Vías lacteas

Miguel Rodríguez

 

 

Jane y yo siempre hacíamos el amor en casa de su tía Juana, la sorda, que se pasaba las horas haciendo yoga. En este ambiente de meditación y quietud, el lugar nos resultaba idóneo para escondernos de los mundos conocidos y entregarnos al desahogo del cuerpo. La casa emanaba una armonía cósmica: la tía Juana ejercitaba según qué movimientos para desbloquear los chacras, y se fundía así en plenitud con el universo; nosotros vibrábamos con la atracción de nuestras propias articulaciones y fuerzas gravitatorias. Dos universos paralelos separados solo por un tabique y una sordera prematura. Porque ella era sorda, o al menos esto creía Jane: que su tía tenía artrosis y era sorda.

Años después descubrimos que la tía Juana había muerto mucho antes de conocernos Jane y yo. Nunca supimos de dónde o de quién provenían los gemidos que oíamos a veces mientras hacíamos el amor, otros cuerpos o galaxias que se formaban conjuntamente. Tal vez la tía ocultaba un universo oscuro junto a la sala o la cocina.

 

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