Friné

Juan Alberto Campoy

Friné

¡Pantasilea! ¡Cariño! ¡Cómo me alegro de verte! ¿Pero qué cara es ésa que me traes? Se diría que hubieras visto un fantasma. ¿Qué te creías? ¿Qué no ibas a volver a verme nunca más? Esta cortesana tiene todavía mucha guerra que dar. Tú y yo tenemos todavía mucha guerra que dar. Muchas juergas que corrernos juntas. Tranquila, que ya ha pasado el peligro. Aquí está de nuevo este sapito vivito y coleando. Y dispuesto a meterse en todas las charcas que haya que meterse. Pero, lo que es mal, lo he pasado un rato mal. Qué cabrones, los viejos, por poco no la cuento. Y eso que el bueno de Hipérides no pudo hacerlo mejor. Pero por más vueltas y revueltas que daba a sus argumentos y por más que suplicaba y volvía a suplicar, ninguno de los jueces del Areópago, ninguno, se compadecía de mí lo más mínimo. Cómo sería la cosa que, harto ya de tantas disquisiciones, uno de ellos  le preguntó si no era consciente de que después del juicio su prestigio iba a quedar dañado para siempre. Y le aconsejó que empleara todos sus conocimientos y toda su erudición en la defensa de alguien que mereciera la pena y no de una cortesana acusada de impiedad como yo. Y  no contento con eso, recordó a todo el mundo allí presente, como si hubiera alguien que no lo supiera, cuáles eran los cargos en mi contra. Que si yo no desperdiciaba la menor ocasión para comparar mi belleza con la de Afrodita. Que si había tenido la osadía de bañarme desnuda en las fiestas en honor de Poseidón. Que si, para mayor descaro, en dichas fiestas había salido del agua fingiendo ser la mismísima diosa naciendo entre las olas. Que si patatín que si patatán. No sé ni cómo ocurrió, pero justo entonces, justo cuando más apurada estaba, justo cuando ya empezaba a creer que mis días sobre la tierra estaban contados, se me encendió la lucecita y me vino la idea salvadora. De repente, me desprendí de la túnica y me quedé cómo mi madre me trajo al mundo. Lo que oyes: completamente en pelotas. Algunos viejos se quedaron paralizados de inmediato. Otros levantaron sus manos y alzaron sus voces, pero la verdad es que la indignación les duró poco.  Finalmente, todos terminaron extasiados contemplando este tipazo que me gasto. A alguno hasta se le cayó la baba. No tuvieron más remedio que reconocer que la belleza que tenían delante de sus ojos era la propia de una diosa y me declararon por unanimidad inocente de todos los cargos.

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