Hit Parade: ¨El principito¨ de Antoine de Saint-Exupéry

Fernando Veglia

 

El Principito es un libro infantil, un libro al que arribamos a temprana edad. Quizá lo hayamos descubierto en el hogar o en la escuela. Quizá la frase “Lo esencial es invisible a los ojos” o el dibujo de una boa tragándose un elefante nos condujera a sus páginas.

La obra es reconocida mundialmente; fue traducida a varios idiomas, llevada al cine y a la televisión. Un lector de cualquier edad y nacionalidad puede abordar sus sencillas e inigualables letras, apreciar las ilustraciones e interpretarla a gusto; cada personaje y cada objeto tiene su significado. Los temas que comprende son profundos y esenciales: el mundo y su sentido, el amor, la amistad, la superación.

Un aviador narra la historia. Comienza criticando a las personas mayores, incapaces de utilizar la imaginación y con las que no puede mostrarse tal cual es. Recuerda que, averiado su avión en medio del Sahara y con agua para resistir ocho días, un muchachito lo halló: era el Principito.

Mientras reparaba la máquina supo que el Principito -junto a tres volcanes, una rosa y peligrosos baobabs que arrancar- era el único habitante de un pequeño planeta, que necesitaba un cordero para deshacerse de los árboles, amaba a su flor y le gustaban las puestas de sol. A pesar de ello y cansado de los caprichos de la rosa, viajó a otros planetas y conoció a un autoritario rey, a un  vanidoso, a un bebedor, al avariento hombre de negocios, al laborioso farolero y al sabio geógrafo. En la tierra encontró a la serpiente, otras rosas, un zorro y, finalmente, al aviador.

Hombre y muchachito forjaron una sincera y dulce amistad derribando, con simpleza infantil, los absurdos de los mayores. Sin embargo, reparado el avión y dispuesto a partir el Principito, los alcanzó un doloroso y melancólico adiós.

Debo confesarles que, desde la primera vez que leí el bello relato, suelo reencontrarme con el niño de cabellos dorados. Lo hago a través de un rito que él me confió y que compartiré con ustedes.

En los momentos de flaqueza, en los que no escuchen el tintineo de las estrellas, en los que comiencen a transformarse en personas mayores, a ahogarse en cifras, a ver solo apariencias, deben correr como cabras salvajes, girar hasta marearse, dibujar garabatos sin sentido, cantar, gritar, nunca abandonar una pregunta sin respuesta, deben comportarse como niños hasta que los números desaparezcan, hasta que no los consideren personas serias y los regañen. Entonces, se les aparecerá. No lo verán con los ojos pero estará con ustedes, más cerca de lo que imaginan. Se lo aseguro. Bastará darse dos suaves golpecitos en el pecho y mirarse en un espejo.

El Principito (1943), de Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), escritor y aviador francés.

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