Los destellos vitales: unas palabras acerca “Polvos ilegales, agarres malditos”

José Luis Barrera

Dark Iris №2Georgia O’Keeffe (1887-1986)

 

 

 

En nuestra humanísima forma de entender el tiempo creemos que se trata de una línea que va del pasado al futuro. Sin embargo, aquello es una mera percepción al menos en lo que respecta a la vida, que más bien es una colección de fragmentos brillantes que se encadenan con eslabones oscuros de convencionalismo.

Así, si usted, lector, hace el ejercicio de analizar su vida se percatará de que solo puede recordar con claridad los momentos de triunfo y los de derrota o ―lo que es lo mismo― de felicidad y tristeza, mientras que el resto, lo más largo y prescindible, que puede traducirse en las horas que se prepara para la gloria o el fracaso lavándose los dientes o desayunando pan con queso, se han hundido en el río del olvido.

En ese sentido “Polvos ilegales, agarres malditos” de Fernando Morote (Piura, 1962) captura la esencia de la vida de forma magnífica porque no construye una novela larga y morosa, sino que la hace fragmentaria ―los vanguardistas europeos armaron monstruos deliciosos con esta forma de literatura―, enfocándose en, justamente, una de las actividades que conjugan, en segundos, derrota y triunfo: el sexo.

Y es que tener sexo es delicioso, pero también trágico porque, como los espejos de Borges, el lecho ―o dondequiera que se haga el amor― reproduce humanos pero también porque, pese a que el orgasmo es un chispazo de alegría, deja la sensación de orfandad cuando ella o él se levantan de la cama y se marchan apagando con un portazo, y casi con vergüenza, los ruidos de la felicidad.

El sexo es tabú por eso. No tiene que ver con pecados originales o los miedos de las abuelas, sino con la soledad, porque nuestra búsqueda desesperada de placer, igual que la de los yonquis, esconde una tremenda insatisfacción, además de la certeza de que igual, sin importar lo que hagamos, seremos vencidos por el abandono.

“Polvos ilegales, agarres malditos” es una crónica fragmentaria o un “collage” de los amores clandestinos, que a menudo son los mejores aunque también los más fugaces; y de los legales, aquellos a los que nos entregamos por miedo a la fugacidad de los otros. Cada página es una colección de orgasmos tristes que tienen todo menos el brillo de los fuegos artificiales con los que la “gente de bien” sueña por culpa de los guiones melosos de las telenovelas. Es real, es terrible, es como la vida: vertiginosa y dolorosa, pero inevitable.

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