todo el mundo hablando al mismo tiempo. Reímos, nos secamos, nos cambiamos. Gédéon me pasa sus pantalones de jardinero y unos zapatos apestosos. Cuánta amabilidad.

Presentación al crío.

—¡Cuchi, cuchi!

Pagué mi tributo.

Gédéon era jefe en una oficina de la T.C.R.P. Era alguien importante, ganaba un buen sueldo, tenía su mujer, se había hecho construir su propia casa. No eran gente cualquiera los primos estos, querían demostrármelo claramente.

Distinguidos, cristianos, protestantes, practicantes.

Gente de pro, con su estima envuelta en oro. También eran deportistas, sin que lo parecieran, al corriente de todo. ¡Vuelta a la conversación!

En las paredes había cuadros de esos que valen cien francos, con vistas y mares de un azul de metileno, puestas de sol con todos los matices del rojo.

Empezaba a envejecer el tal Gédéon, rozaba los cuarenta.

Tenía autoridad, sentido de la responsabilidad. Hablaba poco, pero bien. Agathe, en cambio, hablaba por los codos, con gracia y sin respirar, una labia formidable, reconocía un aire de familia.

—Si la hubieras conocido antes… —me había dicho la suegra—. Era una chica guapa y agradable. ¡Ay, el matrimonio no le ha sentado bien!

Ya se notaba, ya. Era la hermana de Lucienne. Lo que una tenía de seca, la otra lo tenía de ajada. Daba que pensar.

Hablábamos: para variar, no había nada más que hacer. Pasar el rato, hacerse valer, demostrar que uno sabe un montón de cosas.

No podíamos pensar en salir a causa del barro. Estábamos confinados en el comedor, entre el humo de los cigarrillos, hablando alto, todos de acuerdo. Es inaudita la cantidad de cosas que se pueden decir, así por las buenas, sin decir nada.

Gran controversia en un rincón. Todos creían estar más informados que los otros con grandes patrañas desde mi punto de vista.

Lo que daba vida a la conversación era lo bien manido.

Me preguntaron mi opinión sobre el cine. No podía escabullirme. Tenía que darme también un poco de aires.

—Es un arte inferior —dije en un tono frío.

La frase me gustó, sobre todo estaba contento del tono.

Aquello los dejó patidifusos. Gran discusión.

—¡Tiene razón!
—Para nada, permitidme…
—A ver, un momento…

Entendí el juego. Había que imitar a los burgueses. En el fondo, era divertido.

—¿Has visto tal película? Admirable, ¿no? ¿Formidable? —me preguntaban.
—¡Para nada! ¡Terrible! ¡Insípida!

Así me volvía admirablemente interesante. Ni yo ni nadie intentábamos explicar las razones en profundidad. Se rompía la conversación. Volvía a empezar más tarde. Lo triste es que parecía que se tomaban en serio esos falsos juicios, relucían para crearse cada uno su ilusión. Nada verdadero en todo aquello. Sinceridad de pacotilla. Apestaba a podrido. Me incomodaba ver que Paulette congeniaba con ellos.

Al fin, sirvieron la comida, un poco más tarde. Todos sentados a la mesa alargada; Paulette, a mi lado. Había salchichón como entrante. Vuelvo a oír el bello discurso de la suegra sobre el salchichón, con sus pausas y sus comas.

—Bravo, bravo, en la familia nos encanta la buena cocina.

Todo el mundo estaba contentísimo. Es verdad que no comimos mal, con un vino que no era mediocre. Los Gédéon no pertenecían a una sociedad contra el abuso del alcohol, afortunadamente.

Y seguían sin cesar sus chismes inagotables, a propósito de cualquier nadería.

Se hablaba, con la boca llena o vacía, con sonrisas y falsos gritos perfectamente regulados. La cosa era cordial, familiar y, sin embargo, siempre a un paso del enfado solemne.

Fuera seguía lloviendo. Bonita jornada en perspectiva. A la hora del café continuábamos charlando.

—¿Ponemos la T.S.F.? —preguntó Paulette.

Solo nos faltaba eso. Nada les impedía gritar todavía más fuerte por encima de los solos de trombón. Los temas giraban en torno al café y la primera comunión del pequeño.

Me temía que cada uno iba a contar su historia. Me libré por los pelos.

¡Era la mar de divertido!

Luego las mujeres se fueron a la cocina, querían ayudar a Agathe a fregar los platos. Nos quedamos entre hombres, nosotros tres en el comedor.

Nueva charla ociosa. Gédéon sacó los puros. Fumamos, intercambiamos miradas, nos congratulamos, nos espoleamos. Yo estaba harto.

—¿Conocisteis a Bernard? —pregunté de golpe.

¡Menudo susto! ¡Tema tabú! No importa, buen humor rápidamente para responderme con los ojos mirando al cielo.

—¡Vaya si lo conocimos, desgraciadamente!…
—¡Menudo elemento!
—¡No vale la pena que hablemos de ese!

Pero sí, ¡yo quería hablar de él! A pesar de todo, estaba celoso del tal Bernard.

Eran cosas que ellos no podían entender. Ya me habían dejado claro que era un tipo asqueroso, un chulo, un holgazán, ¡de todo! Pero yo no tenía suficiente. No habría sabido decir por qué.

—¡Es un desgraciado! —exclamó Gédéon.
—¡Un pobre hombre!
—¡Hipócrita también! ¡Mala persona! ¡Crápula!
—¡Un enfermo! ¡Un loco!
—Prefiero no hablar de él, ¡por caridad cristiana! ¡Pam! Eso era el fin de los fines, la condena suprema.

Pero yo quería detalles.

—¿Era amigo tuyo? —le dije a Henri.

Se quedó sorprendido, Henri el regordete, como pasmado.

—¡Oh! Un amigo —dijo—, lo que se dice un amigo… Lo conocía un poco, vaya, apenas…
—Paulette me comentó que os conocíais bien, cuando estudiasteis, me dijo, y luego en el servicio militar.

Movía la cabeza, tristemente.

—¡Ah, cómo me duele hablar de todo eso! Pobre Paulette, ¡si lo hubiera sabido! Era un tipo bien raro, reservado…
—¡Un buen hipócrita! —estalló Gédéon sin poder contenerse detrás de su caridad cristiana.
—Tenía delirios de grandeza. Yo lo conocía sobre todo por un amigo. Nos veíamos en las clases de dibujo artístico de Desaux, reproduciendo yesos. Era un gorrón en toda regla, nunca tenía un duro cuando salíamos. Agresivo, mal vestido. Holgazán como un perro. Y mentiroso, siempre explicando historias imposibles. La engatusó bien engatusada a la pobre Paulette. Le encontramos un trabajillo en un taller fotográfico para que se casaran. Quince días después, lo dejó. No le gustaba. Quería algo más. Arruinó la economía de la familia para vagar por toda Francia: Boulogne, Biarritz, Montecarlo, Aix-les-Bains, una vida magnífica el muy cerdo, nos enviaba postales, ¡qué purria de tipo! Y luego hacía de chulo de Paulette, ¡enviándola a trabajar para él!
—Sería más decente no hablar de todo eso —cortó Gédéon.

A mí, sin embargo, me producía cierto placer hablar de aquello. Me levantaba los ánimos que ese Bernard fuera un desgraciado rematado. Cuanto más cerdo era él, menos celoso estaba yo. Tenía miedo de que se estuvieran olvidando alguna cualidad en medio de todo aquello.

Había contradicciones. No me lo imaginaba haciendo de macarra, con esa cara de cadáver, ni llevando una vida de casinos, ese raquítico al que había visto en el cubículo de vidrio del taller. En el fondo, casi tenía ganas de defenderlo, y luego me tranquilizaba, me hacía el generoso.

—¡Bah! —exclamé—. Era ciertamente un enfermo. ¡Más que culparlo, a mí me da pena!

Ellos me agradecían mi actitud. Yo era alguien razonable, a diferencia de él.

—Enfermo o no —dijo solemne Gédéon—, ¡por mí que la palme! ¡Enérgico!

Por pudor, no insistí. Al principio, el tema nos había unido, pero ahora ya nos incomodaba.

—Realmente hay una gente tan rara… —dijo el gordo moviendo la cabeza.

Todos asentimos a coro. Perdidos, enfermos, pesados sí que había, ciertamente. Toda una raza aparte. Nosotros, los garantes de la norma, escupíamos sobre todos ellos. Los juzgábamos por encima del hombro. Sin embargo, yo no estaba muy convencido. Me molestaba entrar de golpe en el grupo de los aburguesados y empezar a juzgar a todo el mundo. Yo quería más bien un lugar aparte. Todavía me creía indispensable y libre. De hecho, yo era el más joven.

Los otros dos todavía seguían discutiendo.

—Sí —decía el gordo de Henri—, no es culpa de Paulette, pero es cierto que no tiene mucha suerte. Esa historia con Bernard y luego el presunto envenenamiento, que a mí me supuso un buen jaleo, pues mis padres no querían que pasara a formar parte de una familia así…
—¿Qué envenenamiento? —pregunté.

Era la primera noticia que tenía de eso, se me paró el corazón por un momento.

—¡Bah! —exclamó Gédéon—. Son tonterías, chismes entre vecinos, ya sabes, en una ciudad de provincias…
—Pero ¿qué envenenamiento? —insistí—. ¿A quién envenenaron?

Silencio. Lamentaban haber hablado demasiado. Henri se puso todo rojo, compungido. Gédéon miraba al techo.

—¿Qué envenenamiento? —insistí elevando la voz—. Tengo derecho a saberlo.
—¡Pssss! —murmuró el calvorota mirando de reojo la puerta—. No vamos a remover todo eso ahora… ¡Y no hables tan alto!… Son rumores estúpidos… La pobre mujer ya sufrió bastante por eso…
—Pero ¿qué pobre mujer?

Yo quería saberlo todo, exigía una explicación. Esa historia del envenenamiento me parecía muy sospechosa, quería aclarar el asunto.

Gédéon se escondía detrás de su caridad cristiana, me abalancé entonces sobre el gordo de Henri, que había sido el primero en hablar.

—¿Y entonces? —le pregunté—. ¿Qué es toda esa historia? —El tema me está acojonando—. ¿Me vas a contar lo que pasó?

El gordo de Henri seguía dudando, intercambiando alguna mirada con Gédéon.

—Yo no sé gran cosa —empezó diciendo finalmente—. Lo que me dijo Lucienne y luego los chismes, investigaciones de aficionado, eso es todo. No sé si vale la pena repetir cosas innobles.
—¡Cuenta, cuenta!

Yo lo animaba, pero ese parlanchín tampoco necesitaba hacerse de rogar.

—El padre de Paulette —empezó diciendo—. Se dice que murió de una manera extraña.
—Es completamente falso —interrumpió Gédéon—. Antoinette es incapaz de tal ignominia, no hace falta ni decirlo.
—¡Continúa! —le dije a Henri.
—Pues bien… eso es todo. Unos dicen que había empinado el codo demasiado. Por eso Lucienne me exigió, cuando nos casamos, que me adhiriera a una sociedad contra el abuso de alcohol… Y ya sabes lo que pasa en provincias, en cuanto se huele algo turbio… Un hombre tan sobrio, que de golpe se pone a beber… Y su mujer también trincaba de lo lindo, apuraba los vasos antes que él en todos los bares del barrio… Y se sabía lo que se sabía… Hubo una petición del procurador para reclamar la autopsia… y unas cartas anónimas, claras y precisas en los detalles y las fechas…
—Todos esos rumores son basura —retomó Gédéon—, chismes increíbles. No entiendo por qué seguimos hablando de eso…

Pero Henri ya estaba lanzado. Era el miembro más reciente de la familia. Todavía no era solidario. Y lo que quería explicarme sobre todo era su examen de conciencia, su propia magnanimidad.

—Se dijo que ella le ponía arsénico o bien estricnina en el vaso. Había unas veinte personas que juraban haberla sorprendido de visu mientras preparaba un potaje a las once de la noche. Se dice también que discutían mucho, que ella gritaba tres veces más fuerte que él, escandalosa, chillona, parecía que le comía la cabeza con tantas broncas como le echaba. Cada día se le veía más feo y más cansado, cochambroso, encorvado, roñoso, baboso, ese hombre que había sido tan sobrio y limpio. Realmente, era algo turbio… Y su muerte, sospechosa y anunciada… Aún pudo susurrarle unas palabras a un amigo sobre su mujer, que era una cerda y que tendrían que arrancarle a su hija de esas manos de envenenadora…
—¡Estaba loco! —interrumpió Gédéon.
—… El día del entierro, hubo dos cortejos. La familia del padre, sus compañeros de trabajo y los vecinos por un lado y, por el otro, la viuda y su familia… En el cementerio se insultaron… Se escapó por los pelos de quienes querían lincharla. Y luego le soltaban comentarios en voz alta cuando ella pasaba… Y luego fue el tendero del colmado quien se negó a despacharla frente a unas cotillas maliciosas…
—¡Una mártir, te lo aseguro! ¡Una verdadera mártir!
—Expulsada totalmente del barrio, se marchó lo más lejos posible, a la otra punta de la ciudad. Pero SaintÉtienne no es muy grande, hasta allí llegaron para incordiarla. Una mujer le arrancó el velo negro en plena calle… Era una situación insoportable. Cogió a su hija y se vino a París, ¡eso es todo! Esto es lo que dicen los rumores… Antoinette nunca habla de eso, evidentemente. Y Paulette tampoco. Te aconsejo hacer como si no supieras nada. Es lo más correcto. Yo, cierto o no, ya he hecho borrón y cuenta nueva.

Y se pusieron de nuevo a lo suyo, a espurrear saliva desenvueltos y tranquilos.

Yo me quedé patidifuso. Esos dos primos apestaban a cotilla.

Para mi información, Gédéon dijo que tenía unos quince empleados a sus órdenes, unos vagos en su mayoría, tipos sin mucha conciencia que eran toda una lastra, que no ayudaban en nada. ¡Ah! No era nada fácil su trabajo, eso es lo que vino a decirme.

—Vosotros los obreros tenéis suerte, vuestra cabeza no trabaja, solo vuestro brazo. Pero nosotros, amigo mío, sufrimos constantemente una tensión moral. Por la noche, ya en casa, sigo pensando si he hecho bien tal certificado, tal estadística. De madrugada, a veces, me despierto…

Yo protestaba, decía que nosotros también nos cansábamos mucho y que mi trabajo con los vapores celulósicos era increíblemente pesado. De nuevo, controversia, esfuerzo físico, esfuerzo cerebral… Nos intercambiábamos palabras. Era cansino a más no poder. No teníamos que demostrarnos nada, en el fondo. Cada uno hablaba para sí mismo, en voz alta.

Todavía estaba embotado por el golpe del envenenamiento. Lo digería lentamente. Preparaba mi silencio.

Lo dejé correr. Todo en suspenso. Gédéon, un pelín psicólogo, subió a su habitación y bajó con un ping-pong. ¡Qué alegría! ¡Nos divertiríamos un rato! Lo montamos en la mesa alargada. Yo había jugado al ping-pong muchas noches en el círculo de caporales y zapadores durante el servicio militar. Me creía bueno. Me machacaron 21-10, más o menos. Era el juego de la casa, eran imbatibles, incluidas las mujeres; intuí una larga serie de domingos lluviosos detrás de su buen juego.

Partida, revancha, campeonato, repesca. Se hace de noche, encienden las luces, continuamos. ¡Clic! ¡Cloc! ¡Clic!… ¡Fuera! ¡12-8! ¡Saque! ¡Clic! ¡Cloc!… Mierda, la bola se ha metido debajo del aparador. ¿Llegas a cogerla? ¡Pásame la escoba!… ¡Clic! ¡Cloc! ¡Clic! ¡Ha tocado la red!… ¡Me adelanto en el marcador!… ¡Clic!… ¡Oh, qué pícara, justo en el borde!… ¡Cloc! El niño se pone a llorar, ve a ver, Agathe, que estoy jugando… ¡Clic! La bola se mete de nuevo bajo los muebles. Paulette se arremanga el vestido hasta su bonito trasero, hermosísimo, con la nariz bajo el aparador… ¡Ah, pues estaba debajo del sofá! ¡Cómo nos divertimos! ¡Clic! ¡Cloc! ¡Clic! ¡Cloc!… ¡Qué domingos más maravillosos!…

(Continuará…)

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