“DIGNIDAD DE ANIMALES SIN DUEÑO”

Pedro Villalón

 

 

 

… Con este verso terminaba un poema del último libro de José Pastor “Cuaderno de Veredas”, que hace tres años sacó a la luz Piedra Papel Libros, esa editorial entusiasta que solo aparece en sitios entusiastas.

En esta época doméstica, hay en esos animales sin dueño, gatos callejeros capaces de aguantar el hambre, el frío y la soledad, con tal de preservar su libertad y su, extraña palabra en nuestros tiempos, dignidad, toda una forma de mirar el mundo.

HABLAR DESDE UNO MISMO – Me alegro cuando me cuentan que este otoño verá la luz una nueva hornada de poemas bajo el título de “Cuando los trenes paraban en todas las estaciones”, de la mano de la Editorial Versátiles. Repaso algunos de esos textos que han ido apareciendo en su blog “librosyaguardientes.blogspot.com”, esas botellas con mensajes que lanza al mar desde las montañas del sur y que de vez en cuando llegan a buen puerto.

Me dejo mojar por los poemas. A veces habla de lo que hace cualquier tarde, o de lo que ve pasar, otras reacciona con rabia frente a lo oído, o se deja jugar con las palabras.

No importa que los poemas hablen o no de él, cambien de tema o paisaje, de forma o protagonista, hay siempre en ellos un tono familiar, una coherencia de fondo. La coherencia que da la mirada personal. La coherencia que da no el hablar de si mismo sino el hablar desde uno mismo.

Se ve a las claras que el que les escribe ocupa un lugar en el mundo, en este mundo, y es desde allí desde donde mira, juzga, repudia, sueña, goza o está jodido.

“…somos los últimos
no somos nada
los olvidados
los perdedores…
somos la última bala de un revolver
con el que no sabemos a quien disparar
somos los últimos
los que no tenemos fin
los que no tenemos solución
ni la queremos”

Y en ese lugar en el que habitan estos poemas, desde el que miran el mundo, yo me siento en casa, podría ser mi hogar, su rabia podría ser la mía, su cansancio el mío, sus sueños los míos.

Por supuesto que en esto no hay nada nuevo, al contrario, es lo más viejo del mundo, aunque a veces se olvide. En la escuela nos enseñaron que la lírica era la expresión de los sentimientos personales, hablar de lo que uno siente. Lástima que también nos fueran haciendo aprender una retahíla de ideas, sentimientos y conductas precocinados y estereotipados que fatalmente entorpecen el afluir del sentimiento libre y personal sepultado bajo la mascara de la corrección social.

“…haz ruido y deja de vivir al pie de la letra
desmonta el metrónomo el diapasón el reloj el calendario…”

Estos poemas se complacen en despreciar esa máscara, en hablar desde las tripas, hablar para decir algo, no para pavonearse en demostrar lo hábil que se es diciendo lo ya dicho, sino por una necesidad de comunicar. Y, al menos conmigo, esa comunicación funciona, leo y asiento viendo reflejado lo que siento en esos renglones que me cuentan lo que otro siente.

Tal vez sea esa capacidad de mezclar lo personal y lo general lo que más me atrae de los poemas de este tipo. José Pastor habla de lo suyo pero raramente es un chapas, de su particular es fácil elevarse a un nuestro compartido, y su alegría o su desazón puede ser fácilmente la del que lee…

“…si no llevas la bolsa de Judas repleta
si no sabes reírte de los chistes de siempre
si no tienes un dios un amo una bandera
una mujer un trabajo “

LAS PALABRAS JUSTAS – Ese engañoso escribir como se habla. Las palabras cotidianas, las frases escuetas, funcionales, aunque a veces baje la guardia y algo como tirando a embellecido se cuele en el tono del poema, algún dulce adjetivo, alguna ensoñación, inevitables momentos en que la buena gente, el amor o su falta, el paisaje, nos hacen bajar la guardia.

Que no os engañen sus gruñidos, ese tipo es un optimista, o sea un inconformista, sediento de tragos de vida. Un buen bebedor que huye la mala bebida.

“…porque la huida es otra forma de sobrevivir
de resistir
de volver al camino
de viajar
con los bolsillos vacíos”

Lo que no encontrareis será juegos verbales, no hay metáforas, no se juega con el sonido de las palabras, ni con su orden, no aparecen palabras inusuales, ni se alude a algo no nombrado, ni se sugieren simbolismos velados. Aquí las cosas se llaman por su nombre.

No se trabaja con el sonido o la forma de las palabras, sino con lo que nombran. Con las ideas de los protagonistas, con el sentido de su vida, con comparaciones entre vidas y situaciones, con enumeraciones, con paradojas, con contraposiciones de mundos y actitudes. Con la ironía que desmonta la mascara de seriedad de comportamientos y palabras. A veces con la melancolía.

“…la niñez, cuando todo se curaba con mercromina y un beso
la adolescencia cuando todo se curaba con unas risas y unos morreos
la juventud cuando aprendimos que no todo se cura…”

Sí, sí, ya sé que la melancolía no es ningún recurso de escritura, que es un estado de ánimo, un tono que todo lo envuelve, pero ese tono marca el carácter de bastantes poemas de este nuevo libro.

Esos poemas breves, contundentes como un buen blues, que abundaban en sus libros anteriores han dejado sitio a textos más largos, más juguetones y discursivos. Los poemas rabiosos conviven con otros en los que ha dejado huella la resaca de vivir.

¿Qué hemos de pensar quienes tanto gustábamos de esos breves latigazos cargados de dinamita cerebral? ¿Habrá envejecido el maquinista, abandonado la locomotora, estará soñando con viejas singladuras en el vagón de cola?

Leemos con calma, respiramos aliviados. No, el maquinista sigue empleando las palabras justas. Más palabras quizás, con un ritmo más pausado, pero colocadas en su justo lugar, justamente definidas, en su justo orden, con su ritmo justo hasta llegar al buscado final. Todo el buen hacer del maquinista Pastor se demuestra aquí. Guiar las acciones y las ideas del poema con un trayecto claro, una ruta con sentido, siguiendo las vías para decir algo, para llegar al andén deseado.

No, el maquinista sigue despierto, en su puesto, ha dejado las vías rápidas, se complace en guiar por viejas vías abandonadas, entre taludes llenos de hierba, por viejos viaductos entre aldeas. A veces gira la cabeza, ve perderse en cola la estela de los raíles sobre los prados y piensa en pasadas travesías.

“…somos todas las batallas perdidas
y toda lucha que rehuimos
somos todas las caricias no dadas y no recibidas
“no somos nada”
tan solo agua pasada
memoria de lo que no fuimos”

ESTACIONES ABANDONADAS – Quién no se ha sentido alguna vez una estación abandonada, esperando inútilmente un tren que no volverá a pasar.

Se asume que se habita en una vía muerta. Alguien, desde la central decidió cortar el tráfico, olvidarse de nosotros. El abandono no es sólo geográfico, es social, lugares abandonados, gente olvidada, maneras de ser dejadas al margen.

“Cuando los trenes paraban en todas las estaciones” habla de algo parecido a eso, habla de la gente, de mucha gente que tenemos la sensación de habernos quedado en una eterna sala de espera olvidada.

“…su tabernero, un viejo guardagujas anarquista,
sus viejos ferroviarios merendando escabeche y vino
su estufa de carbón
sus fotografías en blanco y negro de viejas locomotoras
su poster de camarón
y su orujo blanco y clandestino para brindar por un buen viaje
hacía años que aquella línea férrea se había abandonado
y allí el tiempo se había detenido
pero todavía era un sitio vivo
y un buen lugar
para recuperar fuerzas
para todos aquellos que perdimos el último tren.”

Una sala de espera donde uno puede encontrar la mejor gente, una sala de espera que puede ser un buen refugio.

En esa sala de espera el trabajo de José Pastor, esa tenaz labor que adivino en esos poemas de sencilla apariencia, esos poemas que nos pasa como quien pasa un cigarro o una botella en un corro de amigos, me han sido útiles para templar la mente y afinar la mirada.

No se escucha allí la música del fatalismo. Tan sólo hace balance de sus heridas, asumiéndolas, orgulloso de ellas como los viejos piratas, sin dejar de tirar para adelante o de hacer un alto en su refugio.

“…hacemos el amor
sin bandera blanca
porque rendirse no es una opción”

Hubo un tiempo en que el tipo humano que habita en estos poemas era moneda corriente, era la sal de la tierra. ¿Qué ha pasado? Hubo un tiempo, quizás aún lo sea. Aunque aislados, fuera de las grandes rutas, en cualquier rincón, en cualquier camino, en pequeños grupos o solitarios, manteniendo encendido el fuego de la vida.

“… el fuego de la chimenea
el blues de Robert Johnson
un libro de Avelino Hernández
una botella de vino tinto de Corral de Castro
( y mañana no madrugo )
todo parece estar en equilibrio
y pienso que esto es la vida
no las grandes victorias
sino las pequeñas
derrotas”

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