Diario de una vagabunda [Fragmentos]

Fumiko Hayashi

 

 

VIAJAR SOLA

Día de diciembre

Asakusa es estupendo.
Asakusa es un sitio al que siempre es bueno venir.

Yo soy la Kachusha de vida errante que gira y gira en medio de las luces que se mueven a un ritmo acelerado.
Mi cutis está duro como la cerámica, ya que por largo tiempo no me he dado ninguna crema. Yo, que me emborracho con sake barato, no le tengo miedo a nadie.

¡Je, je, je! Soy una mujer ebria.

Si me emborracho, soy una bebedora llorona. Las manos y los pies se me entumecen y parece que se me van a desprender. ¡Qué sensación tan agradable!
Como el mundo es demasiado absurdo, si no bebiera alcohol, no podría vivir poniendo cara seria.
Aquel hombre se enredó con otra mujer. ¿Y qué significa eso? La verdad, me entristece, pero el sake me dice: «No me interesa el ancho mundo».
Cuando las luces de la ciudad se apagan y todo se oscurece, mientras pego mi cara deforme a la pared de la barraca que hace las veces de cine, pienso: «A partir de mañana estudiaré».
La banda de música dentro del cine se oye como si saliera de un sueño. Soy demasiado joven y no sé por qué motivo estoy desesperadamente hastiada de mí misma.
Quiero tener más años rápidamente y escribir algo excelente.
Es bueno tener más edad.
Cuando de improviso me veo a mí misma totalmente ebria, como una farsa de monos en la calle, me avergüenzo y quiero cubrirme la cara con una toalla al caminar.

Asakusa es un buen sitio para beber sake.
Asakusa es fantástico, aunque ya haya pasado la borrachera.

¡Un vaso de sake dulce fermentado por cinco céntimos! ¡Un vaso de bebida dulce de an por cinco céntimos! ¡Una brocheta de pollo de dos céntimos! ¡Qué manjares tan simples!

Los estandartes de la barraca del teatro flotan como peces de colores. En uno de ellos leo el nombre del hombre a quien amé tiempo atrás, ja, ja, ja… Con su voz de siempre se burla de mí.
Que les vaya bien a todos… El cielo nocturno que no veía desde hace tantos años es frío. El material de mi chal es una mezcla de rayón. Como si alguien me hubiera puesto la mano en el hombro, el viento que pasa penetra fácilmente en mi piel.

.

Día de diciembre

Para una mujer propensa a la soledad, no hay mejor consuelo que fumar un cigarrillo en la cama por la mañana. El humo color púrpura que flota formando anillos es hermoso. La luz del sol da de lleno en mi cabeza y pido que hoy ocurra algo bueno.

Mis quimonos tan usados, rojo, negro, rosado, amarillo, están desparramados por toda la habitación de tres tatamis, ya que vivo sola y libre. Yo, adormilada, soy una pequeña tortuga en un rincón soleado.

Trabajar en un cabaré o un restaurante es fastidioso; más que eso, preferiría sacar un puesto de oden. No me importa que alguien se ría o hable mal de mí. ¡Frente a esa gente danzaré arremangando mi quimono rojo hasta mostrarle las nalgas! Pondré un puesto y, de algún modo, daré un cambio a mi vida poniendo punto final a este año.

Konnyaku, ¡qué rico! Cortado en trozos gruesos… Quisiera disfrutar la textura de un mordisco… Ganmodoki, chikuwa, tsumire. Oden con mostaza picante, comerlo acompañado de sake, espinacas ligeramente cocidas muy verdes… Sacaré fuerzas.

Cuando llego hasta cierto punto, me desmorono y quedo aplastada. Aunque sea algo insignificante, fantasear con una cosa como el oden me hace sentir feliz como una niña.
No puedo recurrir a mis padres en busca de ayuda porque son pobres. Aunque trabaje acá y allá, únicamente me puedo comprar uno o dos libros al mes, lo demás se esfuma en comer y beber. He alquilado un cuarto minúsculo, pero, aunque vivo con lo mínimo necesario, mis reservas también se han agotado.

Ante mi situación económica tan apurada, cubierta de tinieblas sin salida, ni nada, hasta considero el convertirme en una ladrona.
Pero, como soy corta de vista, pienso que me van a atrapar a la primera, y de pronto me parece gracioso y me río de tal manera que las frías paredes retumban con fuerza.

Intentaré hacer algo, quiero dinero… Mi ilusión turbia se ahoga fácilmente en el mar de mis sueños. Duermo como un tronco hasta el atardecer.

.

Día de diciembre

Kimi vino a proponerme que buscáramos de nuevo un buen trabajo juntas. Nos llevamos un pequeño recorte de periódico y tomamos un tren de la línea nacional con dirección a Yokohama.

Cuando el cabaré en el que trabajábamos hasta hace poco perdió los clientes, Kimi renunció junto conmigo, regresó al lado de su esposo en Itabashi y se quedó allí durante mucho tiempo.
Su marido tiene treinta años más que ella. La primera vez que la visité en Itabashi pensé que se trataba de su padre. Esa familia era un embrollo, que si la madre adoptiva de Kimi, que si sus hijos. A mí todo eso me fastidia. No puedo entender su relación.

Kimi nunca menciona nada de eso.
A mí me duele preguntarle tales cosas.

Ambas guardamos silencio y al bajarnos del tren salimos hacia la colina mientras admirábamos el mar de un azul intenso.
—Hacía muchísimo tiempo que no veía el mar…
—Hace frío…, pero el mar es hermoso…
—Sí, tienes razón. Cuando veo este mar tan masculino, me dan ganas de desnudarme y zambullirme en él. ¿No te parece que es como si el color azul se hubiese vuelto líquido?
—¡Es verdad! Inspira temor…

Dos hombres occidentales cuyas corbatas ondeaban al viento estaban sentados en un escalón del embarcadero y contemplaban el mar agitado.
—El hotel está allí.
Lo que los rápidos ojos de Kimi habían descubierto era una pequeña taberna parecida a una casa blanca para patos. En la ventana deforme del piso superior había una manta llena de manchas expuesta al sol azul. Mi desencanto fue indescriptible.
—¡Vámonos!
—¿Así es ese hotel?
En el porche del hotel, una mujer hermosa vestida con un quimono carmesí acariciaba un perro negro y se reía sola alegremente.
—Me he llevado un chasco…
De nuevo, las dos, en silencio, miramos el mar frío y extenso allá en la lejanía.
¡Ojalá me convirtiera en pájaro!
Ha de ser emocionante viajar llevando una pequeña maleta… El peinado redondo de Kimi, parecido al de estilo japonés, quedó arruinado por culpa del viento. Se veía enternecedora, como un sauce en un día de nieve.

.

Día de diciembre

¡El viento canta en el blanco cielo!
Es el mar invernal maravillosamente helado.
Aun un loco se atolondraría,
se despertaría al ver ese vasto océano.
Hasta Shikoku sigue esta línea recta.

Una manta, veinte céntimos; una golosina, diez.
El camarote de tercera clase está en plena ebullición,
como una olla que cuece lochas
a punto de irse al infierno.

Las olas salpican, salpican como lluvia.
Contemplo el blanco cielo, en la lejanía.
En la mano, el monedero con once céntimos.

¡Ay! Quiero fumar un cigarrillo Bat.
Aunque yo grite: ¡oh!,
el viento sopla y mi grito se va perdiendo.

En el albo firmamento veo
grande, enorme
el rostro del hombre que me hizo tragar vinagre.

¡Ay! ¡Es un triste viaje sin compañía!

Boo, boo, silba la máquina de vapor como si meciera el fondo del estómago. Algunos pequeños remolinos se remansan en el color plomizo y uno a uno desaparecen allende el mar. El viento helado de diciembre sopla hacia mí gimiendo y hace que el cabello de mis sienes de mi peinado ichōgaeshi, alborotado, se quede pegado a mis mejillas.
Meto ambas manos dentro de la apertura de las axilas de mi quimono y, al oprimir tranquilamente mis senos, el tacto de mis pezones fríos incita algunas lágrimas dulces sin razón aparente.
¡Ah! ¡Todo me ha derrotado!
Estoy lejos de Tokio y, mientras voy navegando sobre el mar azul, los rostros de los hombres y las mujeres con quienes de alguna manera me he relacionado, asoman uno a uno entre las nubes blancas.

El cielo de ayer era tan azul que, tras mucho tiempo, me hizo añorar mi tierra. Me vi obligada a abordar el tren de vapor.

Esta mañana ya estoy en el mar abierto de Naruto.

—¡Señorita! ¡Ya está listo el desayuno!
Al amanecer no había nadie en la cubierta. Mis fantasías agrietadas, a fin de cuentas, le dieron la espalda a mi pueblo y corrieron en dirección a la capital.
Debido a que mi pueblo viaja errante, no era particularmente necesario regresar triunfante, pero no sé por qué me colmó una sensación de melancolía.
Volví al camarote de tercera clase, oscuro como un sótano, y me senté sobre mi manta. Sobre la mesita de laca desconchada reposaban unas algas hijiki cocidas y una sopa de miso insípidas.
Bajo la media luz de las lámparas me metí entre la multitud de actores itinerantes, los peregrinos y las mujeres de los pescadores que llevaban a sus niños. Yo también sentí algo así como la nostalgia de los viajes.
Como iba peinada al estilo ichōgaeshi alguna anciana me preguntó:
—¿De dónde viene?
Y algún hombre joven indagó:
—¿Hacia dónde va?
Una madre joven que dormía junto a su niño pequeño de unos dos años cantaba en voz baja una canción de cuna que yo ya había oído antaño en mi pueblo errante.

Duerme, niño,
duérmete.
Mañana levántate temprano.
El viento de la costa es frío,
duérmete temprano…

Sí, en efecto, viajar es maravilloso. En vez de perder el ánimo en un rincón de esa ciudad sucia, sentirme así tan renovada, poder respirar libremente y sin preocupaciones. A pesar de todo, vivir es algo bueno.

.

Día de diciembre

Abro la puerta corredera que está totalmente amarilla debido al humo y, mientras veo en silencio la nieve que sigue cayendo y que desaparece en cuanto toca el suelo, olvido todo, absolutamente todo.
—Mamá, este año la nieve ha llegado muy pronto, ¿no?
—Sí.
—Papá también debe de estar sufriendo por el frío.
Ya han pasado más de cuatro meses desde que se fue a Hokkaido. Se fue demasiado lejos y el trabajo no marcha como esperaba. Será la próxima primavera cuando regrese a Shikoku, dice la carta de mi padre. Aquí también está bastante helado.
A medida que el frío arrecia, en las hileras de casas bajas del pueblo de Tokushima, el olor del caldo para los fideos udon se vuelve más fuerte. El agua del río que corre por el pueblo empieza a exhalar vapor ligeramente.
Poco a poco fueron disminuyendo los huéspedes que se alojaban allí. Mi madre se resistía a encender la lámpara de su hostal.
—Cuando hace frío, la gente no se mueve de sus lugares…

Mis padres y yo, que no teníamos un pueblo natal propiamente dicho, nos habíamos establecido finalmente en Tokushima. En una esquina de este pueblo de mujeres hermosas, cerca de un bonito río, abrimos un viejo hostal para viajeros. En ese pueblo yo había pasado casi un año.
Pero eso fue cuando aún era una niña… Ahora, este hostal está completamente en ruinas y se ha convertido en el trabajo suplementario de mi madre.
Abandoné a mi padre, abandoné a mi madre, durante mucho tiempo vagabundeé por Tokio, me fatigué y regresé aquí y, cuando vacié un cajón del desvencijado armario, aparecieron antiguas cartas de amor mal escritas, fotografías donde luzco un enorme peinado redondo. Poco a poco resucitan los hermosos sueños del pasado que recuerdo con añoranza.
¡Todo era maravilloso! La sopa de fideos chinos de color amarillo de Nagasaki, los cerezos del templo Senkō-ji de Onomichi, la canción de Jōgashima que aprendí en Niyugawa.
Cuando en el fondo del armario aparecieron varias hojas amarillentas de mis torpes bocetos de la época en que comencé a aprender dibujo, me vi a mí misma como alguien de un mundo completamente distinto.

Por la noche, cuando estaba en el kotatsu, un matrimonio que tenía una habitación alquilada cantaba una triste balada para pasar el rato y tocaba la guitarra redonda. El antiguo instrumento resonaba con monotonía.
Fuera la nieve caía, mezclada con aguanieve, produciendo un sonido solitario.

.

Día de diciembre

Al cabo de muchos días, el tiempo mejoró, como es deseable a la orilla del mar.
Una pareja de recitadores de naniwa-bushi se hospeda aquí desde hace dos o tres días. Ambos traen enrollada al cuello una bufanda negra y, cuando se marchan por la mañana temprano, solamente quedamos mi madre y yo en la cocina amplia y tiznada. Ella está asando unas sardinas.
¡Ah! Ya estoy aburrida de la provincia otra vez.
—No te vayas tan lejos. ¿Qué tal si te casas aquí…? Hay alguien que dice que quiere tomarte como esposa…
—¿Eh? ¿Quién?
—Su familia tiene un negocio de galletas de arroz en Shōgoin, Kioto. Es el sucesor. Ahora está aquí y trabaja en la municipalidad… Es un buen partido.
—¿Qué me dices…?
—¿Me entrevistaré con él? Suena interesante.
Todo eso es pueril y divertido.
Me convertiré en una joven provinciana. Me sonrojaré como una doncella inocente al servirle el té. No estaría mal que, por una vez en la vida, interprete ese papel.
Mientras sube y baja el cubo del pozo cuya polea rechinaba, mi corazón siente impulsos como los de una jovencita.
¡Oh, oruga de la pasión! Experimento el deseo de chuparle toda la sangre a un hombre como si fuera una sanguijuela.
Ansío la piel masculina del mismo modo que ansío un futón cuando la temperatura es gélida.

¡Me iré a Tokio!
Por la tarde, durante el paseo y sin saber cómo, mis pasos me llevan hasta la fachada de la estación. Mis ojos se humedecen mientras veo los horarios del tren.

.

Día de diciembre

Cuando el hombre desató el cordón de sus zapatos rojizos y entró, tuve la extraña sensación de estar a punto de enfermar del estómago y, justo frente a él, fruncí las cejas.
—¿Cuántos años tienes?
—¿Yo? Veintidós.
—Umm…, entonces yo soy mayor.

Tenía cejas espesas y labios gruesos. No sé por qué su cara me parecía conocida, pero no pude recordar. De repente, me puse contenta y sentí ganas de silbar.

Era una noche de luna hermosa y las estrellas flotaban en lo alto.
—¿Te acompaño hasta ahí…? —pregunté.
Extrañamente, el hombre daba la sensación de sosiego.
Pasamos por debajo de la bandera nacional que habíamos olvidado guardar y salimos a la calle iluminada por la luna. En ese momento pude expulsar de una vez el aire viciado.
Caminamos una calle, dos calles, sin que ninguno de los dos dijera nada. Cosa extraña. Percibí tristemente el agua del río y me sentí indigna.
Quisiera prender un fuego y quemar a todos los hombres.
Aunque sea, me enamoraré de Buda… Buda, el de Namu Amidabutsu. Curiosamente tiene una mirada seductora y en los últimos tiempos se mete en mis sueños.
—Entonces, adiós. Que consigas una buena esposa.
—¿Eh?
Hombre querido, la gente de la provincia es estupenda.
¿Entendería mis palabras o no?
Se alejó hacia el barrio vecino y la luna proyectó su larga sombra.

Mañana haré mi equipaje y saldré de viaje… Al ver la lámpara de la entrada del hostal que dice: «Alojamiento» encendida después de tanto tiempo, de repente sentí un gran amor hacia mi madre, como si me hubieran golpeado la cabeza, y contemplé la lámpara, que parecía el ojo de una lechuza con la cabeza ladeada.

—Está helado… ¿No quieres un poco de sake?
En la sala de estar, mi madre y yo, sentadas una frente a la otra. Me puse alegre con una botellita de sake y de pronto me di cuenta de lo precioso que son los padres. Es fabuloso ser madre e hija. Miré a mi madre llena de arrugas con una tranquilidad sin obstinación.
Me pareció penoso y cruel partir de nuevo, dejando a mi madre bajo ese techo tiznado y plagado de ratones.
—Me desagrada ese tipo.
—Pero dicen que es un hombre de buen corazón…
¡Una comedia triste!
Escribiré una carta para que todos mis amigos de Tokio me echen de menos.

.

1925

.

.

HERIDA ANTIGUA

Día de enero

El mar estaba blanquísimo.
Ese día yo partía hacia Tokio,
llené una cesta con la primera cosecha
de mandarinas verdes,
desde la costa de Shikoku abordé el Tenjin-maru.

El mar estaba irasciblemente agitado,
pero el cielo brillaba como un espejo.
El color carmesí del faro es tan intenso
que los ojos escuecen.
Desecharé sin remordimiento
la tristeza fastidiosa de la isla.
El viento helado me pegó como una barrena,
vi un velero navegando a lo lejos.

El blanco océano de enero y
la fragancia de las primeras mandarinas
me hicieron sentir desconsolada como una mujer
que fuera a ser vendida ese día.

.

Día de enero

El cielo salvaje amenaza nieve.

Sobre la mesita de la mañana había sopa de miso blanco, tofu seco cocido y sojas negras; todo producía una sensación acuosa en el paladar. Solo tengo recuerdos tristes de Tokio. Mejor intentaré vivir en Kioto o en Osaka…
Estaba tumbada en el piso superior de un hostal barato en el monte Tenpō, mientras con nostalgia oía un gato que maullaba.
¡Ay! ¿Vivir es así de complicado? Mi cuerpo y mi alma están totalmente exhaustos.
El futón miserable, sucio y nauseabundo como tripas de pescado.
El viento golpea el mar con fuerza, el rumor de las olas es fuerte.
Soy una mujer hueca… No tengo ni habilidad ni riqueza ni belleza para vivir.
Solo me queda mi cuerpo lleno de sangre apasionada.
Cuando estoy aburrida, doblo una pierna y giro sobre mi eje dentro de la habitación.
Mis ojos alejados durante largo tiempo de la lectura, deletrearon la frase procaz del cartel pegado en la pared: «Desde un yen la noche».
Anochecer… Empieza a nevar lentamente.
Aunque mire hacia allá o hacia acá, solo se ve el cielo de una vida errante. ¿Volveré de nuevo a mi tierra en Shikoku? Este es un hostal muy sombrío, como para ratones.

Vieja herida, bajo el manto del amor,
tomo sake para aliviar la resaca.

Es una noche en la que quiero quedarme quieta disfrutando del sake.
Clavando la vista en una sola tarjeta postal, mientras garrapateaba un haiku que aprendí alguna vez, me acordé de los rostros de mis múltiples amigos de Tokio.
Son las caras de gente, toda ella, ocupada en sus propios asuntos.

¡Boo, boo! Al escuchar el silbato del barco, abrí la ventana de par en par y dirigí un llamado al puerto sumido en la noche nevada.
Dormitan algunos barcos de luces azules encendidas.
Ellos y yo somos vagabundos.
Nieve, nieve, la nieve cae. De pronto recuerdo con cariño al hombre objeto de mi primer amor, que se fue lejos y que nunca antes había venido a mi mente.
Era una noche como esta.
Él entonó la canción de Jōgashima.
También cantó «Campanas silenciosas». En el mar de Onomichi, de grata memoria, el oleaje no estaba tan agitado.
Bajo el manto con el que los dos nos cubríamos, frotamos dos fósforos para iluminarnos. Él miró mi cara y yo la suya. Ni siquiera nos besamos. Fue una separación inesperada.
Ya han pasado siete años desde que recibí su última carta en la que me decía: «¡Mujer que te precipitaste en línea recta!». Ese hombre hacía comentarios sobre la pintura de Picasso y amaba la poesía de Kaita.

Sentí dolor por la mano dura que me golpeaba repetidamente la cabeza mientras gritaba: «¡Qué tal esto! ¡Todavía no!», «¡Qué tal esto! ¡Todavía no!».
En algún sitio se oye un shamisen. Me quedo sentada con la mirada perdida silbando durante mucho tiempo.

.

Día de enero

¡Bien! Volveré a empezar de nuevo, con las manos vacías.

Al salir por la puerta de la agencia de empleo de la ciudad, subí al tren con dirección a Tenma.
El lugar al que me enviaron era un comercio de mantas al por mayor. Como era graduada de la escuela secundaria femenina, me contratarían como oficinista. Mientras contemplaba las calles grises que se sucedían una tras otra, pensé que Osaka también era un sitio interesante.
Parece que es bueno trabajar en un lugar donde no se conoce a nadie.
Los sauces secos mueven sus troncos y se mecen a lo largo del río.

El comercio de mantas al por mayor era más grande de lo que esperaba.
La tienda se extendía hacia el fondo y la fachada era ancha, oscura como una concha. Los siete u ocho empleados tenían una palidez enfermiza y trabajaban de pie atareados.
El pasillo era bastante largo y la sala de estar, pequeña y cómoda, al gusto de la gente nacida en Osaka, donde todo está bien cuidado y lustroso. Allí me encontré cara a cara con la anciana dueña por primera vez.
—¿Por qué te has venido de Tokio para aquí?
Yo le había dicho que era originaria de Tokio, lo primero que se me había ocurrido, así que por un instante no supe qué contestar.
—Porque aquí está mi hermana mayor…
Al decir esto, de nuevo, como siempre, me sentí completamente molesta. Solo era cuestión de tiempo que me negaran el trabajo.

La apacible sirvienta llegó trayendo un plato con hermosas golosinas y té.
Yo llevaba mucho tiempo sin probar el té ni nada dulce.
En el mundo hay familias afables como esta.
—¡Ichiro!
Llamó la señora con suavidad. Desde el cuarto de al lado, un hombre sereno, de unos veinticuatro o veinticinco años, al parecer su hijo, entró bruscamente.
—Esta persona nos ha hecho el favor de venir…
El joven amo, delgado como un actor, me miró con sus ojos brillantes.
No sé por qué tuve la sensación de haber llegado allí para sentirme avergonzada. Mis piernas empezaron a entumecerse. Un mundo que me era demasiado ajeno.
Me invadió una sensación de querer alejarme de allí cuanto antes.
Cuando regresé al hostal para pescadores en el monte Tenpō ya estaba oscuro y había numerosos barcos.
Recibí una tarjeta de Kimi, desde Tokio.
«¿Por qué tardas tanto? Regresa de inmediato. Hay un trabajo interesante». No importa en qué situación tan desdichada se encuentre, Kimi siempre está animada. Después de tanto tiempo también yo me lleno de energía.

.

Día de enero

Aunque pensaba que no lo lograría, finalmente me admitieron en el negocio de mantas al por mayor.
Pasados cinco días dejé el hostal barato del monte Tenpō. Despreocupada, con tan solo una cesta, como un perrito al que van a adoptar, me fui a vivir a la tienda de mantas.
Aun durante el día en el cuarto del fondo permanece encendida una lámpara de gas que crepita. En la oficina desierta, sueño con frecuencia cosas absurdas mientras rotulo un montón de sobres. Muchas veces, cuando algo me sale mal y cometo un error, me doy palmaditas en la cara.
¡Vaya! Creo que me voy a convertir en fantasma.
Cuando veo con detenimiento mis manos bajo la luz azul de la lámpara, me doy cuenta de que cada una de mis uñas se ha puesto amarilla y mis dedos se ven transparentes como si fueran gusanos de seda.

Al dar las tres, en la tienda sirven té y galletas de canela en gran cantidad.
Los dependientes son nueve en total. Entre ellos hay seis aprendices que salen a repartir los pedidos, por lo que todavía no sé quién es quién.
Hay dos sirvientas, Kuni, la de menor rango, e Ito, la de mayor jerarquía.
La cara de Ito es somnolienta, como la de una antigua sirvienta de palacio.
Las mujeres de la región de Kansai tienen ademanes suaves y no se sabe en absoluto qué es lo que están pensando.
—Viene usted desde lejos. ¿No siente tedio aquí…?
Ito inclinó su cabeza, llevaba un peinado momoware apretado, y mientras tiraba del hilo con fuerza. Cosía una tela que parecía antigua y que yo nunca había visto.
Ito fue quien me dijo que Ichiro, el joven amo, tenía una esposa que estaba a punto de cumplir diecinueve años. La joven se había ido a una segunda casa en Ichioka para dar a luz, por lo que la casa estaba demasiado silenciosa, como si le faltara alma.

A las ocho de la noche se cierra la puerta principal, y los nueve empleados se retiran a algún sitio, o bien desaparecen de uno en uno.
Como si las tratara con consideración, estiro libremente las piernas sobre el futón duro con sábanas bien almidonadas y miro el techo fijamente. Empiezo a sentirme miserable y siento compasión de mí misma.

En la cama donde duermen juntas Ito y Kuni, las almohadas de madera negra, que parecen geta altas, están una al lado de la otra. El juban largo y rojo de Ito, que a la mitad era de una tela diferente, había sido arrojado sobre el futón.
Como haría un hombre, fijé mis ojos en ese quimono interior rojo durante mucho tiempo. Son las últimas en bañarse, no hay risas, ni voces de las dos jóvenes mujeres. Únicamente se oye el chapoteo del agua caliente.

Me gustaría acariciar las hermosas manos blancas de Ito de vello suave. Tuve la sensación de haberme convertido en hombre y en mi mente me hice la ilusión de que amaba a Ito vestida con ese juban largo y rojo.
¡Ay! Si yo fuera hombre amaría a todas las mujeres del mundo… Las mujeres traen desde lejos un aroma de flores en silencio.
Cerré los ojos mojados de lágrimas y volví la frente apartándola de la luz deslumbrante.

.

Día de enero

Ya hasta me he acostumbrado a las gachas de arroz mezclado con batatas de las mañanas.
La sopa de miso rojo que se sirve en Tokio es exquisita. Cortan la colocasia delgadita y se hace sopa de miso con hojas de espinaca komatsuna. Es riquísima. También es delicioso comer uno tras otro los pedazos de salmón salado asado despegando la pulpa.
Mirando el sol, que parece una rodaja de nabo, mientras hago mi trabajo en la oficina, fantaseo con un sabroso arroz con té acompañado de algo salado. Toda mi imaginación se vuelve vaga e infantil.

Cuando llegaba la época de la nieve, sufría porque me salían sabañones en los dedos de los pies.
Por la tarde, me escondía de la gente a la sombra de un montón de cajas apiladas y me rascaba los pies furiosamente. Los dedos se me ponían calientes y rojos, se me inflamaban tanto que me daban ganas de clavarles una aguja y me sentía martirizada sin remedio.
—¡Uy…! ¡Qué sabañones tan espantosos!
Exclamó con sorpresa Kenkichi, uno de los dependientes principales, que se había asomado.
—Lo mejor para los sabañones es frotarlos con una pipa encendida.
Y diciendo esto, el joven dependiente zafó con fuerza el tubo lleno de tabaco, repetidamente chupó la pipa y frotó el cuenco en mis dedos rojos como ampollas.
Hasta en medio de esta gente que solo habla de ganancias hay una cordialidad como esta.

.

Día de febrero

Mi madre me decía con frecuencia: «Tú naciste con la estrella de oro del siete rojo: es el oro de un biombo dorado, por lo que debes dedicarte a un trabajo pulcro». Sin embargo, el trabajo refinado pronto me aburre.
Lo triste de mi naturaleza es que soy poco constante, apocada, la gente pronto me agobia, me cuesta trabajo trabar amistad… Quiero gritar con todas mis fuerzas en donde no haya nadie, me impaciento.
Escribiré poemas buenos.
Escribiré poemas alegres.
Leo con gusto De Profundis, el único libro que tengo de Wilde.

En medio de la lluvia gris de noviembre estaba rodeado de una turba que se mofaba de mí. […] Para quienes se encuentran en la prisión, las lágrimas son parte de sus experiencias cotidianas. El día en que los que están allí no lloren será porque su corazón se ha endurecido y no porque su corazón esté feliz.

Cuando en las noches veo estas palabras, mi corazón se aflige de verdad. ¡Amigos! ¡Familia! ¡Vecinos! No sé por qué, me puse triste y eché de menos a los amigos que se burlaban de mí francamente.
¡Bendito sea también el amor de Ito!
Por la noche, cuando me estaba bañando, miré fijamente la claraboya, y las estrellas brillantes se desbordaron. Yo sólita miré las estrellas con detenimiento, como si de pronto recordara algo que casi había olvidado.

La juventud de mi cuerpo está en razón inversa a mi corazón decrépito. Tendí mis brazos enrojecidos por el agua caliente y extendí mi cuerpo a lo largo de la bañera. De repente sentí mi feminidad.
¡Me casaré!
Aspiré profundamente el olor de los polvos para la cara. Me retoqué las cejas, me pinté los labios con un tono intenso y sonreí con candor al fantasma dentro del espejo en el pilar.
Me gustaría ponerme una peineta de madreperla, ponerme una cinta de color rosa y hacerme un peinado de moño.
Fragilidad, tu nombre es mujer. Al fin y al cabo soy una mujer envilecida por el mundo. ¿No habrá algún hombre hermoso…?
¿Cantaré la canción de la Provenza de tan grata memoria? Con el corazón ardiente, serpenteé como un pez dentro de la bañera.

.

Día de febrero

Las calles están llenas de estandartes rojos que anuncian las ventas de primavera.

Recibí una carta de Natsu, amiga de la época de la escuela femenina, y me dieron ganas de abandonar todo e irme a Kioto.
Al leer la carta que decía: «Debe de haber sido bastante penoso, ¿verdad?», contesté para mis adentros: «No, en absoluto». La correspondencia de una joven afectuosa es buena para quien la recibe, aunque no se sea hombre. Cosa extraña, huele a niño de pecho, a algo que despide un agradable aroma.
Esta es una carta de Natsu, que se graduó en la escuela conmigo. Durante ocho años, entre nosotras se abrió una distancia de cientos de kilómetros.
Natsu no se ha casado y practica la piedad filial pacientemente como excelente ayudante de su padre, pintor de cuadros de estilo japonés.
Es una carta hermosa que provoca mis lágrimas. Aunque sea solo por poco tiempo, quisiera ir a su lado, mi buena amiga, y hablar de tantas cosas…

Pedí un día de descanso y a contracorriente del viento helado, que casi me congelaba la nariz, fui a Kioto.

Eran las seis y veinte de la tarde.
Natsu fue a recibirme a la estación; un chal negro y suave cubría su rostro pálido.
—¿Me has reconocido?
—Sí.
Unimos nuestras manos frías en silencio.
Me había imaginado que Natsu llevaría un quimono rojizo, por lo que su aspecto me resultó inesperado. Parecía una viuda, todo en ella tenía un color negruzco. Únicamente sus labios llamaron fuertemente mi atención.
Eran unos labios hermosos como una camelia.
Tomadas con fuerza de la mano, como dos niñas, caminamos por las calles brumosas de Kioto hablando de cosas absurdas.
En el escaparate de la tienda a la entrada de la calle comercial Kyōgoku, que permanecía igual que en el pasado, estaban los bellos sobres que en otros tiempos habían agitado nuestros corazones.
Cuando bajamos tranquilamente por la calle de Kyōgoku, en una callejuela transversal encontramos un restaurante de fideos udon llamado Kikusui; después de mucho tiempo estuvimos cara a cara bajo la luz de la lámpara. Aunque yo vivo sola y soy pobre, Natsu vive a costa de su padre. Naturalmente, no recibe mucho dinero para sus gastos personales, por lo que nos mostramos mutuamente nuestros monederos y comimos sopa de udon con tofu frito.
Con esa sensación de abrir totalmente nuestros corazones, propia de las estudiantes, las dos nos aflojamos el obi del quimono y comimos otro tazón de fideos.
—No hay nadie que se haya mudado tantas veces como tú. En mi libreta de direcciones, la tuya es la única que he escrito una y otra vez.
Natsu me miraba sin parpadear con sus grandes ojos negros.
Yo tenía un enorme deseo de ser mimada.

Nos aburrimos de ver la fuente del parque Maruyama.
Caminamos muy cerca una de la otra, como si fuéramos dos enamoradas.
—El monte Toribe en otoño era fantástico, ¿verdad? Las hojas caían y las dos fuimos a visitar la tumba de Shun y Denbee. ¿Te acuerdas?
—¡Vamos a verla!
Natsu, sorprendida, abrió los ojos
—Tienes dificultades por ser así.

Kioto es una ciudad maravillosa.
Allá, por los árboles, la densa niebla de la noche se extiende y unas aves nocturnas cantan pii, pii.

Justo frente a la casa de Natsu, en Shimogamo, había un puesto de policía. Una luz roja estaba encendida.

Pasamos por debajo de la linterna colgante del portón y sin hacer ruido subimos a la planta alta. En ese momento, resonaron a lo lejos los tañidos pausados de la campana de un templo.
En lugar de hablar con detalle de cosas molestas, guardaré silencio… Cuando Natsu fue al piso inferior a buscar fuego, yo me apoyé en la ventana y di un gran bostezo profundo.

.

1926

Una respuesta a “Diario de una vagabunda [Fragmentos]

  1. Pingback: TRAMPLED UNDER FOOT. Catálogo de autores y obras: Literatura asiática | Periódico Irreverentes·

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .