LA MUERTE DE ALBERTO FERNÁNDEZ

Lucas Berruezo





Lo supo mientras se miraba en el espejo, entre las idas y vueltas de su maquinita de afeitar. Fue una revelación, una especie de epifanía. Lo supo y tuvo que actuar con celeridad: estaba muerto o, más bien, lo estaría en pocos segundos, con suerte minutos. Se apresuró y terminó de afeitarse, dejando prolijamente recortado su poblado bigote entrecano. Se limpió la cara con la toalla que colgaba del soporte, a un lado del lavamanos, y salió disparado del baño.

En apenas dos saltos ya estaba en su habitación. ¿Cuánto le quedaría? ¿Dos minutos? ¿Treinta segundos? Imposible saberlo. Si había algo que caracterizaba a la muerte era que llegaba cuando quería. Podía presentirse más o menos su cercanía, y de hecho él la estaba presintiendo justamente en ese momento, pero su verdadera llegada… Ahhh, su verdadera llegada era siempre un misterio.

Fue directo al placard y descolgó de él uno de sus mejores trajes, ese azul marino que usaba sólo para momentos importantes. ¡Y qué momento más importante que ése! Lo dejó arriba de la cama, estirado. De uno de los cajones de la cómoda, también dentro del placard, sacó una camisa blanca y, de otro cajón, un par de medias a juego con la camisa y una corbata negra con puntitos grises. Finalmente, con el pulso arremetiéndole en las sienes, buscó desesperado algo en donde escribir. No quería hacerlo en su celular, ya que, si no lo veían en menos de diez minutos, el aparato se suspendería y nadie podría encenderlo de nuevo. Sólo él tenía la clave. Además, tenía que hacerse como en la vieja escuela. Nada de mensajes que desaparecerían con el tiempo. Sus últimas palabras tenían que ser, si no eternas, al menos duraderas, y el papel seguía siendo el mejor aliado del tiempo.

Dio varias vueltas en el lugar, inquieto. Vio lo que buscaba sobre la mesita de luz de Jimena, su esposa: una libretita con una birome azul a un lado. Se tiró encima de los objetos y escribió de manera febril. Ya casi no quedaba nada. Nada de nada.

Cuando terminó, se puso la camisa, las medias, el traje y la corbata. Lo último fueron los zapatos, que tuvo que sacar de una caja prácticamente escondida en un rincón del placard. Gracias a Dios, brillaban. Apenas tuvo tiempo de una mirada en el espejo. Le gustó lo que vio. Estaba bien peinado y bien afeitado. Sin lugar a dudas, era una imagen digna para afrontar la eternidad.

Se acostó, cuidando de que la nota quedara a la vista en su mesita de luz, y cruzó las manos sobre su regazo. Le hubiera gustado tener un rosario, pero en su casa no se rezaba y, si bien debía haber alguno por ahí (algún souvenir del viaje a Roma), no podía perder tiempo en buscarlo.

Aspiró hondo y largó el aire con satisfacción. Lo había logrado. Todo estaba listo. Ahora dependía de los demás. Él ya estaba muerto. Lo supo ni bien había llegado el momento. La muerte era silenciosa, pero cuando llegaba, llegaba.



La primera en entrar fue Jimena.

—¿Qué hacés ahí, Alberto? —dijo, pasando a su lado en dirección al placard, sin reparar demasiado en él—. Me voy a pegar una ducha ya. La clase de Marcelo de esta mañana estuvo terrible.

Alberto no respondió.

—¿Te sentís mal que no fuiste a trabajar? ¿Por qué estás vestido así? No te habrás quedado dormido, ¿no?

Alberto no dijo nada.

—Alberto, ¿me estás cargando?

Jimena se acercó a la cama.

—¿Alberto?

En su tono empezaba a asomarse cierta preocupación. Fue entonces cuando vio su anotador sobre la mesita de luz de su marido. Rodeó la cama, lo agarró y leyó. Al principio se rio, no se le ocurrió otra forma de reaccionar ante lo que leía. Después, volvió a mirar a Alberto.

—¿Es una joda?

Alberto siguió sin responder.

—Alberto —dijo Jimena—, no estás muerto. Veo que estás respirando… Alberto, estás respirando. ¡Estás respirando!

Jimena se inclinó sobre su esposo y lo zamarreó. No hubo ningún movimiento. Nada.

—No podés ser tan pelotudo, Alberto. ¡No podés ser tan pelotudo!

El llanto irrumpió con violencia.

—¡Pelotudo!

Tapándose los ojos con las dos manos, Jimena salió de la habitación, dejando a Alberto Fernández, su pareja de toda la vida, sobre la cama, con el pelo un poco desprolijo como consecuencia del sacudón.



Cuando volvió a entrar, Jimena estaba escoltada por sus dos hijos: Mauro, de quince años, y Fernando, de diecinueve.

—Ahí está —dijo la mujer, señalando el cuerpo de su esposo—. En la mesita de luz está la carta.

Fernando se acercó al mueble y agarró el anotador. Leyó. A medida que lo iba haciendo, los ojos se le iban llenando de lágrimas. Cuando terminó, y sin poder reprimir una mueca, exclamó:

—¡Está muerto! ¡Papá está muerto!
—¡¿Qué?! —gritó Mauro—. ¿Cómo puede ser? ¡Lo veo respirar!
—¡Es lo que yo dije! —intervino Jimena.

Como toda acotación, Fernando le extendió a su hermano menor la libreta. Mauro leyó. Al terminar, se llevó una mano a la cabeza.

—¡No te puedo creer! ¡Está muerto!

Y empezó a llorar.

Todos lloraron, abrazados ante la cama de Alberto Fernández. Él, por su parte, no pudo evitar sonreír un poquito. Por fortuna, nadie se dio cuenta.



Los preparativos fueron pocos y rápidos. Debido a la pandemia, no se permitían reuniones que superaran las diez personas. Además, la autopsia no era necesaria. Para la casa de velatorios alcanzaba con la nota que había dejado el difunto. En ella quedaba bien en claro que lo suyo era irreversible. Alguien podía apelar, claro, y Jimena lo había pensado más de una vez, pero ya se sabía cómo iba a terminar eso. Era la palabra de los vivos contra la palabra del muerto. No había nada que se pudiera hacer. Si Alberto Fernández había escrito en la libreta que estaba muerto, entonces estaba muerto. No importaba lo que otros dijeran, porque los otros (sin importar quienes fueran) no eran Alberto Fernández.

Se organizó todo, entonces, para la mañana siguiente. La casa de velatorios haría un servicio breve e higiénico, con todos los cuidados y protocolos que la situación apremiante producida por el nuevo virus (una mutación de una mutación de una mutación del virus que golpeó a la humanidad en 2020) ameritaba. Hasta ese momento, y dado que no hacía falta la intervención de la morgue, Alberto Fernández tendría que permanecer en su casa. Ya a la mañana siguiente, un vehículo de la cochería pasaría por el domicilio y retiraría el cuerpo, para depositarlo en la sala en la que le darían el último adiós.



Antes de dormirse, Jimena intentó persuadir a su esposo de la única manera en que ella solía persuadirlo cuando las palabras no servían para nada (y, tratándose de Alberto Fernández, las palabras pocas veces servían para algo). Ya en su cama, acostada al lado de su marido, Jimena le susurró al oído: «Vas a ver cómo resucito a los muertos». Acto seguido, le desabrochó el cinturón, le abrió el pantalón y, rebuscando dentro, sacó afuera lo que ahí se escondía. No estaba del todo bien, pero tampoco estaba del todo mal. Definitivamente, no se trataba del miembro de un hombre muerto.

—Me parece que algo se resiste a morir —dijo Jimena, soltando una risita.

Empezó a jugar. Soplaba, hablaba, hasta mordió un poquito. Aquello que en un principio no estaba del todo bien se puso bien del todo. La vida afloró a la cintura de Alberto Fernández, por lo que Jimena no perdió el tiempo. Abrió la boca e hizo lo que hacía tiempo, por esas cosas de los matrimonios que ponen punto final donde no tendría ni que haber una coma, no hacía. Incluso, lo hizo como nunca antes lo había hecho, al menos con Alberto Fernández. Éste, por su parte, no se inmutó. Cuando llegó el momento final, las facciones del hombre se mantuvieron imperturbables. Si no hubiese sido por el hecho de que su boca se llenó de la vida todavía tibia de su esposo, Jimena hubiera creído que lo que decía su bloc de notas era cierto.

—¿No me vas a dar las gracias? —dijo Jimena, coqueta.

Alberto no dijo nada. Siguió ahí, con sus manos sobre un regazo que había perdido, por el momento, la seguridad de un pantalón bien ajustado.

—Andá a cagar, Alberto —concluyó Jimena, antes de ponerse de pie para ir al baño a lavarse los dientes.



Fernando se levantó a las dos de la mañana. Había soñado con un hombre que se retorcía dentro de un ataúd, a varios metros debajo de la tierra. Se había despertado todo transpirado, con la respiración entrecortada. No podía creer que su padre estuviera muerto. No podía creerlo, cuando esa misma mañana lo había visto tan bien, justo antes de que entrara al baño para afeitarse. Así era la vida. En un momento estabas bien, y al otro ya ni siquiera estabas.

Aunque su papá sí estaba, en su habitación, en la cama, junto a su mamá. Al menos por esa noche. La última noche. A partir del día siguiente, en unas horas nada más, la vida de toda su familia cambiaría para siempre. Deberían administrar la herencia, y ya no podría pedirle a su papá que intercediera por él cuando se metiera en problemas, como aquella vez en que, borracho, había sacado el auto y esa mujer se le había cruzado en el camino… Por suerte, su papá tenía contactos, contactos que desaparecerían en cuanto se cerrara la tapa del cajón. Desde ese momento tendría que dejar de mandarse cagadas. Esperaba poder hacerlo.

Se levantó de la cama y salió de su habitación. Necesitaba algo para tomar. Un vaso de agua o de Coca Cola… A decir verdad, nada le haría mejor que una cerveza.

Bajó por las escaleras, intentando no hacer ruido. El piso alfombrado contribuía, al menos, al sigilo. No quería despertar a su mamá. Ya bastante difícil sería dormir en la misma cama con un muerto, sin importar cuánto se lo amara. ¿Su mamá amaba a su papá? No lo sabía y, en rigor, no le importaba. Suponía que en ese momento no era importante, ni para él ni para nadie.

Prendió la luz de la cocina y lo que vio lo sorprendió. Ahí estaba su padre, Alberto Fernández, inclinado sobre la heladera abierta, comiendo con las manos un pedazo de carne cruda.

—¿Papá?

El aludido se dio media vuelta, con una lentitud perturbadora. No obstante, lo peor de todo era su mirada. Fernando nunca había visto una expresión así. Detrás de esos ojos, había nada.

—Perdón, no quise molestar —dijo el muchacho, apagando nuevamente la luz y regresando a su habitación.

Mientras se metía en la cama, no podía dejar de pensar en lo difícil que sería para la casa de velatorios disimular las manchas de sangre que la carne cruda, con toda seguridad, dejaría sobre la camisa de su papá.



La casa de velatorios lo hizo bien. No sólo no se notaban las manchas de sangre seca sobre la ropa de Alberto Fernández, sino que él mismo parecía más vivo que nunca. El rubor exacto sobre sus mejillas, el peinado prolijo, la cara recién afeitada… Todo permitía imaginar a un hombre de una salud de hierro. Su pecho, que se elevaba y descendía en intervalos regulares, parecía negar que la muerte pudiera vencer alguna vez a la vida.

En la sala, Jimena, Fernando y Mauro lloraban al jefe de su familia, al líder que los había guiado y protegido de manera incondicional. Por momentos, uno de los muchachos abrazaba a su madre. A veces, lo hacían los dos.

—Ahora somos nosotros tres —dijo en un momento Jimena, y los dos chicos asintieron, comprendiendo.

El resto de los dolientes ocupaba la sala, un poco más alejado del féretro. Todos llevaban su tapabocas azul, signo de eficacia en la lucha contra el virus y de lealtad hacia el Gobierno. Ahí estaba Raúl Portento, amigo personal del fallecido. También se lo podía ver a Carlos Rodríguez, compañero de aventuras financieras, y a Roberto Mariño, cliente agradecido. Una mujer, que alguien llamó Julia, lloraba en un rincón del lugar, acribillada de tanto en tanto por la mirada de Jimena. Otros tres hombres permanecían inmóviles en sus lugares, tan silenciosos como anónimos.

Cuando la ceremonia terminó (no faltó el cura que habló del Cielo, como tampoco las flores que remitieron a la tierra), los concurrentes salieron a la espera de que trasladaran el cuerpo de Alberto Fernández al cementerio, donde pasaría el resto de su no existencia.

Todos aguardaron en sus respectivos autos y todos, con la sola excepción de la mujer llamada Julia, que desapareció sin saludar a nadie, siguieron al auto de la cochería, cuando éste salió del estacionamiento. La caravana cruzó la ciudad y se internó en el cementerio, donde un rectángulo abierto en la tierra los esperaba.

La ceremonia en el cementerio fue todavía más ágil y rápida que la ceremonia en la casa de velatorios. El cielo amenazaba con lluvia, y ninguno de los presentes quería mojarse. Jimena fue la primera en tirar un manojo de tierra sobre el ataúd. Fernando fue el segundo y Mauro, el tercero. Después de eso, se abrazaron una vez más. Y así se fueron, abrazados.

A los pocos minutos, el cielo abrió las compuertas de su imperio y la lluvia cayó a raudales.
Ya nadie quedaba para mojarse.



Alberto Fernández percibió primero un golpe sobre la tapa del ataúd. Al rato, siguieron otros dos, prácticamente iguales. Después de eso, nada más por un buen tiempo, hasta que un millón de golpes distintos amenazaron con dejarlo sordo. La conciencia de lo que ocurría a su alrededor (o arriba de él, mejor dicho) le llegó gracias al agua que empezó a filtrarse en el interior del cajón.

«Hijos de puta», logró pensar, «no sellaron bien la tapa».

Poco a poco, sintió cómo se mojaba su traje azul marino, primero en la zona de las piernas, después en la de los brazos. A ese ritmo, estaría todo inundado en pocos minutos.

Alberto Fernández dejó, por fin, de respirar. Sus pulmones se llenaron de agua antes, incluso, de que sus gritos dejaran de rebotar en el espacio abierto del cementerio.

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