ÁLAMOS BLANCOS

Francisco José Segovia Ramos

 

 

No es que huela mal, o un hedor inunde todo como si se tratase de un virus letal o un desastre irremediable: solo es el olor de la tierra mojada sobre la que la yerba, impaciente siempre por sentir los rayos del sol, se arrastra, humedece y muere. Es el olor profundo de esa propia yerba que se expande por este llano en el que solo las dos filas de álamos blancos, que bordean la calzada a ambos lados, rompen un paisaje de amplias líneas horizontales.

Fumo. Paciente bajo las sombras de los álamos, contemplo el paisaje grávido que me rodea en este frío día de invierno. Intento olvidar –mejor dicho, ignorar- el penetrante olor: sé que todo forma parte del entorno; que nada puede ser cambiado a riesgo de transformar el lugar en otra cosa. Basta un pase del pincel de un color diferente para que el cuadro, el paisaje, cambie y sea otro lugar. Fumo y lanzo el humo al aire, y contemplo cómo se deshace y desaparece arrastrado por la ligera brisa que brota, no sé de qué lugar.

Acabo de asistir al entierro de mi adorada mujer, Catalina, con la que he compartido tanta vida y demasiados sueños incumplidos. Rodeado de nuestros hijos, de familiares y amigos, mucho me ha costado hacerles comprender que necesitaba estar solo unas horas, alejado del bullicio, el ajetreo, y de los llantos desconsolados que rompen un silencio que jamás debería violarse. He tenido que hablar con mis dos hijos y hacerles ver que necesitaba estar aislado, y que entendiesen mi postura para que la justificasen ante el resto de los asistentes. No he cedido en mi empeño y ellos, finalmente, también han terminado por asumirlo, o aceptarlo resignadamente, a pesar de la enfermedad degenerativa que, dicen, sufro y que hace que no quieran –o puedan- dejarme solo. Necesito estas horas, este silencio que busco y requiero ahora que, ella, con su voz tan conocida y cálida, se ha ido para siempre.

Hace frío, y levanto el cuello del abrigo para protegerme el rostro. Contemplo el halo de mi respiración, que desaparece tan pronto brota de mi boca y se diluye en este paisaje que me tranquiliza y acoge. Hace demasiado frío en este invierno que me ha arrebatado a mi esposa casi sin darme tiempo a despedirme de ella, como el asesino imprevisto que se encuentra uno al traspasar la última de las esquinas de la última de las calles nunca transitadas. Esa es la muerte, lo sé: traidora, aleatoria, definitiva.

¿Por qué te fuiste, así, de golpe? El corazón se me ha parado, allí en lo más alto, donde acaba este camino asfaltado y bordeado de álamos blancos. Tristes y enjutos árboles, rimero de vigilantes impasibles. Miro hacia arriba, donde termina la subida y se encuentra le explanada que da acceso al cementerio: sólo puedo atisbar la curva final que lleva hasta la encrucijada en la que los vehículos estacionan y desde la que salen rumbo a la ciudad por otro camino diferente. Por aquí, por esta carretera estrecha y mal asfaltada, solo pasa el destartalado autobús de línea y algún que otro vehículo particular extraviado. Los peatones, como es mi caso ahora, apenas son un recuerdo; un destello fugaz que los álamos, en su paciencia de decenios, contemplan con desdén y sin memoria.

He caminado desde el camposanto, bajando y retorciéndome junto al camino, pegado a alguno de los dos arcenes, como un borracho inseguro de la dirección a tomar, pero en un descenso continuo que me ha alejado del lugar donde reposa Catalina. Me he marchado de esa multitud que me rodeaba, y que me ahogaba con palabras que no alcanzaba a entender porque sus labios, a pesar de moverse, no pronunciaban frases que yo quisiera aprehender y hacer mías. Tanto es mi dolor que sé que mi cabeza es incapaz de absorberlo; tanta la pérdida que mi corazón se desborda y deja de palpitar. Somos lo que somos, querida, a pesar de nosotros mismos.

“Podríamos ir a desayunar juntos hoy, Catalina”. Creo que esa fue la primera petición que te hice, mientras pensaba en algo más que en tomar un café y una tostada de mantequilla. El recuerdo no permanece fresco porque la memoria, con la edad, cada vez es menos un cajón en el que se guarda todo y más, desgraciadamente, un agujero en el que van cayendo, para desaparecer entre el polvo de lo cotidiano, gozos y sombras. Un agujero que crece… crece. “¿Podríamos desayunar juntos, Catalina?” Y tú me contestaste, ante mis palabras marcadas por la impaciencia y una cierta tartamudez, “Claro que sí, me gustaría” o, tal vez, “Sí, Tomás, me gustaría mucho”. Así estuvimos juntos en aquella ocasión; juntos y solos en aquél café escondido entre callejuelas del centro de la ciudad, casi tan poco transitadas como esta desoladora avenida del silencio.

Álamos blancos… blancos como esos huecos que van quedando en mis recuerdos, traicionados por la edad y el tiempo, sin que ya estés tú, Catalina, para ayudarme a rememorar aquellos besos inocentes, esas frases imprudentes que osé una vez dirigirte, o la vez en que me atreví a tocar tu mano con decisión y suavidad, por el temor a un rechazo que nunca se produjo. “Me gustas”. Las palabras son animales vivos, Catalina: toman entidad propia, se independizan y adquieren significados que crecen en intensidad con el tiempo. Otras toman un cariz que nunca pretendimos darles. Algunas son capaces de transmutarse y convertirse en otras cosas, o devienen en sinónimos que intentan mejorar lo dicho entre balbuceos, gritos o lágrimas. Las palabras son tan difíciles de entender, cuando no se dirigen a nadie salvo a nosotros mismos, que se llegan a transformar en traicioneros puñales que nos atraviesan y nos muestran errores que, quizá, no fueron tan graves, o nos deshacen al insinuarnos que se pudieron haber dicho de otra forma, en otros tonos. No duele lo que se dice, Catalina, te lo he comentado muchas veces, sino cómo se dice.

Sigo hablándote como si estuvieses aún a mi lado: viva y alegre. Es difícil acostumbrarse a estar solo tras compartir durante tanto tiempo una vida. “Para siempre”, me dijiste cuando te pedí en matrimonio, y eso mismo, si no me equivoco, te respondí, incapaz de decirte otra cosa, tan tímido era entonces para poder expresar en palabras lo que sentía por ti, Catalina. ¿Cuántas veces nos lo volvimos a repetir desde entonces? Muchas, incontables, aunque no sé cuándo fue la última vez que yo las pronuncié… ni en qué parte de mi cabeza yace escondido ese momento concreto. Mi memoria ya no es lo que era, y amenaza con volar al país del que nunca se regresa. Solo tú y yo sabemos lo que sucede, ¿no, Catalina? Sé que desde donde te encuentres ahora moverás la cabeza con un gesto de asentimiento. Siempre fue así, por otra parte: sin palabras, o con pocas frases. Un gesto, una mirada, o un apretón de manos. Ahora no tengo nada de todo eso. Los silencios se convierten en las conversaciones que ya no tendremos.

Paseo junto a los altos álamos blancos, con pies dubitativos, arropándome frente al gélido vientecillo que sopla. Los árboles se cimbrean un poco, casi se inclinan levemente para escuchar mis pensamientos. Ellos, en su infinita sabiduría de años esclavos de tierra y paisaje, deben saber más de los pesares humanos de lo que ningún hombre o mujer sabrá nunca. Desvarío, lo sé, Catalina, pero ya sabes que siempre he tenido una imaginación desbocada, que dejaba fluir cada vez que aparecía por casa con algún regalo en el día de tu “no cumpleaños”. “Como Alicia”, me decías, y esbozabas esa sonrisa que no desapareció de tu rostro ni siquiera la noche antes de tu muerte. “Como Alicia tú, Catalina”, te respondía siempre, y añadía, con infantil alegría “y yo Peter Pan”. No quise crecer nunca, querida, porque crecer es acercarse al final. Menos aun cuando te tenía a mi lado, porque mi vejez era la tuya, y mis achaques se sumaban a tus enfermedades. Hubiera querido compartir contigo todo menos el dolor, pero al final fuiste tú la que compartió este vacío que crece dentro de mí.

¿Cuándo fue la primera vez? No lo recuerdo. Enciendo otro cigarro. Sí, sé que no es bueno para la salud, que la médica me ha prohibido fumar, pero siempre he sido contrario a las normas establecidas. ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí; no recuerdo el momento en que sucedió, solo que tú me lo dijiste una vez que pasó todo. Un lapsus de memoria durante el cual yo no había recordado donde estaba el dormitorio. ¡Fíjate, después de estar viviendo veinte años en la misma casa! Luego pasó el mal rato –debiste sufrir mucho, amor- y dejamos que el tiempo se llevara ese instante, como si nunca hubiese existido. Pero sabíamos que estaba allí, y que volvería, cada vez más, con más frecuencia. No somos estúpidos, Catalina, ni nos hemos conformado nunca con lo fácil o cómodo.

En este paseo encuentro un banco de madera, gastado, casi destrozado, pero aún se puede uno sentar en él. ¿Seguirá existiendo aquella fuente donde nos besamos? ¿Manará agua fresca de sus caños o la habrán sustituido por un cartel que ponga “no potable”? Son tiempos extraños estos en los que todo cambia demasiado rápido, sin dar tiempo a adaptarse. Casi te diría, Catalina, que somos animales que van camino de su extinción. No recuerdo ahora con exactitud el lugar, la plaza coqueta en la que la fuente, gris, mojada, llena de sonidos acuáticos, se encontraba ubicada. Otro vacío más. Otro más en la larga lista. Me da miedo pensar en el momento en que las cosas importantes desaparezcan, como si nunca hubiesen existido.

Llega el autobús. No me había dado cuenta hasta ahora de que la parada se encuentra enfrente de donde estoy sentado. Me duelen las piernas: el reúma, Catalina. Siempre el dichoso dolor de huesos, desde que era joven. Herencia materna, me he consolado multitud de veces, aunque nunca se lo reproché a mi madre -¡qué culpa podía tener ella, o mi padre!-. Se van los seres queridos lo mismo que se escurre la arena entre nuestros dedos. Por mucho que apretemos el cariño, el puño del amor no es capaz de retener el tiempo y la vida. Cruzo la carretera.

El vehículo de transporte para. Se abren las puertas, aunque no desciende nadie. Me duelen las piernas, Catalina, y ahora mismo no sé qué hago en esta parada, o cómo he llegado hasta aquí. Mi memoria cada vez es peor, y las cosas se me olvidan y no retornan. Estoy muy cansado para ir andando hasta casa, así que me subo al autobús, pago el billete al conductor y me siento en el último asiento, a la derecha, para seguir contemplando los álamos blancos, estilizados y rasgando el horizonte. Ya no huele mal. Ni siquiera huele a nada reconocible. Solo permanece tu recuerdo, Catalina, y tu imagen, en la cocina, preparando la cena de esta noche, o en el salón, haciendo calceta o viendo la televisión. Se cierran las puertas y el vehículo se pone de nuevo en marcha. El viaje hasta casa es largo, y tiene muchas paradas.

¡Ay, Catalina! ¡Cuánto te quiero y qué cansado me siento hoy! Debe ser el tiempo, o esta larga caminata que me ha alejado tanto de tu lado, pero pronto volveré a casa y te veré, y espero que vuelvas a perdonarme por dar estos paseos tan extravagantes a ninguna parte, que nunca recuerdo porqué motivo los recorro o qué me impulsa a perderme en caminos desconocidos… Pero tú estarás en casa… esperándome.

 

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