Viernes de cine: “Barbara, Barbara, Barbara”

Fernando Morote

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Durante largo tiempo estuve enamorado como un perro de varias actrices del cine clásico.

Hasta que conocí a Barbara Stanwyck. A partir de entonces ella es la única.

2Neoyorkina, nacida en Brooklyn en 1907, a los 20 años era ya una luz por mérito propio en Broadway y a los 22 en Hollywood. A diferencia de otras figuras de su época no sólo cantaba, también bailaba. ¡Y cómo! Basta verla moverse al ritmo de un pegajoso mambo en “Bola de fuego” de 1941 para comprobarlo –y sentirse tentado de cogerla por la cintura y secuestrarla.

Su extraordinario talento le permitió desenvolverse con naturalidad en géneros opuestos como el drama y la comedia, e incursionar maravillosamente en el film noir, interpretando por lo general mujeres envueltas en líos románticos y escándalos sexuales.

7Es un sueño contemplarla desvestirse –aunque sin quedar 100% desnuda- en un par de secuencias de “Enfermeras de noche” de 1931 o dejarse llevar por la sugestión de sus despiadadas artes amatorias en “Carita de ángel” de 1933.

Con la entrada en vigencia del código de autocensura moral en las producciones cinematográficas, estas imágenes no podían ni siquiera insinuarse. Pero su portentosa sensualidad se impuso siempre a la hipocresía de las normas de la industria. “Amor prohibido” y “Una dama perdida”, ambas de 1934, son un buen ejemplo. Uno de los actos finales en la primera de esas cintas la muestra radiante reventando a balazos al tipo que la acosa como amante y amenaza con arrebatarle su rol de madre.

4personaje vulgar y frívolo que luego se transforma en un modelo de responsabilidad y sacrificio, como “Stella Dallas”, de 1937, no fue capaz de esconder o disimular la esplendidez de su cuerpo ni la dureza de su carácter, cualidades que fueron aprovechadas al máximo en “Perdición” de 1944, sobre todo en la escena que, al salir de la ducha, se asoma a un balcón interior envuelta en una toalla.

3Sin importar el papel que desempeñara, en cada película lucía resuelta, atrevida, provocadora. Aunque, por exigencias de los estudios, en ocasiones no logró escapar al melodrama empalagoso como en “Juan Nadie” de 1941, abundaban los momentos en que su gloriosa sonrisa serviría para decorar una ciudad entera, como en “Mi reputación” de 1946, cuando al incorporarse de rodillas, tras resbalar esquiando en la nieve, tira su pelo hacia atrás con un delicioso gesto agresivo que ninguna diva contemporánea podría superar.

Su versatilidad no presenta límites. Puede ser una asustada y paranoica esposa en “Las dos señoras Carrols” de 1947 o una traviesa y juguetona buscavidas en “Las tres noches de Eva” de 1941. Con el paso de los años su sex-appeal creció en elegancia. No hay más que escucharla hablar en “Encuentro en la noche” de 1952 u observarla caminar en “El hundimiento del Titanic” de 1953 para someterse a su embrujo.

En 1983, siendo anciana, protagonizó una miniserie para televisión titulada “El pájaro espino”, en uno de cuyos segmentos le dice a Richard Chamberlain, “bésame”, y éste tímidamente la besa en la mejilla, a lo que ella replica exigiéndole con autoridad, “bésame en los labios”, y Chamberlain no puede resistirse.

¿Quién podría hacerlo? Yo no.

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