BALCONES

Lucas Berruezo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mientras tomaba su café, Micaela, sentada a la mesa del living, miraba hacia el ventanal de su departamento. Ahí, del otro lado, estaba el balcón, como una lengua de cemento que se asomaba a la noche. Al principio, en estos tiempos de pandemias y de reclusiones forzadas, los balcones se habían convertido en el espacio de las manifestaciones, del contacto con los otros (entre vecinos del mismo edificio, de edificios distintos o, incluso, de veredas opuestas); lugares de elogio y de apoyo, de repudio y de crítica. Los balcones, de pronto, se instauraron como el escenario de lo posible. Las calles, en cambio, pasaron a ser el símbolo de la muerte, de la desolación, de lo prohibido.

Por un tiempo, al menos. Micaela sabía que a esa concepción le quedaban pocos días, si es que no había desaparecido del todo ya.

Le dio un sorbo a su café. Su casa estaba en silencio, con ese mutismo sepulcral tan irreconocible. Una semana atrás, todo hubiese sido ruidos, música, llantos y risas. Una semana atrás, cuando aún vivían Emmanuel y Samantha, ella hubiese estado, a esa hora, rogando por un poco de paz. Micaela se preguntó cuántas viudas habría dejado, hasta ese momento, la pandemia. Suponía que muchas, aunque no de veintiocho años, como ella. El virus se había llevado a miles, pero en su mayoría eran hombres y mujeres mayores. Viejos. Después había aparecido la otra pandemia, la nueva, la que afectaba a personas jóvenes, la que la identificaba a ella como una viuda de esposo y de hija. La pandemia para la que no se podría inventar ninguna vacuna.

Los suicidios empezaron como casos aislados, uno acá y otro allá. Se presentaban en mayor medida cuando el presidente anunciaba una nueva extensión de la cuarentena. Sin embargo, desde las últimas semanas se habían multiplicado de una manera alarmante. «Lo que pasa es que el suicidio es contagioso», le había dicho Emmanuel, unos días antes de caer por el balcón, «van a tener que hacer algo, sino nos vamos a terminar matando todos».

Qué loco que dijera eso.

Los balcones… El lugar que los suicidas elegían para consumar sus deseos de autodestrucción. Hubo casos de suicidios diferentes (una chica se había reventado la cabeza contra la pared, otra se había cortado las venas en la bañera, un hombre había comido veneno para ratas), pero los balcones se llevaban todos los premios. En algunos casos, de hecho, las calles habían quedado «alfombradas de cuerpos», como les gustaba decir a los periodistas. Por esto mismo, los ciudadanos de muchas partes del mundo ya no salían a aplaudir. Las personas paradas ante las barandas no se veían como seres llenos de esperanza, sino como probables suicidas (en muchos casos, verdaderos suicidas).

Micaela se puso de pie y se acercó al ventanal. Lo abrió. De afuera entró un viento fresco, que sacudió las cortinas. Sintió que podía escuchar los gritos. Y los golpes. Los golpes de los cuerpos al dar contra el cemento. Habían caído juntos, abrazados, pero mientras Emmanuel se había clavado en el pavimento, Samantha, despedida de los brazos de su papá, había rebotado varias veces. Las noticias distinguieron a Emmanuel de entre todos los muertos de ese día. La razón era obvia, su esposo había sido el único en llevarse a su hija con él. Se habló de locura, de desesperación. Ella, Micaela, se convirtió, de golpe, en una víctima, en una pobre mujer.

Se asomó. Los balcones vecinos estaban vacíos, tantos los que la rodeaban como los que se veían en los edificios de enfrente. Igual que aquella tarde. Todo vacío. Las luces de los interiores aumentaban la sensación de desolación de esos minúsculos rectángulos de cemento. Miró para abajo, para la calle, iluminada por las luces LED. Todo desierto, como si la ciudad se hubiera convertido en un lugar fantasma. Como Chernóbil, después del accidente. Pensó en tirarse, cómo no. Siempre pensaba en tirarse. Cada día, a cada hora.

Volvió a entrar, dejando el ventanal abierto a sus espaldas.

Se acercó a la mesa, donde la seguía esperando su café, a medio terminar. Mientras se sentaba una vez más, se preguntó cuántos serían los muertos de ese día por el virus y cuántos por la ola de suicidios. Los números, que en un comienzo habían sido muy distintos, empezaron a asemejarse cada vez más. Algunos especialistas ya afirmaban que llegaría el momento en que la muerte autoinducida superaría a las víctimas de la enfermedad. Todavía no pasaba eso, pero no tardaría. El ser humano, en definitiva, siempre era su propio peor enemigo.

Un nuevo sorbo. El café ya se estaba enfriando.

Cerró los ojos. Trató de recordar los sonidos de la felicidad: Samantha, llorando porque no quería hacer la tarea; Emmanuel, haciendo bromas por no tener sexo en cuarentena («te equivocaste de cuarentena», le decía todo el tiempo, sonriendo pero en serio, tranquilo pero enojado, «la cuarentena del sexo es para después de parir, no para los virus»). Podía escucharlos en el living vacío. Escucharlos con el corazón, con la mente, con los ojos, pero no con los oídos. Sus oídos habían quedado reservados para los gritos, los de ella desde el balcón, los de los vecinos de los balcones cercanos, los de las pocas personas que en ese momento estaban caminando por la calle.

Como si se tratara de un intruso despreciable, aquella tarde regresó con toda la fuerza de un trauma.

Ella decía que tenía miedo.

Él le pedía que se tranquilizara.

Que estaba poniendo mal a Samantha.

Pero no podía.

No podía tranquilizarse.

No podía.

No era solamente el virus.

Era la plata.

La plata no iba a alcanzar.

Todo se iba a ir a la mierda.

De su trabajo la iban a echar.

No podrían pagar el colegio de Samy.

Ni la Obra Social.

Ni la comida.

Emmanuel decía que iban a poder pagar todo.

Que su trabajo era seguro.

Nadie lo echaría a él ni le dejaría de pagar.

Sus clientes eran fijos y su servicio, necesario.

Que se tranquilizara.

Que pensara en otra cosa.

Que ocupara su tiempo (que ahora sobraba) en algo que le hiciera bien.

Constructivo.

Placentero.

Que les hiciera bien a los dos.

Como el sexo…

Micaela terminó lo que le quedaba de café de un trago y dejó la taza sobre la mesa. Le temblaba la mano tanto como los labios. También podía sentir que le latía un ojo. El sexo… No entendía por qué, pero cuando escuchó a Emmanuel hacer ese comentario todo se tiñó de rojo. La ira tiene ese color, rojo. Lo descubrió esa tarde. Ella que le decía que estaba mal, que el futuro era una cueva llena de dientes, y él que le salía (una vez más, como siempre) con el sexo. Sexo en cuarentena… ¿Qué si no lo hacían? ¿Qué si no lo habían hecho ni una puta vez desde el comienzo del puto encierro?

Después de eso, de ese comentario de mierda, de ese mundo convertido en una gran gelatina roja, ella no había podido pensar más. Había visto cómo Emmanuel agarraba a Samantha y se la llevaba a upa al balcón, para «mirar la calle y tomar aire». Lo odiaba también por eso, por poder levantar a su hija a upa. Hacía años que ella ya no podía. Samantha pesaba demasiado. También odió a la nena, por aferrarse al cuello de su papá con los dos brazos. Junto con el upa, habían desaparecido los abrazos. Su hija ya no la abrazaba. Pero a su marido sí, a él sí, como en ese momento, en que, con sus brazos alrededor de su cuello y su cara apoyada en su hombro, la miraba…

Como culpándola.

A ella, que lo había dado todo.

Que ahora podía perderlo todo.

Para ella no había abrazos.

Sólo reproches.

Reproches de esos dos.

Que ya estaban en el balcón.

Abrazados.

Mirando para abajo.

Mirando hacia la calle.

Tomando aire.

Micaela había corrido como una furia. El cuerpo de su marido nunca le había parecido tan liviano, tan inestable, tan fácil de empujar. Después, empezaron los gritos: los suyos primero, los de los transeúntes después y, por último, los de sus vecinos que, encerrados en sus departamentos, tardaron en salir.

Ahora, Micaela tenía poco para hacer: pararse, agarrar la taza y llevarla a la cocina.

No mucho más.

El mundo ya no era rojo, aunque la cueva, todavía, estaba llena de dientes.

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