La casa del hambre (FINAL)

Dambudzo Marechera





El chasquido de la alambrada

Una ira ciega se apoderó de él. Le quemaba el cerebro. El policía lo miraba con recelo. A lo lejos, tras el muro de hormigón, retumbaba la música y se oían gritos hilarantes, voces divirtiéndose. Lo echaron del concierto e intentó saltar el muro para colarse por la puerta de atrás. Fue entonces cuando le temblaron las rodillas al ver al policía. Sabía que le olía el aliento a alcohol. Tenía sangre en la camisa, manchas de sangre de la pelea del concierto. Un corte sobre el ojo izquierdo, una herida en la mejilla derecha. Todavía oía los gruñidos salvajes, el impacto de los puños en su carne y en sus huesos. Estaba bailando y, un instante después, se convirtió en el núcleo de las patadas y puñetazos brutales que procedían de todas direcciones. Una infinidad de puños negros, unos ojos enfurecidos e inyectados en sangre se abalanzaron sobre él y lo lanzaron fuera. Cayó rodando por el suelo hasta ir a parar sobre su cara y sus codos. Se incorporó en aquella calle oscura y vacía como un perro desaliñado. Y ahora el cerdo este, adoptando la forma de un joven policía, no paraba de meterse en sus asuntos.

El mundo siempre se estaba metiendo en sus asuntos. El asunto del concierto era por una chica. Ni siquiera la conocía. Simplemente se había puesto a bailar con ella en la pista abarrotada. Llevaba toda la noche bailando solo y, de pronto, ella se puso a hacerle señas, meneándose al mismo ritmo que él. Ni siquiera lo pensó. Si haces las cosas sin pensar, ya se encarga el mundo de estudiarlas por ti, a base de patadas y puñetazos. Y el policía estaba intentando deducir por qué había saltado el muro y por qué tenía la camisa manchada de sangre.

La semana entera había sido un infierno. Solo en su piso comiendo sémola y soja. Intentando escribir su poema semanal. Ahogándose en el aire viciado a estufa de gas que había en la habitación. Tratando de deducir el patrón tras las acciones (o la falta de ellas) que habían marcado su vida. El piso se encontraba en uno de los edificios grises y deprimentes cerca de Clerkenwell Road: grafitis sórdidos, manchas de orina, maullidos de gatos. Abandonado y sombrío, de mitad del siglo XIX, el edificio albergaba un tropel variopinto de solteros, yonquis, camellos, pensionistas asustados y hombres y mujeres desempleados. La mayoría se decían «escritores» o «artistas». Todos padecían la precariedad de los barrios marginales más por un destino mugriento que no habían sabido controlar que por problemas financieros. Se había quedado en casa toda la semana, leyendo sin parar, tomando apuntes, sin abrirle la puerta a nadie. Había empezado a escribir esa poesía «étnica» afectada que tiene sus raíces en una falsa soberbia, añadiendo unos toques de sublevación y orgullo negro. Cuando llegaba al tuétano de su experiencia personal, la imaginería anémica de su autoanálisis le daba asco. Sin duda, pensaba, un acontecimiento sobrehumano y una condición sobrehumana subyacen a toda la poesía. Aunque, por supuesto, esto también hedía a ese nivel de misantropía que es capaz de paralizar la pluma. El viernes por la noche ya quería tirar la toalla. Así que se fue al concierto africano que se celebraba en Covent Garden. Y ahora tenía a un policía exigiéndole con malos modos una explicación que él mismo llevaba días intentando desenterrar en su piso. El dolor que sentía en el pecho probablemente era señal de que se había roto una costilla o algo.

—Vete a casa a dormirla —le sugirió el policía.

Intentó responderle, pero notó que un borboteo le regurgitaba por la garganta. Escupió sangre. Y se alejó tambaleándose. ¡Viernes por la noche! ¿Qué era lo que le esperaba en casa? Sí, claro, tenía aquellos libros de Patricia Highsmith, P. D. James y Dashiell Hammett. Llevaba meses leyendo solo novela negra. Estos tres autores eran capaces de sanar durante horas y horas los efectos corrosivos de la soledad. Durante esos días no anhelaba la compañía de otros humanos. Era muy pesado, muy tedioso. Disfrutar de la compañía de los demás implicaba que tenía que beber hasta alcanzar un estado de bienestar ilusorio que convierte la relación más tormentosa en un encuentro alegre y grato. Su reloj marcaba la una y media. Recorrió Charing Cross con dificultad y se detuvo en el Kentucky Fried Chicken. Se unió a una cola de prostitutas blancas y negras que observaron con disimulo que iba bañado en sangre. Ellas entendían y temían la violencia, puesto que era uno de sus riesgos laborales. Al verlas en aquella cola que iba avanzando lentamente hacia el mostrador, se dio cuenta de que sentían pena por él, lo veían como otra víctima que se arrastraba para conseguir su comida rápida.

Estaba lloviendo cuando salió a la calle, aferrado a la caja de patatas fritas y costillas. Las ráfagas de aire frío que soplaban en todas direcciones le hincharon el abrigo y su rostro sufrió el ataque de los glóbulos líquidos de otra indecisa lluvia londinense. Le gustó.

Era una fría y refrescante explosión de cordura, que lo empapó del desarraigo inherente a la lluvia, le inundó los pulmones y lo liberó del peso de la amargura de la noche. Se bebió hasta la última gota. Ante él se erigía el albergue de la asociación de jóvenes cristianos y a su derecha estaba la fuente iluminada, una brillante columna de agua verdiazul que se elevaba hacia arriba como anhelando algo, hasta que volvía a caer para ser reciclada una y otra vez. Igual que sus expectativas. Su ambición. ¿Qué era lo que se había apoderado de él ya en el instituto y después en la universidad? ¿Qué era? Había comenzado en África y ahora lo había encontrado en Londres. Vagando de madrugada hacia Clerkenwell Road. El viento y la lluvia rugían, mojaban, salpicaban, intensificándose cada vez más, alargando sus múltiples brazos para derribarlo. Se doblegó ante la lluvia, como el que atraviesa una fuerte corriente submarina. Oía sus latidos, como chasquidos de una alambrada. Como si la cínica gelidez de la madrugada rasgueara las cuerdas de una guitarra. Le sonaba dentro, ajeno a él, pero lo escuchaba como una ensoñación mientras se comía las costillas y las patatas en la lóbrega humedad de la ciudad. Detrás de él, le seguían otras siluetas misteriosas que bien podían ser un reflejo de su propia vida.
¡Lluvia!


Miedo y asco a salir de Harare

¿Qué pasa con Harare? ¿Será la vida nocturna, los hoteles, las discotecas? ¿O el paseo melancólico y solitario de vuelta al piso en el que un atardecer leonado, casi ruborizado, saluda desde los oscuros confines de una nueva noche? En cuatro años no me había atrevido a salir de la ciudad. Para mí, el resto del país solo existía en las noticias sobre los disidentes, las cooperativas y las letrinas exteriores, y por supuesto, sobre la región de Binga, donde, por culpa de la sequía, el plato principal de cada día era una bandeja de hierba frita.

(Una vez fui a pasar una tarde cultural a Rafingora y otra vez salí de Harare para presenciar sobrecogido, aunque era algo que no me concernía, cómo se desbordó el lago, aniquilando el estreñimiento que sufría la población.) Tuve entonces la sensación de que yo no tenía nada que ofrecer fuera de Harare: todos aquellos lugares estaban ávidos de asesores de alfabetización, responsables para el desarrollo, auxiliares sanitarios, profesores… pero no de escritores. A un novelista le resulta difícil justificar una dedicación exclusiva a su máquina de escribir cuando está rodeado de miseria y de la cruda realidad que deja tras de sí el conflicto armado. Harare, con sus recitales de poesía, encuentros de escritores, fácil acceso a periódicos internacionales y festivales culturales, se me antojaba una cómoda isla para un escritor que estaba aprendiendo a labrar, pero no con una azada, sino con una pluma.

Además, por primera vez en mi vida, tenía una buena relación con las fuerzas del orden locales; aquella angustia paranoica del pasado se había borrado a sí misma de la nueva y estimulante página en blanco de la independencia. Los colonizadores se habían retirado de los rincones más interesantes de la ciudad. Podía ir a cualquier hotel sin sentir cómo se endurecía mi piel. No tenía que ponerme la armadura. El único enigma que me quedaba por resolver era por qué mis conocidos disfrutaban del trabajo en las zonas rurales y odiaban la ciudad. Las terribles —para mí, risibles—condiciones laborales que tenían que soportar eran peores que mis pesadillas en Harare. Pero son un grupo alegre y extrovertido, ansiosos por conocer la vida y los paisajes de Zimbabue.

Yo, como la mayoría de mis amigos, no había visitado nunca las cataratas Victoria, las ruinas del Gran Zimbabue, el lago Kariba, el lago Kyle, el parque nacional de Chimanimani, las montañas Bvumba ni otros muchos lugares. Jamás pensamos que llegaríamos a hacerlo (espero que los responsables de Turismo lean esto y tomen las medidas correctoras necesarias). De todas formas, ¿qué puede ser mejor que un altercado de discoteca en el Jobs, retozar alegremente en la pista del Playboy, una bacanal rabelesiana en la cervecería Makabusi, la felicidad absoluta roncando tras la borrachera en una celda vigilado por amables policías, el desfile día y noche (casi altruista) de prostitutas, borrachos, vagabundos, indigentes, ladrones, timadores, maridos que engañaban y eran engañados por sus mujeres (desfilando al son del tintineo de las monedas y del crujido protestón de los billetes de dólar)? Ay, Harare. Su enigmática manera de vivir sin residencia fija, de vivir en unos bloques de pisos caros, pero anónimos y tristes. Una sociedad que ya no vivía de tiempo prestado, como en el pasado, pero sí de dinero prestado, de un plan de financiación, del mercado negro y de los escasos anticipos que sacaban con mucho trabajo del puño apretado del empresario. Harare, donde un grito en la noche era una señal para bajar las persianas; no es asunto mío quién asesina a quién. Harare, con miles de experimentadas adolescentes que se emperifollaban para ir al mediodía a las discotecas Bretts y Scamps, con los escándalos de Queens, con el Estadio Deportivo Nacional y sus grupos invitados y sus falsos evangelistas cerúleos.

Pero escucha a Donagh, un fotógrafo amateur que también trabaja para la compañía de electricidad eskom, escucha como recita de forma rapsódica los placeres visuales que brindan las Tierras Altas Orientales. Escucha a Helmut, que lidera un grupo de escultores en Chimanimani, escúchalo describir el excepcional paisaje y las creencias espirituales de la zona. En otra parte, escucha a Jo, una profesora del instituto Fletcher, escúchala y podrás saborear y tocar la belleza atormentada de las montañas Bvumba. Y también tenemos a Flora y a Volker, cuyas vivencias en el lago Kyle, en las cataratas Victoria, en el Gran Zimbabue y en otros tesoros menos conocidos de nuestro país han impregnado su vocabulario, ya de por sí internacional, de una resonancia fascinante y extática.

Nadie es profeta en su tierra. El corazón blindado del ciudadano permanece impasible ante la belleza del país. Quizás sea esa la explicación. Tan solo el visitante, el inmigrante, reconoce la personalidad sobrecogedora, a la vez que balsámica, de nuestro país.

Pero existe una solución. La eterna ronda de bebidas, baile, cine, sexo y sueño resulta, a la larga, desalentadora. Uno empieza a preguntarse: ¿esto es mi vida? Empieza a caer en un gigantesco tanque de cerveza que al principio resulta estimulante y excitante, bebible, pero luego se va acercando el momento de ahogarse.

Emer, Jo y Donagh me sedujeron hasta el punto de sacarme del tanque. Fue mediante una simple excursión a Gweru. Después de toda mi vida en Zimbabue, solo conocía las poblaciones que se encuentran entre Mutare y Harare. Nunca sentí el deseo ni la inclinación de visitar otros lugares que no fueran imprescindibles para ir al colegio, al instituto donde estaba interno o a la universidad. Después, estuve exiliado nueve años en Gran Bretaña. Y, cuando regresé en 1982, me dejé caer en Harare de una manera tan natural como un pez al que vuelven a echar a aquel lago que se había desbordado. Y no quería moverme de allí.

Sin embargo, todo cambió al darme cuenta de que me estaba ahogando en mi autocomplacencia por ser de Harare. En fin, volví de Gweru aquella misma noche. No era lo mismo que visitar las cataratas Victoria, pero supuso un paso en la dirección adecuada: me estaba destetando del pecho blando y fofo de Harare. Lo que nunca olvidaré de aquella excursión es que monté a caballo. Todavía sigo esperando que me revelen las fotos.


Lo que acecha por la noche

No sé de qué se quejarán en los barrios residenciales. Quizás del servicio, de los impuestos, del coche, de la competencia en la oficina. En el centro de la ciudad también tenemos nuestros tabúes. ¿Debería moverme por el centro armado? No para atacar a nadie, sino para defenderme. A pesar de que siempre es buena idea ir preparado por la ciudad, la ley tiene la última palabra sobre la posesión de armas «ofensivas». Se evita hablar abiertamente de la violencia en las avenidas; se arrastran las palabras, las miradas se vuelven furtivas y es un misterio saber si el tipo con el que estás pontificando no es el mismo que te atracó anoche. No hay que olvidar que la única manera de evitar que te mutilen o te maten es no mirar al atacante a la cara, porque en cuanto se dé cuenta de que podrías identificarlo, tomará unas medidas atroces al respecto. A uno del barrio de Mbare le sacaron los ojos. Con un palo, creo.

El sentir una amenaza inminente supone poner pies en polvorosa a la velocidad de un corredor de maratón. No hay que sentirse cobarde; el heroísmo es el privilegio de los que están vivos. En cualquier caso, una carrera rápida a la par que ruidosa por la calle Julius Nyerere me libró una vez de una emboscada bastante bien planeada. El único modo de evitar que no te cojan por sorpresa es estar alerta, conocer los lugares y la hora a la que los frecuentas. Cualquier habitante de Harare que se precie sabe cuáles son las zonas más peligrosas de la ciudad y se guarda, prudentemente, de visitarlas. La sorpresa es la grasa que mueve el engranaje del atacante, quítasela y no sabrá qué hacer.

Pero en esas ocasiones en que ir a tomar algo desemboca en un puño de hierro abalanzándose contra tus dientes, dependerá de tu rapidez de reflejos y de las llaves de artes marciales que logres recordar el que acabes o no en el Hospital Parirenyatwa. Aunque un bar está lleno de botellas vacías. Agarra una, por el cuello, rómpele la base contra una mesa y arremete contra él. Posee un efecto maravillosamente aleccionador sobre el que quiere mandarte al dentista a base de golpes. No sé de qué se quejarán en los barrios residenciales, pero el centro tiene los pies en la tierra, está más cerca de la sangre, de la cruda realidad, es más de «Pásame otra cerveza» y «¿Dónde coño está el abridor?» («Ábrela con los dientes, imbécil»).

Cuando todo va mal, no te lo calles: grita como loco, grita como si Jericó se estuviera desmoronando al son de las trompetas, grita… y seguro que los ciudadanos que ya estén hartos de todo saldrán volando de sus pisos para hacer papilla al agresor. A veces pasa. En mi bloque pasó. Les habían entrado a robar unas cinco veces en cinco días. Ya no aguantaban más. Cuando le pasaba a los vecinos, la costumbre era no hacer ni caso, pero esta vez le estaban entrando a todo el mundo. La única protección posible era acabar con el culpable. Y cuando el tipo lo intentó el séptimo día —y al séptimo descansó— bastó un gritó de «¡Al ladrón! ¡Al ladrón!» para que acudieran todos los vecinos y se le tiraran al cuello. Tuvo suerte de que no acabaran completamente con él. Finalmente, dejaron que lo detuviera la policía y el magistrado lo reprendiera, juzgara y condenara. La noticia corrió como la pólvora por los oscuros bajos fondos de la ciudad. No se ha producido ni un solo robo en el barrio desde aquel incidente.

Las víctimas más evidentes de la violencia son las mujeres. Les pegan sus chulos, sus maridos, sus rivales del gremio o cualquier transeúnte aunque no tenga motivo alguno. El mes pasado fui testigo de dos incidentes la misma noche. El primero, que tuvo lugar en la puerta del International Hotel, me pareció horrible. Un muchacho estaba abrazando a una chica aún más joven que él. Con demasiada fuerza. Yo iba de camino al hotel Holiday Inn. El chico le espetó algo salvajemente en el oído al mismo tiempo que le estampó un fuerte puñetazo entre ceja y ceja. Antes de que le diera tiempo a gritar, le soltó algo aún más salvaje. Cuando pasé por delante, la chica, que daba la impresión de estar abrazada a su pareja, solo dejó escapar un quejido y un sollozo desgarrador. Era semana de paga y había una gran presencia femenina en el bar del hotel. Mientras daba buena cuenta de mi cuarta pinta helada de Castle Lager (estaba en la barra, sin nadie con quien hablar), oí cómo cinco tíos corpulentos planeaban darle una paliza a una mujer que estaba bebiendo sola en una esquina junto a la salida. Sabía que hablaban en serio. También sabía que no le pegarían en el hotel. A la hora de cerrar, se lo conté todo a la chica. Pero estaba borracha. Me escuchó y, en vez de intentar despejarse un poco, montó en cólera. Los cinco hombretones la fulminaron con la mirada al salir y la esperaron fuera. Intenté retenerla, pero se libró de mí, afirmando que a ella no la intimidaba nadie. Acto seguido, se quitó los zapatos y cruzó la puerta con una actitud desafiante. Una hora después llamé a la policía para que viniera a recoger del asfalto sus restos, que aún respiraban. Casualmente, varios días después, estaba bebiendo en el International Hotel y vino a saludarme. Me dio las gracias de la única manera en que los borrachos se agradecen las cosas entre sí: se tiró toda la noche invitándome a cervezas. Y, cuando ya me iba, me dijo que siempre que tuviera ganas, me lo hacía gratis. Todo un honor.

Viviendo en el centro te acostumbras a todas las especies que pueblan el infierno. A veces adoptan la forma de adolescentes: Dos —yo iba muy borracho— me dieron una paliza y me robaron sesenta y cinco dólares. Recuerdo que me dejó indiferente el uso de la violencia y la pérdida del dinero, que era todo el que poseía (aquella noche). El incidente era como todo lo demás: un suceso natural en un entorno antinatural. La violencia y la supervivencia del más fuerte forman parte de la naturaleza, como los accidentes de tráfico, los carteristas o los atracadores. De hecho, cuando me atropelló un coche en la calle Enterprise la Navidad de 1983, la única vez que estallé contra Dios y sus ángeles guardianes fue cuando me dieron la factura del Hospital Parirenyatwa. No la pagué hasta el día antes de mi citación en el juzgado. En el centro no nos quejamos, apretamos los dientes y sacamos la…


Terror en Harare

La sociedad está enferma. Y yo no aguanto a los enfermos. En Kingston, en Londres, nos limpian la nariz con la enfermedad. ¡Ni hablar! La sociedad de Harare está enferma. Y su enfermedad es el dinero. No voy a aguantar ese tipo de enfermedades. Separa al hermano de su hermano, a la hermana de su hermana, al padre del hijo, a la madre de la hija. Toda esta codicia asfixia la bondad y el amor. ¿Me entiende?

No.

Mírelo de este modo, el sistema es un estado opresivo. El sistema está dondequiera que yo esté, es cualquier cosa que yo sea, como yo sea, lo que yo sea, por lo que yo sea. No es algo externo, sino que mora en la casa de mi espíritu. ¿Se acuerda de La casa del hambre?

No.

Vaya. Demos la vuelta al razonamiento, ¿vale? Un babuino es lo que rima con uterino y parece un ser humano, ¿no?

Vaaaaale.

Tu cuerpo tiene que alimentarse. Con comida. Tu espíritu también tiene que alimentarse. ¿Y con qué? Pues con educación y eso, supongo. Así es como arranca el sistema, ¿se da cuenta? Pero remontémonos un poco en el tiempo. En la historia… porque ya sabe que la historia es el sistema, o sea, Babilonia. Érase una vez que mi pueblo fue esclavizado. Se contaban por millones. Muchos murieron en espíritu de esta enfermedad. Son los que a día de hoy me acompañan. Pero unos cuantos escaparon a las colinas luchando con uñas y dientes contra el bombardeo de Babilonia. ¿Sabe lo que dicen los dirigentes? Que si crees que el mundo está al revés, lo único que tienes que hacer es darle la vuelta a tu cabeza y listo. Esa es la enfermedad, ¿se da cuenta? Sabes que está mal, pero te han enseñado a convencerte a ti mismo de que está bien. Esa es la enfermedad; eso es Babilonia. Y, ¿sabe qué?, cuando se sabe lo que yo sé sobre la enfermedad, enseñan a todo el mundo a autoconvencerse de que eres tú el que está enfermo. Y todos aquellos que murieron en espíritu hace mucho tiempo lapidarán con insultos lo que quede de ti. ¿Me entiende?

(Con firmeza) No.

Ya veo que es usted un caso difícil. ¿Babilonia le ha hecho alguna radiografía?

Mira…

Cálmese. La ira es impura. Está enferma. Pero, claro, la sociedad nos enseña de todo para que cuando se dé el caso tengamos que mantener las distancias. Te enseñan a respetarte a ti mismo, pero a su imagen y semejanza, de tal modo que lo que crees que es tu propia ira en realidad es la ira de Babilonia. La sociedad se comunica a través de sus nervios a flor de piel. Es muy simple.

No estoy nervioso…

No he dicho que lo esté.

Pero has dicho…

Vale, vale. Pero cuando usted habla, ¿sabe quién está hablando? ¿Sabe qué voces están en su voz? Cuando habla, ¿no oye al primer ser humano que intentó pronunciar el primer gruñido que reverberó por el mundo como la primera sílaba? ¡Fue una verdadera revolución! Cuando usted habla, ¿no es como si reprodujera en un transmisor hecho con dos latas y una cuerda lo que le dice una sociedad enferma? Recuerde que cada voz auténtica que se propaga por la claridad del aire es una recapitulación de los orígenes y del prodigioso desarrollo del habla.

No lo entiendo.

Lo entendería si yo pudiera deseducarle.

¡Qué tontería!

A uno lo crucificaron porque pensaban que decía tonterías. Sin embargo, hoy en día, países de todas clases basan su comportamiento en sus palabras. Pero, ¿qué era lo que hablaba a través de él cuando pronunciaba aquellas palabras? ¿Y se comunicaba a través de él solo para regular el comportamiento de un pobre animal de dos patas?

(Despectivo) Tenía entendido que para vosotros los rastafaris Él era Haile Selassie.

La misma mierda de siempre. Toda forma de vida tiene un sector más fanático. Y, por supuesto, siempre se escudan en ese sector más fanático para presentar a los rastas como una mierda. Para mí, los rastas son la Resistencia, ni más ni menos. Resistencia a todo lo que degrada al hombre. Resistencia a todo lo que trata de apagar el vínculo entre la humanidad y su herencia. Resistencia a la pobreza, a la opresión. Resistencia a todo lo que, desde el alma humana, conduce a la avaricia, a la crueldad, a la indiferencia… Por eso he dicho antes que Babilonia no es solo algo externo, sino que también está dentro de nosotros… Retrocedamos un poco. En Jamaica, los esclavos que escaparon a las colinas son los antepasados de los verdaderos rastas. Y fue allí, en las colinas, donde establecieron una zona libre de esclavitud que defendían con su vida y con todo lo que tuvieran a su alcance. Hoy, el rasta se fija en la sociedad. No menea la cabeza en un gesto de desaprobación. No se angustia. Actúa. Actúa sintiendo una repugnancia física y mental por su sociedad enferma. Se eleva en el cielo y mira hacia abajo a la ciudad. Mira con bondad y amor. Esta bondad y este amor, cuando Babilonia mira hacia arriba, parecen enjambres y más enjambres de avispas negras. Por eso hay terror en Harare. (Suspira.) ¿Terror a qué? A la bondad y al amor. (Ríe.)

Sois idealistas.

(Pensativo.) ¿Idealistas? No ha entendido una palabra de lo que he dicho… ¿Idealistas? Bien, como usted diga, agente. Ya puede devolverme a mi celda.

Sí, ya es hora. ¡Levántate!

23 de abril de 1985



Una entrevista consigo mismo

¿Qué escritores te han influido?

Me parece una pregunta sesgada, no se ajusta al tema. Asume que a un escritor tienen que influirlo otros, tiene que estar marcado por lo que lee. Puede ser. En mi caso particular, lo que me ha influido hasta la desesperación más absoluta ha sido la humanidad obstinada, aunque embrutecida, de aquellos con los que crecí. Sus vidas, cómo se estremecían ellos con los golpes que nos asestaban a diario en los guetos, que por aquel entonces se llamaban emplazamientos.

¿Quiénes son esos «ellos»?

Pues son los dueños de las tiendas de comestibles, los maestros, los curas, los líderes desquiciados de religiones esotéricas alternativas, las amas de casa, las niñeras, los peones camineros, los obreros de las fábricas, los vendedores, los caddies, los albañiles, los rateros, los psicópatas, los proxenetas, las viudas desmoralizadas, los timadores profesionales, las putas, los colegiales hambrientos y responsables, las colegialas hambrientas que pronto se quedarán embarazadas y, por supuesto, los delatores, la Policía Británica de África del Sur, los reservistas, la policía del gueto, el inspector del distrito con sus secretarios pedantes y autoritarios, los arrogantes aunque insustanciales tenderos asiáticos, las escolares blancas y sus selectos colegios, los escolares blancos que nos daban una paliza cuando rebuscábamos en los cubos de basura de los barrios residenciales blancos, los cuerpos que a veces aparecían ahogados en el dique del Lesapi, el loco que parecía inofensivo hasta que encontraron un cuerpo mutilado en la hierba al este del gueto, las madres de nueve hijos o más y la digna consternación de los pocos misioneros que se presentaron una o dos veces para ver en qué condiciones vivía yo en realidad. Estos son «ellos». La fosa séptica efervescente en la que crecí, donde todos los que he mencionado pasaban la vida. Estos son los que me influyeron, con su dolor, traiciones, sufrimientos, alegrías.

¿Quieres decir que eras un mero observador? ¿Noparticipabas?

¿Cómo se puede «observar» una piedra que está a punto de golpearte? Así era mi relación con la «sociedad» de Rusape por entonces. Yo era las peleas de borrachos. Yo era mi padre llegando a casa una noche con un cuchillo clavado en la espalda. Yo era los vecinos de al lado a los que habían desahuciado sin piedad porque el padre había muerto; lo que después le ocurriría a mi familia también. Yo era mi padre cuando un imbécil de quince años, un imbécil blanco, lo insultó. Yo era todos los que desalojaron de las granjas blancas de los alrededores y que tiraron a cualquier parte. Yo era el compañero que dejó los estudios porque no había dinero para pagar la matrícula. Yo estaba en aquellas noches oscuras (las farolas nunca funcionaban), yo era los lamentos y llantos fantasmagóricos que se oían cuando alguien fallecía y sabías que lo tendrían que enterrar en aquel vertedero al que llamaban el Cementerio Nativo. Yo era el joven maestro que se pavoneaba con aires de grandeza. Yo era todos los niños de mi edad cuando nos uníamos en bandas y los enfrentamientos callejeros acababan en peleas de verdad con palos, ladrillos, piedras, cuchillos. Yo era un vaquero, un indio, un soldado estadounidense, el jefe de un comando británico en la Segunda Guerra Mundial; unos días oscuros en los que nos evadíamos de una manera deliciosa de nuestro entorno cutre y humillante. Sin embargo, lo que más me horrorizó —que inspiró la ceguera de Marie en Black Sunlight— fue ver a una niña de cinco años guiando a sus padres ciegos, que no tenían donde quedarse y a veces dormían en el estadio o en la estación de tren; la policía siempre estaba persiguiendo a los «vagabundos». Despertaba mucha lástima, y la lástima no era algo que abundara en el gueto por entonces. También estaban los discapacitados, que no le importaban a nadie; a mí tampoco. Para mí, todo esto era lo normal. Era lo que después llevó a la mayoría de nuestros compañeros a Mozambique a luchar por la libertad y a mí me hizo ser escritor.

¿Por qué escritor? No había muchos escritores negros.

Hum. La vida gris y brutal del gueto siempre estaba presente. Peleas, bodas, detenciones, misas, la sirena del colegio llamándonos a la asamblea, desahucios, fútbol, insultos, atletismo, miseria, baloncesto, la fila de presos que va y viene de cumplir trabajos forzados en las tierras del algún hijo de puta blanco, jugar al golf detrás de la casa de alterne… la dureza del día a día físico del gueto. Era un desgaste excesivo, una crueldad externa de la que no se podía escapar. También teníamos el vertedero donde tiraban la basura de los barrios blancos de la ciudad; una pequeña ciudad muy estrecha de miras, muy racista. Rebuscaba en la basura con otros niños: tebeos, revistas, libros, juguetes rotos, cualquier cosa que nos sirviera para matar el tiempo en el gueto. Para mí lo más importante era encontrar algo que leer. Mis primeros libros fueron precisamente los que los blancos racistas radicales de Rusape leían por entonces. Ja, ja… mi posesión más preciada era un ejemplar desvencijado de la Enciclopedia para niños de Arthur Mee, que, aunque era pura propaganda del Imperio británico, atesoraba muchos datos curiosos sobre el universo y la Tierra. También había tebeos británicos muy patrioteros de la Segunda Guerra Mundial. Y de Superman. De Batman. De Spiderman. De super esto y super lo otro. Mickey Spillane, James Hadley Chase, Peter Cheyney, cosas de Tarzán y el taparrabos de Tarzán. Tenía dos amigos, Washington y Wattington, gemelos. Construían «oficinas» de barro y chapa y cartones; unas oficinas de casi un metro de alto. Tenían una máquina de escribir para niños. Ellos eran el Presidente y el Director general y yo era el oficinista. Hicimos una biblioteca allí, con los libros y tebeos que habíamos rescatado del vertedero. Todos los días íbamos al vertedero y después a la oficina. Washington usaba la máquina de escribir para llevar un registro meticuloso de las adquisiciones diarias. Teníamos la máquina, teníamos los libros. Esto es lo que hacíamos a diario después de clase.

¿Por eso pensaste en escribir?

No exactamente, pero aquella experiencia me influyó. Yo era muy pequeño, te estoy hablando de cuando estaba en primaria, tenía entre seis y diez años. Por entonces, no creía que los negros pudieran ser escritores. No vi un libro escrito por un negro hasta que entré en secundaria, en el internado; era No llores, pequeño de Ngugi. Fue alucinante, consolidó aquellos primeros escarceos con la literatura. De repente supe qué quería hacer con mi vida: escribir relatos, poemas, obras de teatro. ¡Escribir!

¿Empezaste a escribir con once años?

Habría empezado, pero ocurrió algo. Mataron a mi padre. Desalojaron a mi familia del gueto. No era más que una casa del gueto, pero era todo lo que teníamos. Y padre ya no estaba. Madre era niñera. Y después estábamos nosotros: nueve niños que cuidar. La despidieron. Yo acababa de entrar en secundaria. ¿De dónde sacaríamos el dinero para pagar la matrícula? ¿Qué suponía la muerte de padre? ¿Qué suponía no tener casa? Fue el principio de mis inseguridades físicas y mentales: empecé a tartamudear una barbaridad. Era horrible. Hasta el habla, el lenguaje, me abandonaba. Tartamudeé espantosamente durante tres años. Un martirio. Imagínate en clase: el profesor pregunta algo, mi mano sale disparada hacia arriba, me levanto, todos se me quedan mirando, me pongo a tartamudear, a tartajear, nadie me entiende, la respuesta se queda bloqueada en mi interior. Aprendí a desconfiar del lenguaje. Una desconfianza esencial en un escritor, sobre todo para uno que escribe en una lengua extranjera.

Alguna vez pensaste en escribir en shona?

Nunca se me ocurrió. El shona formaba parte del demonio del gueto del que quería escapar. El shona se enmarcaba en el contexto de una experiencia degradada, que te partía el alma, de la que al parecer solo se podía escapar a través de la lengua inglesa y de la educación. El inglés tenía una relación directa con el lujo y el esplendor aparente de los barrios blancos de la ciudad. En cuanto a poder expresar el torbellino creativo de mi cabeza, en inglés me sentía como pez en el agua. Fui, por tanto, un alumno y un cómplice entregado a la colonización de mi propia mente. Por supuesto, sufría al mismo tiempo el desasosiego y la impresión que me produjeron ponerme a tartamudear de un día para otro, ser despojado precisamente del medio que iba a usar para transmitir mi arte. Quizás este detalle se oculta entre la maleza de mi uso experimental del inglés: darle la vuelta, tratarlo brutalmente hasta convertirlo en una forma maleable que sirva a mis propósitos. Para un escritor negro, la lengua es muy racista; hay que librar batallas desgarradoras y batirse en espeluznantes duelos a machete con el idioma para que haga exactamente lo que quieres que haga. A las feministas les pasa igual. El inglés es de hombres. Por lo que las escritoras feministas tienen que adoptar las mismas tácticas. Esto puede implicar deshacerse de la gramática, desbaratar la sintaxis, minar las metáforas desde dentro, tocar el tambor y los címbalos del ritmo, crear cámaras de tortura de ironía y sarcasmo, hornos de gas con una resonancia negra ilimitada. Para mí, lo que me hace tener este compromiso con la literatura es la imagen voluptuosa, excitante, imposible que lo va volviendo todo negro.

¿Tu objetivo entonces es forcejear con el idioma?

Sí y no. La lengua es indisoluble de lo que constituye la humanidad de los seres humanos y también, claro está, de su falta de humanidad. Todo lo que encierra la lengua: lo obsceno, lo sublime, lo estúpido, lo que sienta cátedra, la narrativa pura, la amenaza verbal, el vómito adjetival… Todo ayuda a cincelar el corazón de mi arte, la sosegada y triste música…

¿Cómo era el ambiente cultural del gueto?

Era el de los sesenta: la agitación política, la intensificación del nacionalismo negro, la ilegalización de la Unión del Pueblo Africano de Zimbabue, las primeras tentativas de lucha armada. Yo era demasiado joven para darme cuenta de gran cosa. Cuando Nkomo vino para celebrar una reunión y mi hermana me llevó con ella y vi a tantos policías y reservistas disparándonos gases lacrimógenos y me estaba asfixiando y muriendo… Ni siquiera entonces sabía qué pasaba, por qué corría, por qué todo el mundo corría… Se acercaban los perros de la policía, corriendo, mi hermana me gritó que me levantara y huyera.
Los Beatles. Los Rolling Stones. Cliff Richard. Elvis Presley. The Shadows. Las radios estaban siempre a todo volumen. En el distrito segregado teníamos un pequeño salón común donde los grupos tocaban smanje-manje, jazz, rock and roll… Uno de ellos se llamaba The Rocking Kids. Todos los chicos del gueto aprendían solos a tocar la guitarra, la batería y el saxofón. Y todos los viernes proyectaban una película. Hopalong Cassidy. Gene Autry. Tarzán. James Bond. Ronald Reagan. Fuzzy. El Pájaro Loco. Y lo mejor: Charlie Chaplin. También estaban las bodas, las enardecedoras canciones en shona que te abrasaban el corazón y te hacían apretar los dientes y los juegos de amor y cortejo. Chavales jugando a las casitas, jugando a ser novios. Improvisando juegos sobre las obligaciones del matrimonio y los conflictos de convertirse en adulto. Y así andábamos, aprendiendo sobre cigarrillos, cerveza, sexo y, por supuesto, sobre el uso y abuso de la violencia.
Podría decirse que usábamos la cervecería como centro cultural. Allí tocaban guitarristas y cantantes itinerantes. Gente como Safirio Madzikatire, que hoy en día es uno de nuestros mejores cantantes nacionales y un muy buen actor de radio y televisión. Gente como Kilimanjaro. Los muchachos que después se harían guerrilleros. Muchachos usados como espías en el conflicto. Muchachos que sacrificarían su Todo por la libertad. Todos crecieron aquí.

1983


Post Scríptum, 1984

Me asustan los regímenes de partido único, sobre todo cuando hay más eslóganes que contenido en lo que se refiere a sus políticas y a cómo las van a implementar. Nunca he vivido bajo un régimen de partido único, a excepción de Zimbabue antes de su independencia, la Rodesia de Ian Smith, donde prácticamente solo había un partido. Y lo que leo sobre estos regímenes, francamente, me aterroriza.

Pienso que los movimientos revolucionarios reclutan a escritores antes de que la revolución consiga su objetivo. Una vez conseguido, se deshacen de los escritores, ya sea porque se convierten en una molestia o porque les resultan totalmente irrelevantes.

No sé si el escritor puede ofrecerle algo a una nación emergente, pero creo que siempre debe haber una tensión sana entre un escritor y su país. La literatura puede convertirse en propaganda barata con facilidad. Siempre y cuando sea veraz, un escritor debe ser libre de criticar o escribir sobre cualquier asunto social que considere que va en contra de los principios y aspiraciones del país. Cuando nos gobernaba Smith, los escritores tuvimos que oponernos a él en todo; y ahora deberíamos hacerlo aún con más razón, puesto que tenemos un gobierno mayoritario. Tendríamos que estar más atentos incluso a nuestros propios fallos.

En cuanto uno habla del papel social del escritor, antes de que te des cuenta ya te están mencionando la censura. Se piensa que la mayoría de los escritores de África, y supongo que de la mayoría de los países del Tercer Mundo, están en conflicto con los gobiernos. Hasta tal punto que los gobiernos africanos tienden, de manera automática, a poner en entredicho la lealtad de los escritores. Nos bombardean constantemente con la idea de que un escritor siempre tiene que ser positivo. Un escritor forma parte de la sociedad, se da cuenta de lo que ocurre a su alrededor, ve la pobreza a diario. ¿Cómo se puede encubrir la pobreza?

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