CANIBALISMO RITUAL: “Las autobiografías son literatura fantástica”

José Luis Barrera

 

 

 

 

 

Las autobiografías son la literatura fantástica de la vida cotidiana y, por eso, hay que leerlas. Incluso las malas son buenas pues, pese a estar travestidas realidad, en cada línea hay una carga tremenda de fantasía que, probablemente, si su autor hubiese tenido la intención de transformar en novela, habría fracasado. La fabulación involuntaria es el encanto de los textos de no-ficción.

Efectivamente, periodistas y personas de diversos ámbitos —desde políticos hasta actrices pornográficas— han acometido la tarea de contar la vida. Sin querer —o, a veces, queriéndolo—, deslizan entre los hechos, detalles que nunca ocurrieron o, al menos, interpretaciones que, como todas, responden a una subjetividad impertinente ―responsable de que dos personas describan un mismo evento de formas diametralmente opuestas.

García Márquez dijo que la vida no es como se la vivió, sino como se la recuerda; de modo que cualquiera de nosotros, hijos de vecina contumaces, creamos literatura cuando el influjo de nuestras obsesiones y miedos tamizan las vivencias. Las anécdotas que contamos a nuestros amigos son, efectivamente, retazos de un cuento que, sin sospecharlo, estamos escribiendo dentro de nuestras cabezas. Tarde o temprano, esta «falsa» vivencia sustituye a la realidad, y no solo la nuestra, sino la de los que nos rodean.

He leído autobiografías de todo tipo: estrellas de cine, escritores, delincuentes, chulos y hasta emperadores. Nunca me he aburrido. Es el único género al que no he abandonado; en otros, lo admito, sí ha sucedido que la decepción o la indisciplina, me han obligado a despachar más de un libro, pero en las autobiografías, jamás. Y es porque se trata de jugosas fábulas involuntarias.

Estos libros son la comedia humana de Balzac, pero en clave de «reality show». Diablos y ángeles desfilan por sus páginas desnudos de ropajes políticamente correctos. Cerebros con complejos y dudas se derriten entre tinta china para contar verosímiles utopías psicosociales.

A menudo, los puristas se indignan y se dedican a hacer «fact-checking» de estas obras, pero a pocos les importa porque la realidad es un cuento tan absurdo que hasta las vidas de ellos se hunden en el mar de la ficción.

Hace días, cerré el libro «Servicio completo» de Scotty Bowers, celestino de las estrellas de Hollywood, que proveyó de consuelo sexual a la fauna de California durante cuarenta años. Su libro ―en realidad, el resultado de meses de entrevistas que Lionel Friedberg registró y organizó para convertirlas en algo casi novelesco— no es una joya literaria, pero en cada párrafo desfilan las victorias y frustraciones de artistas que se ven perfectos en el celuloide, aunque en sus camas, dudan y aman igual que cualquier otro mortal.

Así como esta, otras autobiografías nos permiten hurgar dentro del cráneo de aquellos a los que admiramos y/u odiamos. Aún más: nos permiten vestirnos con sus pieles y vivir sus cuentos en primera persona.

La Literatura, es cierto, responde a un trabajo concienzudo, lleno de correcciones y borrones; sin embargo, no es solo eso, también es sangre, bilis, vida en estado puro… En ese sentido, leer autobiografías es como asomarnos al torrente de materia bruta con la que se hace el artificio escritural, equivale a ver el oro recién extraído de la roca y que, con suerte, se convertirá en una joya de muchos quilates.

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