Leonardo Vinci

Me paro frente a la mesa de trabajo. Me estiro, respiro y me concentro mientras muerdo el lápiz. Me inspiro y pienso, si habrá algo más delicioso que el pan recién hecho; algo tan perfecto, que lo supere, algo tan exquisito como un pan recién salido del horno. Me pregunto si la turbulencia que altera su pequeña atmósfera, desfigurando sus alrededores con calor y aroma, es su armadura verdadera; si esa costra, entre rubia y dorada, crepitante, no ha hecho más que proteger desde sus antepasados a los miles de granos que han entregado sus vidas a nuestra lengua e imperturbables paladar y capricho. Y me pregunto por esa emoción ascendente que surge de su húmeda y vaporosa entraña virgen, poblada de agujeritos rellenos de nada; ese vientre abovedado y hechicero durante milenios y que, a su vez, acaso suene a melancólico. Ese niño, de redondez dormida, de talones duros y oscuros de tanto andar descalzo, reposando su alma de miga blanca en un cuerpo tibio. Y si ya desde Vitruvio, se han molido veinte arenas a una, con su rueda hidráulica, tanto más trigo que con un par de esclavos; y si las ánforas del tiempo, cargadas de espigas y torsos sudados al fuego de hornos y braseros, han llegado hasta aquí; no es que solamente haya sobrevivido a las eras una simple semilla de oro. Piel caliente infatigable es su coraza en el interior de los infiernos, con tajos en su rostro y tirante en arrebatos de sequedad y aparición. Y uno se tropieza con su serenidad tórrida, con su abnegada quietud y ofrenda; y algo sucede entre el hambre, el deseo y la contemplación en silencio, para no romper ese letargo añoso. Y no habría temor en su mirada, si la tuviera, ni enfado, sino mansedumbre. Y una especie de contradicción surge, de su peso y volumen alegóricos, al mirarlo; su romance, que despierta el instinto de trozar con las manos antes que de herir con algún metal; de tocar su presencia respetuosamente, como si la vida se sostuviese en el mundo por un universo de manos amasando pan. Definitivamente me respondo, que no hay nada más amable a los sentidos que adivinar su existencia, que despierta recuerdos que no son míos como si lo fueran; su entrega e intención mística de pertenecer a la carne, como el encanto de una presa frente a la serpiente. Nada más exquisito ni comparable que su crujiente desastre en la boca, esa mezcla de durezas y ternuras calientes sobre la lengua; su sabor que despierta algo allá lejos al partirse, al partirse su cuerpo breve y de eterna vida entre los dientes.
