Miguel Rubio Artiaga

Mi caverna, es un magnolio en flor,
un valle pequeño con un pequeño arroyo,
de agua tan limpia que las estrellas…
se empujan para reflejarse en él
y las nubes intentan quedarse quietas
por verse más tiempo en ese espejo.
Es un olivo milenario y callado
que no cesa de hablar,
una garza y un gorrión,
dos golondrinas y un ruiseñor,
que solista de la noche
canta sus trinos enamorados.
Mi caverna, son los poemas
que escritos en la piedras,
borrará la lluvia, haciendo
que vivan como raíces en la tierra
y brotando sean almendro nuevo
o la más sencilla de las hierbas.
Es el atronador silencio
que te hace perder la mirada
en todos tus recuerdos
y hace hablar a la conciencia,
convirtiendo en diálogo
tu persona por fuera, con la de dentro.
Mi caverna, es fuente de valor
que supera todos los miedos,
el empujón necesario
para levantar el vuelo
y seguir creyendo que un día
existirá un mundo nuevo.
Es, el tiempo detenido
porque deja de existir,
al ser el inconsciente dueño,
las horas se miden por pensamientos.
El Sol y la Luna se arropan por turno
sin importar su círculo eterno.
Mi caverna huele a libertad,
a madreselva y tomillo,
romero y espliego.
Tiene una cortina de arena
y una puerta de aire
que se funden con el suelo.
Allí se refugian las brisas
y paran en seco los vientos.
Dentro, una ventana mágica
y un pequeño y cálido fuego.
Esa es mi caverna.
Si sabéis cómo llegar
siguiendo las quimeras,
me encontrareis dentro.
