Viernes de cine: ¨Senderos de Gloria (Paths of Glory)¨

Fernando Morote

 

 

Nada más horroroso que la guerra. Nadie más audaz para contarla de manera crítica que Stanley Kubrick. Su genio cinematográfico, que le valió para incursionar con éxito en géneros tan disímiles como el negro, el histórico, el drama, la sátira y la ciencia ficción, lo lleva en esta ocasión a alcanzar un soberbio resultado en el terreno bélico, 30 años antes de su famosa Full Metal Jacket (La chaqueta metálica o Nacido para matar, en español).

Senderos de Gloria, lanzada en 1957, no es una oda al heroísmo o al honor. Por el contrario, es una feroz bofetada a la arrogancia y a la estupidez humanas. Francia está cayendo en picada frente a los alemanes en 1916. Un general manipulador (Adolph Menjou) fustiga a su ambicioso colega (George Macready) para que cumpla una misión imposible a cambio de conseguirle ascensos, medallas y reconocimientos. Éste, embriagado por sus sueños de gloria, traslada la presión a su comandante (Kirk Douglas), quien se rebela sustentando que se trata de una operación suicida y se niega a mandar a sus hombres al matadero sin razón válida. Pero su jefe está dispuesto a todo, incluso a descargar fuego de artillería contra sus propios soldados a fin de evitar la vergüenza de la retirada.

Como es habitual cuando alguien no quiere asumir la responsabilidad de sus actos, lo más fácil es encontrar culpables. Tres soldados son elegidos para purgar el desacato del regimiento entero. La corte marcial es una farsa. El ejército francés los ha condenado al paredón de antemano. No hay argumento que sea capaz de refutar las absurdas acusaciones del fiscal (Richard Anderson), cuyo único propósito es encubrir la codicia y cobardía de su superior, autor intelectual del fallido asalto.

El caso, durante el curso del proceso penal, da vuelcos sorprendentes y llega a descubrirse la realidad de los hechos. Menjou termina chantajeando a Macready y sobornando a Douglas a fin de mantener ocultos sus oscuros manejos.

Kirk Douglas es sobresaliente representando al coronel que no sólo lidera a sus hombres en combate sino que los defiende cuando son acusados injustamente por un crimen que no han cometido. La angustia y frustración que destila en su rabiosa actuación transmite con poderosa claridad la indignación de Kubrick por la pobreza espiritual de las jerarquías militares, de las cuales se mofa años después en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú de 1964. Douglas lleva sólo 11 años en el cine –debutó en 1946 junto a Barbara Stanwyck y Van Heflin en El extraño amor de Martha Ivers– y es ya una figura preponderante en la pantalla.

George Macready, amante de Rita Hayworth y rival de Glenn Ford en Gilda de 1946, es una de las cabezas envueltas en la patraña (su extensa y notoria cicatriz en la mejilla derecha, producida por un accidente automovilístico en su época universitaria, contribuye de manera natural al carácter siniestro de su personaje). La otra corresponde a Adolph Menjou, quien pese a ser nativo de Pittsburgh su acento suena como el de un europeo pronunciando con cuidado cada palabra en inglés.

De los tres sentenciados a muerte, dos son conocidos del director; Timothy Carey y Joe Turkel participaron en el elenco de su obra maestra de cine negro, Atraco perfecto. El tercero, Ralph Meeker, tuvo su período de fama en la primera mitad de los 50 como protagonista de varias películas clase B, y fue el mafioso “Bugs” Moran en el clásico de Roger Corman, La masacre del día de San Valentín, filmada en 1967.

La fotografía en blanco y negro resalta el contraste entre el lujo de los castillos rurales, desde donde los altos oficiales dirigen las acciones, y la miseria de las trincheras, donde los soldados se vuelven locos, lloran, luchan y mueren. Las bengalas nocturnas para iluminar los cadáveres regados en el barro son un truco eficiente para revelar lo macabro del escenario.

Los diálogos en las barracas durante la noche previa al ataque son de una ironía desoladora:

—No tengo miedo de morir, sólo de que me maten —dice uno.

Otro pregunta:

—¿Cómo te gustaría morir, bayoneta o ametralladora?

Uno más contesta:

—Ametralladora, por supuesto; es más rápido.

Destacan planos terribles, como aquél de Douglas pasando revista a sus tropas en la zanja cubierta con sacos de arena. Antes de saltar al campo de batalla, la cámara logra acercamientos certeros con el pánico aterrador en los ojos de los hombres y ofrece al espectador la oportunidad de dar gracias por no haber tenido nunca que estar allí. El baño de sangre al que son expuestos los indefensos reclutas y la impotencia de no tener cómo escapar está marcado con una potencia conmovedora. El camino de los convictos para enfrentar al pelotón de fusilamiento, y su consecuente abatimiento moral, es otro momento sobrecogedor.

La patrulla de reconocimiento fracasa. El teniente que se supone debe guiar la expedición (Wayne Morris) se caga en los pantalones ante el inminente peligro, obliga a uno de sus subalternos a cruzar las líneas enemigas y de puros nervios arroja una granada que acaba matándolo, luego huye despavorido. “Un oficial no haría eso”, dice Ralph Meeker, el otro miembro del grupo. Luego rectifica: “Un hombre no haría eso”.

El cuadro final, con la sirvienta alemana —prisionera de los franceses (encarnada por la esposa de Kubrick)— cantando en la taberna del campamento con una voz tan suave y temblorosa que transporta a su audiencia a la paz del hogar, es un descanso que en medio de la carnicería los hace sentir humanos otra vez.

Junto a otras joyas del cine abordando temas de la primera guerra mundial, como la alemana Cuatro de infantería (1930), la francesa La gran ilusión (1937) y las americanas El gran desfile (1925) y Sin novedad en el frente (1930), Senderos de Gloria es una de las que brilla con más fuerza.

 

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