Jugando con la mitología: La sirena «disfónica»

Alberto Ernesto Feldman

Ulises

Circe, diosa y hechicera, aconsejó a Ulises, antes de su travesía por mar, diciéndole: “No escuches el canto de las sirenas, si lo haces, serás seducido por sus voces maravillosas y entregado totalmente a ellas, te devorarán, y lo mismo les sucederá a tus hombres”

Siguió el consejo de la diosa y ordenó a sus marineros, para protegerlos, que se pusieran cera en los oídos, cosa que él no hizo, porque, curioso, pidió que lo aten al mástil de la nave , con orden de no ser desatado en ningún caso, para poder oír el maravilloso canto y evitar ser atraído por las dulces asesinas.

Al escuchar los primeros sonidos, su excitación fue tremenda. Pugnando por quitarse las ligaduras, sacudió con desesperación el mástil y la nave toda. Entonces sus hombres no cumplieron la orden, piadosamente lo liberaron, porque sabían algo que Ulises ignoraba, por haber pasado largo tiempo en el palacio de Circe, atrapado en la cama. En ese lapso, habían cambiado mucho las cosas en Grecia, se habían dictado medidas económicas terriblemente impopulares, entre ellas la reducción de sueldos y jubilaciones y la duración del día se había establecido en solo doce horas, a los efectos de que la gente no tuviera tiempo para reunirse en las plazas a protestar. Si su Patrón quería darse un gusto, pues que se lo diera ahora. ¿Por qué privarlo, si la cosa no pintaba bien y, con la reducción de las horas del día, la gente viviría sólo la mitad de la vida que le quedaba?

Condujeron a la proa a Ulises, que desde allí oteaba el horizonte como un perro de presa, buscando la fuente de donde emanaba el poderoso y embrujador hechizo. Por fin, entre los arrecifes y una pequeña isla de aspecto siniestro, distinguió una bellísima sirena que lo llamaba con un canto distinto, que interpretó como el canto del deseo, un áspero, chirriante sonido, que no era el suave y embriagador que se oía a lo lejos, proveniente de las otras sirenas.

Emergiendo sobre la espuma, con su hermoso torso desnudo, la mujer-pez, describía armoniosos movimientos de ballet y alegres piruetas de delfín. Ulises, al verla, se despojó con un tirón de sus ropas y nadó hacia ella, que ante la inminencia del encuentro cesó su estridente canto. El héroe se detuvo a contemplarla y nadó lentamente en círculos a su alrededor, perdiendo el entusiasmo.

La hermosa criatura marina detuvo su danza, al ver la expresión de desencanto del hombre, y preguntó con honda tristeza: “¿Por qué?”,   a lo que   Ulises, trémulo, contestó: “¿Por dónde?…”

Mientras él volvía a su nave mascullando improperios, la triste sirena se dijo que, cuando se le pasara la disfonía,   volvería a devorar a los marineros y añadió: “No hay caso ¡Un día que me voy a portar bien, porque estoy un poco ronca,  vienen con pretensiones!”

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