Marcel Proust en la Feria del Libro

Miguel Ángel De Rus

 

 

 

 

Marcel Proust resucita durante unas horas para venir a firmar a la Feria del Libro de Madrid. Está en la caseta, sudadito, quizá debido a su abundante indumentaria de dandi de comienzo del siglo XX.

Anhelando salir de su hastío, el escritor pretende entablar conversación con una muchacha –con cara y expresión de vivir en un arrabal de la ciudad y que mira las portadas igual que una vaca pudiera contemplar un tractor–. El escritor la observa detenidamente y dice una frase ingeniosa para comprobar si comparte intereses con ella: “El hallazgo afortunado de un buen libro puede cambiar el destino de un alma”. La muchacha  se sobresalta al escucharle y se aleja con pasos rápidos. El elegante escritor se dice que no tiene nada que ver con el recuerdo de aquella muchacha de la que se enamoró mientras ella servía el café en un tren.

Al cabo de unos minutos de paseantes aburridos y adormecidos, se le acerca un matrimonio mayor (de Carabanchel Bajo, tienen una carnicería), él les ofrece su libro con una sonrisa. El señor se da la vuelta porque le pica un testículo, la señora le mira con desconfianza, mira después la portada del libro, vuelve a detenerse en el rostro, y le dice:

–Pues yo a ti no te conozco de nada…

Marcel Proust cierra los ojos y piensa “Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: ‘Ya me duermo’». Y en ese momento desaparece de la caseta, se desvanece como uno de esos personajes fantásticos de moda en el cine más popular.

La señora se coloca el escote, se le escapa un eructito, y grita de repente al marido. “Mira, ahí esta el cocinero ese de la tele” y salen al trotecillo.

Marcel, de vuelta al negro sepulcro de mármol del cementerio del Père–Lachaise piensa “podría ser peor” y ante las preguntas curiosas de un compañero de muerte, responde con desgana “A veces estamos demasiado dispuestos a creer que el presente es el único estado posible de las cosas”, lo cual deja pensativo al otro muerto.

Es agradable el día en el cementerio, piensa, y antes de volver a su sueño eterno, afirma bajito “La felicidad es saludable para el cuerpo, pero es la pena la que desarrolla las fuerzas del espíritu”. Y cierra los ojos.

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