En rojo: “La mujer del poeta”

Harry Rainmaker

Gretchen

Lo cotidiano, sin embargo, ¿no es una

manifestación admirable y modesta de

lo absurdo?

OLIVERIO GIRONDO

Veinte poemas para ser leídos en el tranvía

.

Me encanta el sol de otoño, ese sol medio medio, que aún entibia pero que ya no hiere. Me gusta mucho entregarme al sol de otoño, sentado en la vereda del cafetín de la esquina, mientras sorbo despacito un café; miro la gente pasar; esbozo la estrofa de un poema en el borde de una servilleta; leo un libro. Pienso. O disfruto, que es lo mismo.

En una librería de viejo había conseguido un ejemplar de la primera edición de Espantapájaros de Oliverio Girondo, de modo que esa mañana, dispuesto a darme un festín, me ubiqué en la mesa de costumbre. Me entretenía con el tonito irreverente de un poema en prosa, conforme la fórmula habitual de la entonces llamada “vanguardia”, cuando con absoluto descaro una mosca comenzó a mortificar el íntimo placer. Sin quitar la vista del libro, intenté espantarla agitando la mano. Para completar mi desasosiego, algo (o alguien) tuvo la desgraciada idea de interponerse en el camino de los rayos de sol. Con fastidio levanté la vista para protestar por semejante latrocinio. Como si estuviera en presencia de una manifestación celestial, rodeada de un aura de luz, me sorprendió la presencia de una figura femenina que sonría dubitativa. Sin disimular la molestia, me incliné un poco para poder verle la cara. Noté que la rubia tenía unas piernas más largas que mi esperanza. Y que llevaba medias negras y minifalda azul. «Lástima que le faltara la bufanda a cuadros», pensé. No pudiendo discernir si tal ausencia era atribuible al todavía lejano invierno o al extranjero desconocimiento de lo que hay que saber, volví a mirarla, ahora un poco más complacido.

– Hola – no tuvo más remedio que musitar ante mi silente escrutinio – Hacerme saludo vos y yo acercarme para devolver cortesía – agregó, un tanto incómoda. No había que ser un científico de nota para constatar que la rubia sonaba a forastera (después me enteré que era alemana).

Consternado por tan educada confusión, me faltó coraje para aludir al inoportuno insecto de modo que, en reparación, la invité con un café. Aceptó de buena gana. Así tomé conocimiento de las razones de su visita; los lugares que había visitado; su opinión sobre el increíble potencial de este país; la kálidez de su gente; su apasionamiento por el tango y las cualidades amatorias de los matshos latchinos. Remató el copete con una carcajada que pretendió ser seductora. Como Gretchen, que era como se llamaba, además de unas increíbles piernas, tenía una figura que cortaba el aliento, no me importó estar lejos de considerarme un típico exponente de tal categoría. Tampoco lamenté haber abandonado mi lectura. Supe que la jornada estaba signada por la ventura.

Mi teutona compañía comprendió que el remedo de piropo no había logrado conmoverme pero no se dio por vencida. Reparó en la ilustración de la portada de mi libro: un enjaezado caballero con chistera, levita y capa, todo de colorado, rodeado de un par de cuervos. Señalando los guantes blancos que rompían la imagen monocroma, se inclinó para que lograra admirar la abisal promesa de su escote y me preguntó: –¿Qué estaba leyendo vos? – con un leve mohín que operó como un destello en la oscuridad; un faro en medio de la tormenta.

Alcance a vislumbrar, como quien percibe un distante eco sonoro, que podía encontrarme a punto de descubrir mi ansiada bahía y decidí no desaprovechar la epifanía de tan inesperado regalo. Sospeché que en las escuelas de su Heildelberg natal nunca pudo tener noticia de Girondo, razón por la cual le efectué una breve semblanza del poeta argentino. Como me pareció que no estaba en condiciones de corroborar la literalidad de la cita, en auxilio de mis aviesas intenciones le recité uno de sus versos más celebrados:

No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!” [Poema 1].

Al influjo salutífero de mis palabras se le iba encendiendo la mirada. – Yo entiende – me dijo sonriendo – yo volar sé.

Consideré que era muy probable que en verdad supiera volar. Y que valía la pena intentarlo. O quizás enseñarle. Cuando mucho, tendríamos la ocasión de reírnos juntos después del porrazo. No recuerdo muy bien como terminamos en mi casa.

Quisiera evocar el trémolo de un primer beso, la urgida remoción de las ropas, la relevación de la piel desnuda. Pero no logro fijarlo en la memoria. Sin embargo, aún perdura la sensación de haber sido feliz. Con morosa paciencia fui delineando el mapa de sus formas. Con parsimonia, me entretuve colonizando cada pliegue, cada oquedad, cada trazo. Me hice a la mar en el vaivén de sus pechos. Exploré escrupulosamente las colinas de su espalda. Rendí homenaje a la perfecta geometría de su vientre. Abrevé hasta saciarme en el sagrado remedio de su fuente. Un quejido ahogado, un suspiro goloso, un sutil reverberar eran las balizas que guiaban el vagar aparente. La proa hendió la mar anhelante. Como un fatal rompehielos fue separando la carne, horadando su alma. La sentí ondularse, plegarse, oscilar buscando mejor destino para la caricia. Preanunciando el alivio de lejanas playas sonoras, fue formando una pequeña ola. Al principio distante, apenas intuida, luego agigantándose, cada vez más. Lo paulatino trocó en urgido reclamo. Ya no había una sola ola, sino sucesivas, infernales, angustiadas olas. Una tras otra. Una tras otra. Lo paciente desbordó en temblor. El velo se rasgó como atravesado por una centella, abrasando todo a su paso. El mar se hizo pez y el pez se hizo pájaro y el pájaro extravió su peregrinar en el inmenso firmamento de su cuerpo. Tras largo planeo extasiado, una marea ardiente la depositó a resguardo.

Mientras prendía un cigarrillo, la impar Gretchen tomó el libro que había quedado en la mesita de luz. Cuando la oí trastabillar recitando: “Abandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por los mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos por los invertebrados. Dejé la sociabilidad a causa de los sociólogos, de los solistas, de los sodomitas, de los solitarios” supe, felizmente supe, que había encontrado a la mujer del poeta.

 

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