Los quehaceres de un zángano: “Río seco”

Fernando Morote

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La esquina en la que estábamos parados era como cualquier esquina que se pudiera encontrar en un lugar así. A lo largo de ella se extendía una cuadra solitaria, iluminada pobremente por un poste jorobado, detrás del cual corría una vieja pared de adobe sobre cuyos ladrillos se leía una inscripción filosófica pintada en aerosol. Un cúmulo de basura hervía arrumado al filo de la vereda. Tanta basura, sin embargo, no era suficiente para ocultar el tufo de la pobreza.

Nos dolían los pulmones.

Frente a nosotros se celebraba un cónclave de vendedores. Mientras esperábamos bajo la lluvia, con el ron flotando en nuestros cerebros, retomamos una conversación íntima que habíamos dejado pendiente en la sesión anterior. Sobrios nunca la abordamos porque las conversaciones íntimas que se quedan inconclusas en una borrachera sólo se pueden concluir en otra borrachera.

Al rato el abastecedor venía hacia nosotros. Uno de sus puños cerrado. Su cuerpo era negro, descarnado y doblado en forma de “s”. Cuerpo típico de habitante de hueco. Era tan flaco que entre sus huesos y su piel no parecía mediar músculos, grasa o tejidos. De pronto lo vimos ser cogido por un ataque de miedo cerval. Por la expresión de los ojos, y a la distancia, es más fácil reconocer a un negro con miedo que a un cholo contento. Y el negro estaba todavía algo lejos de nosotros, a más de media cuadra. En seguida se hizo humo. Saltó una pared o algo así. El cónclave de vendedores también saltó. Cuando volteamos para ver qué pasaba, ellos ya estaban detrás de nosotros. Sin luces, sin sirena, sin ruido. Bajaron del auto, tiraron las puertas, se cuadraron, pusieron cara de malos (muy malos), rastrillaron sus metracas, nos apuntaron, nos gritaron, nos insultaron, nos empujaron, nos pusieron contra la pared, nos revisaron, nos interrogaron. Todo muy típico. Sólo nosotros y ellos en la esquina. No nos encontraron nada. Estábamos borrachos, pero -gracias al camino recorrido- mi compañero y yo reaccionamos con la serenidad de un peluquero; intercambiamos una mirada en clave.

—¿Y esto? —preguntaron ellos.

—Cigarros negros.

—Para qué los cigarros negros.

—¿No podemos fumar cigarros negros?

—No a la vuelta del hueco.

—¿Del hueco? ¿Hueco?

La cara de mi compañero mostraba una expresión tan serena que daba la impresión de haber visto a Dios. Me hizo recordar la escena de “Los Diez Mandamientos” cuando Charlton Heston, interpretando a Moisés, cruzaba el desierto apoyándose en su cayado después de haber recibido la luz del Señor. Me transmitió confianza.

—Qué hacen parados aquí. Qué están esperando.

—A un amigo.

—¿Un amigo?

—Sí, un amigo. ¿No podemos esperar aquí a un amigo? Vive en la otra cuadra.

Miraron a la otra cuadra y pensaron, no mucho, por cierto; casi nada. Un amigo. Cigarros negros. No hay pruebas. Es posible. No pudieron resistir más. Nos devolvieron los documentos.

—¡Bueno, vayan, vayan! ¡Rápido!

Subieron al auto, volvieron a tirar las puertas y se fueron. Más rápido que nosotros. Ellos siempre son más rápidos.

De inmediato regresó el negro sudando y abrió su puño sobre nuestras manos. Cayeron veinte paquetitos, los contamos bien, y le pagamos. El cónclave de vendedores volvió a reunirse cuando nos íbamos.

Nos fuimos.

El cemento liso de la vereda no absorbía ni una gota de lluvia, y aunque ésta era fina y débil, casi ridícula, como todas las lluvias limeñas, de cualquier manera nos impedía caminar con seguridad sobre nuestros zapatos de gamuza con suela de jebe. Estábamos a punto de imponer un nuevo estilo de patinaje sobre cemento, pero eso no era problema para nosotros. Porque la pasta se fuma de noche. De día aplasta.

Las madres no sospechan en absoluto del futuro de sus hijos. Qué iban a imaginarse nuestras madres, mientras nos cambiaban los pañales, que a los veinticinco años íbamos a emborracharnos en las esquinas y a drogarnos delante de todo el mundo.

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