Censura en Bitinia

Primo Levi

gallina-blanca

 

 

Ya he aludido en otro lugar a la anémica vida cultural de este país, aún implantada sobre bases de mecenazgo y confiada al interés de personas acaudaladas, o simplemente, en otros casos, de profesionales y artistas, especialistas y técnicos, que son pagados más bien con largueza.

Particularmente interesante es la solución que se ha propuesto, o mejor dicho, que se ha impuesto espontáneamente, con relación al problema de la censura. Hacia finales de la década pasada, la «necesidad» de censura, por diversos motivos, sufrió un vivo incremento en Bitinia; en cosa de pocos años, las oficinas centrales existentes tuvieron que duplicar su plantilla, y abrir por consiguiente filiales periféricas en todas o casi todas las cabezas de partido de la provincia. De todas maneras, se encontraban dificultades cada vez mayores para reclutar el personal necesario. En primer lugar, porque el oficio de censor, como ya se sabe, es difícil, delicado, y comporta, por tanto, una preparación especial, de la que carecen muchas veces incluso personas altamente cualificadas en otros aspectos; y luego porque el ejercicio de la censura, según demuestran estadísticas recientes, no está exento de peligros.

No estoy aludiendo aquí a los riesgos de represalias inmediatas, que la eficaz policía bitiniense ha reducido a bien poca cosa. Se trata de otra cuestión; cuidadosos estudios de medicina del trabajo desarrollados allí han revelado una forma específica de deformación profesional, bastante molesta y aparentemente irreversible, que ha sido llamada por su descubridor «distimia paroxística» o «morbo de Gowelius». Se manifiesta a través de un cuadro clínico al principio vago y mal definido, y luego, con el pasar de los años, mediante disturbios variados a cargo del sistema sensorial (visión doble, alteraciones en el olfato y en el oído, reacción excesiva a algunos colores o sabores, por ejemplo) y desemboca generalmente, tras remisiones y recaídas, en graves anomalías y perversiones psíquicas.

Por consiguiente, a pesar de los elevados salarios que se ofrecieron, el número de candidatos a las oposiciones estatales ha ido menguando rápidamente, y la acumulación de trabajo de los funcionarios de carrera ha ido aumentando en la misma proporción hasta alcanzar límites inauditos. Las diligencias sin despachar (ejemplares, partituras, manuscritos, obras figurativas, borradores de manifiestos) se acumularon hasta tal punto en las oficinas de la censura que bloquearon literalmente no solo los archivos provisionales preparados al efecto, sino hasta incluso los patios, los pasillos y los locales destinados a servicios higiénicos. Se dio el caso de un jefe de sección que resultó sepultado bajo un derrumbamiento de papeles y murió ahogado antes de que llegaran los primeros auxilios.

Al principio se tomaron medidas acudiendo a la mecanización. Cada sede fue dotada de modernos dispositivos electrónicos. Siendo como soy profano en la materia, no podría describir con exactitud su funcionamiento, pero me han dicho que su memoria magnética contenía tres clases de vocablos, hints, plots, topics y módulos de referencia. Los del primer tipo, al ser confrontados, eran automáticamente suprimidos de la obra sometida a examen; los del segundo llevaban aparejado el rechazo integral de la misma, y los del tercero el inmediato arresto y muerte en la horca del autor y del editor.

Los resultados fueron excelentes en cuanto se refiere al volumen del trabajo que podía ser despachado (en pocos días los locales de las oficinas quedaron despejados), pero bastante precarios desde un punto de vista cualitativo. Se dieron casos de fallos clamorosos. «Coló» y fue publicado y vendido con un éxito estrepitoso el Diario de una curruca, de Claire Efrem, obra de dudoso valor literario y abiertamente inmoral, cuya autora, con artificios absolutamente elementales y transparentes, había enmascarado mediante alusiones y perífrasis cualquier extremo que pudiera lesionar la moral corriente en aquel momento. Por contraste, se asistió al penoso caso Tuttle. El coronel Tuttle, ilustre crítico e historiador militar, tuvo que subir al patíbulo porque en un libro suyo sobre la campaña del Cáucaso la palabra «retén» había desaparecido convirtiéndose en «sostén», por una banal errata, a través de la cual, sin embargo, el centro de censura mecanizada de Issarvan había detectado una alusión obscena. Del mismo destino trágico se escapó de milagro el autor de un modesto manual de cría del ganado, que consiguió encontrar refugio en el extranjero y recurrir al Consejo de Estado antes de que la sentencia se hiciese firme.

A estos tres episodios, que fueron del dominio público, hay que añadir otros muchos cuya fama corrió de boca en boca, pero que permanecieron oficialmente ignorados porque la noticia de ellos (como es obvio) cayó a su vez bajo las tijeras de la censura. De ello se derivó una situación de crisis, con deserciones casi generales por parte de las fuerzas culturales del país; una situación que, a pesar de algunas tímidas tentativas de quiebra, permanece todavía.

Sin embargo, en estas últimas semanas hay una noticia que da pábulo a cierta esperanza. Un fisiólogo, cuyo nombre se mantiene en el secreto, como conclusión de un amplio ciclo de experiencias personales, ha revelado en una controvertida ponencia algunos aspectos nuevos de la psicología de los animales domésticos. Estos, sometidos a unos condicionamientos particulares, serían capaces no solo de aprender tareas sencillas de acarreo y de ordenación, sino también de llevar a cabo verdaderas elecciones hechas por sí mismos.

Se trata indudablemente de un campo vastísimo y fascinante, de posibilidades prácticamente ilimitadas. En resumen, por lo que ha venido siendo publicado en la prensa bitiniense hasta el momento en que escribo, parece que la tarea de la censura, que perjudica al cerebro humano y que las máquinas despachan de un modo demasiado rígido, podría ser confiada con aprovechamiento a animales oportunamente educados. Mirándolo bien, la desconcertante noticia no tiene en sí misma nada de absurdo, ya que en última instancia no se trata más que precisamente de una elección.

Es curioso que, para cumplir esta tarea, se hayan revelado menos adecuados los mamíferos más cercanos al hombre. Perros, monos y caballos, sometidos al proceso de condicionamiento, parecen dar mal resultado como jueces justamente por ser demasiado inteligentes y sensibles. Se comportan, según el anónimo investigador, de manera demasiado pasional, reaccionan de una forma imprevisible a mínimos estímulos extraños, por otra parte inevitables en cualquier ambiente de trabajo, y muestran estrafalarias preferencias, tal vez congénitas y aún sin explicar, hacia ciertas categorías mentales. Su misma memoria es también incontrolable y excesiva. En una palabra, que revelan en tales circunstancias un esprit de finesse que resulta indudablemente perjudicial para finalidades censoras.

En cambio se han obtenido unos resultados sorprendentes del vulgar pollo doméstico, hasta el punto de que ya existen cuatro oficinas experimentales directamente confiadas a equipos de gallinas, aunque por supuesto bajo el control y la vigilancia de funcionarios de acreditada experiencia. Las gallinas, aparte de ser sobre todo fáciles de encontrar y de precio moderado tanto en lo que se refiere a la inversión como a la manutención, son capaces de tomar decisiones rápidas y seguras, se atienen escrupulosamente a los esquemas mentales que se les imponen y además, dado su carácter frío y tranquilo y su memoria evanescente, no están sujetas a perturbaciones.

Es una opinión difundida en estos ambientes que dentro de pocos años el método se extenderá a todas las oficinas de censura del país.

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Comprobado por la censura:

firma-de-gallina

(1966)

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