ENJAMBRES O LA HUIDA, ¿IMPOSIBLE?

Pedro A. Curto





¿Se puede huir de un mundo amenazado por el caos y la violencia? Eso es lo que tratan de hacer un grupo de cinco jóvenes marchándose a la cabaña de un bosque en la última novela de Edgar Borges, “Enjambres”.

Desde las comunas hippies a las ruralistas actuales, comunidades religiosas como los amish, con una u otra filosofía o de manera particular, son bastantes los que se han planteado alejarse en mayor o menor medida, de unas sociedades y de unas estructuras sociales en que la vida se degrada hasta el punto de hacerse invivible. Es, como alguno indica en la novela, un camino intermedio entre el cinismo y el suicidio. La huida puede ser parcial o definitiva, limitada o radical, particular como los protagonistas de la novela, pero que en general tienen una carga de idealismo y pureza que suele darse de bruces con unas realidades poliédricas. Y eso es lo que va ocurriendo a los protagonistas de “Enjambres”.

En la huida al bosque hay una carga infantil, su propio concepto del bosque lo es, pero no hay posibilidad de recuperar la infancia, y por otra parte esa infancia no es un espacio en blanco como a veces se pretende. Como se dice ahora, los jóvenes que se van al bosque tienen mochila: familias, frustraciones, miedos, deseos, el orden que se establece en el grupo, el orden exterior… la violencia de la que huyen también está dentro, aunque se manifieste de otras formas. En este sentido la novela es una interesante indagación sobre el grupo: “Siempre me he preguntado por qué a los seres humanos nos cuesta ver más allá del grupo. (…) El grupo es único nosotros que nos interesa. (…)Creo que nuestra mirada solo admite dos opciones: nuestro grupo o los otros grupos.” En ese grupo se reconocen, buscan una identidad, se defienden del exterior y de unos problemas heredados, pero al mismo tiempo están atrapados y como en todo colectivo se establecen unas relaciones de poder y dominación. El grupo de los cinco jóvenes se presenta como un elemento de ruptura, de maduración, sin saber muy bien que representa eso y se percibe un deseo de no repetir los esquemas de lo precedente. Es el “matar al padre” como ejercicio simbólico de ruptura con las estructuras de otro grupo, el clan familiar. Una “muerte” que uno de los jóvenes confiesa haber deseado. Y como toda entidad que se construye frente a unas determinadas estructuras que lo condicionan, lo nacional, lo patriótico, que tan en boga se encuentra en la actualidad, no sale muy bien parado: “La estupidez era el vínculo nacional que unía a todos sus compatriotas aún sin ellos saberlo.” Tampoco el encargado del orden, de combatir la violencia de las bandas, un poder que se percibe como una sombra, se presenta así: “-Con el sagrado poder que el estado me confiere.”

En sus novelas Edgar Borges sitúa las historias en los extrarradios sociales y geográficos, pero se trata de un distanciamiento brechtiano para adentrarse en las centralidades de nuestras sociedades, hablar de lo general, desde lo particular. En la novela “Enjambres” mantiene esta metodología, aún cuando aparecen nuevos elementos. Y se vuelve a reafirmarse, a modo de metáfora, el papel liberador del arte y la cultura, del propio lenguaje: “Para él la única forma de no caer en el suicidio ni en el cinismo es defendiendo los principios éticos de la palabra.”

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