Lo irreparable

Marcelo Filzmoser

 

 

Las hormigas se habían comido el rosal azul. Miró las ramas peladas saliendo del suelo como una mano. Había visto otra.

No sé si lo viví o lo soñé

Daba igual. Además la otra era gigante y salía de la arena. Ésta, con dedos finos, quebradizos, parecía la de un esqueleto. Miró el jazmín trepador buscando hojas caladas o caminitos que delataran el asedio.

Todavía no lo encontraron

Se vio a sí mismo mil años atrás, del otro lado de la ventana, mirando la silueta de su padre recortada por la noche, el círculo de luz amarilla de la linterna moviéndose por el suelo y la botella de veneno en la otra mano.

Volvió a la vereda y prendió un cigarrillo apoyado contra el pilar del medidor. Su madre ahora, adentro, levantándose del sofá del comedor, aprovechando los comerciales para empezar a preparar el mate. La imaginó buscando las pantuflas a tientas con los pies, abriendo la canilla. El sonido del primer chorro rebotando contra el fondo sarroso de la pava, desparramándose por toda la casa. Cuando tuviera en la mano el mate de calabaza forrado en cuero, pensaría en tirar todos los otros porque ese era el único que él usaba. Como si la filmación de lo que pasaba dentro de la casa, a sus espaldas, se estuviera proyectando sobre el asfalto que tenía frente a los ojos, la vio echar la yerba, las hojitas de poleo de burro que traía  el primo Pocho, y el infaltable chorrito de agua tibia.

Cuando decidió entrar su madre iba por la segunda cebada. Se saludaron con un beso.

—¿Cómo andás?

—Estuviste fumando. ¿Viste el rosal?

—Sí. Voy a ver si consigo un polvo que venden ahora. Si no llueve dura como una semana.

—Tomá. Lo hice recién. Cuando tomamos mate es como antes, mientras esperábamos que volviera de trabajar.

Tragó el agua sin demorarla en la boca. Caliente como estaba podía seguir el recorrido del líquido hasta el estómago. En una de esas conseguía aflojar ese nudo que llevaba días ahí.

Sin preguntar cambió la tele al canal de las noticias. Frases vacías, comentarios sin mayores anhelos, monosílabos ambiguos llenaron la casa por un rato. Después, como siempre, volvió el silencio.

—¿Cómo sigue la casa?— preguntó él mientras levantaba la vista y empezaba a caminar.

Cayéndose de a poco, como todo el mundo.

Manchas de humedad en los rincones del techo, la correa de la persiana que daba al frente empezaba a deshilacharse, uno de los tres ganchos del tapa rollo se daba por vencido, y en alguna parte de la casa una canilla perdía agua. Cuando llegara el verano todos iban a querer arreglar sus heladeras o recargar y revisar las roscas de los aires acondicionados. Mejor aprovechar el otoño.

—¿Las herramientas siguen en el galpón?

—Donde las dejó él. Yo ni siquiera volví a salir al fondo.

Encontró el pasto crecido, las plantas recuperando de a centímetros su salvajismo natural. Prendió otro cigarrillo, no tanto por las ganas de fumar como para imponer la presencia humana. Todo el lugar festejaba su abandono. Avanzó buscando pisar las lajas que marcaban el camino hasta el galpón. Quedaba luz como para dar la primera cortada. Buscó la máquina y el alargue que estaba enroscado en un pedal de la bicicleta de su padre, colgada de la pared. Volvió a mirar la bicicleta. Hacía tanto que estaba ahí que no la recordaba. Era hermosa aunque estuviese a la miseria. Las cubiertas podridas, llena de tierra, varias partes oxidadas. En su casa él tenía la suya. La habían comprado un par de años atrás para salir con su mujer y su primera hija a pasear los domingos. Fue un buen proyecto pero no duró. El tránsito, los pozos, la falta de estado. Igual no se podían comparar. Una bicicleta playera, de color naranja, con un armatoste como manubrio y sin guardabarros, no tenía nada que ver con esa otra que colgaba de la pared como un boceto abandonado de Picasso.

Enchufó la máquina al alargue y empezó a cortar. Tuvo que empujar con fuerza. El pasto crecido mostraba resistencia y a través del ruido ahogado que salía del motor parecía que se quejaba. Le llevó unos minutos acostumbrarse. Cuando lo consiguió dejó de mirar el suelo y se abandonó a la tarea. Entonces el pasto, la máquina y él fueron una misma cosa. Poco antes de terminar se le ocurrió lo de la bicicleta.

Le llevó unas semanas decidirse. Arregló enchufes, canillas y correas. Selló, impermeabilizó, ajustó y pintó.

—Tendrías que cambiar las cortinas, así entra más luz.

—Podría ser —respondió su madre sin levantar la vista, concentrada como estaba en renovar la yerba.

Él se levantó y fue a ver el desagüe de la pileta de la cocina.

—La pileta está bien, siempre hizo ese ruido. Descansá un poco. ¿por qué no traés a los chicos más seguido?

—Vienen casi todas las semanas.

—Podrían venir todos los días si querés. O quedarse a cenar. No creo que a tu mujer le importe demasiado.

—Mamá… no empecemos

—Está bien, lo que pasa es que cuando estamos todos me siento como hace treinta años, cuidando una familia, atendiéndolos, no sé…

Juntó las herramientas y las llevó al galpón. Parado frente a la bici hizo girar la rueda de adelante. El rulemán crujió con suavidad. Cada vuelta alentó la siguiente y el movimiento duró unos segundos. La falta de aceite hizo que parara de golpe.

Volvió a su casa con los últimos reflejos del atardecer al fondo de la calle.

—No me acostumbro a los días tan cortos.

—…

—Ni frío hace, por eso también debe ser.

Cenaron sin hablar, con un murmullo de fondo que salía del televisor puesto en algún canal de viajes. Ella se sirvió ensalada sin ofrecerle. Él cortó la hamburguesa del varón y antes de levantar la mirada del plato comentó su idea.

—Voy a restaurar la bicicleta de papá… me va a hacer bien… de paso le hago compañía a la vieja. Pueden venir los chicos así aprovechás también para hacer tus cosas y descansar un poco.

Ella buscó su mirada durante un rato y después agarró la jarra de agua.

*

Descolgó la bicicleta con el cuidado de un arqueólogo. Sin embargo no empezó a desarmarla hasta mucho después. Primero limpió el galpón. Contrató un volquete y tiró pedazos de chapas oxidadas, patas huérfanas de muebles que ya no estaban, vidrios sin ventanas, marcos de puertas, cerámicas partidas, botellas, latas con clavos oxidados, caños de plomo, un rollo de manguera podrida, partes de canillas de bronce, mangos de madera y de plástico, dos escobas de paja gastadas, partes sueltas de un calefón, una estufa a cuarzo sin las velas, diarios, bolsas del supermercado con más bolsas adentro. Tiró también varios zapatos y zapatillas que no formaban pares, unas botas de goma agujereadas, cámaras cortadas de bicicleta, una rueda de auto, tres sillas sin tapizado y todo lo que consiguió meter adentro del contenedor. Cuando estuvo lleno a más no poder se paró a mirarlo. Tenía revuelto el pelo que le quedaba sobre la mollera y la nuca, las entradas y la cara sucias de tierra, las manos negras, el jean viejo, roto en la rodilla y la remera con la cara del Che también manchada. Encendió un cigarrillo. La posibilidad de seguir tirando cosas hacía difícil saber si un volquete más grande hubiese sido mejor.

Al otro día llegó temprano y fue directo al galpón.

—¿Te caíste de la cama?

Preguntó la madre alcanzándole el primer mate. Llevaba los pelos aplastados del lado derecho de la cara y el batón puesto a las apuradas.

—No dormí bien. Anoche discutimos y hoy no tenía ganas de seguir, así que me levanté y vine.

—Hace frío. Tomá, cebate vos mientras voy a tostar pan y me abrigo.

El galpón parecía nuevo. La ventana descubierta dejaba entrar la luz del día. Vio el polvo flotando y el espacio libre. Los metros cúbicos vacíos decoraban el lugar. Acomodó las herramientas sobre la mesa. Puso un cartón en el piso y dio vuelta la bicicleta apoyando el manubrio y el asiento contra el cartón. Sacó primero la goma de adelante junto con la cámara. Cepilló con cuidado la llanta y la desatornilló. Hizo lo mismo con la de atrás. Puso en kerosén la cadena por más que estaba claro que no servía más. Le llevó algo más de un día inventariar todas las piezas.

Con su hijo y la Tablet descubrió que había mucha gente interesada en la restauración de bicicletas. Gente que lo ayudó con consejos y con los repuestos más complicados. Las cubiertas fueron, como le gustaba decir cuando su mujer sacaba el tema, el hueso más duro de roer. En el país no había más fabricantes de esa medida, el ancho era el problema y prefirió encargar las originales a una empresa italiana. La otra opción hubiese sido cambiar también las llantas, pero le pareció que ese cambio volvería a la bicicleta una especie de Frankestein.

Con el principio del invierno tuvo algo de trabajo. Instaló algunos equipos que tiraban calor durante el invierno y frío en el verano y realizó algunos de los mantenimientos habituales a los clientes de siempre. Durante unas semanas la restauración quedó suspendida. Cuando pudo volver tuvo que acondicionar una estufa que no se usaba desde hacía años. Al otro día apareció con una garrafa de diez kilos.

—Por favor, tené cuidado con eso.

—Quedáte tranquila mamá, ya la revisé ayer y está como nueva.

—A mí esas cosas nunca me gustaron. A tu padre le hice un escándalo la vez que la trajo. Tanto le dije que la habrá usado un par de veces y después la dejó tirada. Hasta la garrafa regalé cuando llegó el verano.

A la mañana se ocupaba de llevar los chicos a la escuela y después se iba a restaurar la bicicleta. Al mediodía los iba a buscar y los llevaba de la abuela. Almorzaban juntos y según el día que fuere llevaba a cada uno a sus actividades. El menor iba dos veces por semana a fútbol y la mayor estudiaba inglés y guitarra. Casi siempre había días en que se juntaban con amigos, ya fuera en la casa de uno o de otro. A eso de las seis, cuando su mujer volvía del trabajo, se organizaban para volver a casa ellos también. Había que bañarse, preparar la cena y dormir.

*

Los italianos tardaban con las ruedas. En ese tiempo él había mandado a arenar el cuadro, los guardabarros y el cubrecadenas. Cuando los fue a buscar se encontró con el metal reluciente. Era como si debajo de esa capa de pintura vieja, óxido y mugre, no hubiese pasado el tiempo. Junto con las llantas, el caño del asiento, el portaequipaje y el manubrio, hizo cromar los guardabarros y el cubrecadenas que originalmente eran del mismo color del cuadro. Era un cambio posible, la mejoraría sin alterar el conjunto. Con el color fue distinto. Podía elegir entre muchos de los colores que le ofrecieron en el taller a donde llevó el cuadro, uno que tenía horno de secado para darle el brillo que buscaba, pero prefirió el celeste original. Tuvo que hacer varias pruebas hasta dar con el tono, pero cuando la vio terminada supo que era ése. El que recordaba de chico, cuando su padre lo iba a buscar al mediodía a la escuela, aprovechando el rato que le daban en la tornería para salir a comer.

Los pedales estaban demasiado rotos como para arreglarlos. No consiguió tampoco unos parecidos a los originales así que terminó comprando el par que eligió su hija, la tarde en que fueron juntos a una bicicletería del centro.

A mediados de octubre empezaron a llamarlo los clientes más precavidos. En la tele ya se hablaba de una ola de calor para ese verano y el tema de la inflación hacía que la gente se apurara a comprar los equipos. Volvió a posponer. Al cabo de unas semanas entendió que era mejor hacerse de ratos libres. Como los días se alargaban decidió volver al galpón después de las seis, una vez que dejaba a sus hijos con su esposa. Trabajó cada vez más hasta que dejó de volver a su casa para dormir. Cenaba con su madre y dormía en la que había sido su pieza. A la mañana se levantaba temprano para ir a buscar a sus hijos y empezar el día. Su mujer nunca le dijo nada. Hablaban cuando se cruzaban, más que nada sobre cosas de los chicos, aunque hubo veces en que él hizo algún comentario sobre el escote o los nuevos jeans ajustados que llevaba esa mañana. Ella respondía escatimando las palabras, se besaban en la mejilla y seguían cada uno con sus cosas.

Una tarde, a la vuelta de dejar a sus hijos, su madre lo esperó con un tazón de leche chocolatada y un plato lleno de vainillas.

—¿Y el mate?

—Hoy tenía ganas de hacerte la merienda, ¿te acordás?

—¿De las ruedas no se sabe nada?

—Ni impuestos trajeron hoy. En el buzón encontré un volante de una pizzería nueva, si querés a la noche la probamos.

Se sentó a tomar la leche. Tenía en la boca el gusto del último cigarrillo que había fumado en el auto. Mojó una vainilla y la mordió. Un asco. Mezcla de alquitrán, leche fría y cacao. Su madre lo miraba con las manos envueltas en el repasador.

—Dejáme de joder, vieja, prepará el mate. Voy al baño.

*

Parada sobre las horquillas vacías, apoyada sobre otro cartón, la bicicleta estaba casi terminada. Sólo faltaba que los italianos mandaran las ruedas. Él siguió con la rutina que se había armado, por más que lo único que tenía para hacer era escribir un mail dos o tres veces por semana para averiguar cuándo llegaría el pedido. A mediados de enero llegó. Habían pasado Navidad en lo de sus suegros y año nuevo en la casa de sus padres como los últimos quince años. La única modificación fue que para navidad su madre los había acompañado para no quedarse sola y para año nuevo sobraba un lugar en la mesa. Antes de sentarse a comer, su hijo había querido mostrarle a la madre la restauración de la bicicleta. Fueron los cinco hasta el galpón. Su hija los seguía desde atrás abrazada con la abuela, él iba en el medio, y su mujer y su hijo adelante. Salvo el varón, nadie más hablaba. Entraron. El chico encendió la bombilla que colgaba del techo, se acercó entusiasmado y levantó la sábana que él le había puesto para cuidar la pintura del polvo. Su mujer se quedó parada en la puerta escuchando los detalles que comentaba desde adentro su hijo. Él esperó varios pasos atrás. Su madre y su hija se habían entretenido mirando las estrellas.

—Es hermosa. —Dijo su mujer y empezó a volver. Cuando pasó a su lado lo miró a la cara. Tenía los ojos húmedos y contenía el llanto.

Diez días después, con las ruedas armadas, la bicicleta salió del galpón por primera vez en treinta años. Llamó a sus hijos y usaron la tablet para sacarse una foto.

A la mañana siguiente volvió a la casa después de llevar los chicos al colegio. Guardó la tablet en uno de los morrales junto con el atado de cigarrillos y una botella de agua. En el otro morral había fruta y una campera liviana. Revisó que las hebillas quedaran bien cerradas y sacó la bicicleta a la vereda. Atrás salió su madre y le alcanzó un mate. Hacía mucho que se había levantado pero esa mañana seguía con el pelo revuelto y el batón. Sintió el calor del agua recorriendo su cuerpo por dentro. Al devolverle el jarro vacío rozó la mano arrugada pero firme. Bajó la cabeza, la levantó, miró para los costados y empezó a pedalear.

 

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