Si hoy es viernes, mañana soy un asesino

Francisco José Segovia Ramos

 

 

 

 

El mismo día había tenido dos noticias; una buena, y otra mala. La buena era que había terminado su máquina del tiempo. La mala, que su mujer tenía un amante. Decidió dar un uso a su invento. Viajaría al futuro, al día siguiente, sábado, y mataría a su mujer y al amante. Luego volvería a su presente. Tendría la coartada perfecta porque ese sábado, a la misma hora del crimen, estaría dando una conferencia en la ciudad. Fue al dormitorio, programó la hora y el día, y se colocó el casco del tiempo. Inmediatamente todo se difuminó a su alrededor para volver inmediatamente a tomar forma: frente a él, sobre la cama, se solazaban su esposa y un joven atlético. Sacó el arma y les disparó. En ese instante escuchó un sonido a su espalda: una puerta que se cerraba. ¡Alguien lo había visto cometer el crimen! Con rapidez disparó dos, tres veces, y las balas atravesaron la puerta del dormitorio. Escuchó el sonido de un cuerpo que caía. No tuvo tiempo para más porque la máquina del tiempo, programada para hacerlo regresar en dos minutos, lo llevó de nuevo al viernes anterior. Solo en su domicilio, comenzó a tener serias dudas de que el desconocido testigo al que había disparado hubiese sobrevivido y testificase en su contra. Decidió regresar al sábado, pero cinco minutos antes, para descubrir quién estaba en la habitación aparte de los dos asesinados. Se situó en mitad del pasillo y se colocó el casco. De nuevo el aparato funcionó correctamente. Buscó por toda la casa, aunque sin encontrar a nadie. Desesperado, se acercó hasta el dormitorio. Quizá el intruso estaba dentro, como un voyeur. Abrió con cuidado la puerta y asomó la cabeza: frente a él, su esposa y un joven hacía el amor y, justo entonces apareció él mismo, de espaldas, procedente del pasado, con una pistola en la mano. Vio como les disparaba y los mataba. Aterrado, comprendió entonces todo. Cerró la puerta, pero esta dio un chasquido y lo delató. Tres balas atravesaron la madera y golpearon su cuerpo. Mientras se desangraba y agonizaba, un último pensamiento atravesó su mente antes de morir: era irónico que él mismo se hubiese asesinado en un acto de justicia poética.

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