Miguel Rubio Artiaga

Lo conocí en Macondo,
en un mundo tan reciente,
que muchas cosas…
carecían de nombre
y para mencionarlas
había que señalarlas
con el dedo.
Aureliano Buendía,
acompañado por su padre,
conociendo el hielo.
Muchos años después,
frente al pelotón
de fusilamiento
volví a verlo.
Fui testigo de los disparos
y vi como las balas
se convertían en pájaros
antes de llegar a su pecho.
¡No hubo en la Historia,
soledad más acompañada!
¡Jamás una muerte
más anunciada!
Mitad escritor,
mitad mago.
Coreógrafo acariciador
de palabras.
Mirada de niño anciano
transparente
de esos que usan la sencillez
como el alma del agua.
El que de puro vivir
sabe que el pueblo
es siempre el bueno
y que el tirano
es el malo.
Que el militar patriotero
es tan tonto
como peligroso
y que a la hora de la verdad
la más valiente de todos
es la Mamá Grande
con la pequeñez ideal
de un airado coloso.
¡Nunca hubo coronel
mas solitario!
¡Ni meses de otoño
tan patriarcados!
Nos vimos de nuevo
en un viejo hospital
en la plaza de una ciudad apestada
donde convirtió
a los enfermos del Cólera
en locos enamorados.
Estuve en su escuela
hecha de destinos proféticos
enseñando como se escribe
con el corazón abierto
al endiosado idioma castellano.
Pluma de raíz tallada,
tinta de tierra exprimida,
portador de la risa del cóndor
y la leyenda emboscada
entre valles y bosques frondosos.
No sé donde lo conocieron ustedes
pero yo lo conocí en una aldea
y compré una casita, al lado de la suya,
hasta el día que me muera
en una calle cualquiera
entre Port Royal y Macondo.
