El Jagüel

Corina Vanda Materazzi

 

Mención en el 1° Concurso Nacional Manuel Briante
Facultad de Periodismo y Comunicación
Universidad Nacional de La Plata

 

 

Hace una semana que llueve, cada tanto sale el sol pero no alcanza para evaporar el agua que se junta por todas partes. Las calles en su mayoría son de tierra y es por eso que el 740, cartel “el Jagüel” no entra para el fondo. Días caminando como hormigas disciplinadas, cuadras y cuadras, algunos con botas, la mayoría con bolsas del supermercado en los pies, hasta llegar a la estación del Belgrano para ir a Retiro al trabajo.

Es la lluvia pero también son “Los Nogales”. Dicen en el fondo, que fue culpa del Chino, el intendente. Cuentan que al principio se opuso al emprendimiento del cuntri  por el tema de la pendiente de los terrenos y el peligro de que el resto del Jagüel quedara bajo el agua. Él justamente lo había profetizado en la campaña.  Pero después no se sabe lo que pasó. Al parecer la empresa constructora donó un par de cosas, entre ellas, un patrullero por el tema de la inseguridad  pero solo anda de la entrada de “Los Nogales” hasta la ruta, sobre un mejorado que también hicieron con las máquinas  de la obra, junto con la recaudación de los vecinos de afuera del barrio, que los domingos venden choris en las parrillas medio tambor en la banquina de la ruta.  El Chino que antes vivía frente al Club Juventud Unida ahora es el único residente todo el año en “Los Nogales”, el resto de los propietarios, gente de la Capital, solo vienen los fines de semana o durante el verano.

Ahora es Enero y todo colapsa. Es imposible encontrar en El Jagüel  pan del día, carne para el asado, incluso viento para refrescarse. Ellos, como los nombra la gente del pueblo, se quedan con todo, menos con el agua que hace una semana los transforma a la mayoría en rehenes en sus propias casas.

La ventanilla de la recepción ya está  baja. En la salita de primeros auxilios del Jagüel son las seis de la mañana, el pasillo crece de gente como la sombra de la tarde, no tienen caras ni nombres, todos con un número en la mano, eso es lo que importa: el número, sino volver mañana. A veces, casi siempre, mañana es tarde. Todos lo saben, como una canción en otro idioma que se entona de memoria por fonética sin reparar en el significado de las palabras.

No es la gravedad que los afecta, la que organiza el orden de prioridades: el número cinco con un pié que apenas apoya porque la tarde anterior se cayó de un andamio en la obra del centro, respira como de a sorbos porque el aire le pincha adentro cuando entra; el dos una señora con un trapo enroscado en la mano, asoma sangre entre los pliegues, el brazo descansa sobre un pedazo de sábana anudado al cuello, un cuchillo seguramente que no se sabe cuán profundo ha atravesado la carne. El tres tose y parece que en cada intento va a parir un elefante, el cuerpo se le arquea todo para adelante, las piernas flexionadas, las manos en las rodillas, todos   miran pero hace horas que de la boca nada sale. El doce, una mujer embarazada. Sus tobillos están que explotan, la cara como un tomate, los ojos dos líneas que apenas se adivinan a cada lado de una nariz que se infla para chupar aire, una mano sosteniendo la panza, la otra con un diario abanicando. El treinta, un chico de unos doce años acompañado por su madre, con varios repasadores en la boca. Cada tanto la madre se los  repone, por otros secos, que saca de una bolsa para que absorban la sangre. Parece (cuenta la madre) que el pibe jugando en el potrero de la vuelta, le anularon un penal, entonces se robó la pelota y otro lo corrió para alcanzarlo, se le tiró encima pegándole un planchazo de atrás, sin soltar la pelota estrello la cara en el mejorado y se trago los dientes en el aterrizaje. El once, es un papel blanco. Con el tema de las lluvias y las napas que suben siguió tomando el agua de la bomba y no para de ir al baño. El último número, un bebé de meses, en un carrito desvencijado, cada tanto llora, se queja. La vecina de al lado intentó en la tarde curarle el empacho, después dijo que podría ser  mal de ojo pero a la noche diagnosticó culebrilla y entonces lo derivó a la salita.

Algunos son maniquís  que roncan en las más posiciones más asombrosas, otros miran sin mirar nada, hipnotizados en la procesión de su dolor, rezando por dentro, suspirando cada tanto para hacer una pausa.

Todos son un número, un rebaño, cada uno calzado con el  barro que se va desgranando.

Son las nueve de la mañana. El médico está demorado dice la recepcionista con el mate en la mano que no tiene título pero a veces es enfermera según el caso. Lo dice y es como un silencio que crece en los oídos.

Está haciendo un domicilio, una urgencia, dice al rato, en “Los Nogales”. Es la señora de la camioneta blanca 4×4, la que… (agrega entre sorbos de mate), parece que se hizo la semana pasada … (se  lleva ambas manos a los pechos) y  con esta humedad pobre, las tiene como dos cabezas de enanos.

Nadie que responde, nadie acaso pregunta hasta cuándo.

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