¿Suicidar la decrepitud?

Pedro A. Curto

 

 

Todos somos seres entregados a la decrepitud del paso del tiempo, aunque apenas nos demos cuenta y en ocasiones terminemos contemplando al que nos mira desde el espejo como un extraño. Es la sociedad del presente continuo, donde el tiempo se escapa porque nada concluye, y todo, incluido uno mismo, se experimenta como efímero y fugaz. El alargamiento de la vida y la mejora en la calidad de ésta, ha producido el curioso fenómeno de que la conciencia de muerte –uno de los pilares de la civilización humana y que nos distancia de la animalidad– haya sido reducida a una mínima y apocalíptica expresión. Así dice el filósofo coreano-alemán Byun Chul-Han: “Hoy en día morir resulta especialmente difícil. La gente envejece sin hacerse mayor.”

Lo estableció Albert Camus: “No hay sino un problema filosófico realmente serio; el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder a la cuestión fundamental de la filosofía.” Y eso se plantea en la película “Amor”, de Michael Haneke , donde el director austriaco huye del drama efectista, para mostrarnos el dolor y la finitud humana, donde un anciano, observando la enfermedad mortal de su mujer, acompañada de un inevitable sufrimiento, decide acabar con la vida de ésta y la de él mismo. Y de la ficción a la realidad lo mismo decidían una pareja de ancianos gijoneses, en lo que se ha llamado un “suicidio pactado”, y que no parece ser un caso aislado. El avance de la ciencia, en principio positivo, abre unas posibilidades vitales al débil pellejo que nos envuelve, impensable hace unos años. Pero las pequeñas utopías generadas por el avance científico, sino van acompañadas por la filosofía humanística que señaló Camus, pueden terminar convirtiéndose en una encerrona distopica: ¿Es necesario mantener la vida en cualquier condición? La repuesta no es fácil, o más bien, sólo puede haber incertidumbres en esas respuestas. Y si la vida se compone de diversas texturas, entre ellas están las incertidumbres y las resistencias; los avances médicos propician tanto unos, como los otros. Resistencia porque frente a la enfermedad, frente a la decrepitud, ante la finitud, siempre existirá una posibilidad de sobrevivir, por remota que esta sea. Algo que ha hecho promover las pseudociencias que prometen soluciones mágicas. E incertidumbres porque se establece una “calidad de vida”, que es difícil precisar con estándares determinados. Nadie puede negarle la soberanía de la existencia a un cuerpo, por muy maltratado que este, por muchos dolores que deba soportar, por artificial en que se convierta la naturaleza de la vida, pues esa soberanía corresponde a su voluntad. Establecer algún tipo de estándares para el mantenimiento de la vida, ya no legalmente, sino por algún tipo de consenso comunitario, sería terrible. Si de algo somos dueños, es de nuestro propio cuerpo, y aunque esa soberanía sea allanada en ocasiones por extraños, (el científico), nunca nos la pueden arrebatar. Otra cuestión es lo contrario, que se viole esa soberanía para el mantenimiento de la vida a toda costa, aceptar la entrega de nuestra voluntad a algún Dios de la ciencia médica. Establecer límites es una decisión personal e intransferible, aunque siempre tenga consecuencias. Hay que tener en cuenta, que en las posibilidades vitales, siempre influye el entorno social y económico que nos rodea. La ausencia o debilidad de esto no debían ser factores que influyesen en la que Jean Amery definió como “levantar la mano contra uno mismo”. Pero quizás sea necesario partir de un hecho, que cuando se decide levantar esa mano contra la decrepitud, sucede lo que señalaba el escritor Alain Jouffroy: “En el suicidio lo que mata no es idéntico a lo que se mata.”

A la cuestión del suicidio como cuestión filosófica y si la vida merece la pena ser vivida, Albert Camus optaba por lo segundo. También dijo en una ocasión que morir en un accidente de tráfico era una muerte absurda y unos años después, él moría en un accidente de tráfico, y eso que no conducía.

 

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