Francisco José Segovia Ramos

Dicen que se murió de golpe, casi sin esperarlo. Sólo, en mitad de la inmensa cama que fue, a la vez, su propio ataúd, agonizó mientras miraba el techo de la habitación, la lámpara brillante repleta de telarañas de cristal, el propio retrato de la pared de enfrente, los doseles que le rodeaban, la ventana humedecida por su propio aliento.
Quiso estar sólo en sus últimos momentos. Eso dicen o, quizá, nunca estuvo acompañado. Sus manos, temblorosas, apenas podían estar quietas sobre su pecho, y su respiración, entrecortada, no era sino un preludio de la expiración final. Sus ojos, en cambio, vivos hasta el instante último, miraban más allá de su horizonte limitado: infancia, adolescencia, sueños y esperanzas, desafíos y derrotas, olvidos y necedades. Hay cristales que matan, oscuros como algunas almas, espesos como la cordura que se perdió buscando objetivos estúpidos.
Murió en soledad, triste y desconsolado. Murió rodeado de riquezas y asediado por falsos amores, enfrentado a sus propios miedos y acosado por las memorias que se agolpan en los postreros segundos.
Dicen que era inmensamente rico. No lo creo: sólo tenía dinero. Dinero y una terrible necesidad de haberse sentido útil.
