Miguel Rubio Artiaga

De mis silencios…
he aprendido a escuchar
lo que no se dice.
A los sentimientos
y pensamientos,
les sobran las palabras.
Silencio de bosque,
silencio de río,
silencio de lluvia,
silencio de viento,
eco de silencio.
De mi tristeza,
darle las gracias
por compañera,
por sabia y maestra.
Por hacerme poeta
y quitarme miedos.
Tristeza de camino,
tristeza de desamor,
tristeza de amistad falsa,
tristeza de día plomizo,
triste, el que vive, muerto.
De mi dignidad,
retazos de esperanza
para seguir viviendo
la estela de una libertad,
que parece burlarse
y cada vez que la atisbas
levanta el vuelo.
Una utopía que solo vuela
para encerrarse
en una jaula pesebrera
al silbido del dueño.
Pero retazos
que se mantienen
agarrados al aire
cuando respiro
y se mezclan
con la sangre
en el flujo de mis venas.
Dignidad de ser humano.
Dignidad de ser animal.
Dignidad de pensar.
Digno el Hombre libre,
dignas sus huellas,
las cicatrices dignas
y la dignidad como herencia.
De mi serenidad,
el camino
por recorrer
para llegar a ser
lo más parecido a un sabio.
El Tótem del que me habla
antes de amanecer,
con los luceros albos,
un lobo gris en sueños
que sabe como viejo
y después de morderlo
escupiendo espuma roja,
escapó del diablo.
—–
Poema de “La Rosa de Siria”, de Miguel Rubio Artiaga


