Los extranjeros

Carson McCullers

 

 

En agosto de 1935 un judío viajaba solo en uno de los asientos traseros de un autobús de línea en dirección sur. Caía la tarde y llevaba de viaje desde las cinco de la mañana. Eso quiere decir que había salido de Nueva York al amanecer y, con la excepción de algunas necesarias paradas breves, llevaba muchas horas esperando con paciencia, en su asiento trasero, a llegar a su destino. Quedaba tras él la gran ciudad, aquella maravilla de inmensidad y complicado diseño. Y el judío, que había iniciado a hora tan temprana su viaje, llevaba consigo un último recuerdo de una ciudad extrañamente vacía e irreal. Había caminado solo por las calles desiertas con las primeras luces del día. Hasta donde alcanzaba a ver se alzaban los rascacielos, de color amarillo y malva suave, nítidos y puntiagudos, recortándose como estalagmitas contra el cielo. Había escuchado el sonido tranquilo de sus propios pasos y por primera vez había oído en las calles de aquella ciudad las precisas inflexiones de una sola voz humana. Pero incluso en aquellos momentos persistía la sensación de multitud, la sutil advertencia de la furia estridente de unas horas que llegarían muy pronto, la agitación, el forcejeo constante en torno a las puertas de los vagones del metro, el inmenso rugido de la jornada en la ciudad. Tal era, por tanto, su última impresión del lugar que había dejado atrás. Y ahora, ante él, se presentaba el Sur.

El judío, de unos cincuenta años de edad, era un viajero paciente, de estatura media y apenas por debajo del peso normal. Como la tarde era cálida se había quitado la chaqueta oscura y la había colgado cuidadosamente del respaldo del asiento. Llevaba una camisa azul a rayas y pantalones grises a cuadros. Y con aquellos pantalones más bien gastados se mostraba cuidadoso casi hasta la obsesión, alzándose la tela de las rodillas cada vez que cruzaba las piernas y sacudiéndose con el pañuelo el polvo que entraba por la ventanilla abierta. Aunque no había ningún pasajero a su lado, se mantenía siempre dentro de los límites de su asiento. En la rejilla encima de su cabeza descansaban una fiambrera de cartón y un diccionario.

El judío era una persona observadora, y ya había estudiado con interés a cada uno de sus compañeros de viaje. En especial se había fijado en los dos negros que, si bien habían subido al autobús en puntos muy distantes, llevaban toda la tarde hablando y riendo juntos en el asiento de atrás. También contemplaba con interés el paisaje. Tenía un rostro sereno —aquel judío—, frente alta y blanca, ojos oscuros detrás de gafas con montura de concha y una boca pálida, más bien tensa. Y aun tratándose de un viajero paciente, de un hombre de gran compostura, tenía una costumbre molesta. Fumaba sin descanso y mientras lo hacía apretaba despacio el extremo del cigarrillo con el pulgar y el índice, frotándolo y sacando hebras de tabaco, de manera que con frecuencia el pitillo le quedaba tan irregular que se veía obligado a cortar el extremo antes de volvérselo a colocar entre los labios. Sus manos presentaban ligeros endurecimientos en las puntas de los dedos y estaban desarrolladas hasta un estado de delicada perfección muscular: eran manos de pianista.

A las siete acababa de iniciarse el largo atardecer del verano. Después de un día de luz deslumbradora y de calor, el cielo se había suavizado hasta alcanzar un tranquilo azul verdoso. El autobús recorría una polvorienta carretera sin asfaltar con muchas curvas, flanqueada por anchos algodonales. Fue allí donde se hizo una parada para recoger a un nuevo pasajero, un joven que llevaba una maleta barata de hojalata recién estrenada. Después de un momento de incómoda vacilación, se sentó al lado del judío.

Buenas tardes, señor.

El judío sonrió —porque el joven tenía un rostro agradable, tostado por el sol— y respondió al saludo con voz suave y un acento no muy marcado. Durante algún tiempo fueron las únicas palabras que intercambiaron. El judío miraba por la ventanilla y el joven lo miraba tímidamente a él por el rabillo del ojo. Luego el judío tomó la fiambrera que estaba en la rejilla encima de su cabeza y se preparó para cenar. Dentro del recipiente había un sándwich de pan de centeno y dos tartaletas de limón.

¿Quiere acompañarme? —preguntó cortésmente.

El joven se ruborizó.

Vaya, muy agradecido. Verá, cuando he llegado a casa tenía que lavarme y no he podido cenar. —Su mano bronceada se cernió indecisa sobre las dos tartaletas hasta que eligió la más pegajosa, que además estaba un poco aplastada por los bordes.

Tenía una voz musical y cálida, con las vocales muy alargadas y enmudecidas las consonantes finales.

Los dos comieron en silencio con la lenta satisfacción de quien conoce el valor de los alimentos. Luego, cuando terminó su tartaleta, el judío se humedeció las puntas de los dedos con los labios y procedió a limpiárselas con el pañuelo. El joven le estuvo observando y lo imitó con mucha seriedad. Anochecía. A lo lejos apenas se distinguían ya los pinos y, a lo largo del camino, había luces que parpadeaban en las aisladas casitas al fondo de los cultivos. El judío había estado mirando con interés por la ventanilla y, finalmente, se volvió hacia el joven y le preguntó, con una inclinación de cabeza hacia los campos:

¿Qué es eso?

El joven forzó la vista para mirar por encima de los árboles a la lejana silueta de una chimenea.

No se lo puedo decir con seguridad desde aquí —respondió—. Podría ser una desmotadora o incluso una serrería.
Me refiero a eso que crece ahí fuera.

El joven estaba desconcertado.

No entiendo de qué me habla.
Las plantas con las flores blancas.
¡Acabáramos! —dijo el sureño muy despacio—. Eso es algodón.
Algodón —repitió el judío—. Por supuesto. Tendría que haberlo sabido.

Luego se produjo una larga pausa durante la cual el joven contempló al judío con asombro y fascinación. Varias veces se mojó los labios como disponiéndose a hablar. Después de meditar un rato, sonrió cordialmente y asintió con la cabeza en un gesto teatralmente amistoso. Y acto seguido (Dios sabe echando mano de qué experiencia en un café griego de algún pueblo perdido) se inclinó de manera que su cara quedó sólo a unos centímetros de la del judío y dijo con un acento muy forzado:

¿Es usted oriundo griego?

El judío, desconcertado, negó con la cabeza.

Pero el joven asintió y sonrió de manera más marcada aún. Luego repitió la pregunta en voz muy alta.

Digo que si es usted oriundo griego.

El judío se echó para atrás en el asiento.

Le oigo perfectamente. Pero no entiendo esa expresión.

El crepúsculo estival tocaba a su fin. El autobús había dejado la carretera polvorienta y viajaba por otra, asfaltada ya, pero sinuosa. El cielo era de un intenso azul oscuro y la luna muy blanca. Los algodonales (que pertenecían quizá a alguna plantación enorme) habían quedado atrás y ahora, a ambos lados de la calzada, la tierra estaba en barbecho. En el horizonte, los árboles formaban una franja de negrura bajo el azul del cielo. El aire tenía un tono azul lavanda oscuro y la perspectiva era extrañamente engañosa, de manera que los objetos que estaban lejos parecían cercanos y las cosas próximas, distantes. El silencio se había adueñado del autobús. Sólo se oía el latido vibrante del motor, tan constante que con el tiempo apenas se advertía.

El joven tostado por el sol suspiró. Y el judío lo miró rápidamente a la cara. El sureño sonrió y preguntó a su vecino en voz baja:

¿Dónde está su hogar, señor?

El judío no tenía una respuesta inmediata a aquella pregunta. Sacó hebras de tabaco del extremo del cigarrillo que fumaba hasta dejarlo demasiado deshecho para seguir utilizándolo, y entonces aplastó la colilla contra el suelo.

Tengo intención de establecerme en Lafayetteville, la ciudad a la que me dirijo.

Aquella respuesta, cuidadosa e indirecta era la mejor que podía dar. Porque debe entenderse de inmediato que no se trataba de un viajero ordinario: no era vecino de la gran ciudad que había dejado atrás. La duración de su viaje no había que medirla en horas, sino en años; no en cientos, sino en miles de kilómetros. E incluso tales mediciones sólo serían precisas en un sentido. El viaje de aquel fugitivo —porque el judío había huido de su hogar en Munich dos años antes— se parecía más a un estado de espíritu que a una sucesión de viajes reducible a mapas y horarios. Detrás de él había un abismo de inquieto deambular, de suspense, de terror y de esperanza. Pero de todo aquello no podía hablar con un desconocido.

Yo sólo voy a un sitio que está a doscientos cincuenta kilómetros —dijo el joven—. Pero nunca me he alejado tanto de mi casa. El judío alzó las cejas en manifestación de una cortés sorpresa.
Voy a visitar a mi hermana, que sólo lleva un año casada más o menos. Tengo la mejor opinión del mundo de esta hermana mía y ahora… —Vaciló y pareció rebuscar en la memoria alguna expresión exquisita y delicada—. Se encuentra en estado interesante. —Sus ojos azules se clavaron dubitativos en el judío como si dudase que una persona que nunca había visto un algodonal pudiera entender aquel otro fundamento del orden de la naturaleza.

El judío asintió con la cabeza y se mordió el labio inferior para no echarse a reír.

Está casi a punto y su marido tiene que ocuparse de cosechar el tabaco. Así que he pensado en ayudarlos un poco.
Espero que todo vaya bien —dijo el judío.

Aquí se produjo una interrupción. Ya era noche cerrada y el conductor detuvo el autobús en el arcén y encendió las luces del interior. La repentina claridad despertó a una niña que había estado durmiendo y que se puso nerviosa. Los negros del asiento de atrás, que llevaban mucho tiempo callados, reanudaron su lánguido diálogo. Un anciano situado en los asientos delanteros que hablaba con la vacía insistencia de los sordos empezó a bromear con su acompañante.

En esa ciudad a la que va, ¿ya están sus parientes? —preguntó el joven.
¿Mi familia? —El judío se quitó las gafas, empañó los cristales con el aliento y procedió a limpiarlos con la manga de la camisa—. No; se reunirán allí conmigo cuando me haya instalado; mi mujer y mis dos hijas.

El joven se inclinó hacia adelante para descansar los codos en las rodillas y abrazarse la barbilla con las manos. Con la luz eléctrica, su rostro parecía redondo, sonrosado y cálido. En el breve labio superior le brillaban gotas de sudor. Sus ojos azules tenían aire soñoliento y había algo infantil en la manera en que el sudor le pegaba a la frente el flequillo de color castaño claro.

Tengo intención de casarme dentro de poco —dijo—. Llevo mucho tiempo echando un ojo a las chicas. Y ahora por fin las he dejado en tres.
¿Tres?
Sí; todas muy guapas. Y ésa es otra razón de que me haya parecido conveniente hacer ahora este viaje. Cuando regrese a mi pueblo, ¿sabe usted?, volveré a verlas como si fuera la primera vez y quizá decida ya a quién me voy a declarar.

El judío se rió: una suave risa cálida que lo cambió por completo. Toda huella de tensión desapareció de su rostro, echó la cabeza para atrás y unió las manos con fuerza. Y aunque la broma era a sus expensas, el joven sureño rió con él. Luego la risa del judío acabó tan bruscamente como había empezado: concluyó con una gran inspiración y suelta posterior de aire que se prolongó en un gemido. El judío cerró los ojos por un momento y pareció estar encontrando sitio, en algún repertorio interior de lo ridículo, para aquel bocado de diversión.

Los dos viajeros habían comido y reído juntos. Ya no eran desconocidos. El judío se colocó más cómodamente en su asiento, sacó un mondadientes del bolsillo del chaleco y lo utilizó discretamente, la boca medio escondida detrás de una mano. El joven se quitó la corbata y se desabrochó el cuello de la camisa hasta dejar al descubierto el inicio del vello castaño que le cubría el pecho. Pero era evidente que el sureño no se sentía tan a sus anchas como el judío. Algo le desconcertaba. Parecía querer formular un tipo de pregunta que le resultaba penosa y difícil. Se frotó el flequillo humedecido sobre la frente y formó una «o» con los labios, como si se dispusiera a silbar. Finalmente, dijo:

¿Es usted extranjero?
Sí.
¿Viene de otro país?

El judío inclinó la cabeza y esperó. Pero el joven parecía incapaz de ir más allá. Y mientras el de más edad esperaba a que hablase o guardara silencio, el autobús se detuvo para recoger a una negra que le había hecho señas desde el borde de la carretera. El aspecto de aquella nueva pasajera perturbó al judío. La recién llegada era de edad indefinida y, de no haber estado vestida con unas sucias prendas que hacían las veces de vestido, incluso su sexo habría sido difícil de definir a primera vista. Resultaba deforme, si bien la deformidad no le afectaba a ningún miembro concreto; el cuerpo en su totalidad era raquítico y estaba torcido y sin desarrollar. Llevaba un deteriorado sombrero de fieltro, una falda negra con desgarrones y una blusa que había sido toscamente confeccionada a partir de un saco de harina. En una comisura de la boca tenía una llaga alarmante y detrás del labio inferior guardaba un trozo de tabaco de mascar. El blanco de sus ojos no era blanco en absoluto, sino de un fangoso color amarillo surcado por venillas rojas. Su rostro, en conjunto, tenía aspecto errante, famélico, ausente. Mientras avanzaba por el pasillo del autobús para ocupar un sitio en el último asiento, el judío se volvió, inquisitivo, hacia el joven y le preguntó en voz baja, pero tensa:

¿Qué le pasa a esa mujer?

El otro se desconcertó.

¿Quién? ¿Se refiere a esa negra?
Chist… —le llamó la atención el judío, porque estaban sentados en la penúltima fila de asientos y la recién llegada estaba exactamente detrás de ellos Pero el sureño se había vuelto ya y miraba hacia atrás con tal fijeza que el judío se estremeció.
No sé, yo creo que no le pasa nada —dijo cuando terminó su escrutinio—. Nada que yo vea.

El judío se mordió el labio, avergonzado. Frunció el ceño y sus ojos se llenaron de inquietud. Suspiró y miró por la ventanilla, si bien, a causa de la luz dentro del autobús y de la oscuridad exterior, había muy poco que ver. No advirtió que el joven trataba de llamar su atención y que había movido varias veces los labios como disponiéndose a hablar. Finalmente, formuló la pregunta:

¿Ha estado alguna vez en París?

El judío dijo que sí.

Ése es un sitio al que siempre he querido ir. Conocí a un tipo que estuvo allí en la guerra y por alguna razón toda mi vida he querido ir a París, Francia. Pero entiéndame bien… —El joven se detuvo y miró con ansiedad el rostro del judío—. Entienda que no se trata de las mujéreses —porque, quizá debido a la influencia de la cuidadosa pronunciación del judío y tal vez por algún equivocado intento de elegancia, el joven pronunció de hecho la palabra «mujéreses»—. No es por las chicas francesas de las que se oye hablar.
¿Los edificios, los bulevares?
No —dijo el otro con una perpleja agitación de cabeza—. No es ninguna de esas cosas. Por eso no lo entiendo. Porque cuando pienso en París sólo tengo una cosa en la cabeza. —Cerró los ojos, pensativo—. Siempre veo el mismo callejón muy estrecho con casas altas a los dos lados. Es de noche, hace frío y llueve. Y no se ve a nadie, a excepción de un francés en la esquina con la gorra hundida hasta los ojos. —El joven miró inquieto la cara de su interlocutor—. ¿Cómo es posible que tenga esa sensación de nostalgia por algo como eso? ¿A usted qué le parece?

El judío movió dubitativo la cabeza.

Demasiado sol, quizá —dijo, por fin.

Poco después el joven llegó a su destino: un pueblito en un cruce de carreteras que parecía desierto. Y se tomó su tiempo para bajarse del autobús. Retiró la maleta de hojalata de la rejilla y estrechó la mano del judío.

Hasta la vista, señor…

El hecho de no conocer el apellido de su compañero de viaje le supuso toda una sorpresa.

Kerr —dijo el judío—. Felix Kerr.

El joven se apeó. En la misma parada la negra —aquella ruina humana que tanto había perturbado al judío— abandonó también el autobús. Y el señor Kerr se quedó de nuevo solo.

Abrió entonces la fiambrera y se comió el sándwich de pan de centeno. Después fumó varios pitillos. Durante algún tiempo permaneció con el rostro casi pegado a la ventanilla y trató de hacerse una idea del paisaje. Desde el crepúsculo habían aparecido nubes en el cielo y no se veían las estrellas. De cuando en cuando distinguía la silueta oscura de un edificio, vagas extensiones de tierra, o un grupo de árboles junto a la carretera. Finalmente, dejó de mirar fuera.

Dentro del autobús los pasajeros se habían instalado para pasar la noche. Unos cuantos dormían. El judío miró a su alrededor con curiosidad un tanto agotada. En una ocasión sonrió para sí mismo, una sonrisa mínima que le aguzó las comisuras de la boca. Pero luego, incluso antes de que se esfumase el último resto de aquella sonrisa, se produjo en él un cambio repentino. Había estado observando al anciano duro de oído, vestido con un mono, en el asiento delantero, y algún pequeño detalle pareció producirle de pronto una emoción muy intensa. Se le dibujó en el rostro una rápida mueca de dolor. Luego se quedó con la cabeza inclinada, apretándose la sien derecha con el pulgar, mientras se frotaba la frente con los demás dedos.

Porque aquel judío sufría. Aunque cuidase sus gastados pantalones a cuadros, aunque hubiese comido con gusto y se hubiera reído, aunque aguardase esperanzado aquel extraño hogar nuevo al que se dirigía…, a pesar de todas aquellas cosas su corazón escondía un intenso pesar oscuro. No sufría a causa de Ada, su excelente esposa, a la que había sido fiel durante veintisiete años, ni por su hija pequeña, Grissel, que era una niña encantadora. Las dos —Dios mediante— se reunirían con él tan pronto como pudiera prepararles un hogar. Su sufrimiento tampoco estaba relacionado con la preocupación por sus amigos, ni por la pérdida de su hogar, su seguridad y su contento. Sufría por su hija mayor, Karen, cuyo paradero y situación desconocía.

Y un dolor como ése no es una cosa constante, que exija ser medida, que se sienta en una proporción fija. Más bien (porque el judío era músico) un pesar así es como un tema subordinado pero apremiante en una obra orquestal, un motivo inacabable que regresa con todas las variaciones posibles de ritmo y colorido tonal y estructura melódica, tan pronto sugerido nerviosamente mediante un pasaje de rapidísimo spiccato ejecutado por las cuerdas, como emerge de nuevo en la melancolía pastoril del corno inglés, o suena en una versión estridente pero truncada en lo más profundo de los metales. Y este tema, aunque casi siempre sutilmente oculto, afecta por su insistencia misma a todo el conjunto de la pieza mucho más que las melodías en apariencia más importantes. Y también hay veces en las que ese motivo, tanto tiempo contenido, desbanca, a una señal, de manera volcánica, a todas las demás ideas musicales, exigiendo a la orquesta en su totalidad que recapitule con pasión todo lo que hasta aquel momento se ha insinuado. Pero existe aquí una diferencia con el dolor. Porque lo que activa un pesar latente no es una señal preestablecida, como sucede con el gesto de la mano del director. Se trata de lo imprevisto y de lo indirecto. De manera que el judío podía hablar de su hija con compostura y pronunciar su nombre sin que se le quebrara la voz. Pero cuando, en el autobús, vio a un anciano duro de oído inclinar la cabeza hacia un lado para oír algún fragmento de conversación, quedó a merced de su dolor. Porque su hija tenía la costumbre de escuchar con la misma inclinación de cabeza y de lanzar una mirada rápida sólo cuando la persona que hablaba había terminado. Y el gesto casual de aquel anciano fue el aldabonazo que liberó en él la pena tanto tiempo contenida, de manera que hizo una mueca de dolor y bajó la cabeza.

Durante mucho tiempo permaneció tenso en su asiento, frotándose la frente. Más adelante, a las once de la noche, el autobús hizo una parada programada. Por turno, los viajeros visitaron apresuradamente un urinario estrecho y maloliente. Después, en un café, bebieron algo a grandes sorbos y encargaron, para llevar, alimentos que se podían comer con las manos. El judío se tomó una cerveza y al regresar al autobús se preparó para dormir. Sacó del bolsillo un pañuelo limpio, todavía sin desdoblar, se instaló en su rincón, con la cabeza apoyada en el hueco formado por la pared del autobús y el respaldo redondeado de su asiento, y procedió a colocarse el pañuelo sobre los ojos para protegerlos de la luz. Descansó así plácidamente con las piernas cruzadas y las manos ligeramente entrelazadas sobre el regazo. Al llegar las doce ya se había dormido.

Con un ritmo constante, en la oscuridad, el autobús viajó en dirección sur. En algún momento, a lo largo de la noche, las densas nubes de verano se dispersaron y el cielo quedó claro y estrellado. Cruzaban una larga llanura costera que se extiende al este de los Apalaches. La carretera serpenteaba a través de melancólicos algodonales, de tabacales y de largos y solitarios tramos de pinares. La luz de la luna dotaba de siluetas sombrías a las chozas de arrendatarios pegadas a la carretera. De cuando en cuando cruzaban dormidos pueblos a oscuras y a veces el autobús se detenía para recoger o depositar a algún viajero. El judío durmió con el sueño pesado de quienes están mortalmente cansados. En una ocasión las sacudidas del autobús hicieron que la cabeza se le cayera sobre el pecho, pero eso no le impidió seguir durmiendo. Luego, poco antes del amanecer, el autobús llegó a una población algo más grande que la mayoría de las que habían atravesado, se detuvo, y el conductor le puso una mano en el hombro para despertarlo. El viaje desde Nueva York había llegado a su fin.

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