El brote

Ruben Risso

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La maceta no me salió muy cara. Quería algo lindo, algo que tuviese la esencia de la modernidad sin caer en las vulgaridades del plástico o los colores chillones. Fue entonces que conseguí una pieza digna de oficina, mezcla de cubismo y arte posmoderno. Era simplemente un cubo negro y hueco, de puntas afiladas y brillo opaco. No tuve que sacar muchos billetes del bolsillo para pagarlo. Sí más de lo que había sacado para el aumento de Rodríguez, pero mucho menos de lo que gastaba por día en mantener a mis empleados felices.

No hace falta demasiada creatividad o abstracción del pensamiento para comprender que mi plan era, al mismo tiempo, discreto, efectivo y bonito. Más de un curioso lo vigilaría, durante la hora del almuerzo armarían teorías sobre su naturaleza y algún que otro osado intentaría desmantelarlo. Estaba preparado para todo eso.

Llegué a la oficina el domingo a las tres de la tarde. No estaba iluminada más que por el lengüetazo lánguido de la tarde nublada. Los boxes estaban vacíos, pero juré oír el eco de los dedos contra un teclado, el suspiro cálido de la fotocopiadora en los pasillos, el taconeo de las secretarias a la vuelta de la esquina. Esos sonidos jamás me abandonaban. Tampoco lo hacía el de los billetes apilándose sobre mi escritorio. Me sentí más vivo que nunca.

Había mandado a desarmar el cubículo del patético Rodríguez ni bien este había abandonado mi oficina. Se me dibuja una sonrisa cada vez que pienso en la mecánica de su despido.

—Don Vega, disculpe, con todo el respeto que le debo, necesito pedirle un aumento, señor.

—¿No llega a fin de mes, Rodríguez?

—No, jefe, está muy difícil todo.

—Acá tiene, una ayudita.

Los doscientos pesos caen en la palma abierta del telemarketer como si fuesen dos sonrisas burlonas. Pero Rodríguez acepta, doscientos más son doscientos más. Se voltea mientras hace una reverencia, solo para recibir la noticia a centímetros de la puerta.

—Acá, donde laburaba el patético ese, voy a plantar la semilla de mi plan maquiavélico —anuncié teatralmente y en voz alta, por si alguno de esos sonidos me escuchaba. Y creo que lo hicieron, porque me envolvió el silencio con un manto de respeto. Y miedo.

La mesita ya estaba posicionada con milimétrica perfección. Solo faltaba la maceta y un poco de tierra. Preferí usar la ralladura de hueso que había comprado junto con la planta.

—Esta planta va a necesitar algo de calcio —me había dicho el vendedor—. Lo más inteligente es usar hueso.

Y qué más da, invita Rodríguez, pensé. Con el que habría sido su sueldo del mes próximo.

Mientras el polvillo caía, como arena enterrando un secreto, tuve una erección. La idea de darle a la planta, además de los nutrientes que necesitaba, un poco de mi ser, terminó por generarme un placer excesivo mientras regaba la superficie con mis fluidos. Por último, la semilla. La miré como quien mira un tesoro y la enterré en ese amasijo asqueroso que con tanta perspicacia había creado.

El lunes llegué al mediodía a la oficina. Como me lo imaginaba, ninguno de mis empleados había osado siquiera acercarse a la mesita. La planta era un brote rosáceo y húmedo. Se asomaba por la superficie del vientre blanquecino como un niño que aún no acaba de nacer, pero se la veía fuerte y saludable. Anuncié por el altoparlante, más tarde ese día, que nadie debía tocar la maceta durante toda la semana. El resultado constaría del despido instantáneo del que osara sucumbir a la curiosidad.

Palabras mágicas. Nadie se acercó al nuevo monumento, erigido en el centro de la oficina.

Para el jueves a la noche, el brote se había convertido en un tallo elegante pero turgente. Se veían algunas sutiles ramificaciones a lo largo de todo el tronco, pero aún era muy pronto para esperar los frutos. Hacía ya dos días que dormía atrincherado tras la puerta de mi despacho, muerto de frío pero envuelto en el orgullo que me causaba el desarrollo de mi creación más preciada. Solía regarla al menos cinco veces al día.

—Va a tener que darle sangre para verla crecer —me había indicado el vendedor. ¿Sangre de quién? De cualquiera. Preferí darle la mía para que no saliera parecida a nadie más que a mí.

Mi semen y mi sangre. Para cuando me despertara el sábado por la mañana, iba a poder contemplarla en todo su esplendor.

El alba me encontró encima del primer brote. Ahí estaba. Comenzó a abrirse como los ojos de quien llega al mundo por primera vez, y me devolvió una mirada de inocencia y algo de perverso amor.

—Hola, belleza —le dije porque la amaba con todo lo que era.

El lunes llegué al trabajo al mediodía. Como siempre. Había pasado todo el fin de semana alimentando a mi bebé, pero había vuelto a mi hogar para bañarme y vestirme de punta en blanco para el día siguiente.

 Cuando se abrió el ascensor, encontré la recepción desierta. No había rastros de un alma en todo el frente de la oficina. Me preocupé durante todo el trayecto hacia mi despacho, pero una vez que crucé la puerta hacia los boxes me percaté de qué había pasado: los brotes habían dado frutos.

Bastaron solo un par de palabras en voz alta para que la marea de empleados se hiciera a un lado y me dejara el paso libre. En el centro de la multitud, la planta lucía su forma final.

Se había ramificado más de lo que esperaba, y sus raíces parecían no caber dentro de la maceta, por lo que su aspecto era el de una pequeña enredadera rosácea y sangrienta. De cada rama surgían brotes de ojos que miraban de un lado para el otro, curiosos y atentos a cada movimiento que sucedía a su alrededor. Habría, en total, más de cincuenta globos oculares en toda la estructura. Los más grandes caían por su propio peso, pero los pequeños pendían vivaces y escrutaban con agilidad a cada uno de los empleados, que lanzaban gemidos de sorpresa, de asombro u horror.

A trabajar, todos a trabajar, dije en voz alta mientras la masa se deshacía y la plebe volvía a su chiquero. Era mi turno de examinar a la criatura. Era lo que había comprado. Nada más y nada menos. El vendedor me había dicho claramente:

—Va a convertirse en lo que necesites que sea.

Y aquí la tenía.

Luego de mirarla durante unos minutos, logré realizar el lazo, y al cerrar los ojos y concentrarme, pude ver a través de sus frutos.

Desde ese día, voy a la oficina solo cuando es realmente necesario. La planta extendió sus enredaderas e invadió con discreción cada cubículo. Hay una rama de ojos para cada empleado. Tienen prohibido devolverles la mirada o jugar con ellos. El primero en tocar uno fue Bermúdez. La notificación de despido le llegó veintiséis segundos más tarde.

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