Alberto Ernesto Feldman

No es muy fácil, para quien tiene hoy setenta y cinco años, hablar de sexo. Ni siquiera tenía clara la diferencia entre pornografía y erotismo, acabo de leerlo recién en el diccionario y lo tengo prendido con alfileres. Siempre entendí la cosa como un proceso compartido por dos personas, que obligadamente debe ser consentido y placentero para ambos, so pena de caer en el maltrato o en la perversión.
Seguramente nos han metido vergüenza en todo lo relativo al tema desde hace muchos siglos, tratando de encarcelar el instinto para hacernos culpables por sentir u obedecer las leyes biológicas y, últimamente, culpables por compartir; gran temor de los que mandan, por miedo a aquello que dice: “Juntos, somos mucho más que dos”.
En muchos hogares, en nuestra época de niños, la cosa se mantuvo escondida bajo la orden : “Se eso no se habla” o “ Afuera chicos que tenemos que hablar de cosas de mayores”. Nos volvimos mayores casi sin darnos cuenta y, tanto las chicas como los varones, aprendimos a los ponchazos la información negada. El resultado es que perdimos la naturalidad con la cual el sexo es ejercido por los grupos étnicos primitivos, en los cuales es tan natural como comer o dormir.
El ingreso a la pubertad, esa puerta sin retorno hacia el amor físico, será acompañado, ojalá que en la mayoría de los casos, por la afectividad, uniendo así el instinto al cariño, pero como todo inicio es una dura bisagra a mover, y ese esfuerzo lo hemos experimentado todos. Algunos transponen esa puerta con éxito, creciendo. Otros la cruzan con dificultad, y cada uno, últimamente, encontrará el camino que pueda.
Así, el ejercicio de la sexualidad, como escribió alguien, será para algunos como un manso arroyo, para otros un río caudaloso o una catarata y, en este momento, recuerdo con infinita ternura a ese loco de la película “Amarcord”, que desde la copa de un árbol, gritaba con desesperación: “¡Io voglio una donna!”. Si alguien, mujer o varón, en algún momento de su vida, no se ha sentido identificado con ese loco, es un extraterrestre o un afortunado milagroso.
Volviendo a la pubertad, pocas veces ha sido descrita con tanta belleza esa definitoria etapa de la vida como en la novela “Verano del 42”, de Herman Raucher, llevada magistralmente al cine junto con la inolvidable música que creó para el film Michel Legrand.
Es una excelente descripción de las distintas actitudes de tres jovencitos en la “Edad del pavo”, frente a los primeros indicios de que los juegos infantiles, con sus tres amiguitas del verano, tomarán carriles distintos a los del verano anterior y será un punto de inflexión en la vida de todos.
Uno de los varones será la catarata, pasando al frente junto con su eventual compañerita. En el otro extremo, uno muy tímido, que no quiere saber nada de nada, y posiblemente seguirá así, si su vida no experimenta un notable golpe de timón. Ese verano quedará fuera del juego, y por supuesto también su eventual parejita, de similares características.
El personaje principal, a medio camino de sus amigos, no toma ninguna actitud hacia su amiguita, en esa inquietante reunión nocturna de los seis chicos en la playa, no por cortedad de genio; sucede que está enamorado tremendamente de una hermosa muchacha que está pasando la Luna de miel en una casita de la playa junto a su esposo, un aviador de licencia en medio de la 2ª Guerra Mundial. Al terminar el permiso y volver el recién casado al combate, queda sola la chica y nuestro joven amigo, con el impulso que dan las hormonas, finge un encuentro casual, siguiéndola hasta el supermercado, la espera a la salida, aparenta naturalidad y se ofrece a ayudarla a llevar las provisiones. Ella lo acepta como amigo, porque realmente él es amable y generoso, y le pide ayuda para subir unos bultos al altillo a cambio de un pago, él rechaza el pago ofendido, lo va a hacer pero no por dinero.
Allí tenemos una de las escenas eróticas mejor filmadas del Cine: Ella, arriba de la escalera con los brazos en alto, pasando los bultos que el chico le alcanza, y él hipnotizado por lo que ve desde abajo, dentro de los anchos pantaloncitos deportivos de la época, posiblemente un rosado calzón y nada más. Contemplándola, tiene su primera eyaculación espontánea y la cámara enfoca su rostro, reflejando las complicadas sensaciones que experimenta, mientras sigue alcanzándole las cajas.
Construyendo una amistad, la chica, muy agradecida y ajena a lo que experimenta su ayudante, lo invita a merendar y escuchar música la tarde del día siguiente. Llega la hora, se acicala ansioso frente al espejo, escapa de las preguntas de sus asombrados padres, está muy emocionado por esa especie de primera cita, no sabe qué irá a suceder, solo sabe que ha sido distinguido por aquella a la que ama y desea.
Al acercarse a la casa de la playa, comienza a escuchar música y, sorprendido por las puertas abiertas de par en par, contempla al ingresar a la joven, antes siempre alegre, bailando con expresión ausente, la lenta melodía que bailaba con frecuencia con su esposo. Sobre la mesa, el tocadiscos repite una y otra vez la canción. Al lado, abierto y estrujado, el telegrama del Ejército que comunica la muerte del aviador.
Bailan entonces, estrechamente abrazados, la joven y el adolescente; se necesitan mutuamente para aferrarse a la vida y protegerse del dolor y de la muerte. La cámara enfoca el suelo, donde lentamente van cayendo sus ropas.
