El sueño de Madame Curie

Francisco José Segovia Ramos

 

Aquí estoy, delante de una audiencia multitudinaria en EE.UU. Yo, que siempre detesté y rehuí, al igual que mi querido Pierre Curie, la celebridad y las aclamaciones, por considerarlos actos banales del orgullo humano. Pero no podía -ni debía- hacer otra cosa ante el generoso ofrecimiento de las mujeres norteamericanas, que han donado cien mil dólares, valor de un gramo de radio, a cambio de esta visita y la conferencia que he de dar. La ciencia, desgraciadamente, necesita de ayudas económicas para sobrevivir, aunque me alegro de que, en esta ocasión, se hayan aportado por parte de lo que los hombres, en su visión segada de la sociedad, llaman “sexo débil”.

¿Qué les puedo contar? Mientras el público se acomoda en sus asientos y comienza a mirarme con interés e impaciencia, hago un exhaustivo y rápido examen de toda mi vida; desde la infancia en la ciudad de Varsovia, que me vio nacer, hasta mi feliz matrimonio con Pierre Curie, sin olvidar por aquellos años de sacrificio enfrascada en los estudios en la Universidad de la Sorbona alejada, como siempre hice antes y después, de fiestas y disfrutes de juventud, y entregada en cuerpo y alma a la investigación. Ahora, que reflexiono desde la sabiduría que da el paso de los años, mi vida es sólo eso, amor a la ciencia. Sin esto no tendría sentido, y jamás podría haberme dedicado a otra cosa.

Nunca imaginé, en los albores de este siglo del que apenas se cumplen ya veinte años, que sería la primera mujer en ganar el Nóbel de Física, junto a mi añorado Pierre y al científico Becquerel, en reconocimiento por los estudios sobre la radiactividad. ¡El radio y el polonio, dos elementos nuevos descubiertos por el matrimonio Curie! Años después me otorgaron un segundo Nóbel, éste de Química, pero ya entonces era viuda y no pude compartir mi alegría con mi esposo, aunque sí con las dos hijas producto de nuestro matrimonio: Irene y Eve.

Muchos años de estudio, de trabajo en común en pésimas condiciones en sótanos mal acondicionados, y preparando comidas rápidas y frugales para aprovechar hasta el último segundo de tiempo. Pero no había sufrimiento, ni pesar, porque disfrutábamos con la labor bien hecha y, sobre todo, con la compañía de un alma gemela. Años en los que investigamos e hicimos pruebas infinitas con la pecblenda, un mineral nuevo, para poder conseguir un gramo de precioso radio, un elemento hasta entonces desconocido.

¡Un gramo, un mundo! Recuerdo la gran alegría que sentimos cuando lo conseguimos. El descubrimiento podía convertirse en un aliado importantísimo en la lucha contra el cáncer, con lo que su utilidad práctica en el campo de la medicina era innegable. Muchas naciones del mundo empezaron por esa época a explotar los yacimientos de minerales radiactivos y fue entonces cuando tuvimos la oportunidad de enriquecernos, ya que sólo nosotros dos conocíamos el secreto de las operaciones que habían de realizarse para obtener el radio. Ante la alternativa –siempre presente en la vida de los investigadores- de publicar los resultados o mantener el secreto y venderlo al mejor postor, actuamos en conciencia, como auténticos científicos, y dimos a la luz pública nuestro trabajo. La felicidad no consiste en la posesión material, a la que esta sociedad va encaminada, sino en la certeza de actuar conforme a los objetivos que uno se haya marcado, sin importar los costes personales.

Ahí están: sentado frente a mí todo ese público al que siempre he rehuido, y que espera con expectación que hable de mis trabajos, de Pierre, de mi vida en suma. Quizá esos hombres y mujeres ignoren, en su mayoría, lo que significa “radio”, o “polonio”, o “radiactividad”, y sólo estén interesados –eterna y bendita curiosidad humana- en una mujer ganadora de dos premios Nobel y famosa por ser introvertida y poco sociable.

Intentaré no defraudarles y responder a sus ilusiones porque, envuelta en esta calidez que me rodea por momentos, tal vez el futuro de la ciencia esté en hacerla popular, cercana a las necesidades de los hombres y mujeres de todo el mundo. Habría que sacarla de esa torre de marfil, misteriosa e inextricable, en donde parece estar ubicada desde siempre… aunque quizá se pierda algo a cambio, no sé exactamente el qué.

El público ya se ha sentado y el silencio, que tan bien conozco y amo, se impone en la amplia sala. Carraspeo un poco. La imagen de mi primera clase en la Facultad de Ciencias de la Sorbona resplandece durante un instante en mi mente, como un relámpago de recuerdo. Ocupaba la misma cátedra de mi difunto y amado Pierre, y todo el mundo esperaba un panegírico que brotase de mis labios. Entonces los miré, y en todos vi el rostro de él, tan adusto y a la vez tan sensible, y no pude menos que comenzar la clase con la misma frase con la que Pierre había terminado su última lección.

Hoy es diferente, la multitud no está compuesta sólo de estudiantes, sino también de curiosos, periodistas, científicos afamados. Sólo lamento no tener la compañía en estos momentos del que ha sido mi único apoyo y mi más fiel seguidor, mi difunto esposo. ¡Ojalá sintiese el cálido tacto de su mano, animándome a seguir en nuestro amado trabajo! Pero hay sueños que no se pueden cumplir a pesar de los avances de la ciencia.

Marja Sklodowka, Marie Curie de casada.

 

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